domingo, 15 de mayo de 2016

Ha nacido una estrella... otra vez

Hace mucho que no escribo sobre Fórmula 1, pero hoy es un día en el que toca hacerlo. El 18 de septiembre de 2008 redacté una entrada titulada "Ha nacido una estrella" con motivo de la primera victoria de Sebastian Vettel en un gran premio. Entonces decía que pasados muchos años, cuando Vettel hubiera ganado ya algún título mundial o estuviera retirado convertido en una leyenda del deporte, podríamos decir que habíamos sido testigos, aunque fuera por televisión, de su primera victoria. Hoy debo repetir discurso en relación a la victoria de Verstappen en el Gran Premio de España.
Decía entonces, y tengo que repetir ahora, que ganar una carrera de Fórmula 1 es muy difícil, mucho. Si tomamos esta temporada y las dos anteriores (2015 y 2014) veremos que tan solo han ganado alguna carrera aparte de Verstappen, Rosberg, Hamilton, Vettel y Ricciardo. Solo cinco vencedores en 43 carreras. Si añadimos la temporada 2013 y sus 19 carreras tan solo sumaremos otros dos nombres a esta lista de ganadores, los de Räikkönen y Alonso. Esto nos da idea de lo complicado que es conseguir ver en primer lugar la bandera a cuadros en una de las competiciones más selectas del mundo: El campeonato de Fórmula 1. ¡Cuántos pilotos excelentes habrán acabado su carrera deportiva sin haber ganado ni una sola carrera! Es claro que hacerlo es ya todo un logro. Pero es que en el caso de Verstappen se dan circunstancias que convierten el logro en excepcional.
En primer lugar su juventud. Es el piloto más joven en ganar un Gran Premio, con tan solo 18 años, quitándole el record precisamente a Vettel, que había conseguido su victoria del año 2008 con 21 años. Es impresionante esta precocidad y, probablemente será un record imposible de superar, puesto que tras la entrada de Verstappen en la Fórmula 1, cuando tan solo tenía 17 años, se introdujo una regla que fija los 18 años como edad mínima para pilotar un Fórmula 1. De esta forma la única posibilidad de que el record que ha obtenido le sea arrebatado es que un piloto gane un gran premio en su primera temporada en la Fórmula 1 y, además, que haya iniciado esa temporada con tan solo 18 años.
Lo más destacado de la victoria de Verstappen, sin embargo, es que la ha conseguido en su primera carrera con su nuevo equipo, Red Bull, habiéndose producido su incorporación, además, con la temporada ya iniciada, sin haber tenido la posibilidad de aclimatarse al coche durante la pretemporada. Esto es realmente impresionante.
Los coches de Fórmula 1 no son como los coches de calle, evidentemente. Por una parte su manejo varía de uno a otro, pues cada volante es diferente y las operaciones que el piloto tiene que hacer no se realizan de la misma manera en uno y otro coche. Es cierto que Red Bull y el equipo del que procede Verstappen, Toro Rosso, están integrados y, por tanto, algún conocimiento podría tener el piloto antes de su cambio de garaje acerca de las particularidades del Red Bull; pero este conocimiento no le habría permitido tener la familiaridad de la que goza el resto de la parrilla al haber podido entrenar durante meses en el simulador de su vehículo. Además, hemos de tener en cuenta que el piloto no tuvo tampoco la posibilidad de probar el coche antes del inicio del Gran Premio. En la Fórmula 1 no está permitido que los coches rueden fuera de los Grandes Premios más que en los reducidos entrenamientos que se producen, fundamentalmente, antes del inicio de la temporada. Esta limitación en los entrenamientos dificulta la evolución de los coches, pero, además, en un caso como el de Verstappen, le obliga a abordar la calificación y la carrera con tan solo la preparación que le ofrecen las tres tandas de entrenamientos libres. Es decir, antes de la calificación Verstappen había dado tan solo 70 vueltas completas con el coche que debería luego conducir en calificación y en carrera.
Que hubiera conseguido la victoria es extraordinario teniendo en cuenta lo anterior. Evidentemente, hay circunstancias que le han ayudado, en concreto, la estrategia seguida respecto a él por el equipo ya que la opción de dos paradas se demostró al final preferible a la teóricamente superior de tres. Los dos "segundos pilotos" de Red Bull y Ferrari a los que se adjudicó dicha estrategia (Verstappen y Räikkönen) acabaron al final favorecidos por ella frente a los teóricamente primeros pilotos (Ricciardo y Vettel), que siguieron una estrategia de tres paradas. Evidentemente el choque entre los dos Mercedes (¿qué le pasa a Hamilton?) también le vino de perlas al joven holandés; pero todo esto se olvidará, igual que se ha olvidado el error en la elección de neumáticos en calificación de Hamilton en Monza 2008 que propició que saliera retrasado lo que favoreció el triunfo de Vettel, porque lo único que cuenta es que un jovencillo de 18 años ha ganado su primera carrera de Fórmula 1 tras haber cambiado de equipo tan solo quince días antes y demostrando una madurez impropia de quien es todavía un adolescente.
Ha nacido una estrella, sin duda. Veremos si tiene un futuro tan brillante como el de Vettel. Veremos, en cualquier caso tiene muchos, muchos años por delante para hacernos disfrutar.


jueves, 5 de mayo de 2016

Lo normal




Lo normal es que si plantas una carpa informativa para explicar la conveniencia de que los catalanes sigamos siendo españoles y ciudadanos europeos, aparezcan unos cuantos violentos para intimidar y coaccionar, acaben sacando unas navajas, arrancando la bandera española que luce en una esquina de la carpa y la destrocen delante de tus narices a la vez que llaman a sus amigos para boicotear tu mensaje.



Lo normal es que, habiendo pasado lo anterior en un campus universitario y en el marco de un acto organizado por la propia Universidad, ésta se niegue en redondo a mostrar la más mínima muestra de solidaridad con los agredidos, no vaya a ser que se piense que condenan las actitudes violentas e intolerantes de los navajeros y acosadores. Lo normal es que si se vuelve a colocar la carpa informativa unos días después a escasos metros de donde se produjo la primera agresión unos y otros te miren como diciendo "pero ¿por qué montas estos follones? ¡con lo fácil que es dejar hacer a los violentos y que estos te dejen en paz!". Evidentemente, esto es lo normal: dejar hacer y no meterse en líos.


Lo normal es que delante de los guardias de seguridad los mismos violentos de antes se dediquen a decorar las paredes de los edificios con dibujos y pintadas "revolucionarios". Por supuesto, ni se te ocurra plantear que lo que hacen, en tanto en cuanto supone estropear bienes públicos, podría ser delito. Como digo, lo normal es que los violentos hagan lo que les da la gana y que si tú les molestas te agredan para expulsarte de ese espacio público que con tan poco esfuerzo han conquistado y del que no están dispuestos a irse.




Lo normal es que estos mismos individuos, cuando deciden que no se ha de hacer clase, coloquen barricadas por el campus para convertirlo en remedo de un campo de batalla. Eso es tan normal que me he encontrado con profesores que cuando han de ir a uno u otro sitio en medio de tan singular "ocupación" no tienen inconveniente en mostrar a los encapuchados que guardan los controles y barricadas los correos electrónicos en los que se les cita para esta u otra reunión. Con suerte estos encapuchados, tras comprobar los datos, dejarán pasar al profesor que les premiará con una sonrisa: "Estos chicos -pensará- en el fondo no son tan malos".


¡Por supuesto! No son tan malos, cuando ajustas tu comportamiento al que ellos desean todo es fluido. Para no tener problemas basta con tolerar sus pintadas y sus barricadas, además de hacer la vista gorda cuando coaccionan, boicotean o agreden a quienes piensan diferente. Bueno, en esto último exagero. Está asumido que, si quieres, puedes pensar diferente; pero eso sí, cuando ese pensamiento no se ajuste a los límites del nacionalismo guárdate mucho de expresar públicamente lo que piensas. ¡Hasta ahí podíamos llegar! Mientras tus ideas sean solamente tuyas o te limites a compartirlas en torno a un café no habrá problema. Si vas más allá, si pretendes que tú también tienes derecho a expresar lo que piensas te encontrarás con alguien que te recuerde que eso que quieres hacer no es normal y que, por tanto, cualquier cosa que te pase será, por supuesto, responsabilidad tuya, no de aquellos que te insulten, boicoteen o agredan.
Esto es lo normal, y lo peor es que muchos parecen asumir que, efectivamente, lo normal pasa porque solamente unos tengan la palabra y porque quienes piensan "diferente" se vean amordazados. Muchos parecen estar de acuerdo en expulsar del debate público a quienes tienen ideas que no se ajustan a los mantras nacionalistas y en dar por buenos los intentos de colocar a quienes no piensan así en eso que se llama "extrema derecha" o, más habitualmente, "fascistas"; esa palabra comodín que sirve para insultar a todo aquel que se opone a estos violentos que con tanta habilidad han ocupado paredes y plazas, megáfonos y pancartas.



