Libre

jueves, 15 de marzo de 2012

El Regreso

Dentro de poco se publicará el libro "Nechy & Ney en Quirós" del que es autora Laura H. García, quien amablemente me invitó a participar en él. Lo hice con el relato que sigue y que ahora adelanto a la espera de que en pocos días pueda dar la noticia de que "Nechy & Ney" ya ha visto la luz.

El Regreso





Volvía para un entierro.

Le parecía que hacía tan solo un momento el sol del Caribe le calentaba el rostro, veía las hojas de las palmeras agitarse en la brisa y cómo relucía el mar destellante al mediodía. Hacía muy poco, tan solo unas horas antes, lucía un traje claro y sombrero flexible en el malecón de La Habana. Se henchía su pecho al respirar el aire lleno de espuma arrancada a las olas blancas y azules, se cruzaba con los mulatos y su vista se perdía en pechos y caderas hermosos, en sonrisas blancas y en palabras dulzonas. Hacía muy poco, tan solo unas horas, disfrutaba de un ron añejo sentado frente a una taberna de Centro, de cara a la calle que conducía hasta el paseo marítimo.
Ahora todo esto estaba a miles de kilómetros. En unas horas había pasado del sol caribeño a la sempiterna humedad gris y verde de su aldea natal. En tan solo unas horas. Cuarenta y tantos años atrás, cuando hizo el viaje en sentido inverso había tardado un mes en llegar a América. Una mañana temprano, al amanecer, había recogido su maleta y se la había atado a la espalda con unas cuerdas. Su primo y él emprendían el viaje a América; pero primero había que llegar a Oviedo… caminando. Y eso fueron dos días. Luego en Oviedo tomaron el tren hasta Avilés, y eso fue un día; y en Avilés tuvieron que esperar una semana el embarque para América. Recordaba bien la última mirada que echó a la casa de sus padres antes de que ésta desapareciera tras el primer recodo del camino. No había nadie afuera. Su padre, su madre, sus hermanos, todos los que le habían rodeado en la cocina en su último desayuno en la casa estaban ya metidos para adentro, sin querer que sus lágrimas fueran el último recuerdo que se llevara para el otro lado del Océano. Recordaba cada centímetro de pared, cada madera en la puerta, cada trozo de pizarra en el tejado, cada detalle en el hórreo. Todo lo recordaba como si no hubiera pasado el tiempo, todo lo recordaba como si lo hubiera seguido viendo cada uno de los más de diez mil días que habían pasado desde entonces. Recordaba también el puerto de Avilés, recordaba cómo se apretaba contra la baranda intentando ver por encima de ella con su corta estatura de doce años, recordaba cómo se alejaban las casas de la Villa y la Ría se iba haciendo grande a la popa del barco. Recordaba cómo lo último que vio antes de que lo empujaran para atrás otros emigrantes fue una mujer agitando un pañuelo en el puerto, despidiéndose de alguno de los que le acompañaban, pero no de él.

Esos eran los últimos recuerdos de su tierra: la parte de delante de su casa en Quirós y el puerto de Avilés. A partir de ahí todo fue ya extraño y desconocido. Ahora recordaba también el viaje de diez días por el Atlántico, mareado y asfixiado en el atestado camarote que compartía con otros cuatro viajeros y con su primo. Recordaba el pequeño trozo de cubierta que dejaban a los de tercera clase y cómo soplaba el viento sobre el océano encrespado. Recordaba que buscaba lugares donde no hubiera nadie para allí poder llorar y cómo no encontró ninguno en toda la travesía. Recordaba el puerto de La Habana y su primera noche en Cuba, recordaba cómo a su primo y a él les habían robado todo el dinero que llevaban en una callejuela cerca de la posada que habían apalabrado en el mismo puerto. Recordaba a su primo, ya con dieciocho años llorando como una criatura “Qué será de nosotros ahora, primo, qué será”, repetía. Recordaba cómo él si tuvo la certeza de lo que haría, cómo siguió el camino que habían llevado los dos desgraciados que les habían robado, cómo los encontró en una casa de putas de El Vedado, cómo esperó a que se emborracharan disimulando como podía su edad y cómo entonces les rebanó el cuello con la navaja que llevaba en la bota desde Quirós. Primero al de más edad, que no debía de tener más de veinte años, mientras estaba caído en una esquina durmiendo la mona sin nadie que se fijara en él; luego al más joven mientras meaba en la parte de atrás del lupanar. Recordaba cómo registró ambos cadáveres y recuperó lo que le habían robado y algo más de propina. Recordaba que entonces dejó de mirar hacia atrás y solo miró hacia delante, siempre hacia delante durante los siguientes cuarenta y siete años.

