El jardín de las hipótesis inconclusas. Un espacio abierto a todas las ideas, por locas que sean, y a todos los planteamientos, por alejados que estén de los pareceres comunes.
Último día del año... cuando era niño esperaba al 31 de diciembre para rememorar toda la historia de la Tierra. En algún momento había leído uno de esos artículos en los que explicaba que si el Sistema Solar hubiera nacido el 1 de enero y toda su vida se concentrara en un solo año, los seres humanos apareceríamos el 31 de diciembre ya por la tarde, que nuestra especie no surgiría hasta que faltara media hora para acabar el año y que acontecimientos como en nacimiento de Jesucristo o el descubrimiento de América no se producirían más que unos pocos segundos antes las campanadas (hay que pensar que a esta escala cada segundo es más de un siglo).
El paso del tiempo es otro misterio, y las diferentes magnitudes en que se desenvuelve provocan vértigo. Hace poco le daba vueltas a la cantidad mínima de tiempo, el intervalo de Planck, que es el tiempo en el que un fotón, viajando a la velocidad de la luz, atraviesa una distancia igual a la longitud de Planck (la longitud de Planck es del orden de 10 elevado a -35 metros). Ese tiempo es del orden de 10 elevado a -44 segundos. Es decir, si ese tiempo de Planck fuera una décima de segundo (quizás el intervalo más corto que podemos aún apreciar en nuestra experiencia), un segundo serían... 10 elevado a 43 segundos. Para hacerse una idea, centenares de billones de billones de veces la edad de nuestro Universo. Completamente inimaginable; tan solo podemos intuir que en el Universo ocurren fenómenos que no podemos siquiera concebir a escalas que son completamente diferentes de las que manejamos nosotros.
El tiempo de Planck y lo que implica está creo que definitivamente fuera de las posibilidades que nos ofrece cualquier escala; pero en lo que se refiere a la vida de nuestro Sistema Solar quizás sí es posible intentar hacerse una idea mediante una escala; pero para eso no me quedaré con la que reduce la historia hasta el presente de nuestra estrella a un solo año. Prefiero otra en la que la vida de nuestro sol ocupa 80 años, más o menos como la vida media de una persona.
Esos 80 años han de representas 12.000 millones de años, que es, más o menos, la vida que se supone que tendrá nuestra estrella. En esta escala, por tanto, cada año son 150 millones de años. Cada día, por tanto, unos 400.000 años; cada hora, unos 17.000 años; cada segundo, casi 5 años.
En esa escala el Sol tendría ahora unos 30 años, podemos imaginarnos que mañana, 1 de enero de 2022, cumpliría 31 (nacido el 1 de enero de 1991, por tanto), y aún le quedarían casi otros 50 de vida.
Ahora bien, no en todos ellos la Tierra sería habitable. Lo veremos enseguida; pero antes veamos a esa escala algunos acontecimientos de nuestro pasado.
La vida en la Tierra habría aparecido pronto, hace aproximadamente 4000 millones de años, cuando el Sistema Solar tenía tan solo 3 años, hacia 1994. Sería, sin embargo, una vida sencilla hasta hace relativamente poco. Solamente hace unos 1000 millones de años; o sea, en nuestra escala hace tan solo 7 años, en 2014 aparecerían los primeros organismos pluricelulares. La explosión cámbrica no se daría hasta hace 500 millones de años; esto es, en el años 2017. Los dinosaurios aparecieron hace unos 250 millones de años (en abril de 2020) y se extinguieron (excepto las aves) hace 65 millones de años; es decir, a mediados de julio de 2021.
Los primeros seres humanos (Lucy y los australopitecos) son de hace unos 4 millones de años; o sea, ya de diciembre, y nuestra propia especie, el homo sapiens, habría surgido en África hace 200.000 años; esto es, el 31 de diciembre al mediodía. Tan solo hace 40.000 años (hacia las nueve de la noche), habríamos emigrado fuera de África, las pinturas de Altamira habrían sido realizadas un poco después de las 11 de la noche del 31 de diciembre, el nacimiento de Cristo se habría producido a las 23.53, la llegada de Colón a América después de las 23.58 y la Revolución Francesa ya en el último minuto del año. La Constitución de 1978 habría sido promulgada 8 segundos antes de acabara el año. Y si no nos detenemos aquí, cuando nos levantemos el 1 de enero ya estaremos más de 100.000 años en el futuro. Los madrugadores que se despierten, incluso el primer día del año, a las siete de la mañana estarán en el año 119.000. Quienes esperen hasta las diez ya saldrán de la cama en el 170.000. Para Reyes habrán pasado dos millones de años y en junio estaremos 65 millones de años en el futuro; el mismo tiempo que ha transcurrido desde la extinción de los dinosaurios. ¿Existirá nuestra especie entonces? ¿Quién lo puede saber?; si así fuera estaríamos viviendo ahora un momento realmente excepcional, pues nos encontraríamos en los primeros 200.000 años de una historia que se extendería por millones más. Esto es, ahora sería el primer 0,4% de la historia de nuestra especie; el equivalente a los dinosaurios que vivieron hace 250 millones de años y que no sospechaban que a su especie aún le quedaban otros 190 millones de años de vida.