Pues bien, yo digo y seguiré diciendo que todo esto no es normal, que lo normal es que todos puedan utilizar la palabra y exponer sus ideas, que nadie tiene que ser boicoteado o agredido, que la libertad de expresión es básica y que las instituciones han de apoyar a los agredidos y no a los agresores. Quiero creer que somos muchos los que pensamos así y que más pronto que tarde los que no se atreven a levantar la voz y afirmar con serenidad y firmeza que la violencia no puede prevalecer, darán el paso de exigir que lo normal sea la convivencia y que la violencia y el odio queden desterrados al baúl de los malos recuerdos.
Entonces nos daremos cuenta de que casi nada de lo que está pasando en Cataluña en los últimos años es normal y lo cerca que hemos estado de perder la democracia que tanto costó recuperar. Porque cuando se ve normal el acoso, la violencia y el silencio ante las agresiones es que ya hemos comenzado a abandonar la senda de la libertad.

domingo, 17 de abril de 2016

Pactos

Algunas reflexiones puramente personales, más que nada para ordenar ideas.
Cuatro meses después de las elecciones generales nada se mueve en el frente. Una guerra de desgaste entre los partidos con escaramuzas aquí y allá que les debilitan a ellos y hacen daño al país.
Y ahora, a pocos días de que se convoquen de nuevo las elecciones, nada parece cambiar. Se sabe del desencanto de la ciudadanía, pero todos parecen confiar su suerte a perder menos que los demás en unos nuevos comicios. La falta de ilusión se extiende entre los españoles que ven cómo pasan los meses sin que se aborden los problemas que deberían centrar la acción de un gobierno cuya interinidad podría extenderse hasta el otoño.
¿Volverán a recurrir a nosotros para resolver el atasco en el que se ha colocado la política española? Parece ser que sí, y tan solo falta que nos culpen a nosotros también de este bloqueo, al igual que se nos endilgó de forma tan injusta la responsabilidad de la crisis económica (¿recordamos? "habéis vivido por encima de vuestras posibilidades").
Sería un enorme fracaso de los partidos políticos una repetición de las elecciones. Debe encontrarse la manera de salir de la situación paralizante en la que nos encontramos.
Hagamos cuentas:
Tras las elecciones generales de 2015 el Congreso tiene la siguiente composición:

PP: 123 diputados.
PSOE: 90 diputados.
Podemos & friends: 69 diputados.
C's: 40 diputados.
ERC: 9 diputados.
Democracia y Libertad: 8 diputados.
PNV: 6 diputados.
Unidad Popular: 2 diputados.
Bildu: 2 diputados.
Coalición Canaria: 1 diputado.

¿Qué posibilidades de pacto hay con este Congreso?

1) Por una parte tenemos las fuerzas políticas que plantean la ruptura del Estado. Estas fuerzas incluyen a los 9 diputados de ERC, los 8 diputados de Democracia y Libertad (DL) y los 2 diputados de Bildu; en total, 19 diputados. Incluso sumando a los diputados del PNV este núcleo rupturista no sumaría más que 25 diputados. Si le añadimos los 69 diputados de Podemos y las distintas marcas con las que ha comparecido en varias comunidades autónomas se llega a 94 diputados, añadiendo los 2 de Unidad Popular el resultado final sería de 96 diputados. Evidentemente, insuficientes para gobernar.
¿Se puede sumar a este bloque alguien más? Diría que no (aparte de la incognita de Coalición Canaria). Ni el PP ni el PSOE ni C's admiten la posibilidad de una ruptura constitucional por lo que su consideración a efectos de apoyar una quiebra del Estado como la que propondría el grupo anterior no resulta factible.



2) Frente al bloque anterior nos encontramos con el de los partidos que se oponen a esa posibilidad de fragmentación del Estado (PP, PSOE, C's). Estos partidos suman un total de 253 diputados. Una amplísima mayoría que permitiría gobernar y reformar. Si estos partidos (PP, PSOE, C's) asumieran que el principal problema que tenemos actualmente es el desafío secesionista, concretado en el proceso separatista catalán y su posible confluencia con el equivalente en el País Vasco y en Navarra no debiera haber tardado más que unas semanas el haber concluido un pacto entre estas fuerzas que habría dado estabilidad al país. Se trata de un pacto cuya necesidad se ha hecho más evidente a medida que Podemos ha dado muestras más claras de su complicidad con los secesionistas, lo que, a su vez, le aleja de otros pactos posibles.



3) Una tercera posibilidad hubiera sido la de llegar a un acuerdo entre los partidos que plantean la necesidad de reformas en nuestro sistema, pero sin volatilizar la Constitución. Si incluyéramos en este grupo a C's, PSOE y Podemos la suma de los tres alcanzaría los 199 diputados; suficientes para llegar a la mayoría absoluta. Ahora bien, esta posibilidad es más una fantasía que una realidad, toda vez que Podemos se ha ubicado, como hemos visto, en el grupo rupturista, lo que impide que pacte con C's y, en buena lógica, también con el PSOE. Incluso aunque asumiéramos que el PSOE estuviera dispuesto a buscar una alianza con Podemos sin contar con C's resultaría que la coalición pretendida no podría salir adelante más que si a los 159 diputados de la suma de PSOE y Podemos se añade alguno de los grupos que plantean la desaparición de España (incluso incluyendo en la coalición al PNV, Unidad Popular y Coalición Canaria no se superan los 168 diputados, por lo que es preciso contar con ERC o DL). Esto es, esta tercera posibilidad nos conduce, de nuevo, a la primera; y ello como consecuencia de la complicidad de Podemos con los separatistas.



Así pues las posibilidades reales de pacto se sitúan en el bloque 2: PP, PSOE, C's. Aquí, a su vez, hay varias opciones. La más obvia es la "gran coalición", la suma de los tres partidos que ofrece una amplísima mayoría en el Congreso (y también en el Senado). Ahora bien, también otras combinaciones son numéricamente factibles.
En primer lugar, la suma de PP y PSOE ofrece también una muy amplia mayoría (213 diputados). En este caso los votos de C's no son necesarios para gobernar. Lo mismo da que vote a favor, se abstenga o vote en contra. En cualquier caso la coalición entre PP y PSOE saldría adelante.
La segunda posibilidad es la de un acuerdo entre PP y C's. En este caso si el PSOE se abstiene los 163 diputados del Partido Popular y de Ciudadanos bastan para superar al resto de fuerzas del Congreso, por lo que dicho Gobierno también sería posible.
Finalmente, también es posible un acuerdo de gobierno entre PSOE y C's contando con la abstención del PP, ya que los 130 diputados de la suma de PP y C's suman más que los 97 diputados restantes tras descontar también los 123 del PP.



En consecuencia, pese a la fragmentación del Congreso existen varias combinaciones posibles que ofrecerían a España un gobierno más o menos fuerte (en función de la opción elegida). ¿Por qué no se concluye alguno de estos pactos? Veamos la posición de los partidos implicados:

- El PP estaría de acuerdo en un pacto a tres con el PSOE y C's, y también en un acuerdo con el PSOE. Supongo que también en un acuerdo con C's respaldado por el PSOE. No admitiría, en cambio, un acuerdo entre PSOE y C's que necesitara de su abstención para salir adelante.
- El PSOE, solamente estaría de acuerdo con una de estas opciones: un gobierno de PSOE y C's que contara con la abstención del PP. Ninguna posibilidad que pasara por la participación del PP en el Gobierno sería admisible para este partido.
- C's estaría conforme con cualquiera de las opciones planteadas.

