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domingo, 30 de octubre de 2016

Las dos Españas. Odio y convivencia

Hay dos Españas. Quizás las ha habido siempre, tal como nos recuerdan algunos; pero yo no las había visto, o por lo menos no las había visto con tanta claridad, antes del pleno de ayer en el Congreso.



Ahí, en la investidura del presidente del Gobierno, se abrió un abismo entre quienes se alimentan del odio y los demás. El infame discurso de Gabriel Rufián dotó de voz y contenido a una actitud que encontró luego su imagen en las agresiones a diputados a la salida del pleno.
Nada parecía casual o desconectado ayer. Gabriel Rufián, de ERC se dedica a insultar a los socialistas tildándolos de traidores y Oskar Matute, en nombre de Bildu, califica de mafia nuestro sistema político. Ambos son aplaudidos por Pablo Iglesias mientras a su lado Errejón, el mismo que saluda a los reunidos fuera del Congreso, también muestra su aprobación. Luego resultará que esos mismos manifestantes insultarán a las diputadas de C's que abandonaban la sesión llamándolas "putas" y lanzarán a los representantes de todos los españoles mecheros y latas.



Insultos en la cámara e insultos en la calle. La única diferencia entre uno y otro lugar es que delante del congreso ya comenzamos a ver la violencia física, la que resulta inevitable cuando se abandona la senda de las instituciones y se reclama directamente el apoyo "de la gente". Desconfía de quienes apelan al pueblo, a la nación o a la gente; en el fondo todas estas llamadas esconden el rechazo de las garantías y la búsqueda de atajos que de forma explícita o implícita descansan en la violencia. Se sabe bien en el País Vasco y se comienza a ver en otras partes de España.



No pretendo ser alarmista; sino advertir de los peligros que supone abandonar los consensos democráticos y abrazar los mecanismos de la revolución. Cuanto antes nos demos cuenta de dónde nos estamos metiendo menos duro será reconducir la situación.
Y nos estamos metiendo en una fractura que tendrá muy difícil recomposición. Para Podemos, para ERC, para Bildu el objetivo es tan solo destruir el sistema político actual. No es una interpretación mía. Estos partidos hacen expreso su deseo de fraccionar la soberanía nacional de una u otra forma, y también tienen en común su rechazo a lo que ellos llaman "el régimen del 78". Esto es sabido desde hace tiempo; pero la sesión del Congreso de ayer lo escenificó de modo perfecto. El reparto de aplausos entre unos y otros muestra que más allá de coyunturas hay una unidad de objetivos que facilita compartir estrategias y métodos.
A la vez, cuanto más estrecha es esta alianza más difícil es llegar a acuerdos con el resto. ¿Cómo podrían encontrarse acuerdos entre el Pablo Iglesias que aplaude el discurso de Bildu y los populares o socialistas que tantos muertos acumulan a manos de ETA? ¿Cómo podría llegarse a tales acuerdos cuando Rufián o Matute no hacen más que recordar aquella época de dolor, incluso teniendo frente a ellos a un diputado como Madina que perdió una pierna en un atentado terrorista? ¿Cómo podían ayer Rufián o Matute recordar a los GAL y no tener una mención para las víctimas de ETA cuando a menos de cinco de metros de ellos se sientan algunas de ellas?
Ayer Podemos, ERC y Bildu cavaron un foso ante ellos, un foso que expresamente les separaba del PP, del PSOE y de C's, receptores en su conjunto de más de 16 millones de votos en las últimas elecciones, dos tercios de todos los depositados.
Ayer se vio que no podrá contarse con ellos, con Podemos y sus amigos, para ningún plan que tenga por finalidad mejorar la calidad de nuestra democracia y favorecer la gobernabilidad. Ellos están en otro escenario y calcular algo distinto es un puro ejercicio de pensamiento ilusorio. Ellos representan lo que vimos en el discurso de Rufián y de Matute: el totalitarismo de quien no admite más verdad que la suya y que insulta a quien no la comparte; el radicalismo de quien está tan convencido de sus razones que no rehuirá ningún instrumento para conseguir hacer realidad sus planes y todavía encontrará la forma para no sonrojarse o palidecer al recordar que fueron asesinos los que sentaron la base de su propuesta política.



