Libre

domingo, 16 de febrero de 2014

No en mi nombre

Hace unos meses el gobierno de la Generalitat editaba un libro (Catalonia calling. What the world has to know) que enviaba a diez mil personas influyentes de todo el mundo. Sonia Sierra escribió un mordaz artículo sobre el proyecto que muy acertadamente tituló "Catalonia Calling: no en mi nombre". Rechazaba en él la confusión entre propuestas de partido y de gobierno y pedía que esta confusión no pudiera hacer pensar que el envío se hacía en su nombre (evidentemente, no en su propio nombre, sino en el del pueblo de Cataluña al que ella también pertenece).
Artur Mas vuelve a insistir en esta apropiación de lo público y en la utilización incorrecta del pueblo de Cataluña como argumento para sus pretensiones; ahora en una carta publicada en seis periódicos de Bélgica, Bulgaria, Chipre, Malta, Estonia y Croacia. En ella vuelve a arrogarse la representación del pueblo de Cataluña para así hablar en nombre de todos nosotros. Esto es incorrecto y un abuso que no deberíamos tolerar.
El pueblo de Cataluña, como cualquier otro pueblo, entendido como un sujeto con voluntad propia no es más que una creación jurídica. Estamos tan acostumbrados a oír hablar en nombre del pueblo alemán, del pueblo americano, del pueblo español o de cualquier otro pueblo que se nos pasa algo evidente: siete millones de personas (u ochenta millones en el caso de Alemania o trescientos millones en el caso de Estados Unidos) son un conjunto de individuos cada uno con planteamientos y voluntad propia y pretender que alguien actúa en nombre de todos es una ficción que funciona únicamente si se respetan los mecanismos que la hacen posible. Estos mecanismos están recogidos en el ordenamiento que rige en cada territorio y que establecen, en primer lugar, quién integra el pueblo (en el caso de Cataluña los nacionales españoles con residencia en la Comunidad Autónoma de Cataluña) y cómo se configura la voluntad de ese pueblo; esto es, en nuestro caso mediante la existencia de unas instituciones que actúan dentro de sus competencias marcadas por la Constitución Española y el Estatuto de Autonomía de Cataluña. A la vez se determina quiénes dentro del pueblo de Cataluña tienen capacidad para designar a los integrantes de las instituciones que nos representan a todos (los mayores de edad que no se encuentran incapacitados ni privados de su derecho al voto) y cómo se configuran las elecciones.
Si falla alguno de los elementos del párrafo anterior la ficción dejará de operar: si en las elecciones catalanas votaran quienes no son ciudadanos catalanes o se privara de derecho de voto a una parte de ellos (los residentes en Girona, por decir algo absurdo) no podría decirse correctamente que los designados hablaran en nombre del pueblo de Cataluña, si se dejara votar a los niños o se privara del derecho de voto a los rubios (por ejemplificar con un absurdo) tampoco se configuraría correctamente la voluntad del pueblo catalán. De igual forma si no se designara a los diputados que han sido elegidos según el sistema electoral o no se nombrara al presidente de la Generalitat de acuerdo con el procedimiento establecido, y también cuando los diputados o el presidente de la Generalitat actuaran fuera del marco competencia que les es propio quienes se pronunciaran en nombre del pueblo catalán lo estarían haciendo de forma incorrecta.



Esto es lo que está pasando desde hace unos meses. El presidente de la Generalitat se arroga competencias en materia de política exterior que no tiene ni según la Constitución Española ni de acuerdo con el Estatuto de Autonomía aprobado por referéndum hace unos pocos años. Actúa, por tanto, fuera del marco legal en el que ha sido nombrado y es por ello incorrecto que pretenda expresarse en nombre de todos los catalanes ¿ya se ha producido la revolución que ha convertido en Derecho no vigente en Cataluña la Constitución de 1978 y el Estatuto de 2006? ¿Ya han sido sustituidos por una Constitución Catalana de acuerdo con la cual el Presidente de la Generalitat tiene la facultad de representarnos ante otros Estados y reclamar la celebración de consultas que conducirían a la ruptura de vínculos con el resto de España? ¿Qué me he perdido en los últimos meses que ha hecho que el Presidente de la Generalitat pueda actuar como un Jefe de Estado?
No, desde luego, que no. Ya lo he dicho y lo repito. No me siento en absoluto representado por un gobernante que desprecia el ordenamiento a través del cual ha sido designado. Esta es una situación completamente nueva en mi experiencia. En muchas ocasiones quienes han gobernado, tanto en España como en Cataluña, son personas o partidos a las que yo no había votado, pero eso no impedía que me sintiera representado por ellos en tanto en cuanto actuaban en el marco del ordenamiento que nos vincula a todos. Siempre he tenido un alto sentido institucional y de lealtad hacia quienes en cada momento representan la voluntad del conjunto de los españoles o de los catalanes; pero esa lealtad y respeto solamente son posibles si los elegidos ajustan sus actuaciones a lo establecido en las leyes que nos vinculan a todos. Fuera de ellas, de las leyes, su actuación no tiene más legitimidad que las de un forajido que cuenta con medios suficientes para mantener amedrentada a la población (el viejo problema del Estado y la banda de ladrones que ha ocupado a tantos juristas y politólogos). Y esa es la situación en la que me siento ahora. Roto el respeto a las normas, actuando por la vía de hecho, apoyándose en pretendidas voluntades mayoritarias que no existen más que en su imaginación, vivo en medio de la crisis institucional más seria que recuerdo haber experimentado en mis 46 años de existencia.
No en mi nombre.