Al final, por tanto, todo se resume en que el PP no admitiría un gobierno presidido por Pedro Sánchez (coalición PSOE/C's) ni el PSOE uno presidido por Mariano Rajoy (gran coalición o pacto entre PP y C's). Creo que un país maduro debería encontrar soluciones para un bloqueo como éste cuando resulta evidente la conveniencia de un pacto, máxime cuando no existe ninguna garantía de que una repetición de las elecciones fuera a dar un resultado sustancialmente diferente del que ahora tenemos.
Siendo de pueblo como soy, y habiendo llegado a la conclusión que de las tres posibilidades de pacto existentes dos pasan por una presidencia del PP (el partido que ha ganado las elecciones) y solo una por la del PSOE, me tienta plantear que se dejara a este último partido elegir cuál de las coaliciones apoyar; si la gran coalición o un gobierno de PP y C's designado gracias a la abstención del PSOE. Incluso creo que se podría llegar a plantear la posibilidad de que dentro de estos márgenes se debatiera sobre quién debería asumir la posición de Presidente del Gobierno de tal forma que quien da apoyo externo al mismo sugiriera qué persona del partido ganador de las elecciones debiera asumir esa responsabilidad.
Todo antes de unas nuevas e inciertas elecciones que retrasarían la adopción de medidas y reformas que son necesarias y que pueden hacer peligrar la precaria recuperación en que nos encontramos.
Un poco de responsabilidad, por favor.

sábado, 19 de marzo de 2016

El Tribunal Constitucional y el 155

Le cuesta a la sociedad y a la política españolas entender y asumir lo que está sucediendo en Cataluña. Ciudadanos, comentaristas, editorialistas, opinadores, diputados, responsables de los partidos, autoridades... todos ellos parecen afectados por esa perturbación del conocimiento denominada "fase de negación" en la que nuestro cerebro rechaza la evidencia quizás porque aún no está preparado para asimilar sus consecuencias. En el caso del proceso secesionista en Cataluña esta actitud irracional, que sustituye lo real por una fantasía es todavía más evidente puesto que los causantes del conflicto que ahora vivimos, los separatistas, son extraordinariamente claros en sus planteamientos y no disimulan ni sus objetivos ni los mecanismos que piensan utilizar para conseguirlos.
Es claro que el objetivo de los secesionistas es conseguir la creación de un nuevo Estado en el territorio de lo que ahora es la Comunidad Autónoma de Cataluña, Estado que tendría como habitantes a los actuales residentes en dicho territorio. Así se ha afirmado una y otra vez. Muy recientemente el mismo presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, hace pocos días lo reiteraba.
Para conseguir este propósito lo que se pretende es que las actuales instituciones autonómicas, el Parlamento y el Gobierno de la Generalitat en concreto, se conviertan en órganos y autoridades del nuevo Estado. Dejen de actuar como parte del ordenamiento español y lo hagan en el marco del nuevo Estado que se pretende crear. De igual forma se trabaja para que las administraciones locales obren de la misma manera y pasen a depender del nuevo Estado y dejen de ser instituciones españolas.



Lo anterior es bastante claro y podemos encontrar muchos ejemplos de lo que digo; desde la existencia de la AMI hasta la fórmula de juramento utilizada para acceder a los cargos públicos tanto en los ayuntamientos como en el Parlamento o a la misma presidencia de la Generalitat pasando por el desafío constante a los límites que marca la legalidad española y que se ejemplifican perfectamente en la celebración de la consulta del 9 de noviembre de 2014. Por decirlo con crudeza: los secesionistas secuestran las instituciones que controlan para apartarlas del ordenamiento español y convertirlas en instrumentos de un nuevo Estado que se encuentra in stato nascendi.
Nos encontramos, por tanto, ante una situación de rebeldía institucional que exige al Estado de Derecho y al conjunto de la política y sociedad la adopción de medidas que no son las habituales en el devenir de una sociedad democrática. Esto afecta especialmente al Tribunal Constitucional y al papel que juega en los Estados modernos.
Como es sabido, el Tribunal Constitucional ha tenido y tiene un importante papel en el conflicto secesionista que padecemos de forma aguda desde hace un par de años. Varias resoluciones del Parlamento de Cataluña han sido impugnadas ante (y anuladas por) el Tribunal Constitucional, así como decretos de la Generalitat (el de convocatoria de la consulta del 9 de noviembre, por ejemplo). Ahora mismo se encuentran pendientes ante el Tribunal varios asuntos directamente relacionados con el proceso secesionista y la última reforma de su Ley Orgánica se encuentra orientada a dotar incluso de más protagonismo a esta institución en relación al problema separatista.



Es dudoso, sin embargo, que este enfoque sea el adecuado en un caso como el que nos ocupa. El Tribunal Constitucional es intérprete de la Constitución y su función es determinar cuál es la lectura de la misma que ha de acogerse en los casos en los que existen discrepancias sobre ésta. Los Tribunales Constitucionales son útiles cuando las partes enfrentadas pretenden todas ellas aplicar correctamente la Constitución y lo que existen son divergencias sobre esta interpretación. No es ésta, sin embargo, la situación en el conflicto que estamos tratando, ya que los separatistas son plenamente conscientes de que están infringiendo la Constitución (y, además, hacen gala de ello). No ocultan que su propósito es una independencia que podría ser unilateral en caso necesario y la desobediencia a las instituciones es parte de su hoja de ruta, como puede comprobarse mediante la consulta de la Resolución del Parlamento de Cataluña de 9 de noviembre de 2015, anulada por la Sentencia del Tribunal Constitucional de 2 de diciembre de 2015. Los secesionistas no reconocen la autoridad del Tribunal Constitucional porque no desean ajustar sus propósitos a la Constitución, sino, precisamente, apartarse de ella para crear un nuevo orden constitucional diferente y separado. Este no es el tipo de conflicto para el que están diseñados los Tribunales Constitucionales. Tal como veremos no es baladí esta distinción en lo que se refiere a la solución del problema por lo que conviene tenerla clara. Sorprende relativamente, por tanto, que el Ministro de Justicia no haya reparado en ella cuando valoró el conflicto de competencias planteado por el Gobierno respecto a la creación de la Consejería de Asuntos Exteriores de la Generalitat. Entonces declaró que se trataba de una discrepancia normal entre administraciones. Bien, como acabamos de ver esto no es así. Esa sería la descripción adecuada para un conflicto de competencias entre instituciones que se manifiestan ambas sometidas al orden constitucional, pero esta no es la situación en el caso de los separatistas. En relación a ellos no se trata de determinar cuál es la interpretación correcta de la Constitución sino de imponer la aplicación de ésta respecto a quien pretenda sustituirla por una diferente al margen de los procedimientos previstos.
Es por lo que acabamos de ver que el plantear como única respuesta al desafío secesionista la impugnación ante el Tribunal Constitucional de las disposiciones contrarias a la Carta Magna que dicten las instituciones separatistas es cuanto menos limitado sino ingenuo.
El problema no se encuentra, según lo que se acaba de indicar, en qué interpretación de la Constitución es la adecuada, puesto que los separatistas ya dan por sentado que la incumplirán, sino de evitar que quienes se han apropiado del poder público en Cataluña con el fin de ponerlo en manos de un Estado diferente de España puedan completar su propósito y los ciudadanos nos veamos liberados de una autoridades que han hecho explícito que actuarán al margen de la ley. No se trata tanto de declarar cuál es el Derecho cuanto de conseguir la efectiva aplicación de la Constitución en Cataluña.
Tarde seguramente nos hemos dado cuenta, aunque probablemente no de manera completa, tal como apuntaba al principio, de que es aquí, en la ejecución y cumplimiento efectivo de la Constitución donde se encuentra el meollo del problema, y quizás por ello el Gobierno y las Cortes han decidido reformar la Ley Orgánica del Tribunal Constitucional con el fin de garantizar la plena efectividad de las decisiones del Alto Tribunal. Quizás se trataba de una reforma necesaria. Es cierto que ya la normativa anterior incluía previsiones sobre la ejecución de las decisiones del Tribunal Constitucional que podrían haber sido aprovechadas, por ejemplo, para haber impedido la celebración de la consulta del 9 de noviembre de 2014; pero un mayor detalle en tales previsiones seguramente no hará daño; ahora bien, ha de tenerse claro que el Tribunal Constitucional, por su propia naturaleza, no puede ser quien ponga fin al conflicto planteado.
En primer lugar, y tal como hemos visto, el Tribunal tiene como función la de decidir entre diferentes interpretaciones de la Constitución sostenidas por quienes en cualquier caso no se plantean desobedecer a ésta. Dado que esta no es la situación a la que nos enfrentamos la actuación del Tribunal Constitucional tiene algo de forzada.
En segundo término: El Tribunal Constitucional solamente puede operar en determinados supuestos, hay otros muchos casos de posibles incumplimientos por parte de las administraciones autonómicas que no llegarán al Tribunal Constitucional por no tratarse de materia susceptible de valoración por el Alto Tribunal. Ciertamente en estos casos se podría acudir a los tribunales ordinarios (y se ha hecho en ocasiones), pero de nuevo nos encontraríamos con que lo que se está ventilando no es objeto de discrepancia: en cualquier caso los infractores saben que infringen y el problema está un paso más allá, en los mecanismos para restaurar el Estado de Derecho que está siendo constantemente quebrado.
Y es aquí donde nos tropezamos con el obstáculo más relevante: la ejecución de decisiones judiciales es un mecanismo que tiene sus límites en lo que se refiere a conseguir la efectividad del Derecho cuando quien infringe son administraciones que tienen voluntad de rebeldía y que, además, cuentan con los medios propios del poder público (funcionarios, policía, recursos financieros) para oponerse a la ejecución forzosa de las decisiones. Ciertamente pueden intentarse actuaciones concretas contra funcionarios concretos, pero todas las medidas que prevé el ordenamiento jurídico con carácter ordinario no operarán con fluidez cuando no nos encontramos ante infracciones aisladas, sino ante una estructurada orientada a la destrucción del Estado de Derecho. De nuevo la consulta del 9 de noviembre de 2014 es un buen ejemplo de a lo que me refiero y de los límites que tienen los mecanismos ordinarios de actuación para impedir de manera efectiva la rebeldía de las administraciones contra el orden establecido.
Más allá incluso de la consulta, la situación general en Cataluña es la de quiebra de la seguridad jurídica, de la democracia y del Estado de Derecho, tal como ha puesto de manifiesto Societat Civil Catalana en un informe presentado hace unos meses. Los ciudadanos nos vemos sometidos a una administración que hace expreso de forma constante que su objetivo es la quiebra de la legalidad y dedica recursos públicos a ello sin que los mecanismos de los recursos, las quejas o los procedimientos de ejecución de las decisiones del Tribunal Constitucional sean suficientes para poner remedio a la situación. Es más, los plazos y trámites de la actuación judicial pueden convertir en completamente ilusoria cualquier respuesta ante un desafío institucional que precisa respuestas rápidas y no puede demorarse los tiempos que siempre precisa una decisión judicial. De nuevo el proceso previo a la consulta del 9 de noviembre de 2014 es buena muestra de lo que expongo: solamente reuniones en plazos brevísimos del Tribunal Constitucional y decisiones adoptadas llevando al límite las posibilidades del Tribunal permitieron adoptar en tiempo y forma resoluciones que se limitaban a declarar lo evidente: que la consulta pretendida por el Sr. Mas era incompatible con nuestro ordenamiento jurídico. La respuesta, además, ha de ser rápida porque los plazos son breves, tal como recordaba hace poco un informe de la ANC que advertía a los empleados públicos catalanes de que el conflicto entre las legalidades española y catalana (entendida aquí catalana como la propia del nuevo Estado que se pretende crear) no duraría demasiado tiempo.



