Páginas

Artículos en "The New York Times"

Artículos en "El País"

Artículos en ABC

Artículos en "El Periódico"

Artículos en "El Mundo"

Artículos en "El Español"

Artículos en "Crónica Global"

Artículos en "Te interesa"

Artículos en "El Universal"

Artículos en "La Razón"

Páginas

sábado, 31 de agosto de 2013

De niños y esteladas

Esta mañana he estado en el FNAC.
En la mayoría de las ocasiones en las que entro en una librería la sección infantil es visita obligada. Hoy he dedicado unos cuantos minutos a hojear los libros que por allí había. Encontré tres dedicados a "la Diada", el 11 de septiembre, la fiesta nacional catalana. No pude resistir la tentación de comprarlos y ahora los tengo a mi lado mientras escribo esto.



El primero de ellos se titula "L'Auca de la Diada" y es de la editorial Barcanova. Es un libro destinado a niños pequeños, de los que tienen muchos dibujos y mezclan la letra ligada y la letra de palo. Su tema es cómo pasa una familia el día 11 de septiembre. Entre otras cosas explica que "revolotean señeras y esteladas [la bandera independentista] en balcones, ventanas y casas". Al lado un dibujo en el que se aprecian un montón de señeras en las ventanas de un edificio que está coronado por la estelada. Más adelante, en otro dibujo se puede ver una tienda llena de camisetas con diferentes tipos de esteladas. En la página siguiente se puede leer: "Para endulzar la Diada, un pastel con la estelada" y acaba con un dibujo de una manifestación en el que se pueden ver varias esteladas.
El segundo, de la editorial "Estrella Polar" se titula "La meva primera Diada". Se trata de un libro también con dibujos, destinado a niños de seis o siete años. Dos hermanos, Marc y Júlia pasan la Diada con sus abuelos, lo que dará ocasión a que éstos les expliquen la historia del 1714. El abuelo relata entonces la guerra de Sucesión (a su manera, claro). Dice que a la muerte del Rey surgieron dos pretendientes al trono. Felipe, que quería que los catalanes "dejaran de ser como eran" y Carlos, a quien le parecía muy bien "que els catalans féssim la nostra". Continúa diciendo que después de pensárselo los catalanes eligieron como rey a Carlos, lo que provocó que los partidarios del Rey Felipe declararan la guerra a los catalanes. Los catalanes entonces levantan un ejército al que se apuntaron los más valientes de cada pueblo que, sin embargo, no puede impedir la derrota de los catalanes.
El tercero de los libros se titula "L'onze de setembre", de la editorial Cruïlla y, tal como se indica en la contraportada, va dirigido a niños a partir de dos años (aunque por el estilo diría que no es susceptible de atraer a niños de dos años, sino más bien de cinco, seis o siete). Al comienzo y al final pueden verse grandes fotos de manifestaciones con abundantes esteladas. La historia es la de unos niños que se van de colonias, aprovechando la monitora para explicarles quién era Rafael de Casanova y los hechos de 1714 que justifican que se celebre "La Diada". En la segunda parte se ven los preparativos y el desarrollo de la Fiesta. Los niños compran una estelada y después de la visita al Fossar de les Moreres y de la comida familiar todos acuden a la manifestación, lo que es ilustrado con una foto en la que aparecen también esteladas de distintos tipos.

Como puede apreciarse se trata de libros claramente orientados a que los niños asuman con naturalidad el independentismo, presentándolo como una opción sobre la que existe un consenso social y justificada en una presentación de la historia llena de tergiversaciones. Así, sin ánimo de exhaustividad: la derogación de las constituciones catalanas no fue la causa, sino la consecuencia de la Guerra de Sucesión, en 1701 Felipe IV juró respetar las leyes catalanes. Los catalanes no decidieron seguir a Carlos "después de pensárselo mucho". En un primer momento juraron lealtad a Felipe y fue tras una revuelta en la que los partidarios del archiduque Carlos acabaron bombardeando Barcelona (en poder de los partidarios de Felipe), cuando las instituciones catalanes dieron su lealtad a Carlos de Austria. La última etapa del conflicto no fue una guerra declarada contra los catalanes, sino una nueva revuelta que tuvo su eje en Barcelona y que prácticamente no encontró apoyos en el resto del país donde, por cierto, muchos catalanes eran partidarios de Felipe (la Guerra de Sucesión también fue una guerra civil catalana), etc.

Pese a la clara voluntad de adoctrinamiento y a las tergiversaciones en las que incurren estos libros creo, sin embargo, que ha de valorarse positivamente su publicación. Algunos quizás digan que se trata de obras que al defender una opción ilegal y contraria al ordenamiento vigente deberían ser consideradas con prevención, pero yo no soy de esa opinión. Creo que la libertad de opinión y de expresión ha de estar por encima de todo (o de casi todo) y que en una sociedad libre han de convivir todas las ideas y todos los planteamientos. No estamos hablando de libros de texto ni de materiales que se usan en las escuelas (espero, volveré sobre ello enseguida), sino de publicaciones que los padres adquirirán y habrán de ser los padres (o tíos o abuelos o hermanos mayores) quienes se la lean a los niños, y yo soy muy respetuoso con lo que cada padre quiera enseñar a sus hijos.
Cuestión distinta sería, como adelantaba, que materiales como estos fueran utilizados en las escuelas. Por ciertas noticias que me llegan podría llegar a dudar sobre tal utilización. Así, en algunas escuelas públicas ondea la bandera independentista, lo que es, como mínimo, sorprendente; y me han llegado noticias de la utilización en fiestas escolares de camisetas con la estelada. Dada la gravedad de la acusación prefiero, sin embargo, asumir que de momento las escuelas catalanas siguen intentando ofrecer una educación objetiva, basada en los valores que compartimos todos y no en opciones políticas concretas que distan bastante de haber alcanzado el consenso social. En caso contrario, en el supuesto de que las escuelas se utilizaran como instrumento de adoctrinamiento, deberían emplearse los mecanismos políticos y jurídicos existentes con el fin de corregir una desviación como esa. No es lo mismo lo que puedan enseñar los padres en sus casas que lo que ha de transmitir la educación pública (o, incluso, cualquier educación, sea pública o privada; pero esto daría lugar a un debate más amplio).
Finalmente, creo que sería conveniente saber si se ha utilizado directa o indirectamente dinero público para sufragar la edición de los libros que comento. Sería, desde luego, lamentable si tal cosa ha pasado pues rozaría el esperpento que dinero que es de todos vaya a potenciar determinadas opciones políticas que realizan una presentación distorsionada de la historia con el objeto de conseguir un resultado ilegal (ilegal al menos por ahora).
En fin, que he tenido una lectura amena esta mañana. Por cierto, viendo el nivel ¿recuperaremos para el 12 de octubre los cómics de "Roberto Alcázar, el intrépido aventurero español"?

jueves, 29 de agosto de 2013

¿Gibraltar como modelo?


Me sorprende un tanto el entusiasmo por Gibraltar que muestran algunos independentistas catalanes. Quizás el gesto más notorio de apoyo a las autoridades de la colonia por parte de integrantes del movimiento secesionista es la carta que el diputado de ERC Alfred Bosch ha dirigido al ministro principal de Gibraltar, Fabian Picardo; pero este apoyo no es un caso aislado. En medios proclives al independentismo se muestra este apoyo y en las redes sociales también es apreciable esta tendencia.



Parece que se plantea una equiparación entre la situación de Cataluña y la de Gibraltar (esto es explícito  en la carta de Alfred Bosch) de tal forma que los argumentos en favor de la no reintegración de Gibraltar a España lo serían también para una hipotética secesión de Cataluña. Me parece que esto no es así y creo que merece ser destacado.
En Cataluña los independentistas basan su demanda de secesión en el hecho de que Catalunya es una nación y que, por tanto, tiene derecho a decidir su futuro con libertad. Es más que dudoso el apoyo que el Derecho internacional vigente tiene ese pretendido derecho a la libre determinación de los pueblos proyectado sobre Catalunya, ya que el entendimiento generalizado es que tal derecho se limita a los casos de pueblos coloniales o sometidos a dominación extranjera (al menos eso es lo que estudié cuando cursé Derecho internacional publico en el tercer curso de Derecho), circunstancias que no son aplicables a Catalunya. Pero con independencia de esto lo que interesa destacar es que el argumento independentista descansa en el carácter nacional de Catalunya, esto es, en su condición de nación.
No es este el caso de Gibraltar, que no creo que sea considerado como nación por nadie. Su estatus es el de un territorio británico de ultramar, no el de nación (no es un equivalente a Inglaterra, Escocia o Gales, o a Francia, Alemania o la misma Catalunya) y, desde luego, las Naciones Unidas no lo consideran como tal, sino como un territorio cuya descolonización debe ser negociada por España y el Reino Unido (véase la Resolución de las Naciones Unidas sobre Gibraltar). De hecho, la situación de Cataluña y de Gibraltar serían, desde la perspectiva independentista catalana, prácticamente antitéticas ya que Gibraltar es un territorio cuyos habitantes actuales desean permanecer bajo la soberanía de un Estado diferente de aquél en el que correspondería estar integrado por razones históricas y geográficas. El argumento independentista catalán no se basa únicamente en la voluntad de las personas, sino en las razones históricas y culturales que configuran a Catalunya como una nación diferenciada (en su planteamiento) de España.
Si olvidamos estas razones históricas y culturales y se apoya como principio absoluto la voluntad manifestada por los habitantes, sin importar el mayor o menor tamaño de la ciudadanía que se pronuncia (la población de Gibraltar es de unos 30.000 habitantes), se estaría amparando que, por ejemplo, en una hipotética Cataluña independiente determinados territorios (¿el área metropolitana de Barcelona?) pudieran seguir formando parte de España si esta es la voluntad de los habitantes de tales territorios; algo que, me parece, no está dispuesto a admitir el independentismo catalán; lo que, dicho sea de paso, es poco coherente con el "radical planteamiento democrático" que, según dicen, inspira el "derecho a decidir" (sobre los problemas gramaticales que plantea este presunto derecho a decidir me remito a la entrada en relación al tema que ha escrito Sonia Sierra).

