No hace falta ser médico o ver House cada martes para saber que una de las formas más rápidas de llenar los cementerios es confundir el síntoma con la enfermedad. "Doctor, tengo fiebre". "No se preocupe que ahora mismo se la quito". Ibuprofeno en vena y otra vez treinta y seis grados y medio. Mientras tanto, la infección va tranquilamente necrosando los pulmones y el enfermo se muere sin saber siquiera que le está pasando. "Pero si ya no tengo fiebre". Fueron sus últimas palabras.
Con la tan manida ruptura de España pasa algo parecido. A raíz de unas reformas estatutarias una parte de la opinión pública, de los medios de comunicación y de los políticos ha mantenido un discurso alarmista que ha jugado con la idea de que la ruptura de España está próxima. Mi planteamiento, ya lo adelanto, es de que sí que existe una tendencia a la disgregación que conviene analizar; pero dicha tendencia no puede identificarse con el proceso de cambio de los Estatutos de Autonomía que hemos vivido en los últimos años ni puede limitarse en el análisis a vaivenes políticos coyunturales. Estos fenómenos son síntomas nada más de una fuerza de mayor calado. Solamente deteniéndose en "la enfermedad" y no en los síntomas podremos llegar a la cura. Aunque también adelanto que, quizás después del análisis lleguemos a la conclusión de que en realidad no se trata de una enfermedad. "Doctor, me encuentro muy mal, mareada, somnolienta, con poca energía ¿qué me pasa?". "Pues que está usted embarazada, señora".
Como decía, existe una tendencia a la disgregación. No solamente en España, las tensiones descentralizadoras o directamente secesionistas afecta a una pluralidad de países. Se pueden citar los ejemplos, claros, de la Unión Soviética, Checoslovaquia y Yugoslavia; pero tampoco pueden desconocerse las tensiones que se vivieron en Italia en los años 90 y la demanda de mayor autonomía en Escocia, dentro del Reino Unido; aparte del propio caso español, claro. Se trata de una tendencia que, curiosamente, se vincula, al menos en parte, con la globalización. Sí, sí, con la globalización. Ya sé que puede resultar curioso y que muchos recurren al machacón discurso de "en estos tiempos de unidad en Europa y en el Mundo los nacionalismos desintegradores son cosa del pasado", etc.; pero lo cierto es que ese transcendental fenómeno de integración mundial lleva ínsitos mecanismos que favorecen la descentralización e, incluso, la fragmentación de los Estados. Aquí no me puedo detener en el desarrollo de este tema, pero para quien esté interesado recomiendo la lectura de M. Castells, La era de la información, vol. II, Madrid, Alianza Editorial, 3ª ed. 2001, pp. 300-301.
Así pues, nos encontramos ante una tendencia generalizada a la descentralización que, en el caso de España presenta caracteres singulares, tal como vamos a ver a continuación. En primer lugar, esta tendencia, propia del fin del siglo XX se encuentra en España con una estructura política descentralizada fruto del Estado de las Autonomías. El Estado autonómico que diseña la Constitución de 1978 no es un producto de esta tendencia, sino que su explicación se encuentra en la Historia de España; pero lo cierto es que cuando se dan las circunstancias globales que cuestionan las estructuras centralistas, en nuestro país se encuentran con un armazón político y administrativo que les ofrece un extraordinario caldo de cultivo. El resultado es que en pocos años la estructura del país se ha visto profundamente transformada. En la actualidad las Comunidades Autónomas juegan un papel en la vida diaria de las personas muy superior al que tiene el Estado central. Y la transformación ha sido muy rápida. No hace mucho, cuando era alumno universitario, recuerdo una conferencia del entonces presidente del Principado de Asturias, Pedro de Silva, en la que justificaba la existencia de la Comunidad Autónoma en la elaboración de informes que se elevaban a Madrid, donde se encontraba el auténtico poder de decisión. Ahora las Comunidades Autónomas gestionan educación, sanidad, universidades, parte de las infraestructuras y un largo etcétera de cuestiones de importancia capital. El resultado es que las redes de poder ya no son centrales, sino que la red central ha de convivir con las que se han creado en torno a las estructuras autonómicas. Los ejemplos podrían multiplicarse, pero no creo que sea necesario, puesto que es una realidad fácilmente constatable. Solamente la rémora de muchos siglos de centralismo explican que la realidad no sea aún vista así por gran parte de la población, que piensa que son más importantes las elecciones generales que las de su Comunidad Autónoma, cuando ya no es así, al menos si la importancia la medimos por la incidencia en la vida de los individuos.
