martes, 18 de agosto de 2020

¿Qué implica el cese de Cayetana Álvarez de Toledo?

El cese de Cayetana Álvarez de Toledo es bastante significativo.


El PP es un partido que mientras predica la garantía de los derechos de los españoles en todo el territorio nacional, el rechazo del nacionalismo y la necesidad de hacer cumplir la ley; cuando gobierna suele contribuir de manera decisiva al debilitamiento del estado (las cesiones de Aznar frente a Pujol), se niega a enfrentarse al nacionalismo (el ministro Méndez de Vigo afirmando que no le constaba adoctrinamiento en las escuelas catalanas y ese mismo ministro, ejerciendo las funciones de Consejero de Educación de Cataluña durante la aplicación del artículo 155 de la Constitución, permitiendo la exclusión del castellano en las escuelas catalanas) y se pone de perfil cuando es preciso garantizar los derechos de los ciudadanos (la situación vivida en Cataluña en los años previos al 2017 y especialmente en el mes de septiembre de 2017, cuando se permitió que los ciudadanos viéramos nuestros datos personales utilizados ilegalmente, se nos amenazó con consecuencias en caso de que acatáramos las órdenes ilegales que daba la Generalitat y se toleró la ocupación de los centros educativos para realizar actuaciones ilegales).
El propio PP reconoció los errores cometidos en el pasado, lo que le honra; y la propia elección de Cayetana Álvarez de Toledo como candidata por Barcelona y luego como portavoz en el Congreso era una señal en el sentido de que las políticas que se habían seguido hasta ahora serían enmendadas.
El núcleo de la revisión de esas políticas pasa por la relación con los nacionalismos periféricos. El PP, al igual que el PSOE, siempre han sido proclives a pactar con el PNV y con el nacionalismo catalán, especialmente con el que adopta formalmente posiciones más conservadoras (la antigua CiU). Ese pacto pasa siempre por mirar hacia otro lado ante las vulneraciones de derechos e incumplimientos legales de los que son responsables las administraciones controladas por los nacionalistas. En definitiva, se actúa, de alguna manera, como si Cataluña y el País Vasco; y ahora también Navarra y Galicia, Baleares y Valencia fueran de los nacionalistas, invisibilizando a quienes viven en esos territorios y se oponen al nacionalismo. De alguna manera se tolera que en algunos lugares de España haya ciudadanos de primera y ciudadanos de segunda y que existan excepciones a la aplicación completa de la Constitución y a la plenitud de derechos en todo el territorio español. Álvarez de Toledo representa la oposición radical a ese planteamiento. El lema "libres e iguales" está grabado en su frente y orienta todas sus intervenciones públicas.
En definitiva, Cayetana Álvarez de Toledo tiene un proyecto político que hace explícito con naturalidad y que supone algo tan extravagante como la aplicación de la Constitución en todo el territorio nacional y la igualdad de derechos de todos los españoles. Resulta curioso que éste sea un proyecto ahora revolucionario; porque, en teoría, es un escenario que deberíamos tener conseguido desde el año 1978; pero la realidad se ha ido separando de ese modelo, lo que causa una tensión bastante seria en la política española. Me explico: el discurso oficial de los distintos partidos "centrales" (PP y PSOE) es que ese problema no existe, de tal manera que forzosamente han de tachar de ilusos o extremistas a quienes simplemente describen la realidad existente. No les queda otra alternativa, porque si asumieran esa realidad no tendrían más remedio que reaccionar.
Es por eso que el planteamiento de Álvarez de Toledo es tan exigente para la clase política. Les obliga a renunciar a la gran mentira en que se ha basado la política española de los últimos cuarenta años. Una gran mentira que parte de la lealtad de los nacionalismos al proyecto constitucional y no solamente de la legitimidad, sino la necesidad de llegar a acuerdos con ellos; acuerdos que, como la experiencia nos muestra, suponen la vulneración de derechos individuales en los territorios controlados por los nacionalistas y el progresivo debilitamiento del estado.
Enfrentarse a los nacionalistas cuando estos controlan una gran parte del poder público en España, cuentan con las simpatías de una autodenominada izquierda que los precisa para gobernar y reciben los halagos de una opinión publicada que, con pocas excepciones, se niega también a reconocer el daño y peligro que suponen los nacionalistas para nuestro marco de convivencia; tiene costes, evidentemente. Sobre todo en el corto plazo. El PP, en el que anida la tentación del tribalismo de derechas, ha tenido poca paciencia con un planteamiento como el de Álvarez de Toledo que exige una posición firme y una convicción democrática que difícilmente son compatibles con las exigencias de conseguir resultados electorales inmediatos para sostener la máquina de colocación que es todo partido de un cierto tamaño.
El desafío que plantea Cayetana Álvarez de Toledo es de entidad. Supone negar una parte significativa del relato que nos hemos tragados sin rechistar durante décadas y trabajar porque se asuma uno diferente que podría servir de base para un país cualitativamente diferente, un país que no dependiera estructuralmente de los nacionalismos disgregadores y que se basara en principios como la libertad, la igualdad y el respeto a la ley. Un país en el que el eje de la política no estuviera controlado por las peticiones de los nacionalistas, ya que habría una mayoría suficiente que simplemente diría que sus propuestas no caben en nuestra Constitución; sino que se basaría en la búsqueda de la modernización del país, la mejora de nuestra democracia, la asunción de responsabilidades en la construcción europea, el crecimiento económico, la disminución de las desigualdades, la mejora de los servicios públicos y el trabajo leal con otros países para abordar los desafíos del mundo global.
En la propuesta de Álvarez de Toledo ahora estaríamos ocupados en identificar las deficiencias estructurales que nos han llevado al desastre del covid y en trabajar para corregirlas. España tendría una posición sólida en relación al futuro de la relación entre el RU y la UE y quizás una propuesta para mejorar la integración en Europa.
En la España que se atisba en el mensaje de la hasta hace poco portavoz del grupo popular en el Congreso no estaríamos embarrados en impedir que una administración española utilice fondos públicos para debilitar la posición internacional de España, ni discutiendo sobre si es posible utilizar el español en las escuelas catalanas. Todas esas cuestiones no serían objeto de debate político porque se habrían resuelto mediante la aplicación de la Constitución y de la ley y la utilización por el Gobierno y las Cortes de las facultades que tienen para garantizar los derechos fundamentales en todo el territorio español.
Esa es una España posible, una España en la que la posición de Álvarez de Toledo en el primer partido de la oposición hacía alentar esperanzas de que pudiera llegar a ser realidad más pronto que tarde, en cualquier caso antes de que la pulsión disgregadora nos lleve a esa nación de naciones que es el preludio inmediato a la disgregación y balcanización de la Península Ibérica.
No es extraño que quienes tienen las cosas claras en España hayan movido los hilos necesarios para descabalgarla de esa posición. La apuesta de muchos es mantener el status quo, proseguir con la lenta degradación del estado y, sobre todo, no introducir cambios en un relato que pudieran llevar a una imagen de nuestro país cercana a la de la realidad que padecemos.
Esa España posible, sin embargo, sigue siendo necesaria. Olvidarla y dejarse arrastrar por la corriente nacionalista; lo que han hecho ya Podemos y el PSOE, lo que ya había hecho el PP y a lo que probablemente volverá ahora, libres ya de Álvarez de Toledo; es condenarnos a la liquidación del marco constitucional en no mucho tiempo.
Necesitamos defender con convicción los elementos estructurales de nuestra democracia, oponernos con firmeza al avance de los nacionalismos y abandonar una esteril oposición entre socialdemocracia y liberalismo cuando lo que está en juego es el propio terreno de juego en el que ambas opciones pueden competir.
Si nos damos cuenta de que los defensores del marco de convivencia del que hemos gozado desde 1978 no somos tantos y que, por tanto, no podemos darnos el lujo de pelearnos entre nosotros debería ser fácil llegar a esos acuerdos que tanto ha reclamado Cayetana Álvarez de Toledo. Unos acuerdo que han de basarse en la verdad, no en la mentira ni en relatos prefabricados; porque lo que no se basa en la verdad tan solo favorece a quienes viven de la mentira.


