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Pérdidas (22 de agosto de 2015)

He pasado las últimas semanas de vacaciones por España. He visitado Almería, Ávila, Salamanca, Asturias, Galicia, León y Burgos. Pasando por todos estos lugares sentía el absurdo de que se pretenda que se sitúen al otro lado de una frontera.
Se repite machaconamente lo de los ilusorios 16.000 millones que traería como bono la independencia. Sabemos que esa cifra es falsa; pero incluso aunque fuera verdadera ¿cómo se compensaría con la pérdida que supondría que los catalanes dejáramos de ser cotitulares de las playas del Cabo de Gata, de las murallas de Ávila, de la Plaza Mayor de Salamanca, de Valdediós, de Tazones o Cudillero, de Santiago de Compostela o de la Catedral de León? ¿Cómo cuantificaríamos la pérdida que supondría que familias y amigos estuvieran ya en otro país y nosotros fuéramos extranjeros en Andalucía, Madrid, Extremadura, Castilla, Valencia o Canarias? Quien piense que es irrelevante es que nunca ha estado en un país diferente del propio y no ha sentido, por tanto, lo que implica ser extranjero.
Con la pérdida del resto de España perderíamos también la condición de ciudadanos de la Unión Europea. Solamente los nacionales de los Estados miembros de la UE son ciudadanos europeos. La pérdida de la nacionalidad española supondría también la de la ciudadanía europea. Decir otra cosa es desconocer los principios básicos del Derecho europeo.
¿Merece la pena este absurdo? Hay quien sostiene que sería compatible mantener la nacionalidad catalana y la nacionalidad española (y, por tanto, también la ciudadanía europea), pero la historia nos muestra que los procesos de secesión conducen a más situaciones de apatridia que de doble nacionalidad.
Finalmente están los que mantienen que tras la independencia quienes quisieran conservarían la nacionalidad española; pero en este caso donde seríamos extranjeros es en nuestra propia tierra, en Cataluña.
Pérdidas dolorosas.


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