Mostrando entradas con la etiqueta Bocetos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Bocetos. Mostrar todas las entradas

lunes, 20 de mayo de 2024

El rey y el siervo

En el muro de facebook de María Dolores Parra Martín me encuentro el siguiente cuento:


Mientras lo leía, me acordaba de un cuento, que creía de Borges y que ahora pienso que puede que sea de Cortázar, en el que lo que parece sueño es, en realidad, vida; y lo que parece vida es, al final, sueño.
Con esta idea, se me ocurrió esta variante de la historia:

Cada mañana, el rey de Chou se despertaba de mal humor. Cuando los cortesanos preguntaban, respondía que todas las noches se repetía el mismo sueño: no era el monarca, sino siervo en la hacienda del clan Yin y se le encargaban todos los trabajos pesados. Los huesos dolían y sentía el desprecio de los capataces.

Llegado el día, volvía a sus quehaceres y a los goces del palacio; pero le era imposible apartar el temor de que la noche trajera de nuevo la reiterada pesadilla.

Buscando remedio a sus males, viajó a las tierras del clan Yin para comprobar si se correspondían con lo que veía en su sueño. Allí recibieron nerviosos al rey y el jefe del clan le agasajó con una fiesta. En ella, el rey le contó al jefe del clan su sueño. Éste palideció y le dijo que en su feudo vivía un siervo ya viejo que explicaba que cada noche soñaba que era rey. Al oír esto, el monarca exigió conocer al siervo.

Se lo llevaron y cuando estuvo en su presencia comprobó que era más o menos de su edad y que, incluso, había cierto parecido entre ellos; aunque los años de trabajo y de gobierno habían moldeado de manera muy diferente los rostros.

El rey interrogó al siervo y éste le explicó que cada día soñaba que era monarca y que, por ello, no consideraba desgraciada us vida; pues la mitad de ella transcurría entre lujos y rodeado de personas que le servían.

El rey sonrió con un gesto de amargura y musitó "al final, no seré yo más dichoso que este siervo".

El siervo escuchó esas palabras y, bajando aún más la cabeza, dijo:

"Creo, señor, que yo soy más feliz, pues durante mi sueño nunca hay un recuerdo para mi vida de siervo; mientras que vos ni siquiera de día podéis olvidar los trabajos de la noche".

El rey quedó impresionado por la sabiduría del siervo y, con el permiso del jefe de su clan, ordenó que le cortaran la cabeza.

Los sueños del rey cesaron desde entonces.

martes, 25 de enero de 2022

The Duke of York

 


Oh, thou, city of York! Wind freezes your walls. Under a grey sky, green fields around. How many deaths have your stones witnessed? How much blood have your land wet? Tell me about your people, about the peasants and craftsmen, about lovers and beggars, about marriages and burials, about children and old women telling sad stories to the priests.

Tell me about your dukes, the lords and their manors. Let me see them calling to war. Let me listen to young voices marching south; let me hear the screams; let me touch the tears of the wounded, smell the fragrance of the death.

Oh, thou, city of York! Open your cathedral's doors, music plays and horses neigh. A new duke has arrived and humble people cheer him on. The duke is a king's son. One day he will call to war and many will die for a crown, for a title, for a throne.

Lo anterior surgió como un comentario a la siguiente observación en Facebook de Jamie Mayerfeld:




viernes, 9 de julio de 2021

Vito

Vito apoyó su mano derecha en el marco de la puerta y dejó caer el peso del cuerpo en ella. Con la otra se echó un poco para atrás el sombrero de ala flexible que nunca se quitaba. Al hacer ese movimiento se abrió un poco la americana y una sombra negra se dejó ver por un segundo en su sobaco.

- ¿No me invitas a pasar? - y sonrió. Sus labios eran afables, pero sus ojos mantenían un tono frío, despiadado.

El pastelero asintió. Sin convicción, pero asintió. Vito dio tres pasos al interior de la tienda. Su puesto en el quicio fue ocupado por uno a quien todavía no conocían. Por encima de su hombro se adivinaba un tercero que parecía cubrir la acera.

- No sé si sabes lo de don Antonio.

Sin esperar aclaración a lo que casi parecía una pregunta, Vito continuó con sosiego, separando parsinomiosamente las sílabas.

- Se ha cometido una injusticia, una tremenda injusticia. Con falsedades le han acusado de ciertas barbaridades que, por supuesto, son completamente absurdas. Quizás te pregunte la policía, el fiscal o el juez, porque algunas de las cosas que se dicen de él tienen que ver con lo que pasa en el barrio.

El pastelero parecía que iba a hablar, pero Vito lo cortó con un gesto que no admitía réplica.

- No hay nada que decir. Por supuesto lo único que tienes que hacer es contar toda la verdad. No hay nada que ocultar. Don Antonio es un padre para todo el barrio. No hay necesidad que no cubra si puede, y si no puede ¿cuántas veces no ha intecedido para que un propietario de un plazo al inquilino, para qué se haga un pedido a ese tendero que está en dificultades? Más allá de eso ¿no es verdad que no hay persona más afable ni más cristiana? No falta a misa, atiende a los pobres y nunca se le ha oído una mala palabra para nadie. No me equivoco ¿verdad?

- Verdad -dijo el pastelero- un santo varón -se atrevió a añadir.

Una mirada rápida de Vito y un levísmo fruncimiento de labios fueron suficientes para advertir a Tomás de que lo último sobraba. El dulce, para los pasteles.

- Bien -una leve pausa- hay otra cosa.

Tomás miraba con un ligero temblor. Vito se giró hacia la puerta y sin decir nada cortó la sonrisa que se adivinaba en quien se había quedado en el dintel, cerrando el paso por un momento a cualquier posible cliente.

- No sabemos quién ha levantado los infundios que han llevado a don Antonio a los problemas que ahora tiene.

Tomás tragó saliva y parecía que iba a protestar; pero no fue necesario que siguiera, Vito le cortó de inmediato.

- No hace falta decir nada, por supuesto. Con quien haya sido no tendría esta conversación, es claro. No es eso.

