miércoles, 6 de agosto de 2014

Franklin en Madrid o el victimismo nacionalista



Artículo publicado en Crónica Global el 15 de abril de 2014.



Se ha reparado poco en que el pasado día 8 de abril la proposición de ley orgánica planteada por el Parlamento de Cataluña para la delegación a Cataluña de la competencia para autorizar, convocar y celebrar un referéndum sobre el futuro político de esta Comunidad fue rechazada en el Congreso no solamente por una amplia mayoría de diputados (299 en contra por 47 a favor), sino también por los diputados catalanes en el Congreso. De los 47 diputados elegidos en las circunscripciones electorales de Barcelona, Girona, Lleida y Tarragona, 25 votaron en contra de la proposición de ley y 22 a favor. Creo que es un dato relevante.



Y es relevante porque muestra que plantear el rechazo en el Congreso de la proposición de ley como un “no” de España a Cataluña es una tergiversación. El planteamiento secesionista querrá hacer pasar a los tres diputados del Parlamento de Cataluña que defendían la proposición (Turull, Rovira y Herrera) por representantes de Cataluña que se desplazaban a la “metrópoli” para defender los intereses de su país frente al opresor español. Es una imagen que el secesionismo ha cultivado desde hace tiempo y que, por lo que diré después, no me parece que sea en absoluto casual.
Lo cierto, sin embargo, es que quienes defendieron en el Congreso la proposición de ley representaban a fuerzas políticas (CiU, ERC e ICV-EuiA) que en Cataluña, en las últimas elecciones al Congreso de los diputados, obtuvieron 1.538.107 votos, de los que resultaron 22 escaños. Por el contrario, las fuerzas políticas opuestas a la proposición de ley en esas mismas elecciones generales, las celebradas en 2011, obtuvieron en Cataluña 1.636.125 votos y 25 escaños. Es realmente curioso que se pretenda que la minoría no solamente es mayoría, sino que tiene la legitimidad para hablar en nombre de “Cataluña”. Se trata de una manipulación que ha de ser denunciada, porque no es en absoluto inocuo identificar a Cataluña con los independentistas, haciendo pasar el rechazo al independentismo como un rechazo a Cataluña.
Esta identificación profundiza en el victimismo que se ha convertido en seña de identidad del “proceso”. No es tampoco casual este victimismo. La confusión entre Cataluña y los independentistas hace que cada ataque a estos sea presentado como un ataque a Cataluña, y que, por tanto, sea más fácil dibujar un escenario en el que sistemáticamente los intentos de diálogo de Cataluña son rechazados por la intransigente España. En cierta forma se recrea la imagen del honesto y riguroso negociador que ningún éxito tiene pese a sus muchos esfuerzos frente al poderoso arrogante.



El viaje a Madrid de Artur Mas el 20 de septiembre de 2012 para entrevistarse con Rajoy creo que es un buen ejemplo de esta recreación del victimismo. El Presidente de la Generalitat se desplaza en AVE para dar a “Madrid” una última oportunidad de diálogo. El viaje, la entrevista y la vuelta, toda ella seguida por la prensa como si se tratara del viaje de Chamberlain a Múnich en 1938 y acompañada por un recibimiento “espontáneo” a Mas en la Plaza de Sant Jaume, parecía rememorar el histórico regreso de Benjamín Franklin a América tras haber sido vilipendiado en el Privy Council inglés poco antes del inicio de la Guerra de la Independencia Americana. La similitud entre la historia de Franklin y lo pretendido por Artur Mas resulta sorprendente. En 1774 Franklin defendía la causa de las colonias ante las autoridades británicas; representaba a sus compatriotas en una justa petición igual que en 2012 Mas pretendía representar a los catalanes ante el Presidente del Gobierno de España. En 1774 Franklin fue humillado por las autoridades inglesas y volvió a América ya convencido de que la única salida era la independencia. Poco después de su regreso estallaba la revolución americana y en 1776 se firmaba la Declaración de Independencia de los Estados Unidos. Mas regresó de Madrid transmitiendo la idea de que las peticiones catalanas habían sido desatendidas, que no había esperanza y debía iniciarse un nuevo camino, la vía hacia la independencia.