Es por esto que la Constitución incluye mecanismos alternativos al judicial para situaciones de extrema gravedad como las que estamos viviendo ahora. El artículo 155 de la Constitución prevé que el Gobierno podrá requerir al Presidente de la Comunidad Autónoma cuando ésta "no cumpliere las obligaciones que la Constitución u otras leyes impongan, o actuaré de forma que atente gravemente al interés general de España". Tras este requerimiento, y si no fuere atendido, podrán adoptarse las medidas necesarias para conseguir el cumplimiento de las obligaciones o la protección del interés general. Estas medidas deben adoptarse con la aprobación de la mayoría absoluta del Senado.
Nótese que el artículo 155 prevé dos fases. En la primera se procede a un requerimiento, y solamente si este no es atendido podrán adoptarse medidas que permitan reconducir la situación. Ha de destacarse también que el supuesto de hecho del artículo 155 no se limita a los casos en los que haya un incumplimiento grave de la Constitución u otras leyes, sino también ("o") cuando la Comunidad Autónoma actuare de forma que atente gravemente al interés general de España. Difícilmente se me ocurre un atentado más grave al interés general de España que el propósito de convertir parte del territorio y de la población españolas en elementos integrantes de un nuevo Estado diferente de España, situación que, como acabamos de ver, es la que se da ahora mismo ya en Cataluña como consecuencia del proceso secesionista. Si fueran precisos elementos concretos que apoyaran este aserto más allá de las declaraciones reiteradas de los responsables políticos, bastaría considerar los intentos por parte de la administración catalana de conseguir apoyo en Estados extranjeros para el proceso secesionista o ser reconocida como un actor internacional independiente del Estado español y cuyo último ejemplo es la carta enviada por el Sr. Puigdemont a la Comisión Europea, precisamente en el momento en el que se está negociando la gestión de la crisis de los refugiados. Más allá de las legítimas valoraciones que podemos hacer como ciudadanos sobre la forma en que se está gestionando este drama resulta inconcebible que una administración subestatal pretenda interferir en la negociación que el Estado está desarrollando sobre el tema en un foro internacional, como es la Unión Europea.
El artículo 155 de la Constitución, por tanto, es un mecanismo que se ajusta bien a situaciones de crisis como la que vivimos. Llama la atención especialmente que este precepto, de forma consciente, permite que la actuación del Gobierno pueda realizarse incluso al margen de incumplimientos legales concretos, siempre que el Gobierno aprecie esa actuación contraria al interés general de España. Evidentemente nos encontramos ante un concepto indeterminado que puede ser discutido; y es al Gobierno a quien la Constitución atribuye la responsabilidad de valorar en cada situación si se da o no ese atentado contra los intereses generales de España. Es cierto que las medidas que hayan de adoptarse finalmente han de contar con la aprobación del Senado; pero eso no ha de hacernos olvidar que es el Gobierno quien asume la responsabilidad de iniciar el proceso y decidir las medidas a adoptar. Además, y como hemos visto, el Gobierno no puede excusarse ni para actuar ni para dejar de actuar en una mera valoración jurídica, pues no cualquier incumplimiento legal justifica que se recurra a este artículo ni la ausencia de un incumplimiento legal comprobado impide la utilización del precepto, puesto que, como hemos visto, también ha de utilizarse cuando se atente gravemente contra el interés general de España.
Así pues, al final resulta que, tal como se ha repetido hasta la saciedad la solución del conflicto causado por los separatistas no será jurídica, sino política, en tanto en cuanto el Gobierno tiene la responsabilidad de, más allá de lo que establezcan los tribunales, decidir si la actuación de la Generalitat supone o no un perjuicio grave para el interés general de España.

viernes, 11 de marzo de 2016

Canto de ira y fuego 2016

Cada año, el 11 de marzo, retomo esta publicación que pretende ser un homenaje a las víctimas, a todas las víctimas. El año pasado me di cuenta de que por una extraña casualidad el número de versos es de 192, el mismo que el de víctimas mortales en el atentado del 11-M si se incluye entre ellas al policía fallecido en el asalto al piso de los terroristas.

(Foto: Manu Arenas)


Una mano pequeña
te agarra como ancla;
es tan sólo un recuerdo
en la fría mañana.
Otros recuerdos vienen,
son los que te acompañan
desde aquel otro día,
gris memoria lejana.
Otra mano a lo lejos
que por ti se agitaba;
El asesino azul
tranquilo te aguardaba.
Pero antes las piedras
con sangre han sido untadas.
Él quedó en el camino
y en tu alma su mirada.
Ahora la estás viendo,
aquí, en esta mañana,
definitiva, ardiente,
caótica y extraña.

La sal seca la boca,
la ropa está mojada,
horizonte lejano,
miedo al crujir las tablas.

Regresabas del campo
cuando viste las llamas
cuando oíste los gritos,
tu nombre pronunciaban;
un silbido en el aire
te trajo la desgracia.
Aceptas el periódico
que en el metro regalan
te aprietas contra tantos
que el mismo aire exhalan.
¿Acaso hay diferencias
entre los que para vivir trabajan?

Una mano en el culo,
tragas saliva, pasas.
Los ojos distraídos
se fijan en su cara.
Guapa, morena, pálida.
Le clava la mirada,
ella también le mira,
parece contrariada.
Quiero olvidar su gesto
cuando el café tomaba,
y el sabor de su piel
cuando con él follaba.
Hoy acabo el informe
y hago ya la llamada.
Si estamos a primeros,
otro mes sin la paga,
cogeré los ahorros
para el envío a casa.
Es guapo el tío negro,
lástima que no vaya
al bar en el que entro;
que baje en mi parada,
le sigo, me lo cruzo,
caída de pestañas.
¿Y el móvil, dónde está?

Como cada mañana
entra en la habitación,
igual que la dejara
el día de desgracia;
bueno, hecha la cama.
La arregló el mismo día
al regresar a casa.
Vio en la mesita el móvil
que entonces olvidara
encendido y abierto;
y que ahora muerto también estaba.

En el Cielo tus hijos
están, a ti te aguardan.
Grita y golpea airado
ante las cajas blancas,
blancas como el metal
del cajón en que viaja.
De pie echa la cuenta
de lo que aún le falta
para acabar el pago
de la pierna moderna
que a su hija regala.
Sabe que allá muy lejos
ella por ella aguarda.
Ahora busca sombra
donde antes jugaba
¿Cuánto dinero cuestan
de un pájaro las alas?
Las manos en los guantes,
todo fluye y encaja,
incluso el traqueteo
con su mente acompasa.
Tranquilo en su palacio
goza de la mañana.
De nuevo han fracasado
los que la paz pactaban.
Superficial artículo,
por algo lo regalan,
luego lo mirará
en...
...y todo estalla.