Aparte de lo anterior, lo cierto es que la historia que conocemos, desde el Paleolítico hasta la actualidad ocupa un brevísimo espacio en la vida del Sistema Solar; una hora en 30 años; y dentro de esa hora, la historia documentada ocuparía apenas 15 minutos. Ahora, como veíamos, podemos soñar que estamos viviendo un momento excepcional, el del nacimiento de una era humana que se extenderá por millones de años en el futuro (varios años en nuestra escala); pero démonos cuenta que en la historia de la Tierra nuestra especie apenas ha ocupado una fracción mínima de su tiempo (un 0,1% si contamos todas las especies humanas, un 0,005% si contamos nuestra propia especie; y poco más de un 0,0001% si contamos la historia escrita). No existen indicios que nos lleven a pensar que el conjunto de nuestra historia como especie alcance una magnitud diferente. Siempre estaríamos hablando de unas pocas horas, días a lo sumo. Ahora bien, también es justo reconocer que lo anterior es una especulación, porque no hay manera de saber cuánto se extenderá en el tiempo la presencia de nuestra especie en la Tierra; aunque con el límite que se deriva de la propia finitud de la Tierra, que dejará de ser habitable, como mucho en mil millones de años.
En nuestra escala 1000 millones de años son 6 años; esto es, cuando el Sol tenga 37 años y aún no haya alcanzado la mitad de su vida la Tierra dejará de ser un planeta habitable. Nuestra huella en la Tierra desaparecerá irremediablemente.
De todas formas, el calentamiento del Sol, que llevará a que la Tierra deje de ser habitable, puede hacer que otros planetas que ahora no lo son cambien radicalmente. Quienes existan entonces, en ese futuro lejano (si, cambiando de imagen, suponemos que un año es un milímetro, las pirámides de Egipto están a cuatro metros tras nosotros, mientras que ese futuro en el que la Tierra dejará de ser habitable por el aumento de la energía que emite el Sol sucederá mil kilómetros por delante de nosotros. En esta escala, una vida humana son menos de diez centímetros) podrían, quizás asentarse en Marte o en alguna de las lunas de Júpiter. A medida que pasen los años y el Sol aumente de tamaño tendrían que ir desplazándose a planetas cada vez más externos al Sistema Solar. Cuando el Sol se convierta en una estrella del tipo gigante roja, con un diámetro que llegará a la órbita actual de la Tierra, tan solo los objetos situados más allá de Neptuno pueden tener posibilidades de albergar vida semejante a la nuestra. Eso sucederá en más de 7000 millones de años; esto es, en nuestra escala, dentro de más de 45 años, hacia el año 2067, cuando ya le quede muy poco tiempo al Sol para vivir, apenas unos pocos años.
Hacia el año 2071 (en nuestra escala) el Sol moriría, convirtiéndose en una enana blanca y haciendo que el Sistema Solar colapse.
El Universo existía antes que el Sol (en nuestra escala el Universo habría nacido en 1930, más de 60 años antes que el Sol) y puede extenderse hacia el futuro sin que sepamos cuál podría ser su límite. En medio de esos años, más de un siglo, nuestra especie habría ocupado tan solo un día, un día entre decenas de miles; y la mayor parte de ese tiempo correspondería a los miles de años que precedieron a la historia escrita. Todo aquello que conocemos a través de crónicas, literatura, mitos o historias quedaría reducido a unos minutos en medio de varios siglos.
El tiempo nos rodea como un desierto rodea a un oasis.
Era la primera vez que oía aquello de que el tiempo no pasaba igual en todas las circunstancias; esto es, que era posible que en determinados supuestos fuera más lento que en otros. La teoría de la relatividad, vamos. Desde entonces (y ya ha llovido) no ha dejado de fascinarme. Busqué por las enciclopedias que tenía a mano lo que pude sobre ese fenómeno que se me antojaba tan extraño y no dejaba de intentar explicárselo a todos los que me querían oír (y hasta los que no querían, recuerdo un viaje a Madrid con unos compañeros en el que, abusando de que era yo el que conducía, les di la brasa entre Benavente y Adanero detallándoles lo que sabía sobre la teoría de la relatividad).
Lo que aprendí entonces es que a medida que aumenta la velocidad el tiempo se vuelve más lento. Al acercarse a la velocidad de la luz prácticamente se detiene, de tal manera que lo que pueden ser unas horas en la nave (suponiendo que viajamos en una nave espacial, claro) pueden ser cientos, miles o, incluso, millones de años en un referente que esté "quieto" (en realidad nada está quieto, pero no vamos a liarla). Eso permitiría que un viajero espacial regresara tras un viaje sin haber envejecido para encontrarse con un planeta completamente cambiado. Hasta escribí un bosquejo con esta idea.
Más tarde aprendí que el tiempo también se vuelve más lento cerca de un campo gravitatorio. En la superficie de la Tierra el tiempo transcurre más lento que en lo alto de una montaña. La diferencia es muy pequeña, pero puede medirse y, de hecho, si no se tuviera en cuenta esa diferencia, el sistema GPS (que depende de satélites situados a unos 20.000 kilómetros sobre la superficie terrestre) daría errores de varios metros. Fascinante ¿no?
Pero lo interesante viene ahora.
Hasta hacer relativamente poco había dado por supuesto que la gravedad provoca la dilatación del tiempo. Esto es, que era la proximidad del campo gravitatorio la que causaba que el tiempo fuera más lento; es decir, era la gravedad la que hacía que el tiempo transcurriera más despacio. Soy consciente de que esto que estoy expresando no es preciso; pero pido disculpas porque necesito contarlo así para dar el siguiente paso.
Y es que hace unos meses vi en youtube algo que me fascinó. Es este vídeo:
Voy al grano: el vídeo lo que sostiene es que la dilatación temporal es lo que provoca que los objetos caigan. Es decir, no es que la "fuerza" de la gravedad haga que las cosas caigan sobre la superficie terrestre y, además, provoca la dilatación temporal a la que me refería antes, sino que ambos fenómenos están relacionados, de tal manera que lo que sucede es que las cosas caen porque existe dilatación temporal. ¿Cómo puede ser?