Algunos de los elementos de la representación del día 8 parecían volver a esta idea. Marta Rovira en particular realizó un alegato sentimental basado en la incomprensión hacia los catalanes y los deseos de buena vecindad y relación con España que casi resultaba enternecedor. De nuevo la imagen de Franklin en Londres ante el Consejo Privado vino a mi mente. Marta Rovira, con sus dificultades para expresarse y lo ingenuo de su saludo desde la tribuna a los líderes políticos era el antecedente perfecto al esperado “no” que podría ser vendido una vez más como la intransigencia y barbarie españolas confrontadas al pactismo catalán; pactismo que, sin embargo y tal como había sucedido en 1774 con Benjamin Franklin, podía tornarse en fiera determinación una vez constatada la imposibilidad de llegar a un acuerdo. No creo, por tanto, que fuera casual que la Sra. Rovira citara desde la tribuna del Congreso de los Diputados a Thomas Paine, autor americano de la época de la Guerra de la Independencia Americana. El paralelismo sutil entre Cataluña y Estados Unidos, España y Gran Bretaña se convierte en explícito con la referencia a este libro. Al igual que los Estados Unidos entonces, Cataluña habría llegado al momento en el que el pacto no era posible no por culpa de la “colonia”, sino de la “metrópoli”.



El agravio une mucho, y si se consigue que cada catalán sienta como propio el imaginado desprecio sufrido por sus representantes (Artur Mas en 2012 o los diputados del Parlamento que intervinieron el día 8 de abril en el Congreso) se habrá avanzado en la cohesión de ese pueblo catalán identificado con el independentismo y enfrentado “a los españoles”. El victimismo crea independentistas y, por tanto, en el plan secesionista sería preciso profundizar en las afrentas que sufren los representantes del pueblo de Cataluña.
Precisamente por esto es también imprescindible recordar que los ciudadanos de Cataluña, a diferencia de lo que sucedía con los habitantes de las Trece Colonias Americanas, sí que tienen representación en el Parlamento de la “metrópoli”, esto es, en el Parlamento español. En este Parlamento se sientan los representantes de los catalanes junto con los del resto de los españoles y es, por tanto, falaz intentar presentar las decisiones del mencionado Parlamento como ajenas a Cataluña. El Parlamento británico carecía de representantes de las Colonias y esa ausencia de representación fue una de las causas del descontento que acabó en la Guerra de la Independencia. Cataluña, en cambio, es un territorio cuyos habitantes participan plenamente en los órganos constitucionales españoles, tal y como muestra la influencia que han tenido y tienen los diputados elegidos en Cataluña para la configuración de las mayorías parlamentarias en España, y que va más allá de los apoyos que CiU ha ido dando a PSOE y PP, sino que incluye también los decisivos diputados obtenidos por el PP y el PSC en Cataluña, imprescindibles en ocasiones para que socialistas o populares pudieran formar gobierno. Ahora, unos días después de la votación del día 8 de abril, es bueno recordarlo e insistir, además, en que esos diputados en el Congreso también nos representan y que, tal como se mostró el martes, se muestran contrarios a las demandas de los independentistas que ni mucho menos pueden hablar en nombre de todos los catalanes.
Digamos ya con claridad que hay muchos catalanes que no son independentistas, y que esta afirmación no se basa en encuestas o intuiciones, sino en el resultado de las votaciones en los órganos que nos representan: el Parlamento de Cataluña y, también, el Congreso de los Diputados. Es una realidad molesta para quienes quieren presentar una Cataluña monolíticamente independentista sometida a una España cerril; pero qué le vamos a hacer. Los hechos son los que son, no los que pretende la propaganda.