martes, 27 de agosto de 2013

Sí que podemos cambiar las cosas. Sobre las elecciones europeas (y II)


Tal como adelantaba en la entrada anterior, las elecciones europeas del año 2014 no solamente son relevantes desde la perspectiva europea, sino también desde la interna española. En esta segunda (y última) entrada sobre el tema me ocuparé de la importancia que pueden tener esos comicios desde esta última perspectiva y en qué forma los ciudadanos podemos utilizarlos para conseguir cambiar una vida política sumida en la actualidad en la mediocridad, la incompetencia, la corrupción y la falta de vergüenza.
La crisis de las instituciones públicas españolas es más que evidente. No se trata solamente de la corrupción (sobre la que volveremos más tarde) sino también de la falta de competencia de los líderes políticos (de la que ya me ocupé en una entrada de hace unos años), de su escaso aprecio por las ideas, la coherencia y los planteamientos rigurosos y de la falta de sensibilidad hacia las preocupaciones y necesidades de la "gente corriente" (todavía recuerdo como Montserrat Tura, en la época en la que pretendía ser la candidata del PSC a la alcaldía de Barcelona sostenía que un sueldo normal era el que se situaba entre 2000 y 2500 euros al mes; para su información hemos de explicarle que más del 60% de los trabajadores españoles no llega a los 1000 euros al mes y que tan solo un 30% supera los 1600 euros al mes). El resultado de todo ello es la adopción de medidas que ahora se perciben claramente como disparatadas (la devolución de 400 euros a los contribuyentes españoles vía IRPF; el pago de cantidades exorbitantes por el nacimiento de un niño -sin tener en cuenta además condiciones personales o de renta- y la construcción de obras faraónicas sin sentido) a la vez que se carece de ideas relevantes para abordar una crisis que ya ha dañado de forma profunda a la sociedad española y a ámbitos clave para el futuro del país (sanidad, educación, investigación, servicios sociales...). De hecho, la única explicación que se da para explicar la mencionada crisis es que "hemos vivido por encima de nuestras posibilidades" y ahora, por tanto, toca "apretarse el cinturón". Nada más elaborado o fundamentado se presenta a los ciudadanos que se ven sin trabajo, con salarios reducidos con servicios públicos cada vez más caros y deteriorados y teniendo que sufrir que escándalos como el de las preferentes sean amparados por el poder político.
A esto, además, hay que añadirle los casos de corrupción en los que se encuentran implicados los principales partidos políticos del país. Sin ánimo (ni posibilidad) de exhaustividad tenemos que recorda que la financiación irregular de Unió ha sido confirmada judicialmente en el caso Pallerols. CDC tiene su sede embargada por su implicación en el caso Palau, en el que la instrucción acaba de concluir con un escrito en el que el Juez mantiene que CDC recibió dinero de empresarios a cambio de concesiones en obras públicas. En el PSOE tenemos el escándalo de los EREs y en el PP el caso Gürtel/Bárcenas/Rajoy sobre el que creo que no hace falta colgar ningún enlace (aunque no resisto la tentación de compartir el link a los famosos SMS entre Rajoy y Bárcenas).



Ante este desastre no es extraño que los ciudadanos hayan salido a la calle, hayan protestado y hayan mostrado de las formas más variadas su descontento con la situacion actual. Cientos de miles de personas se han manifestado, han acampado y protestado; millones han participado en las huelgas convocadas y las redes sociales hierven con eslogans, mensajes y análisis. Como es sabido, nada de esto ha servido para nada. Los partidos políticos (y los sindicatos) siguen a lo suyo, ajenos al malestar popular y tan solo preocupados por mantener sus puestos y capear el temporal, confiando en que cuando la situación económica mejore todo volverá a su cauce y puedan seguir con el mismo plan que hasta ahora.
Nunca tuve grandes esperanzas en que la movilización popular fuera a conseguir algo. Así se lo comenté a todo el mundo que me quiso oír. ¿Por qué el gobierno (gobiernos) o partidos iban a cambiar nada como consecuencia de la movilización popular? Podemos salir de manifestación cada día y convocar una huelga cada semana, que a quienes les manda les da exactamente igual. La vía para cambiar las cosas está en otro sitio porque lo único que les preocupa a los políticos es que no se les vote; ya que de ese voto depende su continuidad en el poder. Si protestamos y jaleamos, pero seguimos votandoles, nada cambiará. De hecho ahí está la clave para entender por qué aquí no dimite nadie. No dimite nadie porque el mantenerse en el poder incluso tras haber sido pillado in fraganti no tiene coste electoral alguno.
En Alemania se preguntaban hace unos meses cómo es posible que Rajoy no hubiera dimitido tras la publicación de la contabilidad "b" del PP. Allí les resultaba impensable que se mantuviera en el poder (en Alemania basta que te hayan pillado copiando una parte de tu tesis doctoral para que se produzca la dimisión, casi como aquí, vaya). La respuesta es relativamente sencilla: aquí los políticos calculan que el hecho de haber protagonizado un escandalo no impedirá que los votantes sigan dándote su confianza. Y si te van a seguir votando ¿por qué vas a dimitir? En otros países, ante escándalos como los que señalado unos párrafos más arriba se hubiera producido la dimisión del político afectado; y no porque en el extranjero los políticos tengan una ética de la que carecen los políticos españoles, sino porque en caso de no dimitir los votantes les dan la espalda, de tal forma que serían los propios compañeros de partido los que forzarían la marcha del compañero vinculado al escándalo. De no irse el partido se arriesgaría a desaparecer en la siguiente llamada a las urnas.
Insisto con frecuencia en este punto porque me parece esencial: somos los ciudadanos los que hacemos posible este sistema corrupto en el que estamos inmersos, y somos nosotros los culpables porque no ejercemos nuestro deber ciudadano, que es expulsar de la política a quienes utilizan las instituciones públicas para su propio beneficio o el de su partido. Si fallamos en esto de nada servirán protestas y manifestaciones en la calle. La respuesta la tenemos que dar en las urnas, y las elecciones europeas de mayo de 2014 son una buena oportunidad para hacerlo. Esas elecciones pueden ser la mejor manera de protestar y dar el primer paso para un cambio que es imprescindible.