Pero ahora había vuelto para un entierro.

El viaje de ida le había llevado un mes, el de vuelta unas pocas horas. Los tiempos cambian. “Si supiera que era tan fácil hubiera venido antes”, pensó. Podría haber venido hacía cinco años, cuando se casó su sobrina, la hija del hermano que no llegó a conocer y que había muerto en la Guerra. Podría haber venido hacía diez años, cuando se murió su madre y se lo comunicaron por telegrama; pero entonces pensó que cuando llegara ya habría pasado el funeral y no merecía la pena. Podría haber venido hacía veinte años por cualquier motivo. Hacía veinte años ya era rico y podría haberse pagado un pasaje de primera en un transatlántico para organizar la verbena que hacían los indianos ricos que volvían al pueblo; pero entonces no tenía ningún motivo para volver y entonces todavía esperaba que su primo saliera adelante y dejara de ser un mantenido en aquella Cuba a la que habían llegado juntos.
Podría haber venido en cualquier momento en los últimos veinte años y no lo hizo, quizás porque en el fondo no le apetecía. Es curioso, sus primeros veinte años en Cuba deseó casi cada día regresar a la aldea de Quirós, y entonces no podía volver. Cuando pudo volver sus deseos desaparecieron o, al menos, se difuminaron o disimularon. Cuando pudo volver comparaba ya el aire de las terrazas del Hotel Nacional con el barro de los caminos de su aldea; las orquestas y las bailarinas del Copacabana con las vacas que le había tocado llindar de niño, la deferencia de los camareros con el aire fiero y altanero del señorito que pasaba cada mañana a caballo por delante de la casa de sus padres. Comparaba y sus planes para regresar se retrasaban sistemáticamente para el año siguiente.
Los había retrasado hasta ese momento; pero ahora no podía ya retrasarlos más. Hacía unos meses se había inaugurado una línea regular en reactor desde Nueva York hasta Londres. El Océano se cruzaba en unas pocas horas. Era tan sencillo tomar un avión en La Habana, llegar a Nueva York, tomar un avión en Nueva York, llegar a Londres, tomar un avión en Londres, llegar a Madrid, tomar un tren en Madrid o alquilar un coche y llegar a Quirós. Era tan sencillo que ya no tenía sentido retrasar más el regreso, ya no tenía disculpa. “Dejar mis negocios un par de meses… imposible, y claro, si el viaje va a durar una semana ida y una semana vuelta, no voy a estar solamente una semana; lo mínimo es ir dos meses, dos meses al menos ahora es imposible”. Ahora ya no funcionaba este argumento, el viaje no eran dos semanas en total, sino, como mucho, un par de días contando los enlaces, tres a lo sumo. No tenía ya sentido justificar su renuencia a volver al pueblo en triunfo, como los generales romanos victoriosos. No tenía ningún sentido en absoluto.
Y, sin embargo, si no fuera por ese fallecimiento no habría vuelto tampoco ahora, pese a las líneas regulares de aviones, pese a las comodidades, pese a todos los argumentos a favor del regreso, si no hubiera sido por ese fallecimiento no hubiera regresado.
Así son los emigrantes: se van llorando y vuelven llorando. Inexplicable.