El pastelero no sabía donde poner las manos, siguió con la vista la mirada de Vito, quien de vez en cuando se detenía en el cuchillo que se usaba para partir las porciones de los pasteles más contundentes.

- No es eso. Es otra cosa. El juez ha fijado una fianza para don Antonio. Si no la paga le embargarán lo poco que tiene.

Vito se detuvo aquí como esperando la reacción del pastelero. Este parecía dudar, al final, tran pensárselo comenzó:

- Qué injusticia, sí, es una gran...

Vito le cortó.

- Una gran injusticia, cierto. Por eso todos tenemos que colaborar.

- ¿Colaborar?

Vito hizo como que no había oído lo último y siguió.

- Entre todos recaudaremos el dinero para pagar esa fianza. Será una contribución que don Antonio no olvidará nunca. Somos muchos en el barrio que estamos agradecidos a don Antonio ¿verdad?

Vito tenía unos ojos entre azules y grises que, si se miraban fíjamente, sin tener en cuenta la piel y músculos que los rodeaban, bien podrían pasar por los de un cadáver. Cuando los clavó en Tomás al concluir la última frase parecieron cobrar una cierta vida, un fuego que se apagó casi al instante.

Tomás no contestó, se limitó a agachar la cabeza en lo que quería pasar por un gesto de asentimiento.

- En tu caso mil dólares serán suficientes.

Tomás palideció.

- ¿Mil dólares? balbuceó.

- No insistas, don Antonio no aceptaría más, no soportaría que sus amigos pasaran dificultades por ayudarlo; pero, a la vez, no olvidará este gesto que ahora haces.

Y al decir esto Vito apoyó su mano en el hombro de Tomás y apretó con los dedos levemente engarfiados. Volvió a clavar sus ojos en Tomás, quien asintió.

- No tengo aquí mil dólares. Tengo que ir al banco a por ellos.

- Claro, claro. Mañana a esta hora pasaré a visitarte para que me los des.

Si giró a sus dos compañeros, quienes ahora estaban, ambos, en la puerta, y añadió sonriendo.

- Quizás mañana te aceptemos un café y un pastel; pero ahora tenemos todavía más visitas pendientes.

- Les espero mañana.

- Por favor Tomás, tutéanos, que estamos todos en el mismo equipo ¿verdad?

- Verdad.



miércoles, 19 de agosto de 2020

El joven maestro

Uno de mis perfiles favoritos en facebook es el de Tomás De José. No le conozco y -supongo que no  es un nombre real- tampoco sé a quién se corresponde.
El caso es que escribe como los ángeles. Una maravilla de prosa, en muchas ocasiones con referencias al mundo del toreo aunque esté hablando de otra cosa. Hoy publica una entrada sobre el cese de Álvarez de Toledo que es, como todas las suyas, una delicia. Es ésta:



No pude resistir la tentación de improvisar un relato que de alguna forma diera réplica a su perspectiva. Hacía tiempo que no introducía en este blog ninguna entrada bajo la etiqueta de bocetos y he pensado que ésta sería una buena ocasión para retomarla.
Este es el pequeño cuento que debo a la entrada de mi admirado Tomás De José:

Cierto, maestro; pero no se te oculta que aquí hay algo más.

Pepote era un diestro que había llegado a lo más alto del escalafón. Temporadas hubo en las que fue el favorito del público y de la crítica. Bien es cierto que más por falta de una competencia real que por sus propios méritos. Correcto, con una buen técnica y ojo educado para entender el toro y lo que podía sacar de él.

Llevaba unos años, sin embargo, en que hasta los críticos más ortodoxos, esos que tienen la habilidad de no enemistarse nunca con la persona equivocada, deslizaban en sus análisis esas expresiones conocidas que son en las carreras como las primeras hojas que caen en otoño. El matador no había sido nunca un Apolo o un Adonis, pero en sus tiempos llevaba con dignidad un traje de luces que ahora se ensanchaba por donde no debía y adelgazaba en donde debería estar prieto. Poco a poco, pero constantemente, los contratos y emolumentos iban bajando. Otras figuras surgían. Había en particular un torero alto y guapo, descarado y tramposo que sabía levantar ¡olés! con los trucos más bajos del oficio; pero que funcionaban con un público cada ve menos exigente, cada ve más lleno de turistas y gentes que solo por curiosidad se acercaban al templo del coso.

Pepote deseaba volver a la posición que tenía. Su cuadrilla lo necesitaba, su familia lo necesitaba, y él lo necesitaba antes de dejar su paso por la arena.

Había aquellos años un joven maestro que había tomado la alternativa poco antes. Era seco como un estilete y serio como la muerte. Cada movimiento suyo en la plaza parecía el preludio de una tragedia. Citaba con la ortodoxia del que espera que cada pase de pecho sea el último. Las líneas eran perfectas, el vuelo del capote y de la muleta había sido trazado por un pintor exiquisto. El toro se acercaba con la bravura de un león y era pasarlo por la cintura para que se convirtiera en un cordero y otra vez en un león en el siguiente pase. Cosa de magia semejaba.

Pepote vio en aquel joven maestro la oportunidad que necesitaba. Un mano a mano entre ambos. Seis toros, tres para cada uno. La promesa de una corrida como nunca se había visto. Hablaron los toreros entre sí. El joven maestro miraba a la vieja figura con atención y con lo que en un mortal sería curiosidad.

- ¿De verdad quiere usted un mano a mano conmigo? -le preguntó.

- Lo quiero. Voy a demostrar que todavía soy quien fui y deseo que usted me acompañe en esa tarde. Será usted una gran figura, maestro, y lo que haremos se recordará durante décadas. ¡Qué digo décadas! ¡Siglos! Dos épocas de la fiesta que se dan la mano antes de que la muerte se lleve a una de ellas.

El joven maestro asintió. Se dieron la mano y pusieron en contacto a sus apoderados.

La suerte quiso que un par de semanas antes del mano a mano ambos coincidieron en una plaza no muy grande. No estaba previsto, pero uno de los matadores del cartel se rompió una pierna al caer del caballo en su finca y el joven maestro tuvo que sustituirlo.