domingo, 29 de junio de 2014

Indignación = cólera + razón

Leo un análisis muy interesante sobre los votantes de "Podemos". En resumen, mantiene que tales votantes son personas que están cerca de los cuarenta años, bien preparados y que no han visto sus expectativas laborales y sociales cumplidas. Tiene toda la lógica.
Diría que los grandes partidos no se han dado cuenta de que esto es una democracia, y que si la gente no ve satisfechas sus expectativas acabará dando un portazo. Mientras ese portazo se tradujo tan solo en abstencionismo ni el PP ni el PSOE se preocuparon excesivamente. Ni siquiera cuando el abstencionismo se concretó en una proporción escandalosamente alta de voto en blanco y voto nulo les afectó. Las hipócritas declaraciones sobre lo preocupante que era para la democracia esa desafección de la ciudadanía no se tradujeron en nada, absolutamente en nada. Ahora la ciudadanía ha dado con una tecla que sí comienza a preocupar: votar a partidos fuera del sistema tradicional, y aquí "Podemos" (pero no solamente "Podemos") se ha llevado la parte del león, y lo que queda todavía por llegar.
El que las propuestas de "Podemos" estén peor o mejor fundadas carece de relevancia: quien está desahuciado, en el paro o en trabajos esclavizantes que no le reportan más que cuatrocientos, quinientos o seiscientos euros al mes no tiene que preocuparse porque España se convierta en una nueva Venezuela. A él las cosas no le irán peor en ese escenario. No es tanto la injusticia como la arraigada convicción de que la sociedad no retorna lo que debiera a quien se ha esforzado, estudiado, trabajado o ahorrado. Decía Victor Hugo que "la cólera puede ser loca y absurda, el hombre puede irritarse injustamente, pero no se indigna más que cuando, en el fondo, tiene razón por algún lado".



Así es, un número cada vez mayor de ciudadanos se sienten indignados, y, como acabamos de ver, con razón (la razón es consustancial a la indignación). Si quienes gobiernan no aciertan a responder a esa indignación los votantes dejarán de estar con ellos.
Pensar que la gente se quedaría indiferente mientras se le quitaba todo a lo que pensaban que tenían derecho es de una profunda ingenuidad. Quizás se calculó que esa indignación se limitaría a mantenerse apartado de las elecciones, y eso, como digo, nunca ha preocupado a los políticos que han detentado el poder.
Soy consciente de la gravedad de la crisis y de que se carece de respuestas mágicas e inmediatas; pero lo que debería haberse hecho -si las cosas estaban tan mal como parece que están- es realizar un gran esfuerzo para aportar confianza mediante un discurso que asumiera claramente las dificultades existentes, explicara los esfuerzos que se hacían para resolverlas y ayudara a sobrellevar la situación con medidas excepcionales de solidaridad. Proponía esto hace unos meses. No se ha hecho y los votantes comienzan a despertar y actuar. Mi hipótesis es que ahora que han visto que se puede hacer daño en las urnas serán mucho más difíciles de reconducir hacia "la normalidad".



En la época de la Revolución Francesa los cambios profundos no podían hacerse sin derramamiento de sangre. En una democracia como la que vivimos la hemorragia puede ser tan solo de votos; pero el cambio profundo se dará igualmente.
En definitiva, no caben muchas alternativas:
1) O se da satisfacción a las expectativas de quienes han sido privados del trabajo, del sueldo, de su lugar en la sociedad, del Estado de bienestar.
2) O se sustituye un sistema democrático por otro sistema (mucho me temo que alguno ya estará dándole vueltas a esta posibilidad).

3) O se dará un vuelco político que condenará a los partidos que hasta ahora han mandado al cuarto de los trastos viejos.
Recordemos, esto es una democracia y no se puede enfadar a los votantes. Cada cuatro años ellos deciden quién se queda y quién se va.

jueves, 19 de junio de 2014

Negra duda que el corazón corroe

Fue tan solo un gol.
Un holandés corre entre dos españoles, un balón le llega, se lanza y lo golpea de cabeza. Dibuja la pelota una parábola que casi no lo es y cruza entre los palos, la red la frena y cae al suelo, gol.
Ahí se acabó España. Un solo gol que mató a la selección como un estilete fino que penetrara en el corazón. Hasta ese momento, durante casi cuarenta y cinco minutos, el equipo español había jugado a lo que sabía. Tocaba el balón, pisaba el campo del contrario, a la portería rival se acercaba poco a poco, como tejiendo una telaraña, y hasta había marcado un gol (de penalti). Todo eso fue antes del gol. El gol acabó con todo aquello. Poco imaginábamos cuando veíamos aquella primera parte que estábamos asistiendo a los últimos minutos de juego de una selección que ahora, ya muerta, se ha convertido en mito.