Pero ahora sí que estaba allí, ahora, al fin, recorría en sentido inverso el camino que había hecho a pie más de cuarenta años atrás. Ahora ya no vestía el trajo claro propio del Caribe, sino un traje grueso de lana oscura y un abrigo también de lana. El paraguas ya era tal y no una sombrilla como en La Habana. Era un paraguas negro y grande como los que recordaba de los tratantes de ganado, y como ahora no llovía lo utilizaba de bastón en aquella parte del camino que era de subida.
Vestía con elegancia, como es propio de los indianos que han triunfado. No recordaba dónde le había dejado el coche que le había traído hasta allí. Sabía que lo típico de los indianos era llegar en el coche hasta el centro del pueblo y desde el mismo coche saludar; pero él había preferido caminar. De hecho ya había cruzado el pueblo y ahora estaba ya cerca de la Iglesia, que quedaba un poco más allá yendo por aquel camino a la sombra de los castaños y los carvayos que tan bien recordaba de su infancia. Primero se bajaba desde el pueblo y luego se subía hasta pasar un recodo del camino en el que aparecía ya el templo de su infancia. Prefería llegar caminando, como hubiera hecho si no hubiera emigrado cuando era todavía un niño, prefería recorrer el trecho como cualquier otro vecino del pueblo.
Ansiaba encontrarse con algún amigo de la infancia y tropezarse con él casualmente, de aquella manera tan natural que se había buscado.