En el vídeo lo explica, pero intentaré contarlo aquí tal como yo lo he entendido.
Imaginémonos un objeto cualquiera que está "flotando" a una cierta distancia de la superficie terrestre, para hacer que se entienda mejor imaginemos que ese objeto se mueve a una determinada velocidad respecto a la superficie de la Tierra. De momento no metemos a la gravedad por el medio y nos imaginamos ese objeto desplazándose líbremente por el espacio (o el aire) a una velocidad constante.
Ahora hemos de tener en cuenta lo que se acaba de indicar: el tiempo transcurre más lentamente cerca de la superficie terrestre que lejos de ella. La diferencia se da incluso en distancias muy pequeñas (en principio, se da en cualquier distancia por pequeña que sea). Esto implica que en la parte superior del objeto que estamos considerando "flotando" sobre la superficie de la Tierra el tiempo transcurre más rápido que en su base. Si el objeto se mueve a, pongamos, 1 metro por segundo sin tener en cuenta la dilatación temporal que produce la cercanía de la Tierra, resultará que ahora, si tomamos como referencia la base del objeto, cada segundo medido en la base supondrá un desplazamiento de 1 metro; pero ese segundo medido en la base se corresponderá, pongamos, con 1,1 segundos medidos en la parte más alta del objeto; por lo que en el tiempo en el que la base se desplaza un metro, la parte superior del objeto se desplazará 1,1 metros.
Obviamente, en la realidad esa diferencia será muchísimo menor, poque los efectos de la dilatación temporal son muy pequeños cuando estamos considerando un campo gravitatorio como el de la Tierra; pero aquí no importan las cantidades, sino asumir el proceso. Y éste se resume en que inevitablemente la dilatación temporal hará que el objeto en cuestión se incline hacia la superficie de la Tierra; esto es, tienda a orientarse hacia el campo gravitatorio que produce la dilatación temporal.
Pero a la vez, el objeto sigue afectado por la inercia que le hace moverse en una dirección perpendicular a su eje a una determinada velocidad.
Con lo que la combinación de la dilatación temporal y el movimiento del objeto lleva a que éste se dirija hacia la superficie terrestre.
O sea, que caiga.
¿No es fascinante? Había leído que la gravedad no es ninguna fuerza, sino que es una consecuencia de la deformación del espacio-tiempo por la presencia de cuerpos con masa (planetas, estrellas, lo que sea). Y había visto muchas veces la imagen del espacio como un entramado de un material blando que se defoma por la presencia de los cuerpos celestes. Esa imagen me parecía útil para tener una intuición de lo que es la deformación del espacio, pero ¿la del tiempo? Tras haber visto el vídeo que comentaba antes creo que intuyo en qué consiste esa deformación del tiempo y cómo influye en los objetos que se encuentran en las proximidades del cuerpo masivo.
Hace no mucho, en un libro que recomiendo, "El orden del tiempo", de Carlo Rovelli, leía que las cosas tiende a ir hacia donde hay más tiempo (o sea, donde el tiempo transcurre más lentamente). No lo entendía, pero con la imagen del vídeo que comparto creo que se consigue tener una aproximación a la idea, y tratándose de estos temas, una mera aproximación ya es mucho.
Por cierto, buscando información sobre este tema me encontré con otro vídeo que traslada la misma idea
Lo vi en una página sobre dudas de física donde pude comprobar que la idea de que la dilatación temporal "causa" la atracción gravitacional está mucho menos explorada y explicada que su contrario: la gravedad produce la dilatación temporal. En la respuesta que más me satifizo a la pregunta inicial...
Dejo aquí una página de ese libro que creo que me dará para pensar durante mucho tiempo
Addenda
Tras haber escrito la entrada he encontrado este otro vídeo que, creo, da una explicación mucho más precisa que los anteriores sobre la relación entre dilatación temporal y por qué caen los objetos. Quizás es menos intuitiva, pero me parece que resulta más correcta. Con la explicación de este vídeo creo que se corrigen algunas cosas que no quedaban claras o que eran dudosas en los vídeos anteriores y permite entender lo de la caída de las cosas como consecuencia de la dilatación temporal sin tener ninguna necesidad de recurrir al movimiento inercial del objeto que cae. De todas formas, creo que -como advierte el autor de este vídeo- quizás sea mejor ver primero los otros (aunque sean menos precisos) que éste, pues con éste no es fácil adquirir la primera intuición sobre este tema.
Me divierten las ucronías; esto es, las especulaciones sobre cómo habría sido la historia si algún determinada suceso se hubiera desarrollado de manera diferente.
Probablemente es un ejercicio inútil; pero confieso que de vez en cuando me entrego a él. ¿Qué hubiera pasado si...? y en los puntos suspensivos pongan lo que quieran.
Para que la ucronía funcione hay que seguir ciertas reglas. La primera sería que el cambio en la historia no tiene que ser inverosímil. Tiene que tratarse de algo que realmente pudiera haber pasado. Por ejemplo, una ucronía basada en que Julio César dispusiera de la bomba atómica no tendría ningún sentido; porque no hay ningún elemento que ni remotamente pueda indicarnos que tal cosa pudiera pasar. Las ucronías tienen que basarse en eventos que pudieron haber ocurrido. Cuanto más factible es el cambio en la historia que se propone más impactante resultará la ucronía.
El segundo elemento es que tiene que ser relevante; es decir que el cambio hubiera tenido un impacto significativo en la vida de un número importante de personas. De no ser así la ucronía parecerá trivial. Por ejemplo, podemos especular con que Miguel de Unamuno no hubiera optado por ser profesor de universidad y escritor sino que, tal como parece que se planteó en su adolescencia, hubiera seguido una vocación religiosa.