Todo eso acabó con ese gol. El descanso no sirvió para recuperar lo que se había perdido. Los tendones seccionados se habían enrollado definitivamente, las líneas se separaron, los pases no daban con su destinatario, las ideas desaparecieron, las piernas no corrían, las cabezas no pensaban. Los jugadores dejaron de serlo, los hilos invisibles que conectaban a unos futbolistas con otros desaparecieron. La selección ya no era un equipo, sino grupitos (a veces de dos, a veces de cuatro, con frecuencia de un solo jugador) que por su cuenta se agitaban en éste o aquel punto del campo incapaces de volver a ser lo que ya nunca serán.




Hubo otro partido y se cambiaron algunas cosas, pero -es fácil ahora decirlo, lo reconozco- no se cambió la única pieza que, quizás (repito, quizás) podría haber hecho que el mecanismo volviera a funcionar. Me refiero al Portero, ese jugador que parece que no hace nada cuando se gana y que, sin embargo, se presenta como el culpable de casi todo cuando se pierde. En esta ocasión con más claridad que en ninguna otra se ha visto -y precisamente en la derrota- lo importante que es el portero para la victoria.
Porque España se hundió por su base, se desmoronó por esa punta invertida que es el portero en todo equipo de fútbol. Aquel gol grácil del holandés que pilló a nuestro Portero dos pasos más adelantado de lo que debiera le fulminó. Desde aquel momento el Capitán (que también lo era, y por méritos propios) se quedó abatido, hundido, inseguro, perdido. Como si fuera ajedrez habíamos perdido una pieza; pero la pieza no desapareció del campo; sino que necrosada allí siguió transmitiendo la infección a todas las líneas hasta llegar a la delantera. Fue en la portería donde nació el mal que acabó contaminando a todo el equipo, y fue todo muy rápido, demasiado rápido.
Quizás -solo quizás- aquel gol del holandés volador hizo que toda la hiel que el Capitán había estado bebiendo durante la temporada, todas las inseguridades que había ido metiendo en su coleto, todas las dudas que le habían asaltado en el durísimo pulso que mantuvo durante meses y meses afloraron, se desparramaron y mancharon los campos de Brasil. Quien se acercaba pisaba aquella podredumbre y la confianza desaparecía. El humo negro que salía de la portería entraba en los ojos de todos los futbolistas y el juego se desvanecía.
Fue entonces cuando supimos que también en la victoria ese hombre solitario bajo los palos había sido fundamental, que la extraordinaria confianza de unos jugadores que habían ganado tres grandes torneos en seis años (dos Eurocopas y un Mundial) nacía también de la seguridad que daba quien estaba en la portería. España comenzó a morir en la defensa. Nunca fuimos equipo de marcar muchos goles; pero ¡era tan difícil que nos marcaran! Siete goles en noventa minutos acabaron con un equipo que, pese a todo, será recordado como la mejor selección de nuestra historia.



¡Ay aquel gol de Holanda! Si aquel gol no hubiera sido quizás el resto también hubiera sido diferente, pero fue. Lo más seguro, sin embargo, es que más tarde o más temprano nos hubiéramos encontrado con esa parálisis que destrozó al equipo. El Portero había sido inoculado con un veneno que tan solo esperaba el momento adecuado para salir. Y cuando el virus se activó la gangrena invadió rápidamente el cuerpo del enfermo sin dejar miembro sano.
Quizás alguien sonreía ante algún lejano televisor viendo la culminación de un propósito.
Ahora toca volver a empezar de cero, y yo tengo claro quién debería dirigir esa reconstrucción. Quien tiene el veneno suele tener también el antídoto.

domingo, 8 de junio de 2014

Sobre lenguas e idiomas

Me ha dejado horrorizado la viñeta que puede verse en la página web de Som Escola. Es ésta:



Un magistrado divide en dos la lengua de un niño agarrado a un pupitre. La viñeta transmite de forma explícita la idea de que los jueces torturan a los niños catalanes con sus decisiones sobre la lengua en la enseñanza. La tortura, además, es inmisericorde (basta fijarse en el ceño fruncido del magistrado) y salvaje (una mutilación lo es, evidentemente). Es cierto que toda viñeta parte de la exageración, pero en este caso el resultado es tan dramático que inevitablemente provoca un escalofrío. La imagen de unas tijeras actuando sobre una lengua, y además sobre la lengua de un niño, causa una instintiva repulsión, un sentimiento profundo de rechazo.
Si superamos este inicial rechazo y analizamos la viñeta observaremos que su sentido es, curiosamente, contrario a las proclamas que habitualmente se utilizan para justificar una escuela exclusivamente en catalán. Como es sabido, el argumento de quienes defiende la escuela en catalán es el de que solamente este modelo permite garantizar que al final de su educación obligatoria los niños puedan dominar los dos idiomas oficiales en Cataluña: catalán y castellano. La explicación de cómo es posible semejante milagro (siendo las clases en su práctica totalidad en catalán se consigue que los niños dominen catalán y castellano) está ausente y el debate se despacha con la indicación de que los hechos prueban que es así (lo que está lejos de ser cierto). A partir de aquí se critica a quienes pretende que el castellano sea lengua en la enseñanza junto con el catalán, afirmando que tales propuestas pretenden evitar el aprendizaje del catalán. En este propósito no se duda en manipular las resoluciones judiciales recaídas sobre el tema con el fin de hacerles decir, por ejemplo, que en ellas se recoge que un solo niño puede imponer la escolarización en castellano a toda la clase, cuando en realidad lo que se establece es que un solo niño puede conseguir que toda la clase reciba su escolarización en catalán y en castellano. Me ocupé hace un tiempo de este tema, cuando se dieron a conocer las decisiones judiciales que recogían la necesidad de que parte de las clases se impartieran en castellano en las escuelas catalanas.
De acuerdo con lo que hemos visto, por tanto, la inmersión se presenta como una herramienta que favorece el bilingüismo y las decisiones judiciales dictadas hasta ahora como instrumentos al servicio del monolingüismo. Como digo, es justo lo contrario y curiosamente la viñeta parece que da la razón a la realidad y no a la mentira, pues, como puede verse lo que hace el juez es dividir por la mitad la lengua del niño; esto es, simbólicamente convertirlo en bilingüe. Este bilingüismo, sin embargo, no es percibido como una riqueza por el autor de la viñeta, sino como una tortura antinatural porque -y aquí está la clave del problema- en realidad quienes defienden la inmersión no buscan el bilingüismo, sino un férreo monolingüismo (en catalán, por supuesto), que ven como la única forma natural de relación de una sociedad con la lengua. La inmersión, que muchos entendieron (entendimos) como un buen mecanismo para el conocimiento de las dos lenguas de Cataluña, catalán y castellano; en realidad encierra un plan para convertir a la sociedad catalana en una sociedad monolingüe (me ocupé aquí de esta doble perspectiva sobre la inmersión).
La viñeta asume, por tanto, ese "plan oculto" de la inmersión en la que el bilingüismo real de la sociedad catalana es percibido como una anomalía, una anomalía equivalente a una lengua humana bífida, parecida a la de una serpiente.
Quizás fuera justo, por tanto, completar la viñeta que luce "Som escola" con otra en la que se viera a un maestro acercando unas tijeras a la lengua de un niño, ya no para dividir en dos su lengua, sino para cortarla mientras otro maestro se prepara con aguja e hilo para coser al inminente muñón sangrante una nueva lengua preparada ex profeso para los niños que no tienen como lengua materna el catalán.