El público sabía del mano a mano que se celebraría y aguardaban expectantes este inesperado anticipo. Desde la barrera Pepote miraba de hito en hito al joven maestro a su lado. No habían coincidido antes en ninguna corrida. Se fijaba en cómo mandaba, en la forma en que cogía los trastos, como esperaba su momento en la plaza, la forma en que miraba al toro, incluso aunque supiera que no era el que le correspondía...

Pepote lidió su primer toro y cuajó una buena actuación. Se acercó más de lo habitual, probó alguna suerte que hacía años que tenía olvidada y mató no del todo mal. Se ganó una oreja y dio la vuelta al ruedo con una sonrisa que era un poco más abierta de la que correspondería a una persona feliz.

Al joven maestro le tocaba el tercero, un toro no muy limpio, que cabeceaba, se arrancaba y paraba, y parecía distraído y distante. Pepote se maldijo por la sonrisa en el corazón que le decía lo difícil que lo tendría su compañero.

El capote confirmó a Pepote que estaba en lo cierto. Le costó al joven acomodar al toro; pero lo hizo. Los últimos pases fueron fluidos y constantes. Pepote se fijó en los ojos fríos del matador y vio un destello en su fondo.

Cuando cogió la muleta un silencio se hizo en la plaza. Tan solo la forma de poner un pie delante del otro hipnotizaba y enmudecía. Un pase, otro, enlazados sin parar, fundidos como un hilo que iba de principio a final. Sin solución de continuidad alguna, entre dos pases, uno de izquierda y otro de derecha el torero sacó el estoque de matar que había estado allí desde el principio y casi sin preparación lo clavó en la testuz hasta la empuñadura. La muerte había quedado enlazada a la faena como si fuera una misma cosa.

Pepote enmudeció.

Le tocaba torear el cuarto de la tarde. Lo hizo con oficio y sin pasión. Nada de lo que vino luego permanece en su recuerdo. Sin acabar la corrida le hizo un gesto a su apoderado, le dijo algo al oído y lo despidió con la mano.

El mano a mano no se suspendió. Otro torero sustituyó al joven maestro. El apoderado de Pepote había hecho las cosas bien y se había guardado esa posibilidad.

Pepote tuvo sus tres toros y otro matador la otra mitad del lote. Pepote hizo lo que había hecho en los últimos años y todos parecieron quedar satisfechos.

El joven maestro siguió su camino.

domingo, 16 de abril de 2017

Hamlet para niños

Llevo doce años contando casi a diario un cuento para niños. Primero con mi hija mayor, Cecilia. Ahora con Amanda y Héctor, mis hijos pequeños, nacidos en 2009. Muchas veces los cuentos son variaciones sobre el mismo tema. Hay algunos personajes que se van repitiendo. Por ejemplo, Francis Bacon, un implacable asesino que invariablemente engaña a la policía y es desenmascarado por un niño que siempre está ahí para descubrir la verdad. Otros cuentos que se repiten son los de los krokut. Cuando un niño se porta mal, por la noche los krokut, una especie de monstruos parecidos a los murciélagos, los vienen a buscar para llevárselos a su cueva. Allí el niño se va transformando poco a poco en otro krokut hasta olvidarse de su familia. El cuento, invariablemente, nos habla de un niño que ya en la cueva se arrepiente de haberse portado mal y quiere escapar para no verse convertido en krokut. Evidentemente, el cuento acaba con el niño que ha recuperado su forma de niño y regresa a su hogar.
Pero todo esto acaba agotándose también, así que también recurro a los clásicos. Ya conté hace tiempo un "Macbeth para niños" y el otro día me atreví con un "Hamlet para niños". Es el relato que sigue.



Hace mucho años, en un reino llamado Dinamarca había un rey, pero un día se murió. Una enfermedad le invadió y en pocos días falleció. El rey tenía un hijo, Hamlet, de quince años de edad; pero como era todavía pequeño para reinar nombraron rey a su tío, el hermano del anterior rey. El nuevo rey decidió entonces casarse con la viuda del viejo rey, la madre de Hamlet, y así pasaron a ser el rey y la reina del país y Hamlet se sintió muy solo y abandonado.
Había pasado un tiempo desde la muerte del rey cuando Hamlet, en la noche, paseando cerca del castillo donde vivía con su madre y su padrastro, vio una figura misteriosa de color blanco que aparecía y desaparecía entre unos árboles. Hamlet tenía miedo cuando veía la figura y no se atrevía a aproximarse. Volvió al castillo, pero los siguientes días regresó al lugar donde había visto la figura. Cada noche aparecía y un día decidió avanzar hacia ella, entonces el fantasma -pues se trataba de un fantasma- se le acercó y le dijo:

- Hamlet, ¿no me reconoces?

Hamlet negó; entonces el fantasma le dijo: "Soy el fantasma de tu padre".
Hamlet se asustó y escapó corriendo; pero a la noche siguiente volvió al sitio en el que se aparecía el fantasma porque quería saber qué le podía contar.
A la hora habitual apareció el fantasma, se acercó a Hamlet y así le habló:

- Soy el fantasma de tu padre, y has de saber una cosa: mi muerte no fue natural, me asesinaron. Tu tío se acercó a mí mientras dormía y me echó un veneno en el oído. Ese veneno penetró en mi cuerpo y me provocó la enfermedad que me causó la muerte.

Hamlet se quedó estupefacto ante lo que le contaba el fantasma; y antes de que pudiera decir nada el fantasma continuó.

- ¡Es necesario que me vengues y mates a tu tío!

Y entonces el fantasma desapareció.