Aquí tenemos un cambio factible, pero cuyo interés se agota en sí mismo. Es decir, en la propia formulación de la ucronía se encuentra su conclusión. Unamuno no hubiera sido escritor, sería un sacerdote probablemente desconocido y unas cuántas personas, aquellas que habían tenido contacto con él, hubieran visto alterada su vida. Evidentemente, el efecto de la ucronía se extendería por siglos y siglos de manera significativa (personas que no hubieran nacido, relaciones que no se concretarían...), pero se trata de cambios en la historia que de ninguna manera podemos prever; por lo que la ucronía se convierte a partir de aquí en pura invección.
Para que la ucronía funcione tiene que tener consecuencias que sean capaces de ser calculadas, consecuencias evidentes o, al menos, que puedan ser previstas de manera razonable. Y debe tratarse de consecuencias significativas. Sin salirnos del tema de las vocaciones, podemos, por ejemplo, especular con que Francisco Franco no hubiera optado por ingresar en la academia de infantería, sino que hubiese preferido (como parece ser que quería inicialmente) entrar en la academia naval.
Este cambio hubiera supuesto que Franco no hubiera estado entre el grupo de generales que dirigió el golpe de estado contra la II República en 1936 y, por tanto, no se habría convertido en jefe del estado. Evidentemente ese sería un cambio de cierta entidad; pero el mundo que tendríamos ahora no sería muy diferente. Otro general hubiera ocupado el puesto de Franco y se habría hecho con el poder que en la realidad, en la historia que hemos vivido, acumuló éste. No hablaríamos ahora de franquismo sino, quizás de queipollanismo o similar; pero probablemente la historia de España no hubiera sido muy diferente.
Para que las ucronías sean realmente interesantes tiene que darse que sean factibles, que pueda determinarse en qué forma harían cambiar la historia y que ese cambio sea significativo. Es por estas razones que las batallas son una fuente casi inagotable de ucronías. ¿Qué hubiera pasado si Alejandro Magno hubiera sido derrotado en Gaugamela? ¿Qué hubiera sucedido si Napoleón hubiera sido el vencedor de la batalla de Waterloo? ¿Cómo sería la historia de Europa si los alemanes hubieran llegado a París en 1914?
Y en esto de las batallas para mí la batalla de Midway es la ucronía perfecta. Una batalla de la que hoy se cumplen 78 años.
La batalla de Midway es mucho menos conocida que la batalla de Waterloo, la de Gettysburg o que otras acciones en la II Guerra Mundial como el desembarco de Normandía o la batalla de Stalingrado; pero su importancia no es menor que la de estas acciones y sus efectos mucho más relevantes que los de, por ejemplo, la batalla de Waterloo. Quizás, por lo que se dirá más adelante, Waterloo acumula un simbolismo mayor; pero la transcendencia de la batalla de Midway fue mayor que la de la derrota de Napoleón en 1815.
Por otra parte, en Midway (y aquí se equipara con Waterloo) la victoria pudo cambiar fácilmente de lado. Tal y como veremos no es en absoluto descabellado que esa batalla hubiese sido ganada por los japoneses en vez de por los estadounidenses; así que se cumple la primera regla para una ucronía interesante: su factibilidad.
De hecho se ha llegado a escribir que si la batalla se hubiera librado 100 veces, en 90 de ellas hubieran ganado los japoneses. Es decir, la victoria americana era improbable; lo que hace todavía más interesante ver qué pudiera haber pasado en caso de que el resultado hubiera sido el lógico: una victoria japonesa.
Pero antes de seguir habrá que explicar muy brevemente en qué consistió la batalla, quienes se enfrentaban y cuál fue el resultado.
La batalla de Midway se libró entre la flota japonesa y la flota de Estados Unidos en medio del Pacífico entre los días 4 y 7 de junio de 1942, aunque las acciones principales se desarrollaron el 4 de junio. Seis meses antes los japoneses habían atacado Pearl Harbor, en las islas Hawái y así Estados Unidos había entrado en la II Guerra Mundial. Aquel junio de 1942 las flotas japonesa y americana se enfrentaron a unos 2000 kilómetros de Hawái. Los japoneses querían conquistar dos pequeñas islas que podían servir como base para sus operaciones y los americanos defendieron dichas islas enviando tres portaaviones desde Hawái. Cuando comenzó el día Japón tenía cuatro portaaviones en la batalla y Estados Unidos tres. Al acabar el día Japón había perdido todos sus portaaviones y Estados Unidos uno. Perfectamente podría haber pasado, como veremos, que al final del día los japoneses conservasen todos sus portaaviones y hubieran hundido los tres americanos.
Pero no pasó y la guerra siguió un curso diferente al que podría haber seguido.
Ahora que tenemos una idea de en qué consistió la batlla de Midway tendremos que ver cuál fue su contexto para así poder entrar en la importancia de su resultado.
A finales de los años 30 del siglo XX Japón se encontraba inmerso en una expansión por el continente asiático (Corea, China) y deseaba también ampliar su control sobre el Pacífico, donde encontrábamos islas bajo control japonés (las Islas Marshall, por ejemplo) con otras en manos francesas, británicas o estadounidenses. El control de ese vasto Océano no podía hacerse sin una flota potente que fuera capaz de imponerse a quien se opusiera a al expansión nipona. En concreto, Japón veía como rival a la flota de Estados Unidos, la única con capacidad para enfrentarse a la potente flota japonesa. Es por eso que el primer paso de Japón en la guerra fue el ataque por sorpresa a la flota de Estados Unidos en Pearl Harbor, Hawái, el 7 de diciembre de 1941. Los aviones japoneses habían despegado de 6 portaaviones que habían conseguido acercarse a Hawái sin ser detectados.