Sí que es malo el café
del bar de la parada;
pero ella que no tiene
se siente como en casa
entre ruido de trenes
y churros en la barra.
De repente el estruendo
y el mundo que se acaba.
No te puedes mover,
estás petrificada.
El bar es un dibujo
de gente estupefacta.
Tiras del compañero,
hacia el andén avanzas.
Del túnel salir ves
el primer cadáver de la mañana.
Rojo, azul, alarido;
del infierno la entrada.
Tienes que ir, ahí.

Oscuro alrededor,
agua y sangre en la espalda.
Echa en falta su guante,
la mano que guardaba
y el brazo que movía
el mundo en que gozaba.
Fulgores de linternas,
una voz que le llama.
Vio el fuego, oyó la bomba;
la chica se quemaba,
su rostro se fundió;
el fuego rojo avanza
hacia él, indefenso,
la llama ya le mata.
En las piernas temblor,
los hierros ella salta,
la sigues, entras, rezas.

El silencio, el dolor;
muerte bajo la carpa.
Lloran y se estremecen
los que en ella trabajan
cuando en un móvil vivo
se oye la llamada
por la que amante, amigo,
padre, madre o hermana
palabras de un cadáver
con angustia reclaman.
Ve la sábana blanca,
encima la tarjeta,
alguien ya la levanta.
Pues sí, ha sucedido
un mundo así se acaba.
Unos ojos cerrados,
sangre seca en la cara,
no más mañanas juntos
perreando en la cama.
Muchos años después
aún recuerda aquella blanca mortaja,
de la que es una copia
la que la luz le tapa.

Llevas en ti la muerte
y un recuerdo en el alma.
El dolor es más fuerte,
sientes como te abraza,
casi te reconforta
en esta hora amarga.
Si tus hijos vivieran...
los sientes a tu espalda,
pronto serán reales;
muerte en muerte tornada.
Hoy tiemblan los maestros
que a las cinco aguardan
a los que recogen
esta preciosa carga.
¿Alguno no vendrá?
No aguantan las miradas
que los chavales serios
asustados les lanzan.

La estación está cerca,
los pasos no engañan.
Primaveral calor
de la luz en la cara;
fúnebre negra máscara.
Color de la mañana,
que tras ella se oculta,
ven a mi y me regalas
tan solo dos minutos
para ver la muchacha,
perfume penetrante,
que tan suave me habla.

¡Oh, tristes odios imperecederos!

sábado, 20 de febrero de 2016

Eco y la Edad Media


Ha muerto Umberto Eco. Como pasa en ocasiones con los escritores que te han dicho algo, en el caso de Eco su fallecimiento no es solamente una noticia, sino que de alguna forma afecta personalmente.



Para mí Eco son fundamentalmente tres recuerdos: "El nombre de la rosa", los artículos de su autoría que regularmente publicaba el periódico que yo leía en los años 80 y 90, La Nueva España, de Asturias y el texto que fue objeto de comentario en la prueba de selectividad del año 1985, un ensayo de Eco que explicaba algunos aspectos de la vida universitaria en la Edad Media. Es cierto que Umberto Eco ha hecho muchas otras cosas, algunas muy conocidas; pero si soy sincero ni su tan citada "Cómo se hace una tesis" me ayudó mucho durante mis estudios de doctorado ni las novelas que siguieron a "El nombre de la rosa" llegaron a engancharme. Tan solo acabé una de ellas (y las he empezado casi todas) y esta que llegué a terminar tampoco me impactó especialmente.
Así pues mi relación con Eco se teje sobre los tres elementos que enunciaba hace un momento. Los artículos que leía cada semana en aquel periódico de Asturias destilaban inteligencia y erudición. Una delicia en aquellos tiempos previos a Internet en los que las únicas columnas de opinión que podías leer eran las del periódico que comprabas o el que podías hojear en la cafetería. Durante el tiempo en el que "La Nueva España" publicó a Eco pude disfrutar de su pensamiento brillante y lúcido, de su estilo claro y de un cierto sentido del humor que resultaba muy agradable. La cercanía a la inteligencia es vivificante y durante aquellos años, que para mí eran los del tránsito de la adolescencia a la juventud, la de Eco fue compañera y maestra.
Los otros dos recuerdos están unidos y giran sobre una idea común: la de una Edad Media brillante y no oscura como nos han pretendido explicar con demasiada frecuencia. Evidentemente, el relativo al comentario de texto en la selectividad se amplifica por la transcendencia que tiene ese examen, la forma en que lo vives y recuerdas incluso décadas después de haberlo pasado; pero si permanece es también porque para mi fue un descubrimiento esa perspectiva diferente sobre los tiempos que precedieron al Renacimiento, y esa idea está muy presente en "El nombre de la rosa", que es mucho más que una novela.



Fue leyendo "El nombre de la rosa" cuando percibí por primera vez la Edad Media de una forma diferente, y luego esta interpretación fue confirmándose con datos e intuiciones. Todavía hace pocos días volvía sobre esta idea en conversaciones y debates. Eco explica con viveza y erudición cómo la Baja Edad Media (el primer error es no darse cuenta de la enorme cesura que supone la instauración del feudalismo, hasta el punto de que quizás fuera conveniente considerar como etapas completamente diferenciadas la Alta Edad Media, con más conexiones con el mundo antiguo de las que con frecuencia se reconocen; y la Baja Edad Media en la que todavía, de alguna forma, seguimos viviendo) fue una época de desarrollo. Fue en la Baja Edad Media cuando se inventaron las gafas y se crearon las Universidades, cuando se ideó el molino de viento y diversas mejoras en la agricultura. El debate intelectual era vivo y la sociedad bullía con movimientos que cuestionaban las ideas y el poder (en "El nombre de la rosa" se menciona a los dulcinistas, que habían protagonizado una rebelión campesina y religiosa en los primeros años del siglo XIV). Una sociedad colorida y cambiante que poco tiene que ver con los tópicos que nos han dejado los renacentistas y su superficial cuestionamiento de la herencia recibida.



Es muy probable que sin Eco nunca hubiera visto la historia de esta forma y por eso le estoy agradecido y, curiosamente, lo siento cercano. Sin haber hablado nunca con él, sin haberlo conocido me ha hablado. Es el privilegio de los escritores, y por eso también son más los que lamentan su muerte que aquellos que lo han tratado. Hoy muchos sentirán su fallecimiento. Descanse en paz.

domingo, 7 de febrero de 2016

Desafíos

Repasemos algunos hechos por todos conocidos:
El 9 de noviembre de 2015 el Parlamento de Cataluña aprobó una resolución por la que declaraba el inicio del proceso que habría de conducir a la creación de un Estado independiente de España en el territorio de Cataluña. Esta resolución detallaba los pasos para dicha independencia, que incluía la elaboración de leyes que dotaran a la administración catalana de los instrumentos de los que goza un Estado (hacienda pública y seguridad social), a la vez que preveía como se produciría la transición entre la vigencia del ordenamiento jurídico español y la del ordenamiento propio del nuevo Estado.
A instancias del gobierno el Tribunal Constitucional suspendió la vigencia de dicha resolución y finalmente, el 2 de diciembre de diciembre de 2015 la anuló. Es evidente que no es constitucionalmente admisible que una administración española se constituya en un poder público independiente y pretenda someter a dicho poder una parte del territorio y de la población española. La declaración del Tribunal Constitucional no por evidente dejaba, sin embargo, de ser necesaria dada la apariencia meramente formal de eficacia de la que gozaba al resolución del Parlamento de Cataluña. El Tribunal Constitucional, además, estableció, ya en el momento de suspender la eficacia de la resolución, que las autoridades tenían la obligación de impedir o paralizar "cualquier iniciativa que suponga ignorar o eludir la suspensión acordada".
Pese a la anulación de la resolución, el nuevo presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, hizo patente, ya en su discurso de investidura, que su programa de gobierno sería la implementación del contenido de la resolución anulada. Pocos días después de tomar posesión el nuevo gobierno de la Generalitat, los partidos políticos que pretenden la secesión de Cataluña presentan en el Parlamento de Cataluña la solicitud de inicio de la elaboración de las leyes previstas en la resolución de 9 de noviembre. El hecho de que los títulos propuestos se aparten mínimamente de los que figuraban en la mencionada resolución no altera que el contenido pretendido es el que ya había sido declarado como constitucionalmente inadmisible por el Tribunal Constitucional. Las declaraciones de diputados de los partidos promotores de la iniciativa no dan tampoco lugar a dudas, pues expresamente mantienen que su propósito es sentar las bases para que Cataluña sea un Estado independiente de España en el plazo de unos meses.
Solamente mediante un ejercicio de cinismo o hipocresía podrá negarse que la presentación de tales propuestas de inicio del proceso legislativo supone una vulneración de la decisión del Tribunal Constitucional que anulaba la resolución de 9 de noviembre. Ejercicio de cinismo en el que, por cierto, no han incurrido hasta ahora los separatistas, quienes mantienen expresamente que el propósito de tales leyes es construir las bases de un Estado catalán independiente, tal como hemos visto.
Hace unos meses se realizaba una reforma exprés de la Ley Orgánica del Tribunal Constitucional destinada a garantizar el efectivo cumplimiento de sus resoluciones. El propósito de tal reforma era dotar al Estado de Derecho de los mecanismos que impidieran la burla de las decisiones del Tribunal Constitucional, tal como sucedió en relación a la consulta soberanista del 9 de noviembre de 2014.
Entretanto esperamos a ver en qué se traduce el propósito anterior los catalanes seguimos padeciendo una administración que hace expreso que la Constitución y las decisiones del Tribunal Constitucional no son ningún límite para ella. Una situación que en sí misma es intolerable en democracia pues supone una permanente amenaza para los ciudadanos y un chantaje a las instituciones. Y esto con independencia de que finalmente las amenazas se concreten o no.
No estoy seguro de que se sea plenamente consciente de la gravedad de la situación que se está dando.