Y frente a ellos ¿qué hay? En el debate de ayer hubo dos momentos emocionantes. El primero fue la intervención de Oramas González-Moro, de Coalición Canaria, llena de sensatez y con una clara apelación al abandono del odio y del rencor. El segundo, la reacción a la réplica de Antonio Hernando -del PSOE- a la desfachatez de Rufián. El aplauso que siguió a una palabras breves y sentidas pareció salir del corazón de los diputados que percibían, quizás, la importancia de lo que estaba pasando; de la necesidad de mostrar su apoyo no a Hernando, sino a todos aquellos que han hecho posible nuestra democracia, a todos los que aún la pueden hacer posible, a todos los que sacrificaron trabajo, intereses o incluso la vida para hacer posible que hoy vivamos en un país democrático, con muchos problemas, pero partícipe del sistema europeo de libertades, moderno y con toda la capacidad para hacer frente a los enormes desafíos que tenemos como sociedad.
Quizás por un segundo las señoras y señores diputados se dieron cuenta de qué va la política, de que se trata de una actividad que cambia las vidas de las personas y de las comunidades y que, por tanto, ha de afrontarse con una enorme responsabilidad.
Esos segundos de aplausos en los que diputados de partidos diversos parecieron colocarse por encima de postureos y coyunturas valió más que el resto de discursos e intervenciones, plagados de lugares comunes y tacticismos en ocasiones deplorables.
¡Ay si esos aplausos pudieran convertirse en acción política! ¡Ay si fueran capaces de ir más allá del cálculo de qué interesará más a sus intereses personales o partidistas de cara a las próximas elecciones y actuaran de acuerdo con lo que precisa este país ahora profundamente dividido!
Si así fuera aquellos que están por la convivencia y la democracia conseguirían que estos principios prevalecieran sobre el odio y el rencor, sobre la intransigencia y la violencia.
Si no fuera así tendremos problemas. Problemas muy serios.

domingo, 9 de octubre de 2016

El agua del He Shan (在山河水)

El cuento de hoy para Amanda y Héctor.

Hace muchos años, en China, vivía un emperador poderoso que, sin embargo, padecía un extraño mal: siempre estaba triste. Pese a que disfrutaba del entretenimiento de los mejores artistas del reino, estos no eran capaces de arrancarle ni una sonrisa.
Los mejores médicos del mundo pasaron por el palacio imperial para intentar curar al soberano; pero todo era en vano. Nadie acertaba con el origen de la enfermedad que hacía que el dueño de toda China languideciera sin remedio.
Un día se presentó a las puertas de la Ciudad Prohibida un viajero vestido con harapos y que lucía una larga barba que comenzaba a encanecer. Se acercó a los guardias y les dijo que venía para hacer que el emperador recuperara la salud. Los guardias se miraron extrañados y le advirtieron que si intentaba engañarlos le cortarían la cabeza. El forastero dijo que era consciente de ello, pero que aún así insistía en visitar al soberano.
Le hicieron pasar y le llevaron ante el emperador. Cuando estuvo frente a él el viajero se acercó y lo examinó con detenimiento. Se detuvo en sus manos y en el color de su piel, en la forma que marcaban los pómulos y en la manera en que sus ojos escudriñaban lo que le rodeaba. Al cabo de unos pocos minutos el viajero se retiró unos pasos y habló.
- Lo que padeces, majestad, es una enfermedad que solamente se curará bebiendo del agua del He Shan, el río más recóndito de las montañas más alejadas de tu imperio.
El emperador no mostró ninguna emoción al oír la noticia y se limitó a decir:
- Haré que inmediatamente me traigan de ese agua.
- Me temo, señor, que esto no puede hacerse - replicó el viajero- el agua solamente surte efecto si se bebe directamente del cauce del río en el punto que tan solo yo conozco. No puede traerse el agua hasta el palacio, porque entonces perdería sus poderes. Es preciso que tú, personalmente, llegues hasta el nacimiento del río para allí beber de ese agua. Pero te advierto que es un viaje peligroso, por lugares solitarios y donde no es imposible encontrarse con bandidos y salteadores.
El emperador acentuó su habitual gesto de fastidio y añadió:
- Si no hay más remedio me desplazará hasta allí. Haré que cien soldados escogidos me escolten. Seguro que es suficiente para espantar a bandidos y saqueadores.
El forastero contestó agitando con suavidad pero determinación su cabeza.
- Eso tampoco es posible. El agua solamente surtirá efecto si quien acude a beberla lo hace en solitario o, en todo caso, acompañado tan solo por otro viajero. Como el único que conoce el lugar exacto en el que ha de beberse el agua soy yo me temo que no queda más alternativa que seamos tú y yo quienes emprendamos este viaje.
Un nuevo gesto de fastidio del emperador siguió a este anuncio; pero era tanto su cansancio por el abatimiento que sin razón aparente sufría desde hacía tanto tiempo que se apresuró a confirmar que haría el viaje tal como se le había indicado.