sábado, 1 de febrero de 2014

El fin del Oasis catalán

Cuando llegué a Cataluña a mediados de los años noventa me incorporé al masivo juego de rol en el que participábamos todos o casi todos los habitantes del país.
Se trataba de un juego divertido y complejo (en Cataluña -como me dice un compañero- las cosas no son nunca lo que parecen y nunca parecen lo que son) en el que partíamos de algunos elementos de la realidad para construir una representación, para levantar una sociedad distinta a la real que, al menos a los efectos del juego, sustituía a ésta.
Como digo todos (casi todos) participábamos en la representación. Cataluña es una Comunidad Autónoma dentro de España; pero todos hacíamos como si España no existiera, como si fuera un accidente o una circunstancia irrelevante. En la televisión oficial, la previsión del tiempo se ofrecía asumiendo que el verdadero encaje de Cataluña son "los Países Catalanes", y así recibía un tratamiento más detallado la previsión de Alicante que la de Zaragoza o Madrid (situadas en el mismo plano que la de París o Roma). Las banderas españolas estaban reducidas al mínimo y todos (o casi todos) asumían que quien de verdad nos representaba en el fútbol o en otros deportes era el Barça, no la selección española.
La lengua mayoritaria de los catalanes es el castellano; pero en las administraciones autonómicas o locales, en las escuelas y hasta en las asociaciones de vecinos parecía que lo "normal" era solamente utilizar el catalán para cualquier comunicación que tuviera el mínimo aspecto de oficial. En el Parlamento de Cataluña solamente se hablaba en catalán y se suponía que si era posible las presentaciones o intervenciones oficiales deberían ser también en catalán. Por ley se estableció también que la rotulación de los establecimientos debería hacerse también en catalán.
La realidad es que la historia de Cataluña es una parte de la historia de España; pero todos (o casi todos) asumían la ficción de que eso no era así. Así, en Cataluña la guerra de la independencia no se llama así, sino "la guerra del francés" y todas las representaciones medianamente oficiales del pasado catalán asumen que Cataluña es una entidad que tan solo por vía de enfrentamiento se ha relacionado con el resto de España (con España en la terminología propia del juego de rol al que me refiero). La integración de Cataluña en la Corona de Aragón se disimulaba mediante la invención de una inexistente "Corona Catalano-Aragonesa", etc.
Se trata de una situación curiosa: una serie de sobreentendidos y ficciones crean una ilusión en la que todos participan y en la que todos tienen un papel. Los términos del debate político se mueven tan solo en los límites de este "mátrix", pues si alguien no lo acepta es excluido como un apestado o, para ser más precisos, como si fuera alguien "que no entendiera la realidad". Esto sucedió cuando se creó "Ciutadans" (C's). Recuerdo que entonces "Polònia", ese programa imprescindible para asumir los elementos estructurales del "mátrix", describía a los promotores de la formación como marcianos que precisamente por serlo desconocían cuál era "la realidad". No les faltaba razón. C's rechazaba participar en el juego de rol y, por tanto, para quienes en él chapoteaban eran ajenos -los fundadores de C's- a la "realidad"; esto es, propiamente a la ficción de quienes habían creado ese espectacular decorado que era la política catalana.
Desde afuera a ese inmenso escenario en el que todos (casi todos) parecían sentirse tan cómodos se le denominó "el Oasis catalán". En realidad era tan solo un decorado que, como en la maravillosa película "El Atlas de las Nubes" escondía paredes grises entre suelos y techos bastos y oscuros.