Si queremos que las elecciones europeas de mayo de 2014 sean una señal inequívoca de que los ciudadanos exigimos un cambio en las formas de hacer política lo que tenemos que hacer es ir a votar. En los últimos años la abstención en España ha seguido siendo alta. En las últimas elecciones generales tres de cada diez votantes se quedaron en casa (una abstención de un 28%). Conozco casos de personas que se quedan en casa como medida de protesta, como un gesto de rechazo a la situación política; pero opino que esa actitud no contribuye a que cambie nada. De vez en cuando los partidos políticos dicen alguna cosa sobre lo preocupante que es "para la salud democrática" la alta abstención; pero en el fondo les importa un bledo, siempre que sí que vayan a votar quienes les votarán a ellos. Podría haber una abstención del 90% y aún así se repartirían todos los escaños en liza, que es lo que les importa a los grandes partidos, obtener su botín. Quedarse en casa, por tanto, no contribuye a cambiar las cosas.
Una vez que se acude a las urnas hay que descartar el voto nulo y el voto en blanco. Comprendo que produce una íntima satisfacción escribir cualquier exabrupto en la papeleta e imaginarse la cara de los interventores cuando se abra la urna; pero el efecto de este voto ahí se queda. En España el voto nulo se utiliza como forma de protesta (y solo así se explica el altísimo porcentaje de votos nulos que se cosechan, más de un 1% en las últimas elecciones); pero de nuevo estos votos preocupan poco a los partidos. A efectos de atribución de escaños los votos nulos no cuentan, al igual que no cuentan todas las personas que se quedan en casa. Lo mismo se puede decir de los votos en blanco. Ciertamente el voto en blanco es, desde mi perspectiva, el más noble ejercicio de la discrepancia con el sistema. Se trata de personas que se desplazan desde sus casas, hacen las correspondientes colas y tan solo para depositar un sobre vacío en la urna. El alto número de votos en blanco que se dan en España (un 1,35% de los votos válidos en las últimas elecciones generales) debería hacer reflexionar a los partidos; pero estos son impermeables a tales cosas. Alguna declaración en el momento inmediatamente anterior o posterior a las elecciones y a otra cosa. Al fin y al cabo toda esa gente que sí cree en el sistema y que pretende lanzar un mensaje de coherencia a los políticos no cuenta de nuevo para lo único que importa, la atribución de escaños, y por eso el voto en blanco no conseguirá tampoco cambiar las cosas, al menos en nuestro país. En otros daría que pensar que la suma de los votos en blanco y nulos sean la sexta fuerza política del país, por delante de seis partidos con representación parlamentaria; pero aquí nuestros políticos indimisibles son completamente impermeables a estos gestos de la ciudadanía. Así pues, tampoco votando en nulo o en blanco conseguiremos cambiar las cosas.
Así pues, la única forma de conseguir que algo se transforme en nuestra vída política es ir a votar y no votar en nulo o en blanco, sino votar a alguna de las candidaturas. Esto es lo único que puede hacer daño a quienes ahora mismo monopolizan la vida política, y no es casual que antes de las últimas elecciones hayan pretendido prevenir los daños que pudieran derivarse de que los ciudadanos votaran alternativas diferentes a las que detentan actualmente casi todos los mecanismos de poder en nuestro país. Efectivamente, en enero de 2011 PSOE y PP pactaron una reforma de la Ley Electoral que obligaba a los partidos sin representación parlamentaria a obtener un número de avales equivalente al 0,1% del censo de cada circunscripción electoral para poder concurrir a las elecciones. Ese pacto nefando, que limita la posibilidad de participación política precisamente en un momento en el que la ciudadanía se encontraba en plena efervescencia ante las primeras medidas de recortes acordadas, desautorizaría por si solo -a mi juicio- a quienes lo concluyeron; si no fuera porque cargos más graves ya pesan sobre ellos; pero, en fin, dejemos tan solo constancia de ello.
El caso es que, este voto es el único mecanismo realmente efectivo para poder castigar a quienes han conducido la vida política al paisaje desolado en el que nos encontramos ahora. Y para conseguir esto es preciso que en el momento de votar se opte por candidaturas de partidos que no estén afectados por casos de corrupción. Tal como indicaba hace un momento, solamente si los corruptos son conscientes de que sus fechorías tendrán consecuencias electorales dejarán de practicarlas. Por dignidad deberíamos rechazar el apoyo a partidos en los que campan los corruptos; pero, además, por pragmatismo el castigo a tales partidos es la única vía para conseguir enderezar la vida política.
Una vez descartados los políticos corruptos deberíamos votar a cualquier de las opciones que se presentan y que no están afectadas por esta lacra. Evidentemente, a la que en función de su programa y planteamientos mejor encaje con nuestros propios planteamientos.

Así pues, si queremos cambiar algo debemos:

1) Ir a a votar.
2) No votar en nulo ni en blanco.
3) No votar a partidos con casos de corrupción.
4) Respetando las reglas anteriores, votar al partido que más nos guste.

Es sencillo y puede ser tremendamente eficaz ¿nos imaginamos que todos los españoles seguimos esta regla en las próximas elecciones: acudimos a votar, descartamos a los partidos con casos de corrupción y votamos otras alternativas? El terremoto que se produciría si ni el PP ni el PSOE ni CiU obtienen representanción en las elecciones europeas sería de tal calibre que forzosamente se producirían cambios. Eso sería mucho más eficaz que cualquier manifestación o que cualquier huelga. Eso sí que produciría un tsunami en la política nacional.
Así pues, tenemos una magnífica oportunidad para enderezar el rumbo de nuestra vida política. Las elecciones europeas de 2014 ofrecen a los ciudadanos la oportunidad de manifestar de forma clara y contundente que estamos en desacuerdo con la forma en que se hace política en este país; pero recordemos, para ello debemos ir a votar y no votar ni nulo ni en blanco. Debemos abrir nuestros sobres a esas opciones que no son mayoritarias y representan a gentes no afectadas por la corrupción y con la ilusión de hacer política en favor de unos ideales, y no del medro personal o de los grupos de interés que les apoyan. ¿Nos comprometemos a ello?

domingo, 25 de agosto de 2013

No es Red Bull, es Vettel


Cinco años después vuelvo a escribir sobre Vettel. En 2008, tras su primera victoria en la Fórmula 1, redacté una entrada titulada "Ha nacido una estrella" en la que predecía que en unos años sería campeón del Mundo y una leyenda del deporte del motor. Me alegro de haber acertado, aunque haya sido a costa de mi piloto favorito, Fernando Alonso, a quien sigo desde antes de haber llegado a la Fórmula 1.
La carrera de Vettel de hoy ha sido redonda; pero, además, es la confirmación definitiva de que no solamente tiene un gran vehículo, sino que es un grandísimo piloto, de los que hacen ganar unas cuantas décimas por vuelta al coche que conducen. En los últimos años Alonso se ha quejado amargamente de que no disponía de un coche que estuviera a la altura de los Red Bull, y tiene toda la pinta de tener razón; pero es claro que con el Ferrari de este año Alonso dominaría a los Red Bull... si uno de ellos no estuviera conducido por Sebastian Vettel. No sabremos quién es mejor piloto, si Alonso o Vettel; pero es claro que el problema de Fernando este año no es solamente Adrian Newey, tal como ha sostenido en más de una ocasión; sino el piloto alemán, que es capaz de sacar rendimiento extra a un coche que ya es excelente.


Hoy Alonso disponía de un coche competitivo. La clasificación no le salió bien por culpa de un trompo que le impidió correr la vuelta buena, la que en la Q3 se dio ya sin lluvia y en donde sus rivales más directos consiguieron los primeros puestos de la parrilla; pero eso no fue transcendente. En la Fórmula 1 actual lo importante es el ritmo de carrera porque con el DRS se puede adelantar y de esta forma los coches más rápidos acaban estando delante. No creo que Alonso hubiera podido ganar la carrera ni siquiera aunque hubiera conseguido la pole position, Vettel tenía un ritmo superior y se hubiera acabado imponiendo. Lo real es lo que vimos desde la vuelta 14 o 15, a partir del momento en el que Vettel y Alonso se colocaron primero y segundo. Durante 30 vueltas ambos lucharon en una distancia que nunca fue inferior a 6 segundos y que llegó a los 16 al final de la carrera. Alonso apretaba y Vettel apretaba, conseguía un buen colchón de segundos y se relajaba; entonces Alonso podía simplemente igualar los tiempos de Vettel; ahora bien, cuando Vettel apretaba en cada vuelta le metía entre medio segundo y un segundo al piloto español. Esta era la diferencia que hoy había entre ellos.
Y por detrás, el resto. Hamilton no podía con Alonso y acabó a 10 segundos de Alonso, una distancia del mismo orden que la que Vettel impuso entre él y Alonso. Más atrás Rosberg, Webber, Button y Massa. Es importante fijarse en la diferencia de Alonso con Webber, porque ésta quizá nos de la medida real de lo que cómo iría el campeonato si el otro Red Bull no estuviera conducido por Vettel. Webber acabó a 16 segundos de Alonso (la misma diferencia entre Alonso y Webber que entre Vettel y Alonso); lo que nos indica que contra un piloto "normal" Alonso estaría en condiciones de ganar la carrera; pero Vettel es mucho Vettel y fue capaz de meterle al final casi 34 segundos a su compañero de equipo.
¿Implica lo anterior que el Ferrari es mejor que el Red Bull y tan solo es mérito de Vettel estar donde está? Yo no diría tanto. Vettel le metió 34 segundos a Webber; pero Alonso aventajó en la meta en 37 segundos a Massa; lo que nos indica que Alonso es también un piloto que hace rendir al coche por encima de sus posibilidades. Ahora bien, como decía, esta carrera permite apreciar que sin Vettel Red Bull no sería Red Bull. Conviene reconocer la grandeza del campeón alemán porque ya no se sostiene que es solamente el coche el que se impone: sin el piloto que tiene, otros grandes pilotos en buenos coches (Alonso en Ferrari, Hamilton en Mercedes y Raikkonen en Lotus) le estarían poniendo las cosas muy, muy difíciles a los monoplazas de Adrian Newey.

sábado, 24 de agosto de 2013

Las elecciones importantes son las de 2014, no las de 2015. Sobre las elecciones europeas (I)


Hace casi un año escribía una entrada titulada "Ignominia y traición a Europa". Al hilo de la incalificable demolición de la economía y la sociedad griegas que está perpetrando la UE recordaba algunos de los principios básicos sobre los que se asienta la construcción europea (respeto a la dignidad humana y a los derechos humanos, solidaridad, economía social y de mercado que ha de tender al pleno empleo y al progreso social, fomento de la justicia y de la protección social, cohesión económica, social y territorial así como solidaridad entre los Estados miembros). Entonces, hace un año, la troika se planteaba pedir que la jornada laboral en Grecia se aumentara a seis días a la semana y yo me preguntaba cómo era posible que tal propuesta pudiera hacerse en el marco de una Unión que se había presentado desde sus inicios como un instrumento para el progreso y desarrollo de las personas y de sus países integrantes.
Esta Europa centrada en el pago de la deuda antes que en el acceso a la vivienda, a la educación, a la salud e, incluso, a los alimentos de sus ciudadanos; una Europa en la que se anima a la destrucción de los derechos sociales en el ara del mercado y en la que la solidaridad entre los Estados ha sido sustituida por un enfrentamiento que hace crecer la crispación, el odio y el desprecio entre los distintos pueblos del continente no es la Unión que se plantearon los padres fundadores, ni la que avanzó durante décadas en una integración cada vez más profunda para acabar extendiéndose tanto al Sur como al Este. Esta UE, que solamente se presenta como torpe instrumento en manos de los poderes financieros, está causando un daño enorme en la vida de millones de personas.