Dos días después el emperador y el forastero salían juntos de la ciudad. Llevaban tan solo lo que podían transportar los dos caballos que montaban y el emperador había cambiado sus trajes elegantes por el atuendo propio de un viajero modesto.
Las primeras semanas de viaje recorrían todavía el centro del imperio y reposaban en posadas que pagaba la bolsa de monedas de oro que el emperador había dado a su compañero; pero al cabo de un mes ya se habían adentrado por las zonas poco pobladas, por los bosques, por las tierras de frontera donde las personas debían buscarse la vida como lo habían hecho sus antepasados antes de que llegara la civilización.
El emperador sabía disparar con el arco, pero nunca había despellejado un animal ni preparado un fuego de campamento. Con el forastero aprendió a hacer esas cosas, y a buscar el lugar más confortable para reposar durante la noche en un bosque. Y también a sacar espinas de los cascos del caballo y a lavarse en la corriente de un río.
Viajaban y estaban ocupados. Ascendían la montaña y exploraban los bosques. En medio de uno de esos bosques sufrieron el ataque de unos bandidos. El emperador, que era un gran guerrero mató a tres de los asaltantes en un santiamén con las flechas que disparaba como un dios de la muerte. El forastero y él se enfrentaron con sus espadas a los tres bandidos que quedaban y dieron buena cuenta de ellos. Cuando hubieron acabado había seis cadáveres en el bosque y ambos hombres estaban exhaustos y satisfechos por haber burlado de aquella manera a la muerte.
- Ya estamos cerca del lugar en el que beberás del agua, emperador. Y llegaremos a él gracias a tu valor y habilidad.
El emperador casi sonrió al oír esto, pero nada dijo el forastero. Al día siguiente llegarían al lugar en el que el emperador debía curarse.
Cuando a la mañana cruzaron el último paso antes de alcanzar la pequeña fuente en la montaña de la que manaba el agua del He Shan el forastero puso la mano sobre el hombro del emperador y le miró a los ojos.
- Lo has conseguido. Has llegado al agua que te curará y te has ganado el derecho a beberla.
Y sin soltar el hombro lo condujo al punto exacto en el que debía beber.
- Antes de beber mira tu reflejo en el río.
El emperador miró su rostro en el agua y se sorprendió. En su cara había una sonrisa. Sus ojos brillaban de emoción y hasta sus mejillas parecían haber ganado color.
- Bebe si quieres de este agua, pero ya estás curado. Encerrado en tu palacio morías como pájaro enjaulado. Precisabas volver a sentirte una persona como los demás, capaz de valerse por si mismo y enfrentarse a la naturaleza y a tus enemigos con la fuerza de tu brazo y no con la ayuda de tus soldados. Es el viaje el que te ha curado.
El emperador miró al forastero y lo vio con nuevos ojos, como al sabio que realmente era. No dijo nada y sumergió su cabeza en el agua. La sacó y ayudado tan solo por las manos como cuenco bebió de aquel agua tan fresca.
Volvieron al palacio, donde el emperador nombró al viajero primer ministro. Fueron amigos el resto de su vida y de vez en cuando se escapaban por unos meses del palacio para viajar juntos como lo habían hecho aquella primera vez.