La transformación de las estructuras de poder en España consecuencia de la descentralización supone un riesgo (o una posibilidad, según se mire) real de fragmentación del Estado. No tendría que ser necesariamente así, pues los Estados federales existen y en muchos de ellos no se plantea, al menos de momento, ninguna secesión; pero en el caso de España se ha de añadir otro factor, que es el de la históricamente insuficiente consolidación del Estado. Me explico. El Estado-nación es, evidentemente un invento, y además un invento reciente, que data de la Edad Moderna. No es la única estructura posible para la articulación de las sociedades y, de hecho, ha sido un producto específico de Europa occidental. Sucede, sin embargo, que ha sido un producto extraordinariamente útil en los últimos tres siglos, hasta el punto de que una de las claves del predominio de Europa en la Edad Moderna ha de encontrarse en el Estado-nación. La estructuración de la sociedad en torno a un poder político que aglutinaba capacidad de incidencia en la política económica y poder militar fue un factor decisivo en la pujanza de Occidente. Esta nueva estructura política necesitaba legitimación, y ahí la idea de Nación fue útil. La construcción intelectual de la nación y su expansión, sobre todo a través de la educación pública a partir del siglo XIX fue un elemento esencial en la consolidación del Estado (sobre esto puede leerse Los orígenes del Mundo moderno, libro escrito por R.B. Marks y publicado en España por Crítica en el año 2007, esp. pp. 207 y ss.). Pues bien, en el caso de España esta construcción intelectual del Estado no llegó a concluirse. Las razones para ello se me escapan. Supongo que existirán estudios sobre el particular, pero yo no he llegado a ellos; es por eso que sólo puedo especular. Quizás las guerras carlistas hicieron daño en un momento clave para esta construcción, quizá la coincidencia de ese momento clave (siglo XIX) con una época de crisis en España (pérdida de las colonias americanas, pronunciamientos militares...). No lo sé, pero lo cierto es que España como Estado no llegó a consolidarse plenamente desde un punto de vista intelectual. Como un pastel que sacas del horno antes de tiempo si se me permite el símil.
Y ante esto ¿cuál es la situación? El tema de la falta de asunción de la idea de Nación en el Estado español creo que puede llegar a ser importante, sobre todo si tenemos en cuenta que en algunas Comunidades Autónomas sí se ha venido tomando en serio esta idea de construcción intelectual de la Nación (en este caso ya no española, sino vasca, catalana o gallega). Los recursos que pusieron en marcha los Estados en el siglo XIX (educación, intelectualidad) son ahora utilizados por las estructuras de poder descentralizado para construir un referente ideológico y sentimental que dé cobertura a la estructura política periférica ya existente. En estas circunstancias la profundización en la separación entre estas estructuras y el Estado central es una tendencia que se sobrepone, como adelantaba al comienzo a vaivenes políticos coyunturales o a reformas estatutarias que tienen mucho de bandera y símbolo.
Hasta aquí la descripción de lo que hay tal como yo lo veo. No me manifiesto ni a favor ni en contra, sólo pretendo hacer el diagnóstico de la situación, que para algunos será enfermedad y para otros oportunidad. Sea como sea, tómese como se tome, lo que sí que creo es que un fenómeno tan interesante, complejo e importante como es esta tensión entre globalización y descentralización debe abordarse con seriedad, huyendo de maniqueismos y teniendo como objetivo llegar a las soluciones que sean mejores para los ciudadanos. Nos jugamos mucho.