Quizás el Oasis hubiera podido mantenerse indefinidamente; pero hace unos años comenzó a resquebrajarse; algo pasó que lo cambió todo. Quizás el desmoronamiento viniera de que CiU fuera expulsada del gobierno de la Generalitat en 2003, quizás ese fue el primer "fallo de programación" que desestabilizó todo el software (aún recuerdo la perplejidad entonces de algunos políticos de CiU que se mostraban casi indignados por verse obligados a realizar un traspaso de poderes a otro partido, como si se tratase de un acto contra natura); quizás; pero no es seguro, porque las primeras señales inequívocas de que el escenario había cambiado se produjeron en 2010, con motivo de la disparatada reacción a la Sentencia del TC sobre el Estatuto de Autonomía de 2006 y se confirmaron en 2012 con el inicio de la campaña por la independencia de Cataluña a la que se ha sumado el Gobierno de la Generalitat y todo su aparato más una parte significativa de periodistas e intelectuales.
En los últimos dos años el "Oasis" ha cambiado de naturaleza. En primer lugar se ha intensificado la alteración de la realidad que se deriva del escenario diseñado por los creadores del "matrix". Los ejemplos podrían multiplicarse, pero baste recordar cómo se pretende, contra todas las evidencias, que una Cataluña independiente permanecería en la UE o que el Derecho internacional ampara el derecho a la autodeterminación de Cataluña (y ahí está el bochornoso espectáculo de la falsificación de la decisión del Tribunal de La Haya sobre la decisión de Kosovo).
Esta profundización en la ilusión no es, seguramente, fruto de la casualidad. Durante décadas en Cataluña se actuó como si no se fuera parte del Estado español. A partir de 2012 se pretende que esa ilusión se convierta en realidad. Ahora bien, de nuevo esa transformación se pretende que sea también obra de la ilusión. La dureza e incertidumbres de un proceso tan traumático como es la separación del Estado en el que se ha estado integrado durante siglos se presenta como un acontecimiento casi trivial y sin consecuencias. El método del "Oasis" debe adquirir así una nueva función, pero, mucho más compleja. Mientras se mantuvo en los límites del Estado español la ficción catalana contó con la aquiescencia del resto del Estado, quien también actuó en el marco de esta recreación (véase, por ejemplo, cómo se tolera que el grupo de CiU en el Congreso se denomine "Grupo Catalán", favoreciendo así la identificación de Cataluña con una determinada opción política, o el escasísimo interés del Estado por conseguir la aplicación de las decisiones judiciales que obligaban a que el castellano estuviera presente en la educación pública catalana). Cuando el "mátrix" pretende alcanzar el ámbito internacional es preciso que sean cómplices otros Estados y las instituciones internacionales. La ausencia de esta complicidad se ve compensada con una labor de propaganda para mero consumo interno que llega al ridículo. Se trata de un intento que casi parece desesperado por mantener la realidad alejada de ese mundo ideal en el que se pretende que se desarrolle el debate político y social.
Porque al pretender convertir en real la ficción, al adentrarse por la senda de la independencia es más probable que los espectadores rechacen participar en la función. Muchos hemos abandonado el juego de rol en los últimos dos años. Participamos en él durante lustros o décadas porque pensábamos que quizás era un forma inteligente de conseguir un equilibrio en la sociedad catalana que permitiera mantener el status quo; pero esa misma complicidad se nos antoja imposible cuando el juego pasa a convertirse en real. Podemos disfrutar con la simulación de un combate de esgrima; pero si nos damos cuenta de que las espadas carecen de botón y los filos están preparados para cortar es probable que entreguemos nuestros disfraces y rechacemos participar en la obra. Para una parte cada vez mayor de catalanes la realidad se está convirtiendo en el auténtico escenario de su vida, una realidad en la que no has de forzar la utilización del catalán, en la que no has de esconder que te sientes representado por las instituciones del Estado, en la que pides explicaciones por el sistema de inmersión que hace prevalecer por razones nacionalistas a una lengua sobre la materna de la mitad de los catalanes, etc. Una parte cada vez mayor de los catalanes ha decidido dejar un juego de rol en el que, como sucede a veces en las novelas de misterio, te acabas dando cuenta de que los muertos son de verdad.
Para muchos catalanes, en cambio, esa transformación en realidad del juego es el resultado de una aspiración largamente sentida. Durante décadas estos catalanes jugaron a algo en lo que creían mucho más que sus compañeros de partida. Seguramente para esos catalanes este es el momento histórico que deseaban y en el que se acercan a su objetivo final: la independencia de Cataluña. Para ellos "el Oasis" solamente ha sido una etapa necesaria pero frustrante, pues impedía presentar con total claridad sus propuestas. Quizás ha sido el hartazgo de los diseñadores del juego lo que ha precipitado los acontecimientos que vivimos. Quizás.
El resultado de todo ello es que ya no tenemos un escenario común en el que movernos. Es probable que quienes asumieron sin mayores problemas una prevalencia del catalán en las aulas que, sin embargo, para ellos no era esencial; sean ahora reacios a admitirlo. Quizás quienes asumieron como una necesidad la protección del catalán ya no la consideren como tal. Cabe la posibilidad de que quienes rechazaron la utilizaron de los símbolos del Estado en Cataluña reclamen ahora su presencia. Frente a estos los convencidos de la independencia plantearan ésta como un resultado irrenunciable.
En medio de ellos solamente quedan ya los restos del Oasis, que son un montón de mentiras cada vez más grandes a las que me refería un poco más arriba que pronto, seguramente, serán abandonadas por inútiles y nos quedaremos solamente con el crudo enfrentamiento de dos voluntades.
El Paraíso ha sido clausurado.