Hamlet se quedó solo y muy angustiado. Pensaba en lo que le había dicho el fantasma, pero no sabía si creerlo. El fantasma decía que era el de su padre muerto, pero Hamlet no estaba seguro, y lo que le explicaba era muy grave ¿cómo era posible que su tío hubiera asesinado a su propio hermano?
Hamlet quería olvidarse de lo que le había dicho el fantasma, pero no podía quitárselo de la cabeza. Si era verdad lo que le decía debería vengar a su padre, pero ¿cómo lo haría? ¿cómo podía estar seguro de que el fantasma decía la verdad?
Dudaba y dudaba Hamlet hasta que tuvo una idea. Sigilosamente entró en las habitaciones de su tío a ver si encontraba una pista. En la habitación miró y buscó y encontró una cosa que le llamó la atención, un embudo que parecía muy apropiado para colocarlo en un oído. Tomó el embudo y miró su interior. Vio que había gotas de un líquido y con mucho cuidado las recogió y las metió en un frasco.
Hamlet era aficionado a la ciencia y en sus habitaciones tenía un laboratorio. Utilizó el laboratorio para analizar el líquido que había encontrado y comprobó que efectivamente era un veneno.
Aquello le hizo ver la verdad: era cierto que su padre había sido asesinado por su tío y él tenía que vengarlo, pero ¿cómo?
Hamlet se puso a pensar y encontró una solución para su venganza. Preparó lo necesario y se dirigió a ver a su tío. 

- Tío, deberías entrenarme en el manejo de la espada. Tengo edad para aprender esgrima. ¿Me puedes enseñar?

Su tío se quedó un poco sorprendido, pero no se negó. Entonces Hamlet sacó las espadas que había traído. Eran espadas con un botón en la punta para no herirse; pero en una de ellas Hamlet había dejado una pequeña arista que podía rasgar la piel. En esa arista había puesto un poco de veneno. Le dio a su tío la otra espada y él se quedó con la que estaba envenenada.
Se pusieron a luchar con las espadas. Se movían mucho y sudaban, y el rey dispuso que sirvieran agua con limón. Hamlet estaba cansado y sediento y bebió de la limonada que habían preparado.
Llevaban luchando un rato cuando Hamlet consiguió rasgar la piel de su tío. Éste se dio cuenta de que había sido herido, aunque superficialmente.
Al ver que había conseguido hacerle sangrar Hamlet dejó de luchar y le dijo a su tío.

- Ahora morirás, la punta estaba envenenada y así vengaré a mi padre.

El rey se dio cuenta de lo que había pasado y se giró enfurecido hacia Hamlet.

- Me matarás, sí, pero yo también a ti. La limonada que has bebido estaba envenenada. Te mataré a ti igual que antes maté a tu padre.

Entonces Hamlet comenzó a sentirse mal. Notaba que se le nublaba la vista por el veneno de la limonada, a la vez el rey se caía como consecuencia del veneno de la espada.
La reina que estaba viendo la escena soltó un grito: no podía creer lo que oía. Su marido había matado a su anterior marido y ahora su hijo estaba envenenado.
La reina corrió hacia su hijo mientras el rey moría. Como la reina era maga, tenía hierbas que curaban y se las puso a Hamlet en la boca para que las masticara. Al hacerlo se pasó el efecto del veneno en la limonada y se recuperó.
El rey había muerto y Hamlet fue coronado nuevo rey. Vivió muchos años junto con su madre y fue un rey justo para Dinamarca
Y cuento contado, cuento acabado.


domingo, 9 de octubre de 2016

El agua del He Shan (在山河水)

El cuento de hoy para Amanda y Héctor.

Hace muchos años, en China, vivía un emperador poderoso que, sin embargo, padecía un extraño mal: siempre estaba triste. Pese a que disfrutaba del entretenimiento de los mejores artistas del reino, estos no eran capaces de arrancarle ni una sonrisa.
Los mejores médicos del mundo pasaron por el palacio imperial para intentar curar al soberano; pero todo era en vano. Nadie acertaba con el origen de la enfermedad que hacía que el dueño de toda China languideciera sin remedio.
Un día se presentó a las puertas de la Ciudad Prohibida un viajero vestido con harapos y que lucía una larga barba que comenzaba a encanecer. Se acercó a los guardias y les dijo que venía para hacer que el emperador recuperara la salud. Los guardias se miraron extrañados y le advirtieron que si intentaba engañarlos le cortarían la cabeza. El forastero dijo que era consciente de ello, pero que aún así insistía en visitar al soberano.
Le hicieron pasar y le llevaron ante el emperador. Cuando estuvo frente a él el viajero se acercó y lo examinó con detenimiento. Se detuvo en sus manos y en el color de su piel, en la forma que marcaban los pómulos y en la manera en que sus ojos escudriñaban lo que le rodeaba. Al cabo de unos pocos minutos el viajero se retiró unos pasos y habló.
- Lo que padeces, majestad, es una enfermedad que solamente se curará bebiendo del agua del He Shan, el río más recóndito de las montañas más alejadas de tu imperio.
El emperador no mostró ninguna emoción al oír la noticia y se limitó a decir:
- Haré que inmediatamente me traigan de ese agua.
- Me temo, señor, que esto no puede hacerse - replicó el viajero- el agua solamente surte efecto si se bebe directamente del cauce del río en el punto que tan solo yo conozco. No puede traerse el agua hasta el palacio, porque entonces perdería sus poderes. Es preciso que tú, personalmente, llegues hasta el nacimiento del río para allí beber de ese agua. Pero te advierto que es un viaje peligroso, por lugares solitarios y donde no es imposible encontrarse con bandidos y salteadores.
El emperador acentuó su habitual gesto de fastidio y añadió:
- Si no hay más remedio me desplazará hasta allí. Haré que cien soldados escogidos me escolten. Seguro que es suficiente para espantar a bandidos y saqueadores.
El forastero contestó agitando con suavidad pero determinación su cabeza.
- Eso tampoco es posible. El agua solamente surtirá efecto si quien acude a beberla lo hace en solitario o, en todo caso, acompañado tan solo por otro viajero. Como el único que conoce el lugar exacto en el que ha de beberse el agua soy yo me temo que no queda más alternativa que seamos tú y yo quienes emprendamos este viaje.
Un nuevo gesto de fastidio del emperador siguió a este anuncio; pero era tanto su cansancio por el abatimiento que sin razón aparente sufría desde hacía tanto tiempo que se apresuró a confirmar que haría el viaje tal como se le había indicado.