domingo, 26 de julio de 2020

El debate sobre la monarquía es más profundo de lo que a veces parece

¿Monarquía o república? En ocasiones el debate se plantea de una forma excesivamente simplificada y se pierden matices que podrían ser importantes. El otro día publicaba Juan Claudio de Ramón un excelente artículo en "El Mundo" donde profundizaba en el tema y a raíz de ese artículo me atrevo a dar alguna idea al respecto.


Cuando hablamos de monarquía me refiero, claro, a la monarquía parlamentaria que tenemos en España y en otros países de nuestro entorno. Es decir, un sistema político en el que el rey es una figura simbólica -lo que no quiere decir que no sea importante, los símbolos importan, e importan mucho- que carece de poder político efectivo. El rey es una metáfora del conjunto del estado, representa al país en su conjunto y ejerce funciones ceremoniales. A esto se le puede añadir alguna función política del tipo "arbitrar" o "moderar"; pero lo lógico es que este tipo de funciones se ejerzan de una manera excepcional y siempre muy comedidamente. De hecho, en nuestra constitución la única función política real que tiene el monarca es la de proponer el candidato a la presidencia del gobierno. Una función que puede llegar a tener carácter sustancial cuando ningún partido tiene una mayoría suficiente en el congreso; pero que también debe ser ejercida de manera que no se produzca una incidencia efectiva en la vida política del país.
Es decir, en las monarquías parlamentarias el rey es un símbolo; pero un símbolo necesario. ¿Por qué?
Vivimos en organizaciones políticas complejas. España es un país, lo que desde la perspectiva del derecho internacioal implica un territorio (esto es fácil de concretar), una población (tampoco es muy difícil) y una administración. El punto delicado viene aquí. ¿Qué es la administración española? En definitiva ¿qué es el estado español (el Reino de España en su nombre oficial)? Bueno, pues el gobierno, pero también el congreso y el senado, los tribunales y los ayuntamientos, el tribunal constitucional y los gobiernos y parlamentos autonómicos, las diputaciones y el ejército, la sanidad y la educación pública, el sistema público de pensiones y la normativa sobre seguridad alimentaria... y un largo etcétera de instituciones, autoridades, normas y poderes. Reconducir todo esto a la unidad es un ejercicio de profunda abstracción. Y es ahí donde los símbolos aparecen.
Tenemos la bandera y el himno y también el rey. Luego existen otros elementos que ejercen la misma función, como pueden ser las selecciones deportivas o hasta los festivales internacionales de canción. En todos los casos se trata de encontrar elementos visibles que muestren nuestra pertenencia a una misma comunidad política. El rey es uno de ellos. Es jefe del estado y por tanto, lo representa. La justicia se administra en su nombre, el gobierno jura ante él, abre las sesiones de las Cortes y luce el uniforme de capitán general de los tres ejércitos. El estado en toda su complejidad no se ve; pero el rey lo representa.
Hace unos siglos era algo más fácil. El rey no era un símbolo, sino que realmente era el depositario del poder en una nación. Recordemos la frase de Luis XIV: "el estado soy yo".



Y era verdad. Durante un breve lapso (no más de dos o tres siglos) los reyes fueron realmente los poderes supremos de las organizaciones políticas que conocemos como naciones en Europa y, por tanto, su función simbólica se confundía con su función real.
Desde el siglo XIX el poder efectivo del rey se fue erosionando, pero mantuvo su función simbólica. De hecho, al carecer de poder real, su efectividad como símbolo era mayor aún. De alguna forma, a medida que se alejaba del debate político, la capacidad del rey como símbolo se potenciaba. Esa es la situación que tenemos ahora en España y en no pocos países de nuestro entorno. Tan solo en Europa, además de España, el Reino Unido, Bélgica, Países Bajos, Luxemburgo, Dinamarca, Noruega y Suecia.
¿Y la república?
Bueno, hay que diferenciar (y lo hace con mucho tino Juan Claudio de Ramón en el artículo que cito al comienzo). Por una parte tenemos el caso de Estados Unidos, una república que nace en el siglo XVIII y en el que el papel del presidente se asemeja al que tenían los reyes entonces. El presidente no era más que un rey elegido y, en el caso de Estados Unidos, con un eficaz contrapeso en el Congreso (lo mismo que en otras monarquías del momento se equilibraba el papel del rey con las cámaras legislativas, el Reino Unido, por ejemplo). En el musical Hamilton (del que tanto provecho puede sacarse) es clara esta perspectiva en la tercera de las canciones del rey Jorge.