El ataque pilló por sorpresa a los americanos, pero sus efectos fueron limitados, porque los portaaviones norteamericanos habían salido de Pearl Harbor unos días antes y, por tanto, no se vieron afectados por éste. En el momento de iniciarse la guerra Estados Unidos disponía de 7 portaaviones, 3 de ellos en el Pacífico. Japón, por su parte, tenía 10 portaaviones (incluyendo aquí 4 portaaviones ligeros). En aquel momento todavía no era claro que los portaaviones fueran los elementos más importantes en la flota; pero los meses que siguieron al ataque a Pearl Harbor confirmaron que la clave de las flotas que operaban en el Pacífico eran los portaaviones. Los portaaviones resultaban esenciales para apoyar las operaciones anfibias y su capacidad de ataque desde centenares de kilómetros gracias a su aviación embarcada convertían al resto de los buques en meros auxiliares de sus operaciones. De esta manera, la localización y destrucción de los portaaviones enemigos se convertía en un objetivo prioritario tanto para la flota japonesa como para la flota americana.
Inmediatamente tras el ataque a Pearl Harbor, Japón lanzó una serie de ataques sobre objetivos en Asia, en el Pacífico y hasta en el Índico. Conquistó Hong Kong, Indochina, Filipinas y las Indias Orientales Holandesas (Indonesia), también ocupó islas del Pacífico y llegó a atacar Ceilán.
Hacia el sur, y tras la conquista de Indonesia, las fuerzas japonesas avanzaban hacia Australia. El plan sería ocupar las islas que rodeaban Australia (Islas Salomon y Nueva Caledonia). La conquista de Australia no parecía imposible.
Para avanzar hacia Australia los japoneses tenían que conquistar Nueva Guinea, para lo que planificaron una operación anfibia que tenía como objetivo Port Moresby. La flota estadounidense interceptó a la flota japonesa y se libró una batalla (la batalla del Mar del Coral, entre el 4 y el 8 de mayo de 1942) que, si bien impidió el desembarco japonés en Nueva Guinea, se saldó con el hundimiento de uno de los portaaviones norteamericanos (el Lexington) y serios daños a otro (el Yorktown). Los japoneses, por su parte, perdieron un portaaviones ligero y. sufrieron daños en otro de sus portaaviones (el Shokaku). En la guerra de desgaste en la que estaban enfrascados Japón y Estados Unidos esto era una victoria para Japón, quien ahora tenía cinco grandes portaaviones operativos en el Pacífico frente a solamente cuatro norteamericanos (uno de ellos, el Yorktown, con serios daños).
Era el momento para Japón de intentar atraer a la flota norteamericana a un combate que la debilitara aún más. Y el objetivo para ello fue Midway.
Midway, como ya se ha dicho, es un atolón formado por dos islas en medio del Pacífico, 2000 kilómetros al noroeste de Hawái. Se trataba de una posición estratégica interesante, pero no definitiva. Si los japoneses hubieran ocupado Midway dispondrían de una base avanzada que facilitaría hostigar a los navíos que operaran desde Hawái y dificultar los suministros a las islas; pero desde Midway no se podría intentar la invasión de Hawái, si este fuera el objetivo, por lo que la ocupacion de Midway no se convertiría en un elemento decisivo en la guerra. Lo que sería decisivo es que la flota de portaaviones americana acudira en socorro de Midway y pudiera ser destruida.
Y la flota americana acudió; pero la que fue destruida fue la flota japonesa.
Yendo a lo esencial, nos encontramos con que el 4 de junio de 1942 se dirige hacia Midway una flota de desembarco acompañada de una flota de ataque integrada por cuatro grandes portaaviones y sus buques de apoyo. Los estadounidenesen envían tres de sus cuatro portaaviones en el Pacífico. Tan solo el Saratoga no participa en la batalla, a la que sí se puede unir el Yorktown, que había sido dañado un mes antes en la batalla del Mar del Coral y reparado en Pearl Harbor a toda prisa.
Los japoneses lanzan un primer ataque sobre Midway, al que responden la aviación con base en las islas sin causar ningún daño a la flota japonesa. Esa flota está defendida por el fuego antiaéreo de los buques de apoyo y por los cazas (zero) que despegan de los portaaviones y realizan funciones de escolta. Los portaaviones norteamericanos, que estaban situados 240 millas al noreste de Midway lanzan sus aviones contra la flota japonesa, pero las diferentes oleadas son derribadas por los cazas japoneses o el fuego antiaéreo sin poder dañar su objetivo principal, los portaaviones.
A las 10:22 de la mañana, sin embargo, tres escuadrones de bombarderos que procedían de los portaaviones Enterprise y Yorktown localizan la flota y lanzan un ataque exitoso. Los cazas japoneses, que estaban centrados en las oleadas anteriores fueron incapaces de detener a los bombarderos antes de que estos se lanzaran sobre los portaaviones. En pocos minutos (menos de diez) los portaaviones japoneses Soryu, Kaga y Akagi están inutilizados.
El único portaaviones superviviente, el Hiryu, lanza un ataque contra la flota americana consiguiendo dañar gravemente el portaaviones Yorktown que unas horas más tarde es torpedeado y hundido. El ataque es respondido desde el Enterprise y el Hornet, los otros dos portaaviones americanos, y el Hiryu es también hundido.