Dos días después el emperador y el forastero salían juntos de la ciudad. Llevaban tan solo lo que podían transportar los dos caballos que montaban y el emperador había cambiado sus trajes elegantes por el atuendo propio de un viajero modesto.
Las primeras semanas de viaje recorrían todavía el centro del imperio y reposaban en posadas que pagaba la bolsa de monedas de oro que el emperador había dado a su compañero; pero al cabo de un mes ya se habían adentrado por las zonas poco pobladas, por los bosques, por las tierras de frontera donde las personas debían buscarse la vida como lo habían hecho sus antepasados antes de que llegara la civilización.
El emperador sabía disparar con el arco, pero nunca había despellejado un animal ni preparado un fuego de campamento. Con el forastero aprendió a hacer esas cosas, y a buscar el lugar más confortable para reposar durante la noche en un bosque. Y también a sacar espinas de los cascos del caballo y a lavarse en la corriente de un río.
Viajaban y estaban ocupados. Ascendían la montaña y exploraban los bosques. En medio de uno de esos bosques sufrieron el ataque de unos bandidos. El emperador, que era un gran guerrero mató a tres de los asaltantes en un santiamén con las flechas que disparaba como un dios de la muerte. El forastero y él se enfrentaron con sus espadas a los tres bandidos que quedaban y dieron buena cuenta de ellos. Cuando hubieron acabado había seis cadáveres en el bosque y ambos hombres estaban exhaustos y satisfechos por haber burlado de aquella manera a la muerte.
- Ya estamos cerca del lugar en el que beberás del agua, emperador. Y llegaremos a él gracias a tu valor y habilidad.
El emperador casi sonrió al oír esto, pero nada dijo el forastero. Al día siguiente llegarían al lugar en el que el emperador debía curarse.
Cuando a la mañana cruzaron el último paso antes de alcanzar la pequeña fuente en la montaña de la que manaba el agua del He Shan el forastero puso la mano sobre el hombro del emperador y le miró a los ojos.
- Lo has conseguido. Has llegado al agua que te curará y te has ganado el derecho a beberla.
Y sin soltar el hombro lo condujo al punto exacto en el que debía beber.
- Antes de beber mira tu reflejo en el río.
El emperador miró su rostro en el agua y se sorprendió. En su cara había una sonrisa. Sus ojos brillaban de emoción y hasta sus mejillas parecían haber ganado color.
- Bebe si quieres de este agua, pero ya estás curado. Encerrado en tu palacio morías como pájaro enjaulado. Precisabas volver a sentirte una persona como los demás, capaz de valerse por si mismo y enfrentarse a la naturaleza y a tus enemigos con la fuerza de tu brazo y no con la ayuda de tus soldados. Es el viaje el que te ha curado.
El emperador miró al forastero y lo vio con nuevos ojos, como al sabio que realmente era. No dijo nada y sumergió su cabeza en el agua. La sacó y ayudado tan solo por las manos como cuenco bebió de aquel agua tan fresca.
Volvieron al palacio, donde el emperador nombró al viajero primer ministro. Fueron amigos el resto de su vida y de vez en cuando se escapaban por unos meses del palacio para viajar juntos como lo habían hecho aquella primera vez.




viernes, 11 de marzo de 2016

Canto de ira y fuego 2016

Cada año, el 11 de marzo, retomo esta publicación que pretende ser un homenaje a las víctimas, a todas las víctimas. El año pasado me di cuenta de que por una extraña casualidad el número de versos es de 192, el mismo que el de víctimas mortales en el atentado del 11-M si se incluye entre ellas al policía fallecido en el asalto al piso de los terroristas.

(Foto: Manu Arenas)


Una mano pequeña
te agarra como ancla;
es tan sólo un recuerdo
en la fría mañana.
Otros recuerdos vienen,
son los que te acompañan
desde aquel otro día,
gris memoria lejana.
Otra mano a lo lejos
que por ti se agitaba;
El asesino azul
tranquilo te aguardaba.
Pero antes las piedras
con sangre han sido untadas.
Él quedó en el camino
y en tu alma su mirada.
Ahora la estás viendo,
aquí, en esta mañana,
definitiva, ardiente,
caótica y extraña.

La sal seca la boca,
la ropa está mojada,
horizonte lejano,
miedo al crujir las tablas.

Regresabas del campo
cuando viste las llamas
cuando oíste los gritos,
tu nombre pronunciaban;
un silbido en el aire
te trajo la desgracia.
Aceptas el periódico
que en el metro regalan
te aprietas contra tantos
que el mismo aire exhalan.
¿Acaso hay diferencias
entre los que para vivir trabajan?

Una mano en el culo,
tragas saliva, pasas.
Los ojos distraídos
se fijan en su cara.
Guapa, morena, pálida.
Le clava la mirada,
ella también le mira,
parece contrariada.
Quiero olvidar su gesto
cuando el café tomaba,
y el sabor de su piel
cuando con él follaba.
Hoy acabo el informe
y hago ya la llamada.
Si estamos a primeros,
otro mes sin la paga,
cogeré los ahorros
para el envío a casa.
Es guapo el tío negro,
lástima que no vaya
al bar en el que entro;
que baje en mi parada,
le sigo, me lo cruzo,
caída de pestañas.
¿Y el móvil, dónde está?

Como cada mañana
entra en la habitación,
igual que la dejara
el día de desgracia;
bueno, hecha la cama.
La arregló el mismo día
al regresar a casa.
Vio en la mesita el móvil
que entonces olvidara
encendido y abierto;
y que ahora muerto también estaba.

En el Cielo tus hijos
están, a ti te aguardan.
Grita y golpea airado
ante las cajas blancas,
blancas como el metal
del cajón en que viaja.
De pie echa la cuenta
de lo que aún le falta
para acabar el pago
de la pierna moderna
que a su hija regala.
Sabe que allá muy lejos
ella por ella aguarda.
Ahora busca sombra
donde antes jugaba
¿Cuánto dinero cuestan
de un pájaro las alas?
Las manos en los guantes,
todo fluye y encaja,
incluso el traqueteo
con su mente acompasa.
Tranquilo en su palacio
goza de la mañana.
De nuevo han fracasado
los que la paz pactaban.
Superficial artículo,
por algo lo regalan,
luego lo mirará
en...
...y todo estalla.