martes, 5 de enero de 2016

Macbeth para niños

El otro día vi la nueva versión de Macbeth para el cine. Al volver a casa tocaba contarles cuento a los niños, y elegí la historia de Macbeth, aunque, claro, adaptada. Esto es más o menos lo que salió:



"Hace muchos años, en un país lejano, había un rey. El rey gobernaba sabiamente, pero un rebelde se levantó contra él. El rey llamó a sus nobles y el mejor de ellos, que se llamaba Macbeth, se hizo cargo del ejército y luchó contra el rebelde hasta derrotarlo.
Habiendo vencido el rey le dio muchos regalos porque estaba muy contento, y Macbeth orgulloso se sus hazañas.
Un día Macbeth se encontró en un páramo solitario y cubierto de niebla con tres mujeres misteriosas. Una de ellas se dirigió a él y le dijo: "Tú, Macbeth, serás rey".
Macbeth se quedó muy extrañado de aquello y cuando llegó a su casa se lo contó a su mujer. Ésta le dijo que era un buen augurio y que eso quería decir que en algún momento llegaría a ser el rey de aquel país.
En ese momento anunciaron a Macbeth y a su mujer que el rey había avisado de que vendría a visitarlos. Entonces la mujer de Macbeth le dijo que era la oportunidad de ser rey. Que lo único que tenía que hacer era matar al rey aprovechando que estaría en su casa.
Macbeth se quedó pensando en lo que había dicho su mujer. Dudaba, pero al final decidió que era lo mejor, que si quería ser rey, tal como habían dicho la mujer del páramo, lo mejor era matar al rey porque si éste no moría él nunca podría serlo.
Cuando llegó el rey a la casa de Macbeth lo recibieron con mucha ceremonia y por la noche se hizo un banquete. Todos comieron, bebieron, bailaron y rieron hasta que se hizo tarde. Entonces el rey se fue a dormir.
Era el momento que buscaba Macbeth. Se dirigió a donde dormía el rey con un cuchillo para matarlo. Llegó hasta donde estaba su cama y levantó el cuchillo; pero justo cuando bajaba el brazo el rey abrió los ojos y paró el golpe. Se puso en pie y desarmó a Macbeth.
Éste estaba sorprendido. El rey le dijo que desde el principio había sabido de su propósito porque era muy sabio y veía en el corazón de las personas. Por eso se había hecho el dormido, para poder descubrirlo.
El rey ordenó que prendieran a Macbeth y lo desterró a una tierra muy lejana. Allí Macbeth estuvo mucho tiempo hasta que se dio cuenta de que se había portado muy mal, que el rey era bueno y que él no tenía que haber intentado matarlo. Entonces volvió al reino, visitó al rey, le dijo que estaba arrepentido y pidió que le perdonara.
El rey, al ver que se había arrepentido lo perdonó y Macbeth volvió a servir al rey por muchos años."

Al acabar los cuentos los niños suelen preguntar algo sobre el relato. En este caso la pregunta fue muy lógica: "¿Por qué Macbeth primero había ayudado al rey contra los rebeldes y luego había querido matarlo?"
"Por ambición", respondí. "Por ambición".



"Your face, my thane, is as a book, where men
May read strange matters. To beguile the time,
Look like the time: bear welcome in your eyes,
Your hand, your tongue; look like the innocent flower.
But be the serpent under't. He that's coming
Must be provided for; and your shall put
This night's great business into my despatch;
Wich shall to all our nights and days to come
Give solely sovereign sway and masterdom."
(Macbeth, Acto I, Escena V).

viernes, 1 de enero de 2016

Complemento salarial, renta de inserción y renta básica de ciudadanía


Si creemos en el mito del mercado laboral, resultará que en una sociedad sana las personas obtienen lo necesario para vivir básicamente a partir de su trabajo. Este trabajo es remunerado y esa remuneración será mayor en función de su calidad. A partir de ahí, serán el esfuerzo y la educación lo que determine el nivel de vida de las personas. Quien tiene una buena formación y capacidad de esfuerzo obtendrá un trabajo bien retribuido, quien carece de alguna de estas cualidades tendrá una vida peor.
La capacidad de trabajo es, en principio, innata al individuo. La educación, en cambio, no depende totalmente de él. La formación comienza cuando la persona es tan solo un niño que apenas ha roto a hablar. Es por eso que una sociedad, con independencia de su modelo económico, debería preocuparse por la educación de sus niños ya que de tal educación dependerá la riqueza futura de la sociedad.
Al final, por tanto, todo se reduce a educación y esfuerzo. El problema es que se trata tan solo de un mito o un cuento; pero condiciona de forma determinante los debates políticos, sociales y económicos. Así, por ejemplo, la constante llamada a orientar la educación a la satisfacción de las necesidades de la economía.



La realidad es otra. La remuneración que obtienen los trabajadores no dependen de la calidad de su actividad, sino del cruce entre la oferta y la demanda de la mano de obra. Cuanto mayor es la oferta de mano de obra para una misma demanda, más bajo es el salario. De igual forma, a igual oferta de mano de obra, cualquier disminución de la demanda hará que bajen los salarios, cuando disminuye la demanda de mano de obra y aumenta su oferta los salarios se desploman. Esta es seguramente la situación en la que nos encontramos ahora, tal como intentaba mostrar hace un tiempo. Este es el problema al que nos enfrentamos y ni un mayor esfuerzo por parte de los trabajadores ni una mejora de la educación conseguirán cambiar esto en su esencia, tan solo matizar o retrasar lo inevitable.
El problema al que debemos hacer frente, tanto en España como en otros países, es el de que el trabajo y el salario han dejado de ser un mecanismo adecuado para distribuir los recursos entre las personas. Algunos índices de que esto está pasando pueden encontrarse ya en nuestra política y sociedad.
Así, en las últimas elecciones generales se planteó de una forma concreta y precisa la necesidad de establecer un complemento salarial en España semejante a los que ya operan en otros países, Estados Unidos, por ejemplo. El diagnóstico es que en la actualidad nos encontramos con trabajadores pobres; es decir, personas que pese a tener un trabajo no obtienen los suficientes recursos como para vivir con un mínimo de dignidad. Esto es, el mercado de trabajo no permite que el salario que de él resulta sea adecuado para una sociedad equilibrada. Ante esto la propuesta es la de complementar con fondos públicos ese salario con el fin de que los trabajadores puedan alcanzar un nivel de vida suficiente.
La crítica que se ha lanzado a la propuesta es la de que su introducción supondría incentivar a los empleadores para que paguen salarios aún más bajos; pero creo que tal crítica no se sostiene. Lo que debemos preguntarnos es si en caso de que no se introduzca dicho complemento los empleadores subirán los salarios, y la respuesta es que no, porque el salario no viene determinado por las necesidades de los trabajadores, sino por el encuentro entre oferta y demanda de trabajo. Si existen tantos trabajadores buscando empleo que están dispuestos a contratarse tan solo por un plato de arroz los empleadores no pagarán más a salvo de que se les obligue. Y actualmente obligarles es complicado porque las imposiciones de salarios y condiciones laborales mínimos en un determinado país pueden ser sorteados mediante la deslocalización de la producción. Así pues, no parece tan descabellado establecer ese complemento salarial; porque de no hacerlo ¿cómo conseguiremos evitar la pobreza de los trabajadores?