Europa es casi todo en nuestras vidas. Hace unos pocos años casi nadie era consciente de ello (¡cuántas veces tuve que responder a esa increible pregunta: "¿para qué nos sirve la Unión Europea?"!); y ahora, en cambio, es una certeza que penetra hasta el hueso. Todos recordamos el mes de mayo de 2010, cuando tras una reunión de los presidentes del Gobierno de la UE, José Luis Rodríguez Zapatero anunció aquellas medidas de recorte que hicieron que todos comprendiéramos en toda su crudeza lo que significaba haber perdido la soberanía monetaria y lo que implicaba ser miembro de la UE cuando había dificultades. Tras esto hemos tenido nuevas muestras de la enorme relevancia de la UE en nuestras vidas: prima de riesgo, compra de deuda, rescate bancario, control de fronteras, ayudas a la industria, planes de empleo juvenil, subidas y bajadas de impuestos... todo pasa por Bruselas.
Y Bruselas se nos presenta como un laberinto donde gobiernan los alemanes con mano de hierro y que adopta decisiones sobre las que no tenemos ningún control. Bien, quizás sea una presentanción interesada que pretende que no hagamos uso del enorme poder que como ciudadanos aún tenemos. Si pensamos que nada podemos hacer para cambiar las cosas nada haremos. Quizás haya quien esté interesado en que sea así, que nos quedemos sentados y desesperados en el convencimiento de que nada puede enfrentarse a los mercados financieros, la globalización y la desregulación.
Pues bien, no es cierto que no haya nada que hacer. La UE tiene un funcionamiento más complejo que un Estado, en el que los ciudadanos eligen a sus diputados y éstos al Presidente del Gobierno (o, como en el caso de Estados Unidos o Francia, los ciudadanos eligen por una parte a los diputados o senadores y en una elección diferente al Presidente); pero aún así es inteligible y, lo que resulta más importante, se trata de un sistema que también se basa en la voluntad de los ciudadanos.


Las funciones que en España desempeña el Gobierno y el Parlamento (Congreso y Senado) son asumidas en la UE por tres instituciones: Parlamento, Comisión y Consejo. La Comisión es el equivalente al Gobierno y el poder legislativo está repartido entre el Parlamento y el Consejo. De esta forma el Parlamento no tiene todos los poderes que tiene un Parlamento nacional, ya que sin el Consejo no puede legislar; pero éste precisa del Parlamento para establecer normas en muchas materias; por lo que el poder del Parlamento Europeo es real y tiene una capacidad de influencia decisiva en la marcha de la UE.

El Parlamento, además, nombra al Presidente de la Comisión, el Gobierno europeo; por lo que su papel se acerca al de los Parlamentos nacionales, que también designan al Presidente del Gobierno. Las elecciones al Parlamento europeo son, por tanto, unas elecciones importantes porque no solamente estaremos decidiendo la configuración del Parlamento, sino también indirectamente al Presidente de la Comisión (el puesto que ocupa actualmente Durao Barroso). Será importante saber en el momento de las elecciones al Parlamento europeo qué candidato a Presidente de la Comisión presenta cada agrupación de partidos europeos para que los ciudadanos podamos votar con conocimiento de causa. Hay que tener en cuenta que el cargo de Presidente de la Comisión no es en absoluto intranscendente.
Las propuestas y actuaciones de la Comisión nos condicionan cada día (recordemos temas como el de las ayudas a los astilleros, el conflicto de Gibraltar, el objetivo de déficit, las propuestas de rebajas de los salarios o las modificaciones de impuestos, etc.). Con frecuencia oímos que Bruselas impone esto o lo otro; bien, en las elecciones europeas los ciudadanos europeos tendremos la ocasión de decidir quién es ese "Bruselas" misterioso, pues elegiremos de forma directa o indirecta a los diputados del Parlamento Europeo y al Presidente de la Comisión.

Y si esto es así ¿por qué los alemanes mandan tanto? Junto con el Parlamento y la Comisión, la tercera institución que gobierna la UE es el Consejo, integrado por los representantes de los Gobiernos de todos los Estados miembros; pero en los que cada país dispone de un poder de voto que depende de su población. En el Consejo, formado por Ministros o Presidentes de Gobierno (y en este último caso se denomina Consejo Europeo) cada país juega sus cartas para atraerse amigos, aislar a quienes se le oponen y conseguir sus objetivos. Ángela Merkel ha maniobrado con habilidad y tiene una posición de predominio evidente en estas reuniones. En parte por el peso demográfico de Alemania (que le hace tener más votos que Francia, Italia o el Reino Unido, los otros países grandes de la UE) y en parte por su posición económica y la habilidad para tejer alianzas con unos y otros países (Francia en ocasiones, Holanda y Finlandia en otras, Austria, etc.). Este es un juego más opaco al ciudadano, pero en el que no podemos olvidar que quienes lo juegan también han sido elegidos por los ciudadanos europeos; en esta ocasión en las elecciones de cada uno de sus países, que es donde se decide quien ejercerá el Gobierno y, por tanto, quien se sentará en el Consejo y en el Consejo Europeo. Ahora bien, ni Alemania es la dueña del Consejo (y es responsabilidad de los Gobiernos de otros países no encontrar vías o valor para mitigar el predominio alemán) ni el Consejo es toda la UE, la Comisión y el Parlamento tienen competencias suficientes como para cambiar la orientación de la política europea; sobre todo si en el Consejo encuentran aliados suficientes.



Así pues, y en contra de lo que con frecuencia se nos quiere hacer creer, las políticas europeas descansan en última instancia en la voluntad de los ciudadanos, que somos quienes determinamos la configuración del Parlamento europeo y, a partir de ahí, quién es el Presidente de la Comisión. Las elecciones europeas son importantes y no un mero entretenimiento insertado entre las elecciones generales y las elecciones autonómicas. Sé que con frecuencia los partidos políticos en España así lo presentan; pero los ciudadanos debemos reivindicar, por encima de esa apatía de los partidos, la importancia de estas elecciones. Es por esto que escribo este post; porque estamos a menos de un año de las próximas elecciones al Parlamento Europeo, que se celebrarán en el mes de mayo de 2014 y todo me hace sospechar que hay mucha gente en la política española que está interesada en que ni nos enteremos de la fecha. Bien, vamos a decir que esta vez no nos la colarán y que nos tomaremos en serio esta elección transcendental.

Como he intentado explicar, es mucho lo que nos jugamos todos los ciudadanos en estas elecciones. En los últimos años hemos sufrido la Europa insolidaria, egoista, insensible a los dramas de los afectados por la crisis. Hemos padecido una Europa sin política exterior, movida por los acontecimientos e incapaz de utilizar el gran poder económico y político que tiene para conseguir que el Mundo en su conjunto sea mejor. Hemos tenido que soportar a una UE que se muestra incapaz de garantizar en un mundo que cambia a gran velocidad el "European Way of Life". En vez de luchar contra el dumping social que se practica en muchos países de Asia, África y América, hemos adaptado las estructuras económicas y de trabajo europeas a las que nos impone la competencia con esos países. En lugar de hacer más robusto el Estado social en la época de crisis que vivimos estamos contribuyendo a desmantelarlo; en vez de potenciar las energías alternativas y la independencia energética del continente hemos puesto éste en manos de quienes controlan los recursos energéticos que vienen de Asia o África, dejando como única alternativa la peligrosísima energía nuclear.
En todos estos temas la UE tiene o todo o mucho que decir y los ciudadanos debemos ejercer un voto consciente y coherente en el próximo mes de mayo, cuando seamos llamados a las urnas para elegir a nuestros diputados europeos. Y, por desgracia, deberemos ser los ciudadanos quienes exijamos a los partidos políticos una posición clara y programas específicos en estas elecciones europeas. Tenemos que evitar que para los partidos conviertan los comicios de mayo de 2004 en un mecanismo para jubilar a políticos molestos o que ya están fuera de la circulación. En las elecciones al Parlamento europeo nos jugamos mucho y necesitamos un Parlamento de gente convencida, entusiasta, con conocimiento y capacidad. Un Parlamento que ejerza las importantes funciones que ahora ya tiene encomendadas, que designe un Presidente de la Comisión adecuado para los intereses de los ciudadanos europeos y que sea también militante en favor de una mayor integración política en Europa, la única solución para poder salir del pozo en el que ahora estamos metidos.
 