Sí que es malo el café
del bar de la parada;
pero ella que no tiene
se siente como en casa
entre ruido de trenes
y churros en la barra.
De repente el estruendo
y el mundo que se acaba.
No te puedes mover,
estás petrificada.
El bar es un dibujo
de gente estupefacta.
Tiras del compañero,
hacia el andén avanzas.
Del túnel salir ves
el primer cadáver de la mañana.
Rojo, azul, alarido;
del infierno la entrada.
Tienes que ir, ahí.

Oscuro alrededor,
agua y sangre en la espalda.
Echa en falta su guante,
la mano que guardaba
y el brazo que movía
el mundo en que gozaba.
Fulgores de linternas,
una voz que le llama.
Vio el fuego, oyó la bomba;
la chica se quemaba,
su rostro se fundió;
el fuego rojo avanza
hacia él, indefenso,
la llama ya le mata.
En las piernas temblor,
los hierros ella salta,
la sigues, entras, rezas.

El silencio, el dolor;
muerte bajo la carpa.
Lloran y se estremecen
los que en ella trabajan
cuando en un móvil vivo
se oye la llamada
por la que amante, amigo,
padre, madre o hermana
palabras de un cadáver
con angustia reclaman.
Ve la sábana blanca,
encima la tarjeta,
alguien ya la levanta.
Pues sí, ha sucedido
un mundo así se acaba.
Unos ojos cerrados,
sangre seca en la cara,
no más mañanas juntos
perreando en la cama.
Muchos años después
aún recuerda aquella blanca mortaja,
de la que es una copia
la que la luz le tapa.

Llevas en ti la muerte
y un recuerdo en el alma.
El dolor es más fuerte,
sientes como te abraza,
casi te reconforta
en esta hora amarga.
Si tus hijos vivieran...
los sientes a tu espalda,
pronto serán reales;
muerte en muerte tornada.
Hoy tiemblan los maestros
que a las cinco aguardan
a los que recogen
esta preciosa carga.
¿Alguno no vendrá?
No aguantan las miradas
que los chavales serios
asustados les lanzan.

La estación está cerca,
los pasos no engañan.
Primaveral calor
de la luz en la cara;
fúnebre negra máscara.
Color de la mañana,
que tras ella se oculta,
ven a mi y me regalas
tan solo dos minutos
para ver la muchacha,
perfume penetrante,
que tan suave me habla.

¡Oh, tristes odios imperecederos!

martes, 5 de enero de 2016

Macbeth para niños

El otro día vi la nueva versión de Macbeth para el cine. Al volver a casa tocaba contarles cuento a los niños, y elegí la historia de Macbeth, aunque, claro, adaptada. Esto es más o menos lo que salió:



"Hace muchos años, en un país lejano, había un rey. El rey gobernaba sabiamente, pero un rebelde se levantó contra él. El rey llamó a sus nobles y el mejor de ellos, que se llamaba Macbeth, se hizo cargo del ejército y luchó contra el rebelde hasta derrotarlo.
Habiendo vencido el rey le dio muchos regalos porque estaba muy contento, y Macbeth orgulloso se sus hazañas.
Un día Macbeth se encontró en un páramo solitario y cubierto de niebla con tres mujeres misteriosas. Una de ellas se dirigió a él y le dijo: "Tú, Macbeth, serás rey".
Macbeth se quedó muy extrañado de aquello y cuando llegó a su casa se lo contó a su mujer. Ésta le dijo que era un buen augurio y que eso quería decir que en algún momento llegaría a ser el rey de aquel país.
En ese momento anunciaron a Macbeth y a su mujer que el rey había avisado de que vendría a visitarlos. Entonces la mujer de Macbeth le dijo que era la oportunidad de ser rey. Que lo único que tenía que hacer era matar al rey aprovechando que estaría en su casa.
Macbeth se quedó pensando en lo que había dicho su mujer. Dudaba, pero al final decidió que era lo mejor, que si quería ser rey, tal como habían dicho la mujer del páramo, lo mejor era matar al rey porque si éste no moría él nunca podría serlo.
Cuando llegó el rey a la casa de Macbeth lo recibieron con mucha ceremonia y por la noche se hizo un banquete. Todos comieron, bebieron, bailaron y rieron hasta que se hizo tarde. Entonces el rey se fue a dormir.
Era el momento que buscaba Macbeth. Se dirigió a donde dormía el rey con un cuchillo para matarlo. Llegó hasta donde estaba su cama y levantó el cuchillo; pero justo cuando bajaba el brazo el rey abrió los ojos y paró el golpe. Se puso en pie y desarmó a Macbeth.
Éste estaba sorprendido. El rey le dijo que desde el principio había sabido de su propósito porque era muy sabio y veía en el corazón de las personas. Por eso se había hecho el dormido, para poder descubrirlo.
El rey ordenó que prendieran a Macbeth y lo desterró a una tierra muy lejana. Allí Macbeth estuvo mucho tiempo hasta que se dio cuenta de que se había portado muy mal, que el rey era bueno y que él no tenía que haber intentado matarlo. Entonces volvió al reino, visitó al rey, le dijo que estaba arrepentido y pidió que le perdonara.
El rey, al ver que se había arrepentido lo perdonó y Macbeth volvió a servir al rey por muchos años."

Al acabar los cuentos los niños suelen preguntar algo sobre el relato. En este caso la pregunta fue muy lógica: "¿Por qué Macbeth primero había ayudado al rey contra los rebeldes y luego había querido matarlo?"
"Por ambición", respondí. "Por ambición".



"Your face, my thane, is as a book, where men
May read strange matters. To beguile the time,
Look like the time: bear welcome in your eyes,
Your hand, your tongue; look like the innocent flower.
But be the serpent under't. He that's coming
Must be provided for; and your shall put
This night's great business into my despatch;
Wich shall to all our nights and days to come
Give solely sovereign sway and masterdom."
(Macbeth, Acto I, Escena V).

viernes, 28 de agosto de 2015

La princesa dormida


El cuento de ayer para Amanda...