Al acabar el día Japón tiene solamente un gran portaaviones en el Pacífico (otro en reparación) mientras que los Estados Unidos disponen de tres a los que pronto se unirá el Wasp que estaba destinado al Atlántico. Por primera vez desde el inicio de la guerra la iniciativa pasa a los Estados Unidos.
Hasta aquí lo que pasó; pero ¿y la ucronía?
Debemos detenernos en primer lugar en lo que comentábamos al principio: para que una ucronía sea eficaz ha de ser factible, y como hemos adelantado, en el caso de la batalla de Midway lo más probable es que hubieran ganado los japoneses. Como decía hace un momento, si la batalla se librara 100 veces, en 90 de ellas ganarían los japoneses.
Pero se libró solamente una vez, y en esa única vez se dieron una serie de circunstancias que favorecieron a los americanos. De haber cambiado una sola de ellas el resultado podría haber sido muy diferente.
En primer lugar, la flota americana podría haber sido descubierta a primera hora de la mañana, antes de que la flota japonesa lanzara su ataque sobre Midway. De haber localizado a los portaaviones americanos los aviones japoneses se hubieran dirigido a los portaaviones y no a la isla, porque el objetivo principal eran esos portaaviones, no el atolón de Midway.
Y de los efectos devastadores de un ataque dirigido contra la flota americana por los aviones de los cuatro portaaviones japoneses da cuenta que los aviones de un solo portaaviones fueron capaces de hundir a uno de los tres portaaviones norteamericanos.
Incluso aunque lo anterior no hubiera pasado, fue una casualidad la que permitió a los tres escuadrones de bombarderos que hundieron el Soryu, Kag y Akagi a las 10:30 de la mañana, localizar la flota japonesa. De no haber localizado esos aviones a los buques japoneses, se hubiera producido un ataque japonés contra la flota americana que con bastante probabilidad hubiera dañado seriamente a ésta.
Es decir, como habíamos avanzado, no es en absoluto descabellado que al acabar el 4 de junio de 1942 los japoneses mantuvieran todos sus portaaviones y los americanos vieran reducida su presencia en el Pacífico a un solo portaaviones. Además, Midway estaría en poder de los japoneses.
¿Qué consecuencias tendría esto?
Tal como se ha adelantado, no parece posible que esto hubiera permitido una invasión de Hawái. La guarnición de la isla había sido reforzada y había del orden de 100.000 soldados en ellas. Además se había reforzado la fuerza aérea que se había destacado en Hawái, por lo que un ataque al archipiélago exigiría recursos por encima de los que disponía Japón.
Ahora bien, en la situación que hubiera seguido a una derrota americana en Midway las fuerzas americanas en el Pacífico tendrían que concentrarse en el abastecimiento y defensa de Hawái y no podrían operar en otros escenarios. Y esto tendría consecuencias.
Poco después de la batalla de Midway, los Estados Unidos iniciaron la campaña de Guadalcanal, orientada a evitar la expansión japonesa en las Islas Salomon.
Ya habíamos visto que en mayo, un mes antes de la batalla de Midway, en la batalla del Mar del Coral se había impedido la operación de Japón contra Nueva Guinea; pero sin el apoyo de la flota ameriacana y con el apoyo de todos los portaaviones japoneses, la expansión de Japón por las islas Salomón y Nueva Guinea, amenazando Australia y Nueva Zelanda, sería una realidad.
¿Implicaría esto que Japón ganaría la guerra?
En absoluto.
El poder industrial de Estados Unidos era inmenso. Para hacernos una idea. Hemos visto que en estos primeros meses de guerra las fuerzas estadounidenses y japonesas se cifran en media decena de portaaviones (al comienzo de la guerra Estados Unidos tiene tres portaaviones en el Pacífico, en la batalla de Midway se enfrentan cuatro portaaviones japoneses frente a tres norteamericanos); pues bien, durante el año 1943 comienzan a entrar en servicio los portaaviones de la clase Essex, construidos a partir de 1941. Antes de la conclusión de la guerra en 1945, 13 de esos portaaviones habían entrado en servicio. Además, se construyeron 9 portaaviones ligeros. Frente a esto Japón no tenía nada que oponer. La capacidad de la industria militar de Estados Unidos hubiera aplastado de todas maneras a Japón.
¿Fue entonces la batalla de Midway irrelevante?
No creo. Tras la batalla de Midway Estados Unidos fue capaz de recuperar en tan solo 3 años el Pacífico, Filipinas, Indochina... Una derrota en Midway hubiera retrasado el comienzo de esa operacion que, además, tendría que partir de una posición mucho más difícil, contando tan solo con Hawái como punto de partida para esa conquista del Pacífico.
Dados los antecedentes, lo lógico sería que los norteamericanos esperasen a tener una clara superioridad naval para iniciar las operaciones; y eso no sería hasta 1945 o 1946 (el tiempo necesario para construir quince portaaviones). A partir de ahí otros cuatro o cinco años de operaciones no serían desdeñables. Quizás menos, una vez que pudiesen bombardear Japón con las bombas atómicas que hubieran conseguido ya en 1945. En cualquier caso, la guerra en el Pacífico se hubiera prolongado hasta bien entrada la segunda mitad de los años 40 del siglo XX.
Pero más allá de eso, cabe preguntarse cómo afectaría este retraso en la campaña del Pacífico a las operaciones en Europa. Como es sabido, el 6 de junio de 1944 tropas americanas, británicas y canadienses desembarcaron en Normandía. La invasión de Europa por el oeste comenzaba. ¿Pondrían los Estados Unidos los recursos necesarios en esa operación con la amenaza de Japón en el Pacífico todavía muy presente. Con una derrota en Midway, en 1944 las fuerzas americanas en el Pacífico estarían reducidas a Hawái, Australia estaría amenazada o ocupada y, además, no sería desdeñable que se intentara atacar Alaska.