Delante de él había unas mujeres. No había reparado en ellas, pero como él iba más rápido ahora las veía y si apuraba un poco el paso las llegaría a alcanzar. Vestían de negro y llevaban mantillas sobre las cabezas. Seguramente que, como él, se dirigían a la Iglesia, al mismo funeral al que él se dirigía, solo que él estaba en la parte final de un viaje de más de cinco mil kilómetros y ellas, probablemente, habían salido de sus casas hacía menos de media hora.
Se acercaba al grupo, eran tres mujeres de edad imposible de calcular viéndoseles solamente la espalda como se les veía. No eran ancianas, ni tampoco muchachitas, pero entre los treinta y los sesenta años podían tener cualquier edad. Apresuró el paso y notó como el cuello de la camisa le apretaba, le ahogaba. Tuvo que bajar el ritmo a la vez que empezaba a sudar pese al frescor de la mañana, una mañana gris y húmeda en la que de vez en cuando alguna gota se desprendía de las nubes muy bajas que cubrían el valle.
Quizás su paso era tan fuerte que ellas llegaron a oírlo. Una de las mujeres se volvió y al verlo se detuvo. Las otras siguieron su marcha sin girarse ni esperar a la que se había detenido.
Al ver que ella le esperaba el indiano apretó el paso un poco más, pese a su cansancio. A aquella distancia no la reconocía todavía. Sintió un dolor en el pecho, pero no aflojó el paso, ella seguía allí, parecía que mirándolo.
Era una mujer de cincuenta y tanto años. Vestía de negro, con una falda justo por debajo de la rodilla y zapatos también negros con un pequeño tacón. Llevaba mantilla en la cabeza y bajo ella cabellos que griseaban; pero su rostro no era el de una anciana. Sus facciones podrían pasar por las de una mujer de treinta y pocos años. Piel tersa, ojos vivos de color verde, labios pintados al rojo vivo que habían marcado como moda las estrellas de Hollywood.
Un aire familiar, conocido. El corazón del indiano se aceleró. Tragó saliva, ya estaba bastante cerca.
-          Nos habían dicho que vendrías, pero no estaba segura de ello.
-          He venido, sí. Y la primera persona que me encuentro eres tú.
-          Alguna tenía que ser la primera –ella sonreía ahora- ¿no me vas a dar un abrazo, Juan?
Juan se acercó y la contempló, ahora ya podía olerla, con el olor de siempre, el olor a hierba y lilas que recordaba de hacía tanto tiempo. Extendió los brazos y la rodeó, la apretó contra sí sin importarle que les vieran. La apretó y sintió todo a la vez, sintió sus pechos y sus caderas, sintió las lágrimas en sus mejillas, sintió el temblor en todo su cuerpo, sintió el frescor de la hierba en la que de niños habían jugado, sintió las noches en que la había recordado al otro lado del mar, sintió todo lo que siempre le había traído el nombre de Ana, su imagen y su recuerdo.
-          Pensé que nunca más te volvería a ver.
-          Dependía solamente de ti, si no venías era imposible que nos viéramos.
-          ¿Cómo te ha ido?
-          Hace cinco años que estoy viuda. Viuda y sin hijos, vivo en la casa grande del que fue mi marido y allí entretengo las tardes y las mañanas y las noches. Voy a misa cada día, hago alguna visita, me cuido de la hacienda… lo normal ¿y tú?
-          Yo… - y no dijo más, hizo un gesto con la mano que rodeaba el aire y que quería decirlo todo sin decir nada.
-          ¿Te has casado?
-          Sí, hace muchos años. Ella ya murió. Murió joven, de unas fiebres. Me dio dos hijos que ahora se gastan mi dinero por toda Cuba, son unos cabras locas que no domino. Uno se echó al monte con los barbudos. El otro es un play boy. De ninguno sacaré provecho.
Ana sonreía como sin hacerle mucho caso.
-          Vamos hacia la Iglesia, ya me deben estar esperando.
Juan asintió, se puso a su lado y se sorprendió cuando ella se colgó de su brazo.
-          ¿Has echado esto de menos?
-          ¿Cómo no iba a echarlo de menos? Esta es mi casa, mi hogar.
-          Pero Cuba es muy bonito, me han dicho. Lleno de casas hermosas, comida riquísima, mujeres exuberantes…
-          Cuba es extraordinaria; pero esto, esto es diferente.
-          ¿Diferente?
-          Sí, diferente. Ahora que veo este verde de nuevo, estas nubes sobre las montañas, los árboles en el fondo del valle, la tranquilidad de estos prados, las vacas, los manzanos, los castaños… cada cosa es un recuerdo. Las vacas, cuando de niño las llevaba de la cuadra al río y vuelta y te encontraba llindando las de tu padre; los prados, cuando segábamos temprano antes de bajar corriendo a desayunar la leche caliente con boroña; los manzanos las cosechas, cuando nos juntábamos a hacer la sidra y, sobre todo, aquel amaguesto en que nos escondimos y nos besamos tú y yo ¿te acuerdas?, las castañas… Cada cosa es más yo que todo lo que he vivido en Cuba; así que estoy contento de haber vuelto, claro, porque lo echaba de menos, echaba de menos muchas cosas.
-          ¿A mi también?
-          A ti también, claro.
Juan estaba ahora en una nube. Nunca había soñado hablarle a Ana con tal claridad, con tanta franqueza. Habían pasado cuarenta años, pero no parecía haber transcurrido ni una semana desde la última vez que se vieron. Podrían retomarlo todo de nuevo y esta vez llegar al final. Ahora eran adultos y eran libres, tenían dinero y podrían hacer todo lo que querían hacer con doce años y les era imposible realizar. Juan ya se había olvidado del dolor en el pecho y de la fatiga. Ahora ya coronaban la pequeña cuesta y la Iglesia se mostraba ante ellos.
-          Hemos llegado.
-          Sí, hemos llegado.
-          Sabía que vendrías a este funeral, que en esta ocasión te vería.
Ana le apretaba el brazo, se lo acariciaba, sentía su aliento junto a su mejilla.
-          Sí, claro, cómo no iba a venir.
Pero entonces Juan se dio cuenta de que se le había olvidado quien era el fallecido cuya muerte le había sido comunicada en La Habana por un telegrama enviado desde Quirós. No sabía de quién era el funeral al que iba a asistir.
-          Como ibas a faltar a tu propio funeral.