Era una princesa que vivía en un castillo. Allí tenía amigos y sus papás la querían mucho. Se divertía y era muy buena.
¿Qué fue lo que pasó? Un día, al despertarse llamó como siempre a su mamá y no contestó nadie. Se levantó y se sorprendió de que no hubiera ningún ruido, como si nadie habitara el castillo. Recorrió las habitaciones sin encontrar ni a sus papás ni a sus amigos ni a los criados ni a los caballeros del castillo. Además todo estaba sucio y viejo, lleno de telarañas y polvo.
El castillo parecía abandonado, sin presencia humana y comenzó a asustarse. Entonces se le ocurrió ir a la biblioteca, porque en la biblioteca están los libros y los libros te ayudan a aprender y la princesa ya sabía leer.
La biblioteca estaba también llena de polvo. Vio que en la mesa central había un libro abierto. Se acercó, era un diario.
Un diario es un libro en blanco en el que las personas escriben lo que les ha pasado durante el día. Aquel libro era el de su padre, el rey.
Abrió el libro y buscó la fecha en la que estaban ¡ya estaba escrita! ¿qué es lo que ponía?
El rey había escrito lo siguiente: "nuestra princesa no se despierta, duerme profundamente, como un angelito. Debe de estar muy cansada, la dejaremos dormir todo el día".
Pasó la página: "Hoy tampoco se despierta nuestra princesa, estamos preocupados, pero no parece que le pase nada, sonríe y da vueltas en su camita, pero siempre dormida".
Pasó varias páginas: "Los mejores médicos del reino no saben qué es lo que le pasa a la princesita. Duerme desde hace meses y no sabemos qué hacer".
Pasó más páginas: "Veinte años lleva durmiendo la princesa. Cada día esperamos que sea el que despierte, pero siempre muere nuestra esperanza. No crece, no envejece, está como el día que se durmió hace tantos años, pero nosotros ya somos ancianos."
Muchas más páginas: "Hace cuarenta años que se durmió nuestra princesita y no ha vuelto a despertar, pronto moriremos..."
Y ahí se acababa el diario. Pobre princesita. Había dormido muchos años, sus padres, los criados, sus amigos, los caballeros habían muerto y ahora estaba sola. Lloraba sobre el diario de su padre, muerto hacía tantos años.



Seguía llorando cuando un ruido le hizo levantar la cabeza. Ante ella estaba un hombre muy anciano y muy delgado, con una barba blanca muy pero que muy larga y un sombrero alto y puntiagudo sobre la cabeza.

- No llores más pequeña.
- Tú ¿quién eres? - dijo la niña restregándose las lágrimas con el antebrazo.
- Soy un mago. Tu padre me buscó hace muchos años, cuando supo que moriría antes de que tu despertaras. Buscaba a alguien que pudiera cuidarte cuando llegara el momento en el que dejaras tu sueño y solamente los magos podemos vivir tantos años. Entonces me comprometí a que seguiría en el castillo hasta que despertaras y que cuidaría de ti.
- Entonces ¿mis padres están muertos?
- Hace muchísimos años que murieron tus padres y tus amigos. Has estado durmiendo muchos, muchos, muchos años.

La niña volvía a llorar ahora muy quedamente, metiendo la cabeza en el pecho.

- No llores niña.
- Aunque tú me cuides yo quiero a mis papás.
- Lo sé; pero hay algo que podemos hacer.
- ¿Qué?
- Llevo muchos años esperando que despiertes, y en todos estos años he leído varias veces todos estos libros - y diciendo esto con su mano hizo un gesto que abarcaba toda la biblioteca- he estudiado y aprendido mucho, he averiguado muchas cosas y ahora sé por qué te quedaste dormida todos estos años.
- ¿Por qué?
- La tarde del día en el que te quedaste dormida una bruja disfrazada de ancianita se te acercó y te rozó con su dedo. Con ese roce te transmitió un malefició, el que te ha hecho dormir todos estos años.
- Y esa bruja ahora ¿dónde está?
- Se murió hace muchos años. Pero no solamente he averiguado eso, también he aprendido otra cosa.
- ¿Cuál?
- Te puedo hacer volver atrás en el tiempo, a esa tarde en que ocurrió el encantamiento.
- ¿Puedes hacer eso?
- Sí, te puedo hacer regresar a ese momento. Lo que tienes que hacer cuando vuelvas es decirle a tus padres que no dejen que en todo el día se te acerque ninguna anciana y que si se acerca alguna que la detengan los guardias. ¿Lo harás?

La niña asintió con fuerza. Entonces el mago le dijo que cerrara los ojos y con su mano rozó la cabeza de la princesita.
Cuando la princesita abrió los ojos el palacio estaba como lo recordaba, lleno de vida y trajín. Todo estaba nuevo y los criados se movían de un lado a otro.
Rápidamente fue a donde estaban sus padres. Allí estaban como ella los recordaba. Se alegraba mucho de verlos y estaba emocionada, pero se acordaba de lo que le había dicho el mago, así que sin perder tiempo se dirigió a ellos.

- Princesita ¿qué tal estás?
- Muy bien, pero tengo que deciros una cosa, y tenéis que hacer lo que os diga.

Sus padres la miraron sonrientes y extrañados.

- Hoy no puede acercárseme ninguna anciana, y si alguna pretende venir a mi lado los guardias deben detenerla.
- Pero ¿por qué habrían de detenerla? - preguntó el rey.
- Porque es una bruja. No te lo puedo contar todo todavía papá, pero confía en mí, por favor, es muy importante.

El rey se lo pensó un momento, pero finalmente hizo una señal y llamó a los guardias.

- Hoy no os podéis separar de la princesa -les dijo- y si alguna anciana se le acerca, detenedla.

La princesa salió a jugar. Cerca de ella estaban los guardias atentos, pero la dejaban hacer sin quitar ojo a quiénes se movían por el jardín en el que estaba la princesa.
A media tarde, efectivamente, apareció una anciana de rostro angelical que parecía querer acercarse a la princesa. Los guardias rápidamente fueron hacia ella y la prendieron. Al hacerlo el rostro angelical de la anciana se transformó en una horrible mueca y todos se dieron cuenta de que era una bruja.
La encerraron en una mazmorra y el rey y la reina vinieron corriendo.