El modelo estadounidense fue seguido por otros países con más o menos matices; de tal forma que tenemos repúblicas que en el fondo se parecen más a las antiguas monarquías que a las modernas democracias parlamentarias en las que el rey tiene un mero papel simbólico. No debe extrañarnos, por eso, que en los rankings de países democráticos, entre los 20 primeros haya más monarquías que repúblicas y que, en cambio, en los últimos lugares, encontremos más repúblicas que monarquías.
De hecho, los vínculos entre este tipo de repúblicas y las antiguas monarquías son quizás más evidentes de lo que a veces queremos creer. Así, por ejemplo, en la transmisión del poder dentro de la misma familia (Corea del Norte o Siria, por ejemplo), sin que el hecho de que haya formalmente una elección cambie mucho las cosas. Al fin y al cabo también han existido monarquías electivas (la visigoda en España, la asturiana, heredera de la anterior y el Sacro Imperio Romano Germánico, por ejemplo).
Luego tenemos otras repúblicas en las que el papel de presidente está tomado ya no de la posición de los reyes con poderes efectivos del Antiguo Régimen, sino de las monarquías parlamentarias modernas. De esta forma, el presidente de la república asume tan solo un papel simbólico que es copia del que había acabado asumiendo el rey en estas monarquías parlamentarias. Es la situación en Alemania, Austria, Finlandia, Italia, Portugal...).
El presidente de la república es aquí una figura que tiene una función simbólica fundamental o únicamente. De esta forma, carga sobre el presidente la obligación de encarnar al estado. Ahora bien, en esta función simbólica el presidente tiene algunas desventajas sobre el rey.
Para comenzar, el símbolo ha de tener un cierto grado de permanencia para que se fije y permanezca. Tanto a nivel interno como internacional. Todos conocemos quién es Isabel II y es más fácil que recordemos el nombre el emperador de Japón o del rey de Suecia que el del presidente de Alemania o de Finlandia. De alguna forma, la temporalidad del cargo de presidente de la república reduce la eficacia de su función representativa.
Por otra parte, en el caso de la monarquía esa función simbólica se conecta con el pasado de una manera natural y permite la evocación de legitimidades históricas que, si bien pueden carecer de fuerza legal en la actualidad, sí que tienen la capacidad de apelar a la emoción y a los sentimientos. En este sentido, la potencialidad de la monarquía es mayor que la de la presidencia de una república (siempre que se trate de una presidencia que ejerce funciones meramente simbólicas, recordemos).
El resultado de lo anterior es que inevitablemente en una república esa función simbólica de la jefatura del estado tiene menor intensidad que en una monarquía. No lo valoro (aún), simplemente lo constato.
¿Es esto importante? Depende.
Depende fundamentalmente del grado de necesidad del símbolo. En países en los que tanto la existencia del estado como su forma política están plenamente asumidas sin que exista debate significativo sobre estas cuestiones, la jefatura del estado puede ser prácticamente invisible sin que esto suponga grandes inconvenientes. De hecho, en estos países, en los que resultaría indiferente que el jefe del estado fuera un monarca o un presidente de la república, el debate es poco probable que se plantee siquiera por la falta de relevancia práctica del mismo.
Si el debate surge, en cambio, quizás sea un síntoma ya no de que plantea problemas la jefatura del estado, sino el estado mismo. El debate sobre quién asume la posición de cabeza visible del poder público puede esconder un debate sobre ese mismo poder público. Ese es el caso de España en la actualidad. Las grandes líneas de las dudas que se sientan sobre la corona como institución encajan en este planteamiento.
Así, quienes cuestionan con más saña la monarquía son, precisamente, aquellos que cuestionan también el estado en sí mismo; fundamentalmente, los nacionalistas. En esta clave, afirmaciones como "los catalanes no tenemos rey", deben ser leídas como un rechazo a España y no a la corona en sí. En esta misma línea, el cambiar un símbolo "fuerte" del estado, como es la monarquía, por uno más débil como es la presidencia de la república, encaja en el intento generalizado de debilitar al Estado y a los símbolos comunes. Cuanto menos visible sea ese estado (España), mejor para las propuestas secesionistas.
Desde la perspectiva de Podemos y de sus aliados la situación es un poco más compleja. Por una parte tenemos que su alianza estratégica con el nacionalismo es evidente, por lo que pueden compartir sus objetivos de debilitamiento e hipotético fraccionamiento del país; pero por otro lado, no es descartanble que Podemos plantee el debate con el objetivo de conducir el país a una forma de república presidencialista que sería adecuada para sus planteamientos totalitarios. No podemos perder de vista, por una parte, los vínculos de la formación política con países que han adoptado esta forma presidencialista en el marco de sistemas restrictivos de las libertades (Venezuela e Irán) y, por otra parte, que las manifestaciones públicas de Podemos se orientan a significativas restricciones de libertades como la de prensa, opinión y manifestación. Los tics totalitarios de la formación aparecen de manera constante en los últimos meses, fundamentalmente, en declaraciones de su líder y ahora vicepresidente del gobierno. Recordemos, además, que la formación había planteado restricciones a la prensa desde hace años, por lo que las declaraciones, en ocasiones amenazantes, de Pablo Iglesias, se ubican en el contexto programático de la formación.
De esta forma, la única forma en que el debate sobre la jefatura del estado no derive en un debate sobre el estado es que no se abra hasta que el cuestionamiento a la integridad del estado y a su forma política se calmen. En tanto estos últimos cuestionamientos se mantengan la única respuesta posible, desde mi perspectiva, a las críticas a la monarquía es la de que ésta es la mejor forma de la que disponemos actualmente para simbolizar el proyecto común en el que participamos todos los españoles, y que cuestionar en estos momentos la monarquís no esconde más que un intento poco disimulado de debilitar al estado en sí o el propósito de alterar el equilibrio actual de nuestra forma de gobierno en favor de una república presidencialista que podría resultar mucho menos democrática que el sistema que ahora tenemos.
Por supuesto, lo anterior no implica que no pueda -y deba- criticarse la forma en que el rey ejerce su función. Ahora bien, por graves que sean las acusaciones que se viertan sobre quien fue rey (Juan Carlos I), esas críticas no afectan a la institución en sí. El rey ahora no es Juan Carlos I, y en el caso de que Felipe VI dejara de ser rey, su hija Leonor asumiría el trono, con la regencia de su madre mientras fuera menor de edad. Todo se encuentra previsto en la constitución, porque, como digo, la institución no se identifica con quien la ocupa. Debilitar al rey no es debilitar a la monarquía. Ahora bien, debilitar la monarquía, por las razones que antes señalaba, sí es -en el contexto actual- debilitar al estado.