martes, 27 de mayo de 2014

Historia, manipulación, ignorancia

Hoy toca cabreo.
Me he puesto a hojear el libro de "Medi" de mi hija. Tiene 10 años y cursa Quinto de Primaria en una escuela pública de Cataluña. "Medi" (Conocimiento del Medio) es una mezcla de lo que en la EGB eran Ciencias Naturales y Ciencias Sociales. Ahora, cuando está acabando el curso, abordan los temas de Historia, que abarcan desde la Prehistoria hasta la Edad Media. En total se dedican a estos temas 63 páginas, desde la 180 hasta la 243. La referencia del libro es la siguiente: C.-A. Trepat y otros, Medi natural, social i cultural, Barcelona, Barcanova, 3ª ed. 2011.
Me he quedado estupefacto.
Es intolerable que en un libro escolar se haga una presentación tan parcial, tergiversada e, incluso, mentirosa de la Historia. Es necesario que los padres reaccionemos ante la sarta de simplezas y falsedades con las que se está adoctrinando a nuestros hijos.
Evidentemente, toda la parte del libro de Medi que comento está dedicada a fomentar la "catalanización" de los estudiantes, ofreciéndoles una visión de la Historia que se centra casi en exclusiva en el territorio catalán. Las relaciones con otros espacios se presentan de manera parcial y, además, claramente orientada a eludir las conexiones de Cataluña con el resto de España (excepto los "Países Catalanes", claro). De hecho, en las 63 páginas que se dedican en el libro a la Historia desde la Prehistoria hasta la Edad Media, pasando por la colonización romana, los visigodos, las invasiones árabes y la unión con Aragón no aparecen ni una sola vez las palabras "España" o "Hispania" ¿cómo se puede explicar la Historia Antigua de lo que ahora es Cataluña sin mencionar la palabra "Hispania"? Difícil ¿no? Bueno, pues este libro lo consigue. Ni una sola vez en 63 páginas. Lo más cercano es el término "Marca Hispànica" que aparece ¡una sola vez! (p. 212); además de figurar también una vez en un mapa (p. 213). Alucinante. Por contra la palabra Francia sí que aparece, e incluso se hace una pequeña explicación del reino franco.



Vamos paso a paso.
En la p. 184 se habla de los yacimientos arqueológicos con restos humanos más antiguos. Se dice que los más antiguos de Europa son los de Atapuerca, situados en Castilla y León (ya hemos evitado decir España) y luego se indica que los más antiguos "en territoris de parla catalana" se encuentran en el Rosellón. ¿"Territoris de parla catalana"? ¿en la Prehistoria? ¿Se dedicará alguien a ver cuál es el yacimiento arqueológico más antiguo en los territorios de habla italiana o alemana o sueca? ¿Qué sentido tiene tal indicación? ¿Quizás hacer calar la idea de que Cataluña existía ya desde el comienzo de los tiempos?
Podría pensarse que soy exagerado, pero algún dato podría confirmar esta suposición. En la p. 188 se indica "Entre l'any 10000 i 8000 aC, al territorio on actualmente és l'Iran..." Correcto, el territorio que actualmente es Irán (y que entonces, hace 10000 años, no era Irán, evidentemente). En la misma página, sin embargo, se indica "Al territorio català els caçadors i recol·lectors van comenzar a ver de pagesos i de ramaders cap a l'any 5000 aC." ¡Vaya! Irán no existía hace 10000 años, pero Cataluña sí hace 7000. A continuación, en la misma página, se remacha la idea: "Durant el período Neolític a Catalunya enterraven el morts..." Tenemos Cataluña ya en el Neolítico. ¿Problemas de expresión? Lo dudo porque en el caso de Irán bien que se cuida el libro de indicar que no hace referencia a un imaginario Irán prehistórico, sino al territorio en el que actualmente se ubica Irán. En fin...



Llegamos a la época de los íberos y de los romanos. Aquí se trata -parece- de evitar a toda costa mencionar los términos España o Hispania, así que todo sucede en "la península ibérica", allí vivían los íberos, ahí llegan los fenicios, allí se establecen los romanos. Siempre la Península ibérica y nunca términos como España o Hispania. Así, en ningún momento se menciona que Tarraco (la actual Tarragona) fue la capital de la Tarraconense (o Hispania Citerior), una provincia romana que ocupaba todo el norte de la actual España, hasta llegar a Galicia. Este dato que podría tener algún interés para los alumnos catalanes es obviado, seguramente porque no interesa que parezca que el territorio catalán tenía vínculos con eso de "las Españas" y así sobre Tàrraco lo que se dice es lo siguiente (p. 200):

"La ciutat més important del territori català en temps dels romans va ser Tàrraco (Tarragona), que tenia aigua corrent a moltes cases. També va ser important Barcino (Barcelona)"

Luego llega la época de las invasiones bárbaras. Aquí se menciona a los visigodos (que gobiernan -como no- "la península Ibérica" y fijan su capital en Toledo (curioso que no se mencione el reino de Tolosa, tan próximo a Cataluña; se me escapan las razones para esta omisión).