- ¿Cómo supiste que pasaría esto? - preguntó la reina.

Entonces la niña lo explicó todo. Sus padres no salían de su asombro y al acabar la historia la abrazaron emocionados.
Los reyes intentaron encontrar a aquel mago misterioso, pero nunca dieron con él y todos pudieron vivir felices el resto de sus días, gracias al mago y a que la princesa supo cumplir el encargo que el mago le había hecho.
Y cuento contado, cuento acabado.

domingo, 22 de marzo de 2015

Traducir "El Quijote"

Hace poco leía que Andrés Trapiello publicará una versión de "El Quijote" adaptada al lenguaje moderno. Un comentario de Manuel Arenas en Facebook al hilo de la noticia me hizo recordar un cuento de Borges, "Pierre Menard, autor del Quijote". Y éste me llevó a la pequeña historia, escrita de corrido, que comparto a continuación:



"En el siglo XXI a un escritor -démosle provisionalmente este título- se le ocurre que reescribir “El Quijote” en términos familiares para el lector actual sería una buena idea para acercar la obra de Cervantes a quienes la rechazan por las dificultades de comprensión que resultan de las muchas palabras y expresiones en desuso que utiliza la novela.
Decidido a emprender la difícil tarea, lee y relee “El Quijote” hasta asumirlo como propio. Durante meses vuelve al texto cervantino y se familiariza no solo con la trama y personajes, sino con cada frase, cada palabra, cada giro. Lectura tras lectura siente cercanas a sí las peripecias de Don Quijote y Sancho, sus aventuras y emociones. Así hasta que se cree preparado para la empresa. En la mañana de un día de primavera enciende el ordenador y con un ejemplar del Quijote cerca comienza a escribir. Va cambiando aquí y allí una y otra palabra y avanza sin grandes dificultades. A la noche, cansado, decide tomarse una copa después de la cena y recrear la satisfacción por el trabajo que ha hecho.
Con un whisky en la mano piensa en “El Quijote” y en su personal propósito de conseguirle nuevos lectores. Imagina cómo sería Alonso Quijano si hubiera nacido en el siglo XX y sus aventuras se desarrollaran en el XXI. La idea surge como un relámpago y vuelve al ordenador. Lo enciende y comienza a escribir. Una mujer que anda por los sesenta años, recién jubilada, entusiasta y generosa, decide convertirse en cooperante en una ONG que ayude a los refugiados en África. Se prepara para su aventura y decide marchar a un país pobre y desconocido, tan solo acompañada por su amiga de cartas de los jueves, una mujer práctica que acepta la disparatada propuesta de la protagonista.
Escribe página y páginas hasta caer dormido. Guarda su trabajo y se va a la cama. Al día siguiente continúa con la reescritura del Quijote, pero al llegar la noche retoma la novela de las dos mujeres que desean ser cooperantes.
Pasan los meses y ambas tareas van avanzando. El Quijote adaptado ya está casi completado y debe volver a él. Relee y va cambiando una palabra aquí y otra allí. Es un buen trabajo, pero en ocasiones le falta naturalidad o no tiene la suficiente capacidad de sugerencia. La labor de revisión se alarga y le va cansando. Tachaduras, enmiendas, vueltas atrás. Por fortuna, la noche le da la alegría de continuar la historia de las dos sesentonas que cada vez tiene más vida. Los personajes crecen, las situaciones se enredan, el estilo se aclara, el ingenio brota...

Vive dos vidas, la de creación a la noche y la de recreación a la mañana. El sufrimiento de la tarea tediosa durante el día se va, sin embargo, atemperando cuando cree finalmente haber encontrado el estilo adecuado. Las palabras surgen con naturalidad y las frases se cierran sin aspereza. Siente cómo el trabajo avanza a la vez que la novela de la noche va llegando a su final.
Finalmente, un día da por concluida la labor de recreación del Quijote: el libro está perfecto, acabado, natural. Abre de nuevo, por primera vez en muchos meses, el texto de Cervantes para compararlo con el suyo. Sigue uno y otro con un ligero estremecimiento. Continúa leyendo hasta que pasa la hora de comer y la de cenar, prosigue su lectura como hipnotizado durante días. A medida que lee su cabello se va volviendo blanco.
Ha llegado al final. Ni una sola palabra diferencia el texto original del que él ha escrito. Bueno, una sí. El "Vale" con el que concluye el texto ha sido sustituido por la palabra "Fin". Es el único cambio en toda la obra. Después de meses de trabajo ha conseguido reescribir El Quijote. Pareciera una broma sobrenatural.
Desesperado busca el otro documento, el de la novela que ha ido escribiendo por las noches, el fruto verdadero de su esfuerzo. Imposible dar con él. Repasa una por una todas las carpetas del disco duro. En ninguna de ellas está la historia de las dos sesentonas.
¿Será que el documento solamente aparece por la noche, cuando fue escrito? Espera irracional a que caiga la noche, se sirve un whisky, aguarda.
Se queda frente al ordenador esperando la materialización del documento, mirando la pantalla, ocupada en su totalidad por el color blanco de un documento nuevo de word.
Nada sucede. Se queda dormido y sueña, sueña que escribe una novela sobre dos sesentonas que recrean todo lo que es y ha sido, donde se ven reflejadas todas las personas y donde todos encontrarán motivos para reír, llorar, reflexionar. Sueña que escribe la novela de su vida, de la vida de muchas personas. Sueña hasta despertar y darse cuenta que ha volcado el whisky, que la pantalla blanca continúa impertérrita y que no existe ninguna gran novela sobre sesentonas. Ante sí, tan solo El Quijote laboriosamente recreado palabra por palabra, frase por frase.
No le tiembla el pulso cuando da la orden de borrar el documento y, a continuación, vaciar la papelera.
Con cierta autosatisfacción piensa que no se requeriría más valor para pegarse un tiro."