sábado, 25 de julio de 2020

De nuevo sobre las cifras del coronavirus y la situación en la que estamos

Hacia el final del confinamiento renuncié a seguir las cifras del coronavirus. Me parecía un insulto a la inteligancia el baile de criterios, la disminución en el número absoluto de muertos y el rechazo a considerar el exceso de mortalidad como indicativo de las cifras reales de afectación de la pandemia. El burdo intento de retrasar el análisis de las cifras para que el denominado "efecto cosecha" redujera aparentemente el impacto del coronavirus en España fue el último golpe a la credibilidad de unas autoridades que han perpetrado un auténtico atentado al sentido común y a la salud de todos con su desastrosa gestión de lo sucedido y de lo que está sucediendo.
Ahora bien, creo que es necesario volver a estos temas. Con todas las precauciones, cierto, porque la poca credibilidad de las cifras que facilitan unos y otros obliga ser siempre escépticos; pero aún así intentando dilucidar hasta qué punto la situación es ahora tan grave como en ocasiones parece.
Desde hace unos días el número de casos aumenta de una manera significativa. La gráfica de Worldometers es clara al respecto (salvo que diga otra cosa, los datos que utilizaré serán siempre los de Wordometers)

Aparentemente, las cifras son parecidas a las de principios de marzo (el 23 de julio hubo 2615 nuevos casos, mientras que el 18 de marzo hubo 2943 nuevos casos). Ahora bien, hay que tener en cuenta que muy probablemente en marzo el número de casos detectados era una parte pequeña del número total de casos. A mediados de marzo especulaba con que la tasa real de infectados estuviera por el millón de personas, en vez de las menos de 10.000 que daban las cifras oficiales (es decir, las reales serían tan solo un 1% de las oficiales).


De ser así, resultaría que ahora no estaríamos como a principios de marzo, sino que la situación real sería de tan solo un 1% de la que se vivía hace cuatro meses y medio.
Probablemente no es así; pero tampoco podemos quedarnos con que estamos como al comienzo de la pandemia. Las precauciones que tomamos casi todos, las medidas de distanciamiento, la limitación o prohibición de ciertas actividades y un mejor seguimiento por parte de las autoridades sanitarias hacen difícil pensar que la situación esté como hace unos meses. Y los datos de la evolución del número de fallecidos así parecen confirmarlo.
Como he procurado desde siempre, prefiero hacer el seguimiento del número de fallecidos al de casos. La diferencia entre el número de fallecidos oficialmente por coronavirus y el número real es menor que en el número de casos. En España se ha comprobado que esa diferencia es de menos del 100%; que puede parecer mucho, pero que es mucho menos que la diferencia entre casos reales y oficiales; puesto que a partir de los análisis serológicos realizados se deriva que un 5% de la población (seguramente algo más) han pasado la enfermedad; esto es, unos 2,5 millones de personas, que es 7 veces la cifra oficial de personas que han contraído el coronavirus.
Y si vamos a las cifras de fallecidos en el último mes nos encontramos lo siguiente:



No hay crecimiento exponencial, sino el mantenimiento de un número de fallecidos que en todos los días excepto uno, no supera las diez personas.
Si pasamos al número diario de casos nos encontramos con esto:


Aumenta el número de casos, pero no exponencialmente. Ahora bien, hay que hacer algunas matizaciones.
La primera es que llama la atención como en cantidades altas, existen varios días en que se repiten exactamente los mismos números. Mi hipótesis es que esas cifras lo que muestran es el límite de la capacidad de rastreo, no la situación real de casos existentes. No habrá una diferencia como la que nos encontramos en marzo, pero hay una diferencia. El bajo número de rastreadores existentes es un importante inconveniente para el seguimiento de la enfermedad y una consecuencia que ha de extraerse es que no se ha hecho bien estos meses en ese tema, las Comunidades Autónomas (o, al menos, algunas Comunidades Autónomas) no se han preparado de manera adecuada para afronter la lucha contra el virus. Aumentar la capacidad de detección es fundamental para hacer frente al repunte que ahora mismo estamos sufriendo.
Otro apunte: la situación varía mucho en función de las Comunidades Autónomas.

(en este caso los datos están tomados del Ministerio de Sanidad)

La variedad de unas a otras Comunidades Autónomas es enorme. A simple vista se comprueba que Aragón (220,12), Cataluña (103,62) y Navarra (100,58) están en una situación mucho peor que el resto, donde la situación en el País Vasco y en La Rioja tampoco parece buena. El resto de Comunidades Autónomas, sin embargo, tienen unas cifras bastante tranquilizadoras.
En tercer lugar: hay que esperar que el aumento de los casos en los últimos días se traduzca al cabo de unas semanas, en un aumento significativo del número de fallecimientos. Por optimistas que seamos, 2000 casos diarios supondrán inevitablemente del orden de entre 10 y 20 fallecidos diarios al cabo de unos días.
Lo que dicen estos gráficos es que hay que adoptar medidas en Aragón, Cataluña y Navarra (probablemente también en el País Vasco y La Rioja) a fin de parar la extensión del brote a otras Comunidades Autónomas. Creo que impedir los desplazamientos entre estas Comunidades y el resto del país sería una medida muy apropiada. Una medida que tan solo puede aprobar el gobierno de acuerdo con la interpretación que hasta ahora se ha hecho de la confusa normativa en la materia que tenemos.
Ya se está tardando- me parece- en adoptar esta medida.
Por otra parte; en estas comunidades el nivel de casos es tan alto que el rastreo tiene una eficacia limitada. La única forma de parar la expansión es extremar las medidas de protección y de mantenimiento de la distancia física, unido a la prohibición de realizar determinadas actividaes y a la limitación de otras (reducción del aforo en restaurantes, por ejemplo).
No se trata en ningún caso de volver al confinamiento, una medida que la expereiencia comparada ha mostrado como ineficiente y que tendría unos costes económicos inasumibles; una medida que tan solo debe usarse como último recurso en aquellos casos en los que la falta de previsión y de preparación no deja ninguna otra alternativa. No son mis palabras, son las del Informe sobre Desarrollo Sostenible de 2020, que analiza la respuesta global al coronavirus.




Desechado el confinamiento, han de aislarse las zonas en las que la incidencia es mayor y ser exigente en las medidas de higiene, protección y distancia física. Además, han de incrementarse los controles y los rastreos y mejorar la respuesta sanitaria a la crisis. Ahora no debería pasar como hace unos meses, cuando en algunas Comunidades Autónomas las UCIs estaban colapsadas mientras otras presumían de que no habían precisado más que ocupar un 75% de sus camas. Hay que ir estableciendo planes para desplazar medios y personal sanitario de unas Comunidades Autónomas a otras o bien desplazar enfermos (como hizo Francia, por ejemplo).
En definitiva, no estamos en una situación como la de marzo y no debería repetirse lo que entonces se vivió; pero para eso es necesario:
- Mejora en los mecanismos de rastreo, seguimiento y atención.
- Adopción de medidas de aislamiento de las zonas más afectadas lo antes posible (ya estamos tardando).
- Extremar las medidas de higiene y protección.
- Reducir o limitar las actividades que más riesgo suponen para la transmisión de la enfermedad.
- Elaboracion de planes para el caso de que sea necesario desplazar pacientes o material y personal sanitario de unas Comunidades Autónomas a otras.

domingo, 12 de julio de 2020

El discurso del rey el 3 de octubre de 2017



Creo que se ha dedicado menos atención de la que se debiera al discurso político más importante de los realizados en España durante las últimas décadas. Me refiero al discurso del rey el 3 de octubre de 2017.