 

Las elecciones europeas son, por tanto, muy importantes. Las del 2014 podrían llegar a ser tan determinantes para España como las generales que presumiblemente tendremos en el 2015. La política europea nos afectará decisivamente y a esta política no le será indiferente lo que decidamos en mayo de 2014. Una u otra configuración del Parlamento Europeo incidirá en cómo sea esa política y conviene que los ciudadanos seamos conscientes de ello.
Desde la perspectiva interna española esas elecciones europeas pueden ser también decisivas; pero en un sentido diferente al que aquí he planteado hasta ahora. En una próxima entrada abordaré las elecciones de mayo de 2014 desde este punto de vista: la política interna española.

viernes, 16 de agosto de 2013

Por qué Felipe de Borbón debería ser Felipe VIII y no Felipe VI

Este es un tema que probablemente a la mayoría le parezca intranscendente u ocioso; pero entiendo, por lo que explicaré al final, que tiene una importancia mayor de la que aparenta y, sobre todo, sirve para calibrar qué tipo de Nación somos e, incluso, hacia dónde queremos o podemos ir.
Desde que soy un niño he leído y oído como unos y otros se referían al Príncipe de Asturias como "el futuro Felipe VI", Felipe por su nombre y sexto por el ordinal que le correspondería como Rey de España. Mi planteamiento es que ese ordinal no debería ser "sexto", sino "octavo", y el que sea uno y otro no es en absoluto inocente, como confío en explicar a continuación.
El ordinal tras el nombre de los reyes (o de los papas) indica cuántos en el pasado ocuparon el mismo trono utilizando el mismo nombre. El "II" que acompaña al nombre de Isabel, la actual monarca del Reino Unido, nos indica que antes que ella otra reina de nombre Isabel ocupó el trono inglés; en concreto, Isabel I, la monarca de Shakespeare y de la victoria sobre la Armada Invencible. Juan Carlos de España es primero precisamente porque nadie antes que él reinó en España con ese nombre, aunque, en puridad, en el caso de que no hay antecesores con el mismo nombre sería más apropiado no incluir ningún ordinal, tal como hace el Papa actual, quien es Francisco, sin más; y tan solo se convertirá en "Francisco I" cuando otro pontífice elija ese nombre, Francisco, al acceder a la condición de Obispo de Roma.




Así pues, ese ordinal es una referencia a la historia y un recuerdo a quienes precedieron a quien lo usa en su mismo trono. Todos (o casi todos) sabemos que el abuelo del actual rey de España era Alfonso XIII, y que el padre de Alfonso XIII reinó como Alfonso XII; ahora bien ¿quiénes fueron los Alfonsos que precedieron a estos dos? ¿quién fue el primer Alfonso? Serán menos los que sepan que el primer Alfonso I (no hay redundancia en decir "el primer Alfonso I", tal como veremos enseguida) fue rey de Asturias entre los años 739 y 757, yerno de Don Pelayo (éste sí que no lleva ordinal en su nombre), sucedió a su hijo (al de Don Pelayo), Favila, a quien mató un oso, tal como cuentan las crónicas. Alfonso II y III también fueron reyes de Asturias, pero Alfonso IV reinó en León, considerándose dicho reino de León heredero del de Asturias, y los Alfonsos que siguieron a estos fueron reyes de León, de Castilla o de León y Castilla hasta llegar a Alfonso XI (rey entre 1312 y 1350).


El primer Alfonso que fue propiamente rey de España fue Alfonso XII, ya en el siglo XIX (1874-1885). El hijo de Isabel II, el desgraciado esposo de la María de las Mercedes a quien cantan las coplas y padre de Alfonso XIII. Alfonso XII murió con tan solo 27 años, antes de que su hijo Alfonso llegara a nacer. Tenía ya dos hijas, pero ante la duda de si el hijo que esperaba la Reina María Cristina era un varón se retrasó la designación del heredero hasta que naciera ese hijo. Si hubiera sido una niña la reina hubiera sido su hermana mayor, María de las Mercedes (hay que ser Rey para poner a la primera hija de tu segunda esposa el nombre de la que había sido tu primera esposa, en fin); pero al ser un niño fue proclamado rey desde el mismo momento de su nacimiento, reinando como Alfonso XIII desde 1886 hasta 1931. Alfonso XII es el bisabuelo del monarca actual y Alfonso XIII su abuelo.

Así pues, el XII que acompañaba al Alfonso que reinó a finales del siglo XIX no era propiamente por otros reyes de España, sino por monarcas de reinos antiguos (o no tan antiguios como veremos) que habían precedido al Reino de España. Antes mencionábamos a un Alfonso I de Asturias y decíamos que había sido el primer Alfonso I, porque hubo más "Alfonsos primeros". Así, un Alfonso I de Navarra (Pamplona en realidad), que reinó entre los años 1104 y 1134 y que también fue rey de Aragón (es, por tanto, Alfonso I de Navarra y de Aragón) y un Alfonso I, conde de Barcelona, que también era Alfonso II como rey de Aragón (1164-1196). Todos estos eran reyen de reinos "españoles", pero no reyes de España.
Como es sabido, España, como realidad jurídica es relativamente reciente. Hasta el Estatuto de Bayona de 1808, y si rechazamos como legítimo éste por haber sido impuesto por Napoleón, hasta la Contitución de Cádiz de 1812, España era tan solo una realidad geográfica, pero no jurídica. Fernando VII, el primer monarca que realmente fue Rey de España (de acuerdo, precisamente, con lo establecido en la Constitución de 19 de marzo de 1812), antes de serlo había reinado como Fernando VII en Castilla y como Fernando III en Navarra; y el título que le correspondería en los territorios de la Corona de Aragón sería el de Fernando IV. De igual forma, el primer monarca Borbón de España, el famoso Felipe V, tan solo era "quinto" en Castilla, pues en la Corona de Aragón reinaba como Felipe IV (y si en vez de leer tan solo "Victus" se consultan los documentos de la época efectivamente se comprueba que ese es el nombre que utilizaba en Aragón, Cataluña, Valencia y Mallorca) y en Navarra, en cambio, reinaba como Felipe VII.
Se adivinará ahora por qué entiendo que en caso de que reinara Felipe de Borbón tendría que reinar como Felipe VIII y no como Felipe VI. España, como acabamos de ver, es el resultado de la unión de varios reinos preexistentes. Teniendo esto en cuenta lo lógico es que en la numeración como reyes de España se utilice la más alta de las que resulten de considerar todos los monarcas que reinaron en cualquiera de los reinos españoles. Si Felipe reina como Felipe VI ¿es que no se considera sucesor del Felipe I de Navarra, que reinó entre los años 1284 y 1305? Ya hubo un Felipe VI de Navarra, el que reinó en Castilla como Felipe IV; y volver a utilizar ese ordinal, el VI, como Rey de España significaría ignorar que el Rey de España lo es en tanto que heredero de las diferentes dinastías que reinaron en todos los reinos españoles, y no solamente en Castilla.


Podría pensarse que lo que digo es de un purismo carente de consecuencias, un mero simbolismo que a nada conduce; pero ya me adelanto a decir que no compartiría esta valoración. Prácticamente el único valor que tiene la monarquía es el simbólico, y ésta función simbólica se puede ejercer mejor o peor, pero más allá de lo que plantean algunos aparentes escépticos el valor de identificación que tiene la historia y la influencia de los símbolos en la sociedad y en la vida de las gentes creo que está más allá de toda duda. En pocas semanas tendremos ocasión de vivir en Cataluña un desmesurado ejercicio de reivindicación y reconstrucción histórica orientado a un fin muy concreto que puede afectar de una manera determinante a las vidas de todos nosostros; y lo que planteo en relación a la numeración que le tocaría asumir al Príncipe de Asturias, de Gerona y de Viana si accede al trono de España no está alejado de esta batalla de símbolos e Historias en las que estamos inmersos.
Con frecuencia se mantiene que España es en muchos aspectos "una Castilla ampliada", con escasa o nula sensibilidad hacia los otros territorios que también configuran España. Si el máximo símbolo del Estado, el Rey, en su propio nombre hace patente que tan solo se considera como heredero de los monarcas de Castilla ¿cómo se espera que el resto de los españoles se identifiquen con él? El viejo debate entre una España de matriz castellana y otra con la que todos los españoles, vengan de donde vengan y hablen el idioma que hablen, puedan sentirse plenamente identificados está ahí, está presente y un Felipe VI de España sería un claro mensaje en la dirección equivocada; mientras que un Felipe VIII podría, junto con muchas otras cosas, iniciar un cambio que en estos momentos es más necesario que nunca.

miércoles, 7 de agosto de 2013

¿Bajamos los salarios?