No he mencionado antes (para no liarlo más) que simultáneamente al ataque a Midway una flota japonesa más pequeña había hostilizado las islas Aleutianas. Tras el desastre del 4 de junio esa flota se retiró para apoyar a la flota japonesa en retirada; pero, obviamente, una victoria en Midway podría haber conducido a la situación contraria: la flota japonesa, tras tomar Midway podría avanzar hacia Alaska con la intención de mantener la amenaza sobre el continente.
De nuevo, la idea de que pudiera iniciarse un avance japonés por el continente americano no parece plausible. Las dificultades serían enormes para una operación de esa naturaleza; pero como se dice en ajedrez, la amenaza es más fuerte que la realización de la amenaza. Una presión sobre Alaska podría cambiar las prioridades de los Estados Unidos y retrasar los planes en relación a Europa.
Y eso sí que supondría un cambio transcendente en la historia. Sin el desembarco de Normandía las tropas soviéticas no hubieran detenido su avance en el Elba. Hubieran continuado hasta ocupar los Países Bajos, Francia, Italia y quién sabe si se hubieran detenido en los Pirineos o hubiesen continuado su avance por España hasta llegar a Gibraltar.
Eso sí que hubiera supuesto un cambio muy significativo en la historia de Europa.
En Estados Unidos y, sin duda, en el Reino Unido serían muy conscientes de esta posibilidad; pero ¿podrían hacer algo? ¿podrían comprometer más de un millón de soldados y todos los medios que eso implica (aviones, tanques, buques...) mientras Alaska estaba parcialmente ocupada, Hawái amenazado y Australia ocupada o amenazada?
Bien, aquí acaba la ucronía. El punto de partida es algo que pudo perfectamente ser de otra manera (los bombarderos norteamericanos de los portaaviones Enterprise y Yorktown no localizan el 4 de junio de 1942 a la flota japonesa a las 10:22 de la mañana) y, a partir de ahí se suceden una serie de acontecimientos que pueden concluir con que el régimen de Franco hubiera terminado en el año 1946 aplastado por el ejército soviético.
Midway ofrece una ucronía casi perfecta porque lo que sucedió no era lo más probable que pasara y bastaron seis minutos para que la guerra en el Pacífico cambiara completamente. Estados Unidos hubieran ganado la guerra igualmente, pero esos menos de diez minutos a media mañana del 4 de junio supusieron años de guerra. Si las cosas hubieran sido como podrían haber ido la guerra podría haber durado tres, cuatro o cinco años más. Además, esto podría haber supuesto un cambio muy significativo en la historia de Europa.
Por eso la batalla de Midway es más transcendente que Waterloo. Waterloo acabó convirtiénsose en un icono porque Napoleón fue finalmente derrotado; pero si hubiera ganado esa batalla hubiera perdido la siguiente y la historia no habría cambiado en casi nada.
Midway no es tan simbólica porque no marcó un final; pero sus consecuencias podrían haber sido mucho más significativas que las que tuvo la batalla de Waterloo.
Creo que es importante que los niños tengan la oportunidad de amar la música.
Afortunadamente, hoy existen varias posibilidades para ello. Las escuelas municipales de música son un magnífico escenario para ese contacto con la música.
Hemos querido que nuestros hijos lo aprovechen. No para que se dediquen profesionalmente a la música; aunque es cosa suya hacerlo si tienen el talento y las ganas necesarias para ello; sino para que conozcan la música y los instrumentos; se familiaricen con la interpretación y disfruten de las clases, los ensayos, los compañeros y los conciertos.
Para los padres, además, ese momento de gozo al ver el niño en el concierto, apreciar la seriedad con la que lo afronta, valorar su esfuerzo y comprobar su evolución; son experiencias muy gratificantes.
Con el paso de los años se ve crecer al niño a la vez que se va modificando lo que toca. Aquí guardaré cuatro momentos en la formación musical de Cecilia, desde que tenía 7 años hasta la actualidad (junio de 2019).
El primero es también su primer concierto, de junio de 2011, cuando aún no había cumplido 8 años.
El segundo es del año siguiente, 2012, también de junio
Para el tercero saltamos cuatro años y medio. Nos vamos a diciembre de 2016, cuando Cecilia interpreta con su compañera Lídia el tercer movimiento del concierto para violín número 2 de Seitz
Y el último vídeo es de junio de 2019. Dos años y medio tras el anterior. Cecilia interpreta el primer movimiento del concierto número 5 de Seitz.
En todos los vídeos menos el segundo quien acompaña al piano es Núria Balcells, la profesora de Cecilia desde que comenzó con el violín, salvo un paréntesis en 2012 como consecuencia de una baja.
Una gran profesora que no solo ha sido importante para Cecilia en el plano musical, sino también en el personal.
Música
Esa infantil transcendencia
de los conciertos
en que madres y padres
vuelcan su amor
entre piedras y notas,
lo encierran en grabaciones,
lo vierten en temblores y emoción
ingenua.
Esa infantil perfección
de la música intentada
por quienes ya no son...,
o mejor,
son;
pero aún
nos recuerdan
...
Esa música creada,
inefable, imperfecta.
Estoy en un curso de buceo. Una de
esas cosas que pensaba que nunca haría. Soy, por tanto, un
aprendiz de buceador y voy a poner por escrito un apunte de las sensaciones que
ahora tengo y que quizás dentro de unas semanas sean ya diferentes (o no).