Las reacciones a este discurso en Cataluña dan perfecta cuenta de la división que existe en nuestra sociedad. Creo que los catalanes podemos clasificarnos en dos grupos diferenciados: aquellos que detesten dicho discurso y quienes estaremos siempre agradecidos al rey por haber dicho entonces lo que dijo. Intentar que unos entiendan las razones de los otros será importante para buscar la reconciliación y recuperar la convivencia en Cataluña; lo que pasa, inevitablemente, porque quienes denostan ese discurso sean capaces de comprender por qué tantos catalanes respiraron aliviados tras concluir aquel mensaje.
Me adscribo sin matices al grupo de quienes agradecen el mensaje que dio entonces el rey, y a continuación intentaré explicar mis razones tanto para el agradecimiento como para la afirmación con la que empezaba: es el discurso político más importante en España en décadas.
Para ello tenemos que considerar el contexto en el que se dio ese discurso.
En el mes de octubre se estaba desarrollando el plan que, de acuerdo con el diseño nacionalista, conduciría a la secesión de Cataluña. El plan se basaba en que la administración autonómica y las administraciones locales catalanas dejaran de actuar como instituciones constitucionales españolas y pasaran a hacerlo como administración de la República Catalana. Una vez conseguido esto se trataba de limitar la acción del Estado en Cataluña, de tal manera que el Reino de España no tuviera más remedio que asumir que no era capaz de controlar la situación en Cataluña. Llegados a este punto una mediación internacional entre España y los nacionalistas (que ya podrían hablar con plena legitimidad en nombre de toda Cataluña) conducirír en un plazo más bien breve a la efectiva independencia de Cataluña.
No, no es un relato de ficción lo que acabo de explicar. Era lo que estaba pasando en Cataluña desde el 6 de septiembre de 2017, cuando el Parlamento catalán hizo oficial su desvinculación del ordenamiento constitucional español. A partir de entonces ya se trataba tan solo de ver en qué forma podían bloquearse los intentos de las instituciones centrales de España de continuar visibilizando que Cataluña seguía siendo una parte integrante de España sobre la que este país ejercía de manera plena sus competencias.
En esta clave hay que entender el referéndum del 1 de octubre de 2017. El hecho de que hubiera sido prohibido por el Tribunal Constitucional implicaba que, de realizarse el referéndum, la imagen que se trasaldaría al mundo era la de que las autoridades españolas eran incapaces de hacer cumplir las decisiones del TC en una parte de su territorio, lo que daría fundamento a la pretensión nacionalista de que el control efectivo sobre el territorio y la población de Cataluña ya no estaba en manos de las instituciones españolas.
Y los nacionalistas consiguieron su propósito el 1 de octubre. Pese a la prohibición del TC hubo colegios electorales en escuelas públicas, urnas y votos. Además, se vieron imágenes de la policía intentando impedir el referéndum de manera infructuosa. La peor combinación posible: hubo referéndum e imágenes de enfrentamientos con la policía.
Sí, ya sé que no había censo, irregularidades y ausencia de control; pero nada de esto era importante. Lo relevante era trasladar la imagen de que Cataluña no era España y que España intentaba, sin éxito, impedir una votación de los catalanes. Y esa imagen fue la que percibió mayoritariamente la opinión pública internacional y otros Estados.
El conflicto catalán había cambiado de escala. El mismo día 1 de octubre hubo declaraciones públicas del primer ministro de Eslovenia, del primer ministro de Bélgica y del presidente de Finlandia. El asunto catalán ya no era percibido como un mero problema interno español. En los días siguientes el caso fue estudiado en el Parlamento Europeo y las consultas de otros países fueron frecuentes (así lo reconoció en público el que entonces era delegado del gobierno en Cataluña, Enric Millo).
Los nacionalistas tenían entonces que gestionar el éxito del 1 de octubre; para lo que necesitaban profundizar en la imagen de que España ya no controlaba de manera efectiva el territorio catalán. El entonces presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, exigió la retirada de los policías españoles desplegados en Cataluña y se convocó para el 3 de octubre una jornada de paro de país que pretendía visibilizar el rechazo de los catalanes a la actuación de la policía. Miles de cartas fueron enviadas por colegios e institutos a las familias condenando la actuación de la policía el 1 de octubre. Todo estaba relacionado; no quizás para los muchos que participaron en estas iniciativas sin ser plenamente conscientes de sus consecuencias, pero sí que lo eran para quienes dirigían el proceso.