Bien. Veamos algunos datos. En este momento, en España las rentas del trabajo suponen un 44,7% del PIB. Es decir, menos de la mitad de lo que se produce va destinado a retribuir a los trabajadores. Como todo, este es un dato que tiene que ser valorado en su contexto, tanto histórico como geográfico. Desde la primera de estas perspectivas tenemos que tener en cuenta que en las últimas décadas el peso de las rentas salariales en el PIB no ha dejado de bajar, al menos en los países desarrollados (puede consultarse un reciente informe de la OIT sobre el tema o cualquiera de los muchos artículos que se encuentran fácilmente por Internet y donde se aportan datos interesantes sobre este significativo descenso de la retribución del trabajo en relación al PIB, como hace éste, por ejemplo).
Si consideramos el contexto geográfico tenemos que considerar que España es uno de los países de la Eurozona donde el peso de las rentas salariales sobre el PIB es menor, tal como puede apreciarse en este gráfico:


Como puede verse, mientras en España el peso de las rentas salariales respecto al PIB es de un 45%, en Alemania (el país en el que, según nos dicen, deberíamos mirarnos) ese peso es de más de un 50% y en Bélgica, Eslovenia y Francia la proporción de las rentas salariales en relación al PIB es todavía mayor. Fijémonos, además, que en Grecia ese porcentaje es de un exiguo 33%. Ante esto creo que es legítimo preguntarse si debemos avanzar en la dirección que nos conduce a Alemania o en la que nos conduce a Grecia.
Otro dato que ha de tenerse en cuenta es que la mayoría de los trabajadores españoles tienen salarios modestos, muy por debajo del salario medio (situado actualmente en unos 23.000 euros anuales). En concreto, el 63% de los asalariados cobre menos de 1200 euros netos al mes. Esto quiere decir que en España existe una profunda desigualdad en los salarios que hace que si consideramos únicamente los salarios que cobra la inmensa mayoría de los trabajadores la proporción de tal salario en el PIB es realmente escandalosa (por abajo). En un cálculo casero y que, por tanto, está sometido a cualquier otro que se haga con una metodología más afinada, me daba que el conjunto de los salarios de todos los trabajadores en España que cobraban el salario mediano o menos que éste (un 68% del total de los asalariados) suponía tan solo un 13% del PIB (aquí está el cálculo).

No cuestiono las propuestas del FMI, de Olli Rehn y de la Comisión Europea; pero me gustaría que se me aclarara si se hacen teniendo en cuenta estos datos. Esto es, si se es consciente de que la propuesta de reducción del 10% del salario puede implicar una disminución todavía más acentuada del peso de las rentas salariales en el PIB alejándonos de la media de la Eurozona y de que en el caso de España más de las dos terceras partes de los trabajadores reciben unos salarios que, en su conjunto, no representan ni siquiera un 15% del PIB.
No creo que ni el FMI ni Olli Rehn ni la Comisión Europea estén locos. Hay un dato macroeconómico en España que sin duda causa espanto aquí y más allá de los Pirineos. Tenemos un índice de paro que es más o menos el mismo que se sufrió en Estados Unidos en la época de la Gran Depresión. Un nivel de paro que está más cerca del 30% que del 25%; y esto son palabras mayores. Desde una perspectiva económica un paro tan alto indica una infrautilización de los recursos de la economía que hace rechinar los dientes a cualquier analista, y desde una perspectiva política todo el mundo parece asumir que estos altos niveles de paro son la gasolina para cualquier desorden, revuelta o, incluso, revolución. Si nos fijamos en la Historia veremos que es este paro elevado el que se encontraba detrás de algunos de los movimientos políticos y sociales más peligrosos del siglo XX.
Quizás por este casi atávico temor al paro se preocupan en Washington (FMI) y en Bruselas por la situación en nuestra pobre España; y quizás por eso se les ocurre recurrir a un remedio que en la ortodoxia económica ha de poner freno al paro: la reducción de salarios; pero, claro, siempre que la reducción se dé en el marco de un amplio acuerdo social que haga que esa disminución de los salarios se convierta en una efectiva contratación de nuevos trabajadores (se insiste en este aspecto en la entrada que Olli Rehn dedica al tema en su blog): pobres ilusos. This is Spain!
Para acabar: ¿se han dado cuenta quienes proponen esto que en la actualidad los nuevos empleos que se generan en España lo hacen con unos salarios que están reducidos ya no en un 10% sino en un 30, 40 o 50% respecto a los emolumentos que se cobraban hace años? Ahí está el problema. No tanto en los salarios de quienes no han (hemos) perdido nuestro empleo como consecuencia de la crisis (que en general se han reducido también); sino en los de quienes han sido despedidos y vueltos a contratar o quienes acceden a un empleo por primera vez, ya que estos, en muchos casos, están cobrando mucho menos que sus equivalentes de hace años. Ingenieros que cobran 1000 euros al mes o médicos que no llegan a los 1.500 euros al mes no son raros en España. ¿Y hay que reducir todavía más los salarios? Me gustaría que quienes hacen esas propuestas se den una vuelta por España; pero no por las oficinas del Ministerio de Economía o del Banco de España, sino por los barrios de cualquier ciudad. Ahora bien, si lo hacen les recomiendo que no vayan diciendo por ahí que son del FMI o de la Comisión Europea, por lo que pudiera pasar.

lunes, 5 de agosto de 2013

Victus

He aprovechado estos días para leer Victus, la novela que lleva arrasando en ventas unos cuantos meses y sobre la que tanto se comenta.


No hablaré aquí de "Victus" como novela y me limitaré a decir que no me parece que esté a la altura de "La pell freda" (lo primero que leí de Albert Sánchez Piñol). En cualquier caso, como digo, mi propósito no es literario, sino que lo que me mueve a redactar esta entrada es la sorpresa que me produce comprobar que varias personas toman este relato como si en verdad fueran las memorias de un participante en el asedio de Barcelona y que, por tanto, son fiel reflejo del sitio y de la Guerra de Sucesión en Cataluña (para quien no conozca la trama, "Victus" se presenta como las memorias de un catalán educado en Francia como ingeniero militar, que había participado en su juventud en la Guerra de Sucesión, primero en el bando borbónico y luego en el de los partidarios del archiduque Carlos de Austria, hasta el 11 de septiembre de 1714, y que cayó herido en la última carga de los ciudadanos de Barcelona contra las tropas francesas que asediaban la ciudad).
No quiero decir con lo anterior que haya encontrado a nadie que piense que realmente la novela son las memorias de Martí Zuviría, su protagonista; pero sí que me he topado con quien alaba el trabajo de documentación realizado por Sánchez Piñol para acabar concluyendo que lo escrito podría haber salido de la pluma de ese Martí Zuviría y que, por tanto, leer el libro es un equivalente a conocer lo que hacían y pensaban los barceloneses de comienzos del siglo XVIII (de hecho, alguien ha escrito que la novela "dibuja un riguroso análisis histórico y antropológico del sitio de 1714"). La verdad es que no es esa mi opinión, sino casi la contraria. La obra contiene -a mi juicio- un planteamiento anacrónico que la muestra claramente como fruto de la mentalidad de nuestro siglo XXI, muy alejada en algunos aspectos de lo que pensaban las personas del siglo XVIII, y que es más un instrumento de propaganda que otra cosa. Básicamente "Victus"pretende presentar la Guerra de Sucesión como un enfrentamiento entre castellanos y catalanes y justifica la rebelión catalana de 1713 en un pretendido espíritu nacional que supondría un adelanto de cien años respecto al efectivo nacimiento del nacionalismo. Encaja "Victus", por tanto, en la presentación mítica de la Historia de Catalunya que realiza el nacionalismo catalán y que pretende que los últimos trescientos años no han sido más que los de la ocupación militar de Catalunya por España, los que siguieron a una guerra total entre las dos naciones en la que los españoles (castellanos), ayudados por los franceses, consiguieron finalmente imponerse a los catalanes; aunque estos han rechazado tenazmente los intentos de asimilación emprendidos por sus pluriseculares enemigos.
Evidentemente, esto es una pura ficción. Por mucho que se pretenda la Guerra de Sucesión fue una guerra dinástica en la que Felipe y Carlos encontraron partidarios en unos y otros Reinos, habiéndose producido alternancias en los apoyos que estos dieron a ambos candidatos, de tal forma que propiamente nos encontramos con la primera Guerra Civil de España. En realidad, leyendo el libro de Sánchez Piñol, si nos dejamos de las soflamas que se van soltando aquí y allá, y nos quedamos con los hechos que se relatan esta condición de guerra civil y dinástica de la Guerra de Sucesión aparece con bastante claridad. Quizás sea por esto que el autor parece precisar la introducción de unos largos discursos que, contradiciendo lo que narra, intentan reconducir el relato a la mistificación oficial de la Historia Catalana que laboriosamente han ido construyendo los aparatos de propaganda del catalanismo.
Reproduciré aquí uno de estos interludios reflexivos que nos recuerdan el "verdadero" sentido de la Guerra de Sucesión. Está en el capítulo 5 de la segunda parte:

"Siempre igual, los generales extranjeros parecían incapaces de entender nada de nada. No querían darse cuenta de que Cataluña y Castilla estaban en guerra exactamente del mismo modo que Francia e Inglaterra; que España era un nombre bajo el que se ocultaba una realidad que se apoderaba de la política, el comercio y, si me lo permiten, hasta del sentido común. Un campo de batalla entre dos formas opuestas de entender el mundo, la vida, el todo (...) Pero los madrileños jamás tolerarína al Karlangas como rey, jamás, y no porque fuera un rey austriaco, sino porque era el rey de los catalanes". Fin de la cita (como se dice ahora).