Lo primero es que cuando estás en el
barco que te lleva al punto de buceo lo que quieres es tirarte al agua cuanto
antes; y no solamente porque es lo que has ido a hacer, sino porque el barco,
cuando ya está anclado, se mueve bastante, incluso con la mar tranquila, y todo
el trajín de preparar el equipo (poner los plomos, buscar la máscara y las
aletas, colocarse las aletas) implica subir y bajar la cabeza, lo que puede
acabar mareándote. Empiezas a pensar en el momento de tocar el agua como aquel
en el que su frescor hará desaparecer la náusea que empieza a invadirte.
Además, una vez colocado el equipo
(jacket, botella, máscara, regulador, aletas...) en tierra o en la cubierta de
un barco no eres más que un pato o un pingüino. Es completamente antinatural caminar
con plomos y una botella de 15 litros a la espalda, con una máscara que te
quita una parte de la visión y con un regulador en la boca. El equipo solamente
adquiere sentido en el agua, y es, por tanto, ahí donde quieres ir.
Una vez que te tiras y estás flotando a
la espera de que se organice el grupo para empezar la inmersión el deseo de
tirarse al agua es sustituido por el deseo de sumergirse. Y, de nuevo, no
solamente por las ganas de ver qué es lo que hay en el fondo, sino porque el
equipo de buceo está pensado para el agua, pero no para su superficie. Una de
las cosas que más sorprenden la primera vez que te tiras al agua, ya en la
piscina donde se hacen las primeras clases, es que nada (o casi nada) de lo que
sabías acerca de nadar te sirve cuando llevas puesto un equipo de buceo. La
técnica es diferente y los instintos que tienes como nadador son casi
antitéticos con los que tienes que desarrollar para bucear. Con el jacket
inflado flotas muy bien en el agua, pero no te sientes en tu habitat natural.
Cuando se da la instrucción de vaciar los jackets y estás ya completamente
sumergido la sensación cambia completamente. Te sientes mucho más libre. No
tienes la frontera que marca la superficie entre el aire y el agua, sino que
todo lo que te rodea es agua. Si pegas aletas hacia abajo bajas; si lo haces
hacia arriba, subes; si estás en horizontal, avanzas. No estás limitado a dos
dimensiones, sino que las tres te pertenecen. Es una sensación extraordinaria.
Hoy cuando descendía llevaba por delante
a quien era mi compañera, Magnolia, y al instructor que iba a su lado. Delante
de mi el cabo que nos servía de guía para descender, que bajaba en suave
pendiente perdiéndose en medio del azul verdoso de la mar, más allá de donde
llegaba mi vista y sin llegar a distinguir el fondo. En medio de ese azul las
figuras negras de Magnolia y Àlex, el instructor. El azul, el negro y el cabo
del ancla. Nada más. Era un contraste bellísimo. Una escena realmente hermosa.
Y sí, todavía no he dicho nada de los
peces, del fondo marino, de los bichitos que se encuentran, del cambio de
colores y de lo que hay entre la arena y las rocas; pero es que lo que hoy más
me ha llamado la atención ha sido esa irrealidad del azul marino rodeándote por
todas partes.
Hace unos meses dudábamos sobre si podríamos hacer vacaciones, y al final, si bien no salimos de España, fueron de lo más variadas.
A principios de julio estuvimos en Santander. Para mi no eran vacaciones, tenía un curso en la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo; pero como mi mujer y mis hijos ya estaban de vacaciones y mi cuñada pudo cogerse unos días me acompañaron y pudimos pasear por la ciudad, comer juntos y pasarlo bien. Para mí fue una experiencia bonita, tanto por lo que compartí con mi familia como por el encuentro con los participantes en el curso. Me pude quedar solamente un día, pero aún así fue una experiencia intensa y enriquecedora.
Los últimos días de julio comenzaron las vacaciones de verdad. El primer destino, Asturias, el hogar, los amigos de siempre. Menos días que otros años, pero el tiempo se estira menos de lo que quisiéramos. De nuevo esa sensación de estar en casa, de que al llegar es como si me hubiera ido ayer.
Quizás no por casualidad allí escribí una cosa que se titulaba "la vida es muy hermosa".
Unos días en Barcelona y hacia Huesca, parando en Santes Creus
Y ya en el Pirinero de Huesca, y con base en Boltaña
hubo tiempo para visitar Ordesa y hacer la ruta entre la pradera de Ordesa y Cola de Caballo
Hacer rafting en el río Esera
Montar a caballo en Saravillo, en el valle del Gitaín
y visitar pueblos que parecen sacados de otro tiempo
Y tras unos días en Barcelona, la última etapa de las vacaciones, Almería. Una visita especial este año que nos trasladó a unos paisajes completamente diferentes. Del norte verde y brumoso al paisaje casi desértico en algunos lugares, al verde de los oasis y a las playas casi solitarias de Cabo de Gata
Un lugar en el que es posible encontrar camaleones por los caminos y disfrutar a la fresca de la noche
Mucha variedad como puede verse; y en esta ocasión sin salir de España, visitando puntos diferentes del país en los que se aprecia esa red de vínculos, relaciones y preocupaciones que nos convierte en una comunidad, en una unidad dentro de la diversidad.
Nos hace falta reflexionar sobre esa unidad. En todos los puntos que visité (en todos) advertí fuerzas centrífugas que pueden convertir esa diversidad en enfrentamiento. Es necesario ser conscientes de ello, y para conseguir que esa diversidad sea una riqueza debemos insistir en aquello que nos une, en aquellos proyectos que son comunes y en los que andaluces, aragoneses, valencianos, asturianos, catalanes... puedan identificarse para sentirse orgullosos de lo mucho que hemos conseguido juntos.