El día 3 de octubre de 2017 la secesión de Cataluña era posible. Quizás algunos no acaben de verlo; pero así era. La situación creada implicaba que en cualquier momento podía ofrecerse una mediación internacional (quizá por parte de la UE). Un ofrecimiento de ese tipo obligaría al gobierno español o bien a rechazarlo de plano (lo que aumentaría su imagen negativa en todo el mundo) o a aceptarla. Y aceptar una mediación internacional supondría que cualquier solución superaría el marco constitucional español y, por tanto, supondría que las relaciones entre Cataluña y España serían ya parte del Derecho internacional. El objetivo de los nacionalistas, conseguido; y el inicio de un proceso que no acabaría más que en una independencia formal o de facto.
La situación para muchos catalanes era angustiosa, y no solamente por lo que suponía la secesión; sino porque los nacionalistas ya habían dejado claro que el proceso de secesión suponía la vulneración de los derechos de los ciudadanos. Derechos como la libertad ideológica, la libertad de expresión habían sido vulnerados, tal como declararon los tribunales; y también pudimos ver cómo se utilizaban ilegalmente datos personales de los ciudadanos o se instrumentalizaba la escuela con fines políticos. En las semanas anteriores tuvimos que soportar que se nos dijera que en caso de que fuéramos llamados a las mesas electorales ilegales seríamos sancionados por las autoridades nacionalistas.
Y todo lo anterior con unas instituciones centrales que se negaban a reconocer la gravedad de lo que estaba pasando; ya no solo desde una perspectiva institucional, sino por las constantes vulneraciones de derechos que sufríamos. Nos sentíamos olvidados y desprotegidos.
Ese era el contexto del discurso del rey del 3 de octubre. Al final de un día que fue también muy duro, porque nos encontramos ante una huelga promovida desde el poder público que, veíamos, tenía como fin profundizar en la separación de Cataluña y del resto de España. Todos fuimos compelidos a dar un paso al frente en la defensa de la Constitución. Mi mujer, maestra en una escuela pública, acudió el día 3 de octubre a trabajar, pese a que la Generalitat había dicho que no descontaría ese día de huelga. Una señal muy clara de que tu empleador quería que te quedaras en casa.
Y llegó el discurso de Felipe VI.
Lo primero que hay que decir es que ese discurso iba dirigido, fundamentalmente, a la comunidad internacional. Tal como se acaba de indicar, el resto de Estados y la UE estaban preocupados por la situación en Cataluña y la idea de una mediación internacional flotaba en el ambiente. Cualquier debilidad por parte del gobierno español podría conducir a dicha mediación y, tal como me indicó en su momento una persona que había participado en varias mediaciones de ese tipo, en este tipo de procesos, al final siempre se llega a un punto intermedio. ¿Asumimos lo que sería un punto intermedio entre la descentralización que ahora tiene España y la independencia de Cataluña? Sería, como adelantaba, el inicio de un proceso que casi inevitablemente conduciría a medio plazo a la creación de la República Catalana.
Ante esta situación, el rey, como jefe del estado, dejaba claro que el problema de Cataluña seguía siendo un problema interno español y que la comunidad internacional tan solo tenía un papel: apoyar al estado que ejercía sus competencias en el territorio. Este era un mensaje importante y necesario.
Tenemos que recordar que los estados hablan en la comunidad internacional a través de tres personas: el jefe del estado, el presidente del gobierno y el ministro de asuntos exteriores. Estas son las tres autoridades que, en función de su cargo, vinculan al estado en la esfera internacional. Y ello con independencia de que, como sucede en España, el jefe del estado no tiene competencias ejecutivas. Eso es indiferente para su posición desde la perspectiva internacional. El rey siempre vincula al estado y, por eso, sus mensajes son de una importancia capital.
El mensaje del rey del 3 de octubre tenía como primera misión poner fin a las especulaciones sobre una mediación internacional en Cataluña. Tras un mensaje tan claro y contundente como el del rey ya no tenía sentido y, de hecho, tras el mensaje, el peligro de un ofrecimiento de mediación fue disminuyendo a la vez que los distintos países se alienaban con las posiciones del gobierno español (aunque no sin que no hubiera que ejercer ciertas presiones, tal como reconoció en público el entonces ministro de asuntos exteriores, José Manuel García Margallo).
Este aspecto se comenta poco, y creo que es fundamental para entender la importancia del discurso del rey ese día. Espero que en algún momento se analice desde esa clave y se ponga en valor su importancia.
En segundo lugar, el discurso del rey fue importante para los catalanes que sufríamos el proceso secesionista. Como decía, para nosotros la situación era angustiosa ente la perspectiva de que, como ha sucedido tantas veces, como sigue sucediendo, las instituciones se desentendieran de nuestra situación. El rey aquí fue claro: España no toleraría la actuación desleal de las administraciones controladas por los nacionalistas. Era la primera vez que ese mensaje se lanzaba con esa claridad.
Quiero llamar la atención sobre esto último: hablar con claridad. Siempre comento que un amigo me dijo hace tiempo que en Cataluña nada parece lo que es ni es lo que parece. Y creo que tiene razón. Una de las claves del nacionalismo es jugar con las palabras, negar la evidencia y acusar a sus oponentes de lo que ellos hacen. Para los nacionalistas decir con claridad lo que pasa es una tremenda ofensa. Recuerdo cómo un compañero que simpatiza con la manera nacionalista de presentar las cosas se escandalizaba porque yo dijera que se habían vulnerado los derechos fundamentales de los alumnos constitucionalistas en la UAB... después de que dos sentencias judiciales hubieran declarado exactamente eso: que se habían vulnerado los derechos fundamentales de los alumnos constitucionalistas de la UAB. Tras los acontecimientos de septiembre y octubre de 2017, cuando se derogó la Constitución española en Cataluña (leyes del 6 y 7 de septiembre de 2017) y se declaró la independencia (al menos, dos veces), aún se niega airadamente que estemos ante un golpe de Estado; cuando es evidente que la actuación de la Generalitat supuso rebelarse de manera explícita frente al orden constitucional con el objetivo de foner fin a la vigencia de la Constitución en Cataluña.
Este hablar con claridad que percibimos en el discurso del rey fue un soplo de aire. Creo que muchos respiramos y comentamos ¡al fin! ¡alguien que no acepta el marco mental de los nacionalistas! Porque  disimular las críticas a los nacionalistas es una de las claves de la política española. Quizás la piedra angular de ésta sea este haber asumido de manera generalizada ese marco mental, lo que explica muchas cosas.
El discurso del rey el 3 de octubre no se incardinaba en el paradigma nacionalista. Fue una intervención que partió de la Constitución, de la función que tiene ésta en nuestro ordenamiento y que exigía su respeto y defensa. Si lo miramos con una cierta distancia, nada que objetar. ¿Qué otra función más importante puede tener el rey que defender la Constitución cuando está en peligro? Las críticas al discurso del rey solamente se explican porque la realidad es que ese paradigma constitucional que durante años dimos por descontado se enfrenta ahora de manera clara a un paradigma alternativo, el paradigma nacionalista.
Así pues, el discurso de Felipe VI fue un destello de constitucionalismo sin complejos en un momento en el que todos parecían dudar sobre si convenía defender la Constitución -y los derechos que de ella se derivan- con convicción o, por el contrario, plegarse al paradigma nacionalista. Esto, seguramente, explica por qué tantos en Cataluña muestran su disgusto con la intervención de Felipe VI. Parte de ese disgusto se conecta con el hecho de que el rey hizo patente que la manera de afrontar la política por los nacionalistas es incompatible con el respeto a la Constitución. Y esa batalla por el marco del debate es clave para el tratamiento de los conflictos que resultan del desafío secesionista.
Es por lo que acabo de explicar que creo que el discurso del rey el 3 de octubre de 2017 fue el discurso más importante en la política española en las últimas décadas: paró en seco la proyección internacional del desafío nacionalista y nos dio una muestra de lo que debería ser el discurso constitucionalista en España, un discurso que no ceda ante el marco de pensamiento que pretende imponer el nacionalismo.

martes, 23 de junio de 2020

Cuarenta y tres mil fallecidos ante la mirada incrédula de un estado que se deshace

Al final Simón (o sea, el gobierno) admite que el exceso de mortalidad detectado en los últimos meses es causa directa o indirecta del coronavirus.