Hay más de estas reflexiones a lo largo del libro, tan ajenas a la mentalidad de comienzos del siglo XVIII como puede serlo un tratado de física cuántica a un alquimista medieval. Los hechos, sin embargo, son tozudos, y se cuelan, incluso, por los intecisos que deja la obra de mampostería propagandística que construye Sánchez Piñol. Así, por ejemplo, en el capítulo 11 de esta segunda parte el autor no puede dejar de apuntar que "Las clases populares barcelonesas siempre habían sentido aquella guerra dinástica entre Austrias y Borbones como algo esencialmente ajeno a ellos". Pero ¿no habíamos quedado en que no era una guerra dinástica, sino una guerra entre Cataluña y Castilla? ¿Cómo es posible entonces este alejamiento de las clases populares? ¿No sentían estas clases populares que la guerra que se libraba desde hacía diez años (la cita se corresponde al año 1713) era una guerra que les afectaba como catalanes frente a los castellanos? Más adelante, la novela da cuenta de cómo los "botifleros", los partidarios del Rey Felipe, dejaron Barcelona tras adoptar la Junta de Brazos de las Cortes la decisión de rebelarse contra él; y por lo que parece no eran pocos, lo que no encaja con la idea de un pueblo catalán férreamente identificado con el Rey Carlos (el suyo) frente al Rey de los castellanos. En el libro también se hace referencia aquí y allí a pueblos "botifleros" (Mataró, por ejemplo), lo que casa más con la idea de Guerra Civil que en realidad fue la Guerra de Sucesión que con una pretendida Guerra de Cataluña contra Castilla.
Este divorcio entre lo que se narra y lo que se quiere que interprete el lector se da hasta en un punto clave del relato: si Martí Zuviría es el protagonista de la novela, el héroe de la resistencia de Barcelona es Antonio de Villarroel, presentado como un general dotado de todas las virtudes posibles, tanto militares como humanas, una persona que es imposible que te caiga mal, el padre o abuelo perfecto, digno, valiente, preocupado por sus subordinados, inteligente y con una integridad a toda prueba... y castellano (aunque nacido en Barcelona). En "Victus" Martí Zuviría se pregunta por qué se eligió a "don Antonio" para dirigir la defensa de Barcelona siendo castellano como era. El propio Zuviría se responde diciendo "Vete a saber". Pues hombre, la respuesta es fácil, porque no se trataba de una guerra entre castellanos y catalanes, sino entre partidarios de Felipe V y partidarios de Carlos III, y ahí se juntaban castellanos con catalanes y catalanes con castellanos. Había castellanos partidarios del Austria y catalanes que apoyaban al Borbón. Así de fácil. Otra cosa es que si se pretende convertir la Guerra de Sucesión en lo que no es empiecen a aparecer cosas que no encajan; pero eso es por pretender darle un sentido que no tiene. Y por mucho que se haya repetido (y lo que se repetirá a partir de ahora) que el 11 de septiembre de 1714 fue la derrota de Cataluña lo cierto es que entre los vencedores también había catalanes que no se merecen esta "retirada del carnet" retroactiva.



Así pues, "Victus" se presenta como una obra que se enfrenta al dilema de contar con detalle una guerra dinástica, pero presentándola como lo que no era, una guerra entre Cataluña y Castilla. Hasta ahora hemos visto cómo los hechos se pretenden matizar con discursos que para nada encajan en la mentalidad del siglo XVIII; pero aún hay más, y es que en la obra se aprecia alguna omisión que resulta en este sentido harto sospechosa. Si por lo visto hasta ahora podemos pensar que la manipulación es simplemente consecuencia de una lectura sesgada de la Historia, propia de quien se ha creído la propaganda nacionalista y es ya capaz de reconducir todos los hechos a esta particular perspectiva, las ausencias y sutiles tergiversaciones son ya indicios de una tarea más sibilina de manipulación.
Esta manipulación se manifiesta, sobre todo, en la discreción con que se aborda el tema del cambio de bando de Cataluña durante la guerra. En el libro se llega a decir que Cataluña había sido fiel al Archiduque Carlos desde el comienzo de la guerra (capítulo 10 de la segunda parte). Eso es falso. Lo que no se cuenta en el libro es lo siguiente:
Cuando muere Carlos II, Felipe V (IV en Cataluña), el heredero designado en el testamento del monarca, pasa por Cataluña, jura las Cortes, es reconocido como conde de Barcelona, otorga privilegios y recibe donativos. En los años siguientes, sin embargo, comienza a construirse una oposición austracista en Cataluña que se va extendiendo por distintas partes del Principado. En 1705 se llega a un acuerdo entre algunos autoproclamados representantes de Cataluña e Inglaterra para cooperar en la instauración del Archiduque Carlos como Rey de España. Los sublevados en el interior de Cataluña se unen a las tropas inglesas, holandesas y autriacas desembarcadas y comienza el sitio de Barcelona que se extiende desde agosto hasta octubre de 1705. Los sitiadores (recordemos, los partidarios del Archiduque Carlos) toman el castillo de Montjuic y desde allí comienzan a bombardear la ciudad. Finalmente, ésta capitula.
A partir de ese momento (octubre de 1705) las instituciones catalanas son partidarias del candidato austriaco y opuestas al Borbón; pero, como vemos, esta opción no fue la que se siguió desde el comienzo de la guerra ni parece que la causa del cambio de bando fuera la falta de respeto de Felipe IV por las libertades y constituciones catalanas, que había ratificado en 1701, sino una opción de algunos notables catalanes que consiguieron acabar imponiéndola en una operación militar, política y de propaganda. Todo esto no sale en la novela, y no tiene por qué salir; como obra literaria puede hacer las opciones que tenga por convenientes y en este caso opta por comenzar la acción en 1705 con lo que se ahorra tener que contar las Cortes catalanas reunidas por Felipe IV en 1701 y el sitio de Barcelona de 1705. Como es una obra de ficción también es legítimo (¡faltaría más!) que cuente todas las mentiras y falsedades que tenga por conveniente; pero, por favor, en ese caso que no se tome -como la están tomando algunos- como verísima crónica.
Ya digo que en este punto que comento a la novela se le va la mano porque mantiene que Cataluña fue fiel a Carlos desde el comienzo de la guerra y esto es, directamente, falso. Ahora bien, hay un detalle que podría parecer menor pero que a mí, lo reconozco, me sorprendió negativamene al leerlo, como si el autor quisiera darme gato por liebre; y de una forma tan sutil que casi me provocó una ligera náusea. Me explico.
Tal como acabo de contar, la ciudad de Barcelona sufrió dos sitios durante la Guerra de Sucesión, el que todos conocemos, el de 1713-14 y otro del que casi nadie sabe casi nada, el de 1705. El sitio de 1705 no encaja en la historia oficial del catalanismo porque en él (en el sitio de 1705) la ciudad de Barcelona se mantenía fiel a Felipe IV y los sitiadores eran los teóricamente partidarios de las libertades catalanas. Una Barcelona, capital de Cataluña, resistiendo en favor del Rey Borbón no es acorde con la mistificación de que la Guerra de Sucesión fue una guerra de Cataluña contra España. Pero es que, además, durante el sitio de 1705 se bombardeó por primera vez la ciudad desde Montjuic. Los "catalanes" (asumamos aquí por un momento la perversa dialéctica que convierte a los partidarios del archiduque Carlos en catalanes y a los partidarios de Felipe en castellanos o botifleros) ocuparon el castillo y bombardearon a los pacíficos ciudadanos de Barcelona provocando horrores sin cuento. Evidentemente esto no encaja, y si se relatara perdería fuerza lo que se cuenta en el libro sobre cómo en 1713 el ejército borbónico, rompiendo las reglas de los asedios, dirigió sus cañones contra la ciudad y no contra sus murallas. ¡Diantre! pues en 1705 es lo que ya habían hecho los austracistas contra la misma ciudad de Barcelona. Mejor, por tanto, pasar por alto este sitio y centrarnos en el de 1714, parece que pensó el autor.
Y aquí es donde llega la impostura que más me ha indignado en todo el libro. Resulta que en un momento dado, en concreto en el capítulo 2 de la segunda parte, aparece una bala de cañón oculta en una casa de Barcelona. Lo que se dice en "Victus" es esto literalmente:

"La masa de cera derretida ocultaba una bala de cañón. Vete a saber tú si era del bombardeo de la flota francesa de 1691, del asedio de 1697, de los combates que siguieron al desembarco de los aliados en 1705 o de qué otra batalla".