A partir de la p. 208 entramos en el nacimiento de Cataluña (así se denomina el tema). Curioso que sea ahora cuando nace teniendo en cuenta que, tal como hemos visto, ya venía siendo referente desde la Prehistoria. La historia se hace arrancar con los francos, a los que se les hace ser uno de los pueblos invasores del imperio romano "a partir del año 476" confundiendo la fecha del inicio de las invasiones bárbaras con aquella en la que es depuesto el último emperador romano, lo que supone un desajuste de casi un siglo; algo que también es preocupante, aunque en este caso nada tiene que ver con el tema de la "catalanización" de los niños que parece pretender el libro de texto.
A partir de aquí se explica la conquista de la parte norte de la actual Cataluña por parte de los francos a finales del siglo VIII y comienzos del IX y la creación de la Marca Hispánica (aquí parece que no hay manera de evitar el nombre, aunque curiosamente solamente aparece una vez -dos si se cuenta un mapa-, pese a la importancia que objetivamente tiene en los orígenes de Cataluña). Aquí se comete, sin embargo, un error no menor al explicar el régimen de los condados catalanes en aquella época (siglos IX-X) cuando se indica que "L'única relació que tenien les comtes amb el rei franc era un jurament de fidelitat"(p. 214) ya que desconoce el carácter de funcionario real del conde en esta época, que es anterior al feudalismo y a la relación de vasallaje entendido como un vínculo exclusivo.
En todo este relato no se hace ninguna referencia a la situación del resto de "la península ibérica", excepción hecha de la mención de que los musulmanes no habían ocupado "algunos rincones de Asturias, Cantabria y el País Vasco" (p. 211) y a la existencia de Al-Andalus, con capital en Córdoba (también en la p. 211).



Y en la p. 216 llega, finalmente, el nacimiento de "La Corona catalanoaragonesa" (sic). Allí se realiza una apresurada explicación del nacimiento del reino de Aragón (necesaria, claro, para poder explicar a continuación la unión con Cataluña) e incluso se dice literalmente "Alfons I (1162-1196). Va heredar de la seva mare el regne d'Aragó i del seu pare els seus comtats catalans. A partir d'aleshores el conjunt de territorio s'anomenaran Corona catalanoaragonesa".
Hasta donde yo sé en la Edad Media no se utilizó la expresión "Corona catalanoaragonesa" por lo que la afirmación del libro de texto ya no es una cuestión de matiz o manipulación, sino directamente una mentira, y como tal mentira intolerable, inadmisible; y menos en un libro dirigido a niños de diez y once años.
Por último, en la p. 217 se da por cierta e indubitada la tesis de que la bandera de las cuatro barras rojas, la señera, tiene su origen en la bandera de los Condes de Barcelona, cuando en realidad se discute si el origen de la bandera está en Cataluña o en Aragón.

En definitiva, me encuentro con un libro de Historia que incurre en imprecisiones importantes (aparte de las señaladas podemos encontrar otras, así por ejemplo, en la p. 202, referida a los comienzos del cristianismo) y en vez de formar en el espíritu crítico y abierto ofrece información sesgada cuando no directamente falsa y orientada a buscar una identificación entre el niño y una cierta idea mítica de Cataluña que, además, pasa por la negación de la existencia de España (repito, en ninguna de las 63 páginas que se dedican al período histórico que va desde la Prehistoria hasta la Edad Media aparece la palabra España o Hispania y tan solo dos veces el término "Marca Hispánica").
¿Qué están haciendo con nuestros niños? Y, por favor, ya sé que durante la época de Franco lo de los Reyes Católicos y el brazo de Santa Teresa y los Tercios de Flandes y la Conquista de América, etc.; pero ¿no hemos avanzado nada en cuarenta años?
Estupefacto, estoy estupefacto.