Y ahora Ana le miraba como con pena; pero no era Ana; era una mulata con el ceño fruncido, que quería levantarle del suelo en el que se encontraba tendido.
-          Por Dios, Gallego, no te mueras, no te mueras ahora, por Dios.
-          ¿Quién es, quién es?
Más gente se iba arremolinando en torno al bareto, preguntaban, se acercaban.
-          Es el gallego que recogía las colillas en el bar. Es como si le hubiera dado algo de repente – la mulata le daba cachetes en la cara, quería reanimarlo, hacerle abrir los ojos mientras contestaba a los parroquianos- ¡pidan ayuda, por Dios, que se nos muere!
Pero ya estaba muerto, respiraba aún pero ya estaba muerto. Sus manos descansaban sin fuerzas sobre la sucia camisa de tela basta, su rostro quemado por el sol estaba arrugado y comenzaba a subir un estertor final desde lo más hondo de su cuerpo.
-          ¿Qué dice, qué dice?
-          Déjenle respirar, por Dios, que se ahoga.
La muchedumbre se apartó un poco y al hacerlo Juan pudo ver un último trozo de cielo azul entre las casas de la calle que llevaba al mar. Buscó en el azul y encontró una pequeña nube, hundió en ella sus ojos para morir rodeado de la niebla del que siempre había sido su hogar.

sábado, 10 de marzo de 2012

De cómo compré y leí "El fin de la raza blanca"


Sabía que lo compraría, sabía que lo leería.
Sabía que compraría y leería el libro de Eugenia. Porque lo primero que ha de ser aclarado es que no es un libro de Eugenia Rico, sino de Eugenia; para mí el autor, esta autora, se encuentra siempre antes que la obra. Quizás no sea justo, pero es inevitable.
Sabía, por tanto, que lo compraría y que lo leería. Había visto su portada en facebook. Conocía su existencia. Lo busqué.
Había comido, solo; era temprano. Había tiempo. Caminé hasta la librería cercana. Me gusta deambular por las librerías. Mi objetivo era el libro de Eugenia; pero no quería llegar a él con prisa. Me acerqué a la mesa de las novedades. No estaba. Me acerqué al estante de las novedades. No estaba. Había otros libros, algunos ya no tan nuevos; pero no estaba el de Eugenia. Escudriñe las portadas sin tocarlos. Títulos en castellano y en catalán, títulos en inglés. Libros nuevos, inmaculados, hojas que aún no habían sido abiertas. Era un hermoso espectáculo. Libros de los que había oído hablar; libros sobre nazis, libros sobre maquis, libros de memorias, novelas antiguas, novelas nuevas...
No estaba el libro de Eugenia. Un pequeño rodeo y la sección de libros de bolsillo. Autores extranjeros traducidos. Tolstoi: "Resurrección", "Guerra y Paz". Ya había leído "Guerra y Paz", tenía en casa "Resurrección". No pensaba leerlo todavía. Giras un poco la cabeza, Dovstoiesky. Me gustan esos libros de bolsillo que no lo son en absoluto, las tapas blancas, los lomos gruesos, la imagen de la portada bajo el nombre del autor y el título, como en un campo nevado.
Sobre Dostoievsky, Canetti. Me acerqué. Vi el título en el lomo: "La lengua salvada". Lo había leído. Extraordinario. Tomé el ejemplar que había a su lado, como me imaginaba era el segundo volumen de la autobiografía de Canetti, y a su derecha estaba el tercero. Pasé la mano por la contraportada. Si no aparecía el libro de Eugenia me compraría esos dos. Adelantaba el placer de volver a la prosa de Canetti, a la sencillez y sinceridad de los recuerdos de su vida. Los dejé en el estante. Tenía que continuar mi viaje.
Más novedades sobre una mesa. Novelas de autores extranjeros traducidas. Ya no eran ediciones de bolsillo; tapa dura y autores recientes. No fijé ningún título, ningún autor. Paseaba la vista sin detenerme, deslizándola como la mano sobre la hierba. Sentir los libros cerca, incluso sin leerlos, ni siquiera hojearlos, es un placer extraño. En una librería no solamente se recrea un mundo, sino millares de ellos, mundos que esperan una elección, una opción de tu mano. La tranquilidad que se siente en una librería o en una biblioteca no tiene equivalente. Nada malo puede pasarte rodeado de libros, nada terrible sucederá mientras eliges qué mundo abrir, cuál es el que te apropiarás.
Más allá estaban las novedades de autores en español, otra mesa con libros ordenados en montones ni muy altos ni muy bajos, el tamaño justo para que su presencia fuera agradable; ni parecía un muestrario de saldos ni se temía porque la torre literaria se cayera como consecuencia de la altura excesiva de su centro de gravedad. Qué inteligencia la de los expertos en marketing ¡no se les escapa nada!
Probablemente si eligiera alguno de aquellos libros me decepcionaría. La tapa aún cerrada esconde una belleza que solo se puede imaginar, que no se puede concretar. Las mujeres más hermosas son aquellas que ves de espaldas, de rostro aún indefinido; y para que sigan siendo las más hermosas es preciso resistir la tentación de volver la vista cuando sus facciones ya están al alcance de nuestra mirada. Nada puede superar a la imaginación que no precisa ser reducida a datos, imágenes, relatos. Igual sucede con los libros: un título, una intuición, las frases casi siempre exageradas de las solapas o de esas cintas que con frecuencia envuelven los libros como cadenas (eres un libro, pero también un producto, recuerda que tu objetivo es ganar dinero...) hacen nacer una emoción profunda, hacen sonar las cuerdas que se esconden en lo más hondo, las que nos conectan con la belleza absoluta y desconocida. La lectura, en tanto que gana en concreción nos aleja de esa belleza desconocida e inasible; quizás fuera bueno no leer los libros, sino tan solo imaginarlos.
Pero había un libro que sabía que leería, el que buscaba. Ya pensaba que no lo encontraría, que habría de volver a Canetti; pero no, en una esquina de la mesa, a la derecha, vi la portada que tan bien conocía. No la que yo había votado, sino la otra, más explícita; luego supe que también más fiel. Una mujer con la cabeza envuelta en un enorme pañuelo que no dejaba ver absolutamente nada de su faz. Un pañuelo carmesí que cubría completamente cabellos y rostro hasta el cuello. El extremo del pañuelo se agitaba a la izquierda del espectador perdiéndose por el lomo del libro. Las manos de la mujer se acercaban a su cabeza, la acariciaban casi. Los brazos y los hombros desnudos. Por encima del pecho tan solo los tirantes de un vestido del mismo color que el pañuelo. En torno a la mujer y rodeando su cabeza las ramas desnudas de lo que parecía un rosal. Se retorcían las ramas por toda la portada como huyendo de algo, apresando, quizás sin querer, aquella cabeza misteriosa. En la parte superior de la portada dos rosas rojas (no habíamos quedado en que las rosas nunca deben aparecer en número par; ¿es otra sutil advertencia para el lector?).
El libro era más grande y más delgado de lo que había imaginado. Estilizado como esas figuras fascinantes de Tim Burton. Resistí la tentación de abrirlo. Fui a la caja, pagué y volví a mi trabajo.