Bien, curiosamente en esta enumeración se olvida (antes no lo he mencionado por no extenderme) del bombardeo que sufrió la ciudad en 1704 por una flota partidaria del archiduque Carlos (cuando Barcelona se mantenía fiel a Felipe); pero lo que más me irrita es que el sitio de 1705 sea convertido en "los combates que siguieron al desembarco de los aliados en 1705" ¡Pero qué combates! ¡Un sitio con todas las de la ley que duró tres meses y en el que la ciudad, y no solamente sus murallas, fueron bombardeadas por los "defensores de la tierra". Esto no puede ser casualidad ni torpeza. Esta frase me confirma que más allá de la literatura la propaganda es el eje de esta obra y, lo peor, que está consiguiendo lo que se proponía porque muchos se toman en serio este cúmulo de datos trufados con valoraciones y hábiles distorsiones que parece tener solamente un objetivo: mantener que los españoles tenemos que seguir odiándonos, porque, como dice el autor en algún punto "En realidad España no existe; no es un sitio, es un desencuentro".
Pues sí, quizás sea un desencuentro; y en gran parte este desencuentro es causa de no ser rigurosos con nuestra historia y falsearla para que todo sea un cuento de buenos y malos. Lamento profundamente que desde ya todo sean loas a los caídos en 1714 y con tanta facilidad nos olvidemos (porque no interesan) de los caídos en 1705. Y lamento aún más que los argumentos de la política de hoy sea lo que (no) pasó hace trescientos años. Por favor, que dejen de tomarnos el pelo. Gracias.

domingo, 4 de agosto de 2013

Brevísima historia económica parcial

Ayer veía en facebook la siguiente viñeta:





No me suelen llamar excesivamente la atención este tipo de dibujos; pero en este caso me pareció interesante porque, si bien tan solo de una forma aproximada, podía dar razón de una realidad esencial que condiciona de forma muy relevante a la economía actual y que, además (y esto es lo que añade la viñeta) solamente puede ser percibido a partir de una consideración histórica.
Hace doscientos años se formuló la denominada "ley de hierro de los sueldos" según la cual los salarios nunca podrían superar el nivel de subsistencia. Es decir, el salario que se pagaba tendía a ser siempre el mínimo posible; y ese mínimo se consideraba, precisamente el nivel de subsistencia.
Esta "ley de hierro" tenía algunos fallos importantes de planteamiento y es evidente que no se ha visto cumplida. En la última parte del siglo XIX y durante la mayor parte del siglo XX los salarios fueron aumentando en términos reales superando con mucho el nivel de subsistencia en amplias zonas del Planeta, y especialmente en Europa, Norteamérica y ciertos países del Extremo Oriente. No es cierto, por tanto, que los salarios siempre se mantengan en el nivel de subsistencia.
Ahora bien, quizás la "ley de hierro" no esté tan equivocada si nos quedamos con que lo que se paga a los asalariados es siempre lo mínimo posible. Esto es, que de la riqueza que se genera, la que se dedica a pagar salarios es siempre la parte más pequeña posible. Esto no impide que los salarios aumenten, porque gracias a la introducción de la tecnología la productividad y, en general, la riqueza, se han incrementado exponencialmente en los dos últimos siglos, lo que implica que aún destinando a salarios una parte cada vez menor de esta riqueza, el salario real no deja de aumentar; aunque siempre menos que los beneficios empresariales.
Este es un dato que ahí está, pero en el que se insiste poco. En 1870, en Inglaterra, los salarios de los trabajadores manuales representaban el 45% de la riqueza nacional; el mismo porcentaje que suponen todos los salarios en la España de 2010. Si en España consideramos tan solo los salarios que están por debajo del salario medio (el 70% del total de asalariados) nos encontramos con que todos esos sueldos no suponen más que un 13% del PIB español. Si asumimos que esos trabajadores, los que cobran un salario inferior al salario medio (19.000 euros anuales), son el equivalente actual de los trabajadores manuales británicos de 1870 observamos como la participación en la riqueza nacional de tales asalariados es ahora tan solo un tercio de la que era ¡en la Inglaterra victoriana! (explico esto con más detalle aquí).
Es decir, la participación de los salarios en la riqueza nacional no ha hecho más que descender. Dado que la productividad aumentaba, era posible ir aumentando el salario real de los trabajadores a la vez que se disminuía su participación en la riqueza global. De alguna forma se confirma que siempre se ha pagado lo mínimo posible a los trabajadores, lo que sucede es que ese mínimo es cada vez mayor como consecuencia del aumento de la productividad y de la riqueza derivados de la introducción masiva de avances tecnológicos en la industria primero y en los servicios después.
De esta forma, resulta que desde el comienzo de la Revolución Industrial la parte de riqueza que han recibido los trabajadores ha sido cada vez menor. Podemos preguntarnos dónde ha ido a parar todo ese excedente generado y no devuelto a los trabajadores. No lo sé, y tan solo especulo; pero me imagino que la enorme destrucción de las dos guerras mundiales, la tremenda producción militar y la reconstrucción de los países devastados algo habrán tenido que ver con el empleo de todos esos excedentes. Ahora bien, me imagino (y aquí viene lo de la viñeta con la que comenzaba) que una parte sustancial de tales excedentes han ido a grandes corporaciones, entidades financieras y bancos; titulares de una cada vez mayor parte de la riqueza mundial.
Esta acumulación de riqueza permitió (especulo también, se trata tan solo de una hipótesis) que a partir de los años 60 del siglo XX se desarrollara el último gran instrumento de expropiación: el crédito al consumo.
Habíamos visto que a los trabajadores se les paga siempre lo mínimo que se puede; pero esto tiene inconvenientes porque disminuye el consumo; a la vez se cuenta con una gran acumulación de dinero que no se sabe bien cómo emplearlo. La solución es dar ese dinero como crédito en buenas condiciones. Dicho de otra manera: los trabajadores reciben por su trabajo una parte en dinero y otra parte en crédito. Como la mayoría de los trabajadores no desean el dinero en sí, sino las cosas que ese dinero puede comprar (casas, coches, vacaciones, espectáculos, ropas, etc) en el fondo lo mismo les da que se les pague una cantidad menor si, a la vez, se les facilita el crédito que les permitirá obtener todos esos bienes. De esta forma, el mecanismo de crédito al consumo permite hacer disminuir aún más los salarios, que no han dejado de representar una parte menor en el PIB desde hace décadas.
¿Cuáles son las consecuencias de esta situación? En primer lugar, que el dinero que se recibe como deuda supone una limitación de la libertad del individuo, lo que probablemente a algunos les interese mantener (en general, sobre la deuda como mecanismo de poder y control, véase D. Graeber, En deuda, Ariel, 2012). En segundo término, que cualquier problema en el crédito tiene unos efectos devastadores sobre la economía, porque reduce drásticamente las posiblidades de consumo. Los trabajadores ven reducida su posibilidad de gasto a lo que obtienen de unos salarios que representan una parte pequeña del PIB y de repente se dan cuenta de lo que durante tantos años se les había ocultado: en realidad su posición en la sociedad no es mejor que la de los obreros de la Inglaterra que pinta Charles Dickens. El engaño peligra y solamente quedan dos opciones: o restituir los equilibrios haciendo que disminuyan los beneficios del gran capital o sustituir la zanahoria por el palo. Basta ver el mundo que nos rodea para darse cuenta de cuál es la opción que se está siguiendo.

viernes, 2 de agosto de 2013

Sobre sitios

Dentro de poco empezarán en plan fuerte los eventos y fastos con motivo del tricentenario del 11 de septiembre de 1714. Conviene ir entrando en calor: reproduzco un fragmento escrito por un testigo de los primeros años del siglo XVIII en Barcelona y que relata así lo sucedido en el sitio de la ciudad:
"A las tres de la tarde empezaron a tirar bombas por mar, y tierra, cuyo inhumano rigor, duró hasta las 9 de la noche, y en el desorden y confusión de ella, y el día la ruina que hicieron en casas, edificios y templos, las fatales muertes que ocasionaron en ciudadanos, y soldados; las lloraron y aún gimen algunos"

"Este bombardeo de día, era inexplicablemente sensible, porque como las bombas no se distinguían, (lo que se lograba de noche) mas presto tenían los cascos, o ruina encima, que el advenimiento de que venía a ellos la bomba; no había parte segura en toda la ciudad, porque en todas llovía fuego".
Es preciso aclarar que este relato no es del sitio de 1714, el que se conmemorará como unas nuevas Termópilas a partir de ya mismo; sino del sitio de 1705 (Verídica relación diaria de lo sucedido en el ataque, y defensa de Barcelona, cabeza del Principado de Cataluña. Sitiada por las tropas de los altos Aliados en este año 1705); un sitio que inexplicablemente algunas personas cultas desconocen en Barcelona, porque todos los esfuerzos en Cataluña van dirigidos a que hasta los niños pequeños sepan hasta los mínimos detalles de lo sucedido en 1714 (siempre que los detalles concuerden con la mistificación oficial) y a que ni remota idea se tenga de que en 1705 los defensores de las libertades catalanas, los partidarios del Archiduque Carlos de Austria, aliados con ingleses y holandeses bombardearon desde el castillo de Montjuic la ciudad que había permanecido leal a Felipe V (que era botiflera, vaya). Mucho se dirá de las tácticas protonazis del bombardeo urbano con el que en 1713 se pretendió minar la moral de los ciudadanos de Barcelona por parte de los borbónicos, pintados como dignos antecesores de los bárbaros españoles actuales; y nada se mencionará de cómo ocho años antes esas mismas tácticas fueron las que utilizaron los "buenos catalanes", los "defensores de la tierra" para tomar Barcelona. Los ciudadanos de Barcelona de 1713 serán presentados como héroes dignos de todos los elogios y serán muchas las flores que se pondrán en unos y otros sitios para conmemorar cada bomba borbónica de la que se tenga noticia; en cambio, mucho me temo que aquellos ciudadanos que por un azar del destino murieron en 1705 como resultado de las bombas austracistas serán condenados al olvido más profundo. No encajan en el guión que han preparado los aprendices de brujo que se dedican a construir naciones. ¡Qué gran pena!