Actualmente no tenemos en España este complemento salarial; pero sí tenemos otros instrumentos orientados a resolver las deficiencias del mercado laboral. Dado que el mercado laboral no da trabajo a todos los que lo necesitan es preciso ofrecer recursos mínimos a quienes no obtienen un empleo. Tanto las rentas activas de inserción como las rentas mínimas de inserción ofrecen recursos a quienes no pueden obtenerlos en el mercado laboral. Evidentemente, estas rentas tampoco están libres de críticas, entre ellas la más relevante la de que desincentiva la búsqueda de trabajo. Si alguien puede obtener sin trabajar unos ingresos que no son muy inferiores a los que obtendría trabajando ¿para qué trabajar? Dado que los salarios son cada vez más bajos resulta que el incentivo para trabajar y así perder la renta activa o mínima de inserción es cada vez menor. Como la renta es incompatible con el trabajo, supone una distorsión del mercado laboral, una distorsión que, seguramente, es perjudicial.
Para evitar esta distorsión sería necesario que la renta mínima de inserción fuera compatible con el trabajo; de esta manera no se perdería la renta al obtener un trabajo, sino que se seguiría percibiendo. Es decir, habríamos convertido la renta mínima de inserción en una renta básica de ciudadanía, lo que haría innecesario el complemento salarial defendido por Ciudadanos en la reciente campaña electoral.

La renta básica de ciudadanía evita, por tanto, los problemas que plantean tanto las rentas de inserción como los complementos salariales. Los complementos salariales no llegan a todos, tan solo a quienes ya trabajan, y las rentas de inserción pueden, en determinadas circunstancias desincentivar la búsqueda de trabajo. La renta básica ni desincentiva la búsqueda de trabajo -como veremos- ni se olvida de aquellos que no han logrado un puesto de trabajo.
Es verdad que quienes defienden el complemento salarial frente a la renta básica de ciudadanía mantienen que ésta supondría un fuerte desincentivo para la búsqueda de trabajo; pero esto no es cierto si consideramos compatible la renta básica con el trabajo. En ese caso, el salario se sumaría a la renta básica suponiendo un cambio relevante en el nivel de vida de las personas. Si, por ejemplo, en una familia de cuatro miembros (una pareja y dos hijos) se obtienen 700 euros mensuales como consecuencia del cobro de la renta básica de ciudadanía, en caso de que uno de los miembros de la pareja obtenga un trabajo por el que cobre 800 euros mensuales los ingresos de la familia más que se duplicarían ¿no estarían dispuestas la mayoría de las personas a trabajar a cambio de poder realizar un viaje de vacaciones, comprar una ropa mejor a sus hijos o poder adquirir un coche?
Quienes critican la renta básica de ciudadanía mantienen que eso implicaría que nadie trabajaría y la economía se hundiría. Bueno, eso es muy pesimista. Lo que en realidad tenemos que preguntarnos es cuántas personas renunciarían a trabajar a cambio de recibir una pequeña renta mensual que apenas le daría para comer, pagar un modestísimo alquiler y de vez en cuando comprarse un libro. Más aún ¿Cuántas deberían renunciar a trabajar para desestabilizar nuestra economía? Lo que quizá sorprenda es saber que bastaría con que la mitad de los adultos estuviera dispuesto a trabajar para que la economía siguiera como hasta ahora. En la actualidad solamente 45 de cada 100 españoles en edad de trabajar están ocupados, y con ello producimos más de un billón de euros anuales. En buena lógica, incluso aunque un porcentaje tan alto como un 50% de la población renunciara a trabajar por percibir la renta básica de ciudadanía, no se produciría ninguna contracción económica ya que el otro 50% podría producir lo mismo que producimos ahora.
De hecho, creo que mucho menso de ese 50% renunciaría al trabajo. La mayoría preferiría completar la renta básica con los recursos que pudiera obtener en el mercado de trabajo, como autónomo o como emprendedor. Sin la tensión que supone el temor a verse reducido a la indigencia tendríamos de una sociedad más sana, más equilibrada, menos crispada y donde se explorarían con más intensidad los beneficios del riesgo y la iniciativa económica. La renta básica simplemente equilibraría lo que ahora el mercado no puede dar: un salario suficiente como para que todos puedan vivir dignamente.



Frene a lo anterior aún se plantea que una renta básica de ciudadanía es muy cara; que no disponemos de recursos para convertirla en realidad. No creo que pueda afirmarse tal cosa.
El punto de partida es, por supuesto, el conjunto de lo que se produce en España cada año, el PIB. En el año 2014 fue de 1.041.160.000.000 de euros, más de un billón de euros. Lo que da como resultado, al dividirlo por el conjunto de habitantes del país, una renta per cápita de 22.780 euros. Esto es, a una familia de cuatro miembros (una pareja y dos hijos) le "corresponden" 91.120 euros. Se trata, por supuesto, de una media; pero debería costar explicar cómo un país en el que a una familia de 4 miembros le corresponderían más de 90.000 euros anuales en caso de un reparto igualitaria de la riqueza del país, le sería imposible garantizar que todos y cada uno de sus habitantes dispusieran de una renta mínima que evitara que cayeran en una situación de pobreza.
Si, por ejemplo, tan solo se dedicara un 10% del producto interior bruto a la renta básica de ciudadanía resultaría que a cada español, adulto, anciano o niño, le corresponderían 2278 euros anuales, 184 euros mensuales; para una familia de cuatro miembros, 736 euros mensuales. Y eso con tan solo un 10% del PIB. Evidentemente sí que hay recursos para hacerlo, otra cosas es que queramos dedicarlos a ello, y es claro que existe una profunda resistencia, pero creo que es más por razones ideológicas que por otro tipo de motivos.
De hecho, ahora mismo ya estamos operando en cierta forma con sustitutivos de esta renta básica de ciudadanía; en concreto a través del mecanismo de las pensiones. El gasto de pensiones en España es altísimo en relación a su PIB, alcanzando en 2016 un 13% del PIB. En contra de lo que creen la mayoría de los jubilados, esas pensiones no son el resultado de la devolución de lo que en su día cotizaron los trabajadores, sino que es un mecanismo de solidaridad basado en la idea de que aquellas personas que ya no pueden trabajar han de recibir del Estado una cantidad suficiente para vivir. En la práctica estas pensiones están sirviendo, en muchos casos, no solamente para el sustento de sus titulares, sino también de sus hijos y nietos en el caso de que estos no puedan obtener del mercado laboral lo que necesitan para vivir. Es decir, las pensiones ahora mismo funcionan en nuestra economía de una forma parecida a como lo haría una renta básica de ciudadanía pero con la diferencia de que al atribuirse de forma directa a los mayores no se percibe como un mecanismo que desincentive la búsqueda de empleo.



Este prejuicio -la idea de que una renta básica de ciudadanía implicaría que nadie trabajaría- es, creo, el que dificulta en mayor medida la implantación de la medida. Se trata de un obstáculo meramente ideológico y que descansa en el error con el que comenzaba esta entrada: el mercado de trabajo es el mejor mecanismo para distribuir la riqueza entre los ciudadanos garantizando que todos reciben lo que merecen de acuerdo con su esfuerzo y capacidad. Si partimos de esta asunción la renta básica sería un error porque alteraría el mercado de trabajo: los individuos, que ya no temerían el hambre o la pobreza para ellos o sus hijos dejarían de trabajar y la maquinaria de producción se detendría.
Ante esto se ha de replicar que, como hemos visto, en realidad no es necesario que todo el mundo trabaje para que la economía funcione. Ahora mismo lo está haciendo pese a que menos de la mitad de los adultos trabajan. En segundo término creo que deberíamos reflexionar sobre si queremos una sociedad en la que se trabaja por el temor al hambre o a la miseria. Quienes niegan la renta básica de ciudadanía porque supone un desincentivo al trabajo asumen -consciente o inconscientemente- que es adecuado que sobre las personas pese el temor a la pobreza para forzarlas a buscar empleo. No creo que sea un presupuesto asumible cuando la sociedad dispone de recursos suficientes para todos los individuos. Se hace necesario cambiar la cultura del trabajo para convertirla en un elemento de realización y justificar su búsqueda y desempeño por razones diferentes de las de mera subsistencia.
Claro está que este sería un cambio más profundo todavía. Quien teme caer en la pobreza está dispuesto a situarse en una situación de dependencia respecto a otros con el fin de evitar ese mal. En el fondo las relaciones económicas son relaciones de poder, y el mercado de trabajo es un elemento esencial en el juego de dominaciones, servidumbres y poderes en que consiste la sociedad. Si del mercado de trabajo extraemos los elementos inseguridad, hambre, frío y miseria podrían cambiar radicalmente las relaciones laborales. Algunos puestos de trabajo tendrían que ser rediseñados y las relaciones entre empleador y empleado se modificarían. El trabajo tendría que ser atractivo o estimulante, el trabajador tendría que sentirse corresponsable de la actividad económica y, probablemente, recibir una parte mayor de los beneficios que genera.
Esto ya son palabras mayores y, probablemente, no nos encontramos en situación de abordar ese cambio ahora mismo. Es algo a lo que ha de enfrentarse el conjunto de la sociedad, no solamente la española, teniendo en cuenta diferentes puntos de vista y posibles soluciones; pero es un problema que no podremos aplazar mucho más. Creo que ahora ya es evidente que tenemos un problema con los salarios y que en tanto no se dé el cambio de paradigma que acabo de comentar deberán explorarse soluciones parciales como el complemento salarial o las rentas de inserción, pero siendo conscientes de que se trata de parches que no resolverán el problema de fondo: una necesaria reubicación del trabajo y el salario en nuestra economía y sociedad.