Del orden de 43.000 fallecidos. El número exacto no podrá ser determinado.

Es curioso, hay guerras en las que puede concretarse hasta la unidad el número de fallecidos, al menos en alguno de los bandos. 58.126 americanos murieron en la guerra de Vietnam. Ni 58.125 ni 58.127, 58.126. Hay, me parece un muro en el que están escritos todos sus nombres.

En España no podremos llegar a ese detalle en la determinación de las cifras de fallecidos por coronavirus. Todos sabemos lo sucedido: hospitales colapsados, personas que tan solo fueron atendidas por teléfono (o ni eso), los cadáveres saliendo de las residencias a hombros de los militares...

¡Quién lo hubiera dicho hace seis meses!

Pero no hay que quedarse aquí, hay que sacar lecciones.

Hay una muy clara: la propaganda ha ido por delante de la información.

Y para ello basta esta noticia de ayer: Simón (o sea el gobierno) asume a finales de junio lo que sabíamos desde abril. Me remito a todos los comentarios míos y de tantos otros que insistíamos en que el exceso de mortalidad no podía ser más que debido al coronavirus y que pretender ocultarlo (se acuerdan cuando Simón decía aquello de que no se sabía a qué podía ser debido, que podía ser cosa de un accidente muy grande o de un aumento de las enfermedades cardiacas) era tan solo eso, propaganda.

Sí, la cifra de los 28.324 fallecidos con prueba de laboratorio practicada ahí quedará, como un monumento a la manipulación, porque ya es claro que esa cifra tan solo responde a la escasez de pruebas practicadas, no a la realidad de la epidemia en nuestro país.

A una propaganda que pretende evitar un titular molesto: España es el país del mundo con más fallecidos en relación a su población. Casi 1000 personas por millón de habitantes. Comparto aquí un gráfico sobre exceso de mortalidad elaborado a partir de datos aportados por "El País" hace unas semanas y que, por tanto, no está actualizado:




Lo dicho, la propaganda frente a la información.

Y la agresividad contra quien cuestionara la propaganda. ¡Cómo se revolvía Sánchez contra Casado cuando aquel, ya hace meses, en el Congreso le preguntaba por las auténticas cifras! Y aquellas respuestas de Sánchez diciendo que éramos los más transparentes del mundo (quizás sí, no digo que no; pero la pregunta no era esa, sino qué pasaba con los que cada día fallecían y no eran contabilizados).

Lo segundo, que estábamos mal preparados. Ni equipos de protección para los sanitarios ni infraestructura para atender toda la demanda de atención sanitaria ni práctica de pruebas a todos aquellos que presentaban síntomas y a sus contactos cercanos. No creo que nadie ponga en duda que todas estas cosas hubieran sido convenientes para afrontar mejor la pandemia. No se trataba de lujos, sino de herramientas necesarias para abordar el problema que se nos venía encima. Sin embargo, todo eso falló.

Lo tercero, que se gestionó mal. Mientras en unas comunidades autónomas era imposible ofrecer camas de UCI a todos los que la necesitaban -y de ahí el drama del triaje- en otras comunidades autónomas sacaban pecho diciendo que no había habido necesidad de recurrir a las camas de la sanidad privada y que la sanidad pública no había ocupado más que el 75% de las camas disponibles. Un país que no es capaz de gestionar sus camas de UCI en una situación dramática como la vivida en estos meses tiene un serio problema de organización.

El desastre de la gestión se muestra también en el caos de las cifras, con divergencias significativas entre las que ofrecía el ministerio de sanidad y las que daban las comunidades autónomas, y también con el reparto de responsabilidades. Ahí tenemos el lamentable espectáculo de gobierno central y gobiernos autonómicos acusándose mútuamente de los fallecimientos en las residencias.

¿Seremos capaces de asumir todo lo anterior? ¿O nos quedaremos en el hooliganismo de partido que hace que todo lo que hacen los míos sea correcto y todo lo que hacen los otros sea un desastre?

Pero ahora se ha de mirar hacia adelante. Creo que esta crisis nos ha mostrado que España no es un país preparado para afrontar crisis. Lo más significativo de los últimos meses es que las administraciones han abordado el problema como si no fuese con ellos, como si no se pudiera hacer nada, como si fuera inevitable:

- En enero y en febrero no se adoptaron medidas especiales para hacerse con material y pruebas y preparar nuestro sistema sanitario para el golpe que le venía encima.

- En marzo se dejaron pasar las semanas sin adoptar medidas de distanciamiento, prohibición de concentraciones o aislamiento de comunidades donde la epidemia ya se había desatado (Madrid).

- Una vez decretado el estado de alarma, las autoridades autonómicas seguían con sus dinámicas propias (obstáculos a la presencia del ejército en Cataluña, por ejemplo; caos en las cifras) sin que el gobierno central fuera capaz de establecer un auténtico mando único.

- Infrautilización de las posibilidades que ofrecía la sanidad privada y ausencia de mecanismos de cooperación entre los sistemas sanitarios de las diferentes comunidades autónomas.

Cuando digo que que las administraciones no actuaron me refiero solamente a los niveles superiores. Los trabajadores públicos en contacto con los ciudadanos sí que hicieron lo que se les dejó. Me consta, por ejemplo, como hospitales del área de Barcelona fueron adaptados en días al coronavirus, convirtiendo todas las plantas en plantas para los enfermos de coronavirus y haciendo que todos los médicos, tuvieran la especialidad que tuvieran, pasaran a atender a los pacientes de coronavirus.

Pero esta capacidad de improvisación y de adopción de medidas excepcionales en circunstancias excepcionales no se trasladó a los niveles superiores de la administración, que permanecieron paralizados.

Y no solo en lo que se refiere a lo sanitario, ¿qué ha pasado con el sistema educativo? ¿qué medidas se han adoptado para que no se pierda medio curso? ¿qué reglas se han establecido en cuanto a tareas, actividades y evaluación? ¿qué se está haciendo de cara al curso que viene?

Lo que se ha hecho en este ámbito es, de nuevo, fruto del voluntarismo de los docentes; pero sin ningún apoyo sin ninguna instrucción clara sin ningún criterio por parte de la administración educativa. Es como si los responsables políticos fueran incapaces de reaccionar ante una situación excepcional. Y es normal que pase así.

