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viernes, 8 de junio de 2018

Sobre fascistas

Hoy unos energúmenos fascistas han boicoteado un acto de Societat Civil Catalana en la Universidad de Barcelona. Un acto sobre Cervantes.



No empleo aquí el término "fascista" con precisión, puesto que no lo relaciono con el movimiento político que se desarrolló en Italia durante la primera mitad del siglo XX; sino que lo utilizo como se hace ahora habitualmente, como equivalente de "antidemócrata".
En una sociedad democrática el respeto a los demás y el reconocimiento de que todos han de poder acceder al espacio público es un principio básico. La tolerancia y la garantía de las libertades de pensamiento, ideológicas y de expresión son esenciales.
Una sociedad en la que se impide que algunos puedan expresarse ya no es una sociedad democrática.
Una sociedad en la que las personas son coaccionadas por sus ideas ya ha perdido la libertad.
Una sociedad en la que haya quienes se creen en el derecho de impedir que otros hablen u opinen ya ha entrado en el camino del autoritarismo.
Y esta es Cataluña. En Cataluña hay quienes creen que pueden decidir quién habla y quién no, quienes pueden ocupar el espacio público y quiénes no; qué ideas se pueden defender y cuáles no. Resulta intolerable e inadmisible.
Que existen coacciones e intentos de monopolizar el espacio público es evidente. Ya me he ocupado en otras ocasiones de cómo en la Universidad Autónoma de Barcelona prácticamente todos los actos organizados por Societat Civil Catalana han sido objeto de boicots o ataques. Hoy, otro acto de SCC ha sido boicoteado y ha acabado siendo suspendido.


Lo más grave, sin embargo, no es que existan fascistas que crean que pueden hacer primer sus opiniones sobre el resto, incluso por la fuerza. Lo más grave no es que haya quienes piensen que es legítimo impedir que otros realicen actos o expresen sus opiniones. Lo más grave es que tanto las instituciones como la sociedad justifican o explican esta quiebra de los derechos fundamentales.
Hace año y medio tuvimos en la UAB un acto que fue boicoteado por fascistas. Primero ocuparon el lugar en el que se iba a realizar el cineforum que organizaba Joves SCC-UAB. Luego rodearon el espacio alternativo en que se iba a desarrollar el evento e intentaron que no pudiera llevarse a cabo. Cuando acabó el acto todavía persiguieron a algunos de quienes habían participado en él, y que tuvieron que escapar hacia la estación de los ferrocarriles de la Generalitat en la Universidad, librándose de sus perseguidores al cruzar las vías justo antes de que llegara un tren.
Cuando en los días siguientes comentaba este ataque con compañeros de la Facultad y me escandalizaba porque se hubiera perseguido a aquellos asistentes al acto varios me dijeron "bueno, es que esos asistentes a vuestro acto eran fascistas".
"Fascistas", la palabra mágica. Bien, no no lo eran. Nadie me mostró ni la más mínima prueba de esa etiqueta; pero mi pregunta es ¿y si lo fueran? Imaginémonos que fueran lo que estos antidemocrátas llaman "fascistas" ¿justificaría eso que se les persiguiera haciéndoles cruzar las vías con un tren acercándose?
Esto es lo que me indigna. No la existencia de energúmenos que piensan que pueden perseguir a otros seres humanos porque sus ideas no les gustan; sino que ponderados profesores universitarios, enfrentados a un hecho como éste, aleguen que los perseguidos "eran fascistas". ¿Nos damos cuenta de a lo que hemos llegado?


Hoy ha vuelto a repetirse. Se organiza un acto por parte de SCC ¡sobre Cervantes! Un acto en el que participan académicos reconocidos, y hay unos cuantos fascistas que se creen en el derecho de decidir que no puede realizarse. Y a tal fin acosan, boicotean y mediante el ruido y golpes en las puertas pretenden perturbar su desarrollo hasta que finalmente se suspende; y eso pese a la convicción y dignidad que mostraron quienes se vieron encerrados por los energúmenos autoritarios.


En una sociedad donde la libertad y la democracia fueran la piedra angular de la convivencia las condenas se hubieran sucedido en cascada, la indignación sería generalizada y se haría patente que esas actitudes no son de recibo. Los tribunales ya habrían comenzado a investigar y la policía habría intervenido para defender el derecho de todos a expresarse.
No ha sucedido.
La policía, por las informaciones que ahora tengo, no entró en el edificio de la Universidad ni protegió de ninguna manera a los acosados, quienes, finalmente, tuvieron que suspender el acto. En estos momentos no veo ninguna condena en la página web de la UB. Por el contrario, son otros los que se han congratulado de haber conseguido paralizar el acto de SCC.




Estamos en una sociedad en la que impunemente se asume la comisión de actos delictivos. Porque impedir que alguien haga uso de su derecho es un delito, como mínimo de coacciones. ¿Cómo es posible que hayamos llegado al punto en el que sin rubor se afirma públicamente que están orgullosos de haber privado a otros de sus derechos?
El "argumento" que repiten es que SCC es fascista (o "amiga" de fascistas). Y esto se dice de una asociación que es Premio Ciudadano Europeo, que ha producido docenas de documentos sin que nunca nadie haya encontrado en ellos nada que no sea coherente con la defensa de los principios democráticos que caracteriza a SCC, y que ha emitido comunicados en los que pide que no se acerquen a sus actos quienes no compartan los valores democráticos, personas a las que se califica literalmente de "energúmenos fascistas"


Evidentemente todo lo anterior es igual, porque quienes pretenden ocupar el espacio público e impedir que accedan a él quienes se oponen al nacionalismo no repararán en argumentos ¿cómo lo harán quienes gritan "las calles serán siempre nuestras"?
Estos son los fascistas, quienes pretenden convertir la sociedad catalana en un páramo amarillo, quienes quieren callar cualquier disidencia, quienes pretenden ser los representantes en exclusiva de palabras como "democracia" o "libertad" y son, precisamente quienes nos las roban con sus actitudes intolerantes.
La sociedad tiene que reaccionar; y para eso ha de condenar, ha de condenar sin matices y mostrar que la intolerancia no es admisible, que la pretensión de silenciar a quienes se oponen al nacionalismo no puede contar con el apoyo o el silencio cómplice de quienes se dicen demócratas.

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