Lo leí entre la noche del jueves y el mediodía del viernes. Un microrrelato inicial, doce historias divididas en tres cantos ("Cielo", "Purgatorio", "Infierno") y otro microrrelato final. El primer canto incluye tres historias, el segundo cuatro y el último cinco. No creo que sea casual; pero no quiero analizarlo, no es mi deseo ni tengo conocimientos para hacerlo, solo quiero contar cómo lo leí. No sé por qué quiero hacerlo, pero esto tampoco importa.
Me deslice descuidadamente sobre el primer microrelato y caí en el sueño del primero del Cielo. Se retorcía en mi mente como las sábanas en una noche de pesadilla; intentaba adivinar sin conseguirlo cuál era la trama, me pesaba. En el segundo no pude quitarme de la cabeza "El Ángel Exterminador" de Buñuel y el tercero me volvió a angustias conocidas y en absoluto imposibles.
Casi era hora de ir a dormir; pero comencé el Purgatorio. "La Chaqueta" me sorprendió, me estremeció en su sencillez, en su brevedad, en su autenticidad. En él comencé a ver al autor, ausente para mí en los relatos anteriores. Ya tuve que continuar con la siguiente historia y solamente el sueño me hizo abandonar el libro en la página 50.
Al día siguiente, viernes, me lo llevé al trabajo. Tenía que tomar el tren al mediodía y quería aprovechar el trayecto para leer el libro. Todo se cumplió según lo previsto. Ocupé mi asiento en el tren y abrí el libro por la página 51. Me golpeó un relato tremendamente duro en su brevedad al que sigue otro igualmente incisivo. La violencia que es explícita en el primero está solamente sugerida en el segundo. La que se descarga directamente contra los animales en el primero ya se dirige contra las personas en el segundo. Uno tiene la sensación de que comienza a mascarse la tragedia. Así acababa el Purgatorio  para dar paso al Infierno ¿qué habría allí?
El primero de los relatos de ese último Canto me recordó a Borges por lo de los espías de "El Jardín de los Senderos que se Bifurcan" y también por el cuento aquél en el que soñaban a un hombre; pero Borges no hubiera podido transmitir ese frío húmedo que se siente en la barca donde yace el cadáver cubierto de hielo en mitad del mar. Solamente los que han vivido en medio del aire casi líquido del Cantábrico pueden narrar una noche en el mar como hace Eugenia en este relato.
Y lo que encontramos tras ese primer relato del Infierno es ya otro libro. Los cuatro relatos que siguen son una dantesca recreación de la violencia: la violencia enfrentada a la dignidad de "La noche de la Candelaria", la violencia nauseabunda de "La primera vez", la violencia teñida de miseria de "La gata negra" y, para terminar, la violencia elegantemente cruel del último relato, el que da título al libro.
Lo que se había apuntado en los relatos previos se concreta en estos cuatro últimos, que tomados en su conjunto podrían ser una novela corta y heterodoxa en la que los personajes explícitos varían, pero en la que un único sujeto deambula casi sin cambiarse de vestido de unos a otros: el Mal en mayúsculas se encarna en estos relatos que sobrecogen.
Una vez escribí que los autores que lo son de verdad no inventan, sino que en cada cosa que hacen se limitan a decidir qué parte de su mundo interior muestran. El auténtico mérito es, como en las películas de terror, descender las escaleras oscuras que conducen al sótano. Eugenia lo hace en este libro, que es delgado; pero no menor. Un libro auténtico, auténtico.