miércoles, 21 de mayo de 2014

Derecho a decidir. Así, sí

Desde hace unos años en Cataluña algunos han descubierto el derecho a decidir, ese sintagma nominal gramaticalmente incorrecto si no se le añade un complemento y confuso hasta la tergiversación. Es cierto que cumple las funciones para las que se inventó: evitar emplear la expresión derecho a la autodeterminación, y trasladar a quien se oponga a tal derecho la carga de argumentar por qué está en contra de que la gente decida (lo que a veces se hace pasar por estar en contra de que la gente vote, lo que también es distinto); pero esto no convierte ese pretendido derecho a decidir en verdadero ni evita que se enfrente a ciertos límites infranqueables. No se puede tener derecho a decidir sobre lo que es imposible físicamente (no tengo derecho a decidir si alzo el vuelo agitando los brazos o no), carezco del derecho moral a decidir si uno de los términos de la decisión es éticamente reprobable (no se tiene derecho a decidir si se mata o no a quien se ha colado en la fila del cine) y tampoco se reconoce un derecho (legal) a decidir si uno de los términos de la decisión está prohibido jurídicamente (no se goza del derecho a decidir si se pagan o no los impuestos).
Así y con todo, pese a lo que algunos nos quieren hacer creer, tenemos muchas oportunidades de decidir en el ámbito político. Ciudadanos como somos en una democracia, integrada además en la Unión Europea disponemos de múltiples posibilidades para ejercer el derecho a decidir sobre los asuntos públicos; otra cosa es que aprovechemos ese derecho o que lo utilicemos responsablemente.



El próximo domingo los españoles elegiremos a nuestros representantes en el Parlamento Europeo. Además por primera vez esa elección condicionará la del Presidente de la Comisión. En definitiva, lo que votemos determinará cosas como en qué forma actuará la Troika, cómo se llevaran a cabo los rescates bancarios o los de los países con dificultades para colocar su deuda, si se avanza en la protección de los consumidores, se aumentan los programas de ayudas para el empleo o qué decisiones se adoptarán en materia energética. Las elecciones europeas son las elecciones más importantes en las que puede participar un ciudadano español y no podemos dejarlas pasar pensando que es irrelevante lo que en ellas se decida. Ninguna elección tendrá tanto impacto en nuestras vidas como la elección del domingo que viene. Que se lo digan a Grecia o a Portugal, o que nos lo digan a nosotros, los españoles, que llevamos cuatro años viviendo a expensas de lo que decide la Comisión sobre nuestro cumplimiento o incumplimiento del objetivo de déficit.



Las elecciones tienen también una importancia fundamental para los catalanes que va más allá de la que tiene para todos los europeos. Desde hace dos años vivimos en Cataluña un proceso sin precedentes en el que se ha pasado de reclamar que Cataluña sea un nuevo Estado en Europa a plantear que no sería ningún desastre que un hipotético Estado catalán quedara fuera de la UE. En estos momentos nos jugamos realmente la continuidad en la UE. Algunos de los partidos que se presentan a las elecciones europeas en realidad lo que plantean es que las del domingo sean las últimas europeas en las que podamos participar los catalanes. Es responsabilidad de todos acudir a las urnas el domingo y ser conscientes de que la opción elegida no resultará irrelevante para la continuidad de Cataluña en España y en la UE.
Ser ciudadano no implica solamente gozar de derechos, sino asumir obligaciones. En una democracia nadie puede excusarse plenamente de la marcha de los asuntos públicos. En mayor o menor medida todos somos responsables de lo que sucede, y el ejercicio del voto es uno de los actos más relevantes en los que podemos poner en práctica ese derecho, esa obligación en realidad, de participar en el gobierno de la sociedad. Votemos el domingo y hagámoslo de una forma responsable.



El domingo tenemos el derecho y la obligación de decidir.

De decidir en primer lugar si somos ciudadanos, comprometidos con los asuntos públicos, o meros súbditos que se someten a lo que decidan otros.

En segundo término hemos de decidir qué Europa queremos; si aspiramos a una Europa más integrada o no; si queremos una Europa más comprometida en lo social u otra en la que se primer la libertad de los operadores económicos; una Europa comprometida en la unión fiscal y bancaria o una Europa que no avance en la integración financiera.

En tercer lugar hemos de decidir si queremos una Cataluña que corra el riesgo de verse excluida de la Unión Europea o, por el contrario, una Cataluña plenamente comprometida con el proyecto español y europeo.

Esto es lo que decidimos el domingo. El 25 de mayo ejerceremos verdaderamente nuestro derecho a decidir, el que reconocen los Estados democráticos y de Derecho, aquel que integra a los ciudadanos en el ejercicio responsable del poder.
Ese derecho a decidir sí que lo suscribo; ese sí que reclamo ejercerlo y pido que todos lo ejerzamos.