sábado, 26 de diciembre de 2015

Discursos

El rey no ha superado ninguna oposición para acceder a su cargo, tampoco ha tenido que competir políticamente o ganar unas elecciones. El puesto que ocupa le viene dado por ser el único hijo varón del anterior monarca. Ser miembro de una familia determinada y nacer en cierta posición dentro de esa familia son los únicos requisitos que vinculan a la persona con la más alta institución del Estado. Desde luego, no es racional. Se trata del residuo más relevante que en nuestra sociedad actual se mantiene de la época feudal, aquella en la que las personas se encontraban rígidamente encasilladas en las clases sociales en función de su nacimiento.
¿Implica lo anterior que la monarquía carece de sentido? No lo creo. Incluso en un estado moderno la figura del rey puede tener significado y utilidad; pero para ello debemos tener presente lo que es y lo que no es, lo que es exigible a la figura del soberano y lo que no.
En primer lugar, debemos ser conscientes de que el rey no tiene por qué ser ni más inteligente ni más capaz que cualquier otro ciudadano. Como hemos visto, para acceder a su cargo no se le exigen pruebas de conocimientos o habilidades ni ha de competir con nadie por el puesto. El rey puede ser un sabio o una persona corriente, un intelectual o un individuo de cultura media; cualquiera de estas opciones ha de ser compatible con el desarrollo de sus funciones, puesto que ninguna de ellas es requisito necesario para acceder a su responsabilidad.
Lo único que en buena lógica se le ha de exigir al rey es que ejerza bien la función simbólica que tiene atribuida constitucionalmente y para la que se viene preparando desde que es un niño. Esta función simbólica es la esencia misma de la realeza en los sistemas parlamentarios modernos, el rey encarna eso tan abstracto que es el Estado y le dota de corporeidad. Cuando se dice, por ejemplo, que la justicia se administra en nombre del rey evidentemente no se quiere decir que la persona del rey sea la titular del poder judicial, sino, precisamente, que es el rey el que simboliza esa soberanía nacional de la que dependen todos los poderes del Estado, incluido el judicial.
En nuestra Constitución también se atribuye al rey una relevante función constitucional: la de proponer el nombre del candidato a la presidencia del gobierno; además de arbitrar y moderar el funcionamiento de las instituciones; pero estas funciones han de interpretarse siempre de la manera más formal posible, ya que una participación activa del monarca en la vida política no responde al papel que ha de tener un rey en una democracia avanzada en pleno siglo XXI. El rey ya no es aquella persona que en los cantos de gesta medievales encarnaba la sabiduría divina y que tenía un poder que en cierta forma se conectaba con el de los magos antiguos. Tal como hemos visto, no se le ha de presumir una mayor habilidad, capacidad o inteligencia que a cualquiera de sus súbditos, y eso no es óbice para que pueda desempeñar de manera plena sus funciones. Es más, en el caso de que el rey tenga efectivamente una mayor sagacidad o inteligencia de las que son normales, no sería bueno que hiciera especial gala de ellas, pues, como se ha reiterado, no se espera de él que resuelva los problemas del país, sino que lo simbolice y represente con dignidad y elegancia.
Algunos todavía se resisten a admitir esta función del rey y reclaman su presencia activa cuando algún problema o crisis grave nos afecta. Quienes así actúan no se dan cuenta -desde mi punto de vista- que la época de los reyes medievales ya ha pasado y que, como digo, el rey no lo es por los méritos que pueda tener para resolver los problemas de los españoles, lo que le hace carecer de legitimidad para interferir en la vida política, limitando o condicionando a quien ha recibido el apoyo popular en el marco de unas elecciones. Este rey taumaturgo o salvador in extremis de la patria podría ser tranquilizador para algunos, que quizás se resisten a admitir que somos el conjunto de los ciudadanos quienes debemos resolver los problemas a los que nos enfrentamos; pero, como digo, ese rey activo no es nuestro modelo, radicalmente democrático y, por tanto, la función del monarca ha de concretarse en lo simbólico y formal y precisamente su mérito está en la forma en que interprete este papel que tiene asignado desde la cuna.



Es por esto que me ha satisfecho tanto el discurso real de ayer, día de Nochebuena. Algunos parece que le pedían más al monarca; así, por ejemplo, en el editorial de "El País", donde se señala correctamente que el rey había optado por ser prudente en vez de "dar un paso al frente para poner en valor su papel constitucional como árbitro y moderador"; pero con un deje de decepción; cuando, como he señalado, en la actualidad no es dable exigir al rey ese papel activo en la política que pondría de manifiesto la incoherencia de la magistratura con la forma en que es ocupada. Para mí, precisamente el acierto del rey es el de haber sabido presentar aquellos puntos de encuentro tan amplios que permiten conectar con una gran parte de la sociedad; puntos de encuentro que, además, son reflejo de lo que formalmente somos; es decir, que responden a la idea de España que se desprende de nuestra Constitución.
No es fácil identificar consensos y presentarlos en forma ordenada. Cuando se consigue, además, la impresión que puede transmitirse es la de que se trata de una mera reiteración de tópicos, y en los países que no tienen especiales problemas podría ser que esto fuera así realmente. En aquellos en los que, por el contrario, nos encontramos con tensiones de calado tales tópicos solamente se lo parecerán a quienes no reparen en los problemas a los que nos enfrentamos.
El recordatorio de la importancia de la Historia como instrumento para entender el presente y la identidad del país no es baladí cuando se pretende tergiversar la Historia y cuando se utiliza como ariete contra los adversarios políticos actuales, por eso que resulte tan oportuno combinar esta mención de la Historia con la afirmación de que se debe mirar hacia adelante porque nadie espera a quien "solo" mira hacia atrás. Quien quiera ver en esta afirmación un tópico es que se ha perdido gran parte de los debates políticos que cruzan España de norte a sur, con la insistente redacción de listas de históricos agravios y el afán desmedido por reescribir callejeros.
De igual forma tampoco es tópica actualmente la llamada al respeto a la ley y la afirmación serena de que la Constitución no será quebrada. Es obvio que en estos momentos estas reglas tan básicas son amenazadas de forma grave y explícita y, por tanto, parece conveniente recordar también de forma expresa cuáles son las bases de nuestra convivencia.
Es también significativa la referencia al papel que juega el castellano como lengua común de todos los españoles y la importancia del resto de lenguas españolas que, como indica el rey "también explican nuestra identidad"; esto es, la identidad de todos los españoles, no solamente la de quienes las hablan. De nuevo es una afirmación que responde a nuestros consensos básicos de la época de la Transición, pero que no es actualmente una aserción libre de debates. La referencia a las regiones y nacionalidades y a las diferentes formas de sentirse español forma parte también de un discurso que es claro en el monarca -ya desde su proclamación como rey- y que, a mi juicio, debería asumirse con más radicalidad de lo que hemos hecho hasta ahora. Ni que decir tiene que las referencias al diálogo, la concertación y el compromiso no son tampoco mera retórica tras el 20 de diciembre, así como la inmediata relación entre esta llamada al diálogo y el recordatorio de que el objeto de la política es la resolución de los problemas de los ciudadanos.
Finalmente, si se piensa que es otro tópico el recordatorio de que el empleo que se ha de crear ha de ser empleo digno, es que no se han seguido muchas de las declaraciones que en el último año se han hecho por parte de personas relevantes en el ámbito económico. Ni siquiera la mención a los refugiados y a los inmigrantes es retórica en un momento en el que se habla con tanta claridad de la conveniencia de cerrar fronteras.
En definitiva, que el discurso acierta con lo que a muchos nos preocupa y lo formula de tal manera que conecta estas preocupaciones con aquellos consensos que han construido la España democrática de la que disfrutamos desde hace casi cuarenta años. No es fácil y hay que felicitar al rey su acierto y agradecerle la forma en que cumple con el papel tan especial que le toca desempeñar. Un papel que es más modesto de lo que podría parecer si nos fijamos en palacios, tronos y oropeles, pero que resulta esencial para nuestro sistema democrático.
Como he intentado mostrar, el rey desempeña una función simbólica y en esa clave han de entenderse sus gestos y palabras. De igual manera ha de entenderse que un "¡Viva el Rey!" con el que bien podría acabar esta entrada es, ante todo, un reconocimiento a esa comunidad en la que todos participamos y a ese proyecto que compartimos con nuestros antepasados y que queremos transmitir a nuestros hijos, en el que colaboramos personas de aquí y de allí y que tiene por objeto que todos vivamos mejor, de una manera más justa, más rica y, en definitiva más feliz.
Así pues, ¡viva el Rey!