jueves, 8 de marzo de 2012

¡Viva María!

Hubo una época en la que las películas eran indios atacando caravanas, caballeros en feroces luchas a espada, aventureros en selvas, desiertos o montañas, buques de vela que desafiaban las tormentas en mares lejanos, batallas en medio de la nieve...
Cuando leí el resumen que en TP o similar se hacía de esta película seguramente no me entusiasmé. Se hablaba de aventuras, revoluciones y guerras en un país latinoamericano a principios del siglo XX. Lo de aventuras y guerras prometía, pero los comienzos del siglo XX no era de mis épocas preferidas y, además,  se insistía mucho en la presencia de dos mujeres que, según parecía, llevarían el peso de la historia, las dos Marías a las que se refiere el título.



La presencia de chicas en las películas era un aditivo innecesario y difícilmente inteligible. Los momentos románticos o de conversación entre hombres y mujeres eran tediosos interludios entre las escenas realmente interesantes. La crónica de la película que se anunciaba para el sábado por la noche amenazaba con que las escenas en las que nos encontraríamos con aquellas dos artistas de cabaret serían mayoría.
No empecé, por tanto, la película con la mejor de las disposiciones. Además, desde el principio quedó claro que, efectivamente, las Marías estarían presentes en casi cada escena.
Algo extraño, sin embargo, comenzó a pasar. Resultaba que no podía apartar la vista de aquellas mujeres, sobre todo de la más rubia y -me parecía- más joven. Pronto estaba cautivado por aquellas presencias y eran las escenas de acción las que casi me molestaban. No sabía bien lo que sucedía, pero me daba cuenta de que comenzaba a ver las cosas de forma diferente. Toda la película fue un crescendo en mi descubrimiento de la belleza femenina, un cambio que se me antojaba sería transcendente.