Y es que esta crisis nos ha mostrado dos problemas estructurales graves de nuestro sistema institucional.

El primero: nos hemos descentralizado por encima de nuestras posibilidades.

Las críticas a las disfunciones del sistema autonómico no son nuevas. Hace unos meses, Piketty explicaba como el exceso de competencias fiscales de las comunidades autónomas españolas causaba problemas a nuestra economía. Ahora lo hemos vivido de una forma mucho más dramática: un Ministerio de Sanidad que es un cascarón vacío ha sido incapaz de coger las riendas de una crisis que le quedaba grande a 17 minisistemas sanitarios focalizados en su ombligo y, en algunos casos, dirigidos por quienes tienen como único objetivo destruir el país. Lo mismo puede decirse de la reacción a las consecuencias en materia educativa y, probablemente, también en otros ámbitos.

El segundo: la falta de preparación de nuestros gobernantes.

Hace ya más de quince años me espantó leer en un reportaje sobre Zapatero que éste explicaba que gobernar era muy fácil. Me pregunté qué idea tendría ese hombre de lo que era gobernar cuando tan fácil le parecía. Unos años después sufrimos el embate de la crisis económica de la que todavía no nos hemos recuperado. Fue Zapatero quien tuvo que hacer frente a esa crisis y fue ese mismo Zapatero, a quien tan fácil le parecía gobernar, quien introdujo los recortes más duros en nuestro país que yo recuerde (mayo de 2010, Zapatero, sí, el PSOE, sorpréndase los más jóvenes, aquellos recortes no fueron cosa del PP, sino del PSOE).

Más de quince años después si uno contempla el banco azul o a los portavoces en el Congreso o en las Comisiones lo que uno se encuentra es desolador. Cero conocimiento, cero capacidad y cero perspectiva. Un permanente chapotear en lugares comunes que pretenden conectar a través de un tweet con una población entregada a la superficialidad. Quizás en circunstancias ordinarias esto sea suficiente, pero no lo es cuando estamos haciendo frente a una crisis. Y lo hemos visto.

Así pues, desde mi punto de vista la crisis del coronavirus ha puesto de manifiesto que somos un país mal articulado y mal gobernado. Sería necesaria una reacción clara ante este desastre, una reacción que pasara por auditar todo lo sucedido en estos últimos meses y tomar decisiones transcendentes; decisiones que pasan por una clara recuperación de competencias por parte del Estado y la creación de foros de debate serio y riguroso que sin complejos ni ataduras diseñaran estrategias para un país que se hunde.

Ahora bien, nada de esto servirá de nada sin el compromiso de los ciudadanos. Si a estos, si a nosotros, nos da igual que hayan fallecido cuarenta y tres mil personas en las condiciones en las que lo han hecho, que se nos haya engañado en cuanto a las cifras y que esto se haya gestionado como se ha gestionado pues tendremos no más de lo mismo, sino peor.

Así hasta la debacle final.

jueves, 4 de junio de 2020

Ucronías (Midway, 4 de junio de 1942)

Me divierten las ucronías; esto es, las especulaciones sobre cómo habría sido la historia si algún determinada suceso se hubiera desarrollado de manera diferente.
Probablemente es un ejercicio inútil; pero confieso que de vez en cuando me entrego a él. ¿Qué hubiera pasado si...? y en los puntos suspensivos pongan lo que quieran.
Para que la ucronía funcione hay que seguir ciertas reglas. La primera sería que el cambio en la historia no tiene que ser inverosímil. Tiene que tratarse de algo que realmente pudiera haber pasado. Por ejemplo, una ucronía basada en que Julio César dispusiera de la bomba atómica no tendría ningún sentido; porque no hay ningún elemento que ni remotamente pueda indicarnos que tal cosa pudiera pasar. Las ucronías tienen que basarse en eventos que pudieron haber ocurrido. Cuanto más factible es el cambio en la historia que se propone más impactante resultará la ucronía.
El segundo elemento es que tiene que ser relevante; es decir que el cambio hubiera tenido un impacto significativo en la vida de un número importante de personas. De no ser así la ucronía parecerá trivial. Por ejemplo, podemos especular con que Miguel de Unamuno no hubiera optado por ser profesor de universidad y escritor sino que, tal como parece que se planteó en su adolescencia, hubiera seguido una vocación religiosa.


Aquí tenemos un cambio factible, pero cuyo interés se agota en sí mismo. Es decir, en la propia formulación de la ucronía se encuentra su conclusión. Unamuno no hubiera sido escritor, sería un sacerdote probablemente desconocido y unas cuántas personas, aquellas que habían tenido contacto con él, hubieran visto alterada su vida. Evidentemente, el efecto de la ucronía se extendería por siglos y siglos de manera significativa (personas que no hubieran nacido, relaciones que no se concretarían...), pero se trata de cambios en la historia que de ninguna manera podemos prever; por lo que la ucronía se convierte a partir de aquí en pura invección.
Para que la ucronía funcione tiene que tener consecuencias que sean capaces de ser calculadas, consecuencias evidentes o, al menos, que puedan ser previstas de manera razonable. Y debe tratarse de consecuencias significativas. Sin salirnos del tema de las vocaciones, podemos, por ejemplo, especular con que Francisco Franco no hubiera optado por ingresar en la academia de infantería, sino que hubiese preferido (como parece ser que quería inicialmente) entrar en la academia naval.


Este cambio hubiera supuesto que Franco no hubiera estado entre el grupo de generales que dirigió el golpe de estado contra la II República en 1936 y, por tanto, no se habría convertido en jefe del estado. Evidentemente ese sería un cambio de cierta entidad; pero el mundo que tendríamos ahora no sería muy diferente. Otro general hubiera ocupado el puesto de Franco y se habría hecho con el poder que en la realidad, en la historia que hemos vivido, acumuló éste. No hablaríamos ahora de franquismo sino, quizás de queipollanismo o similar; pero probablemente la historia de España no hubiera sido muy diferente.
Para que las ucronías sean realmente interesantes tiene que darse que sean factibles, que pueda determinarse en qué forma harían cambiar la historia y que ese cambio sea significativo. Es por estas razones que las batallas son una fuente casi inagotable de ucronías. ¿Qué hubiera pasado si Alejandro Magno hubiera sido derrotado en Gaugamela? ¿Qué hubiera sucedido si Napoleón hubiera sido el vencedor de la batalla de Waterloo? ¿Cómo sería la historia de Europa si los alemanes hubieran llegado a París en 1914?
Y en esto de las batallas para mí la batalla de Midway es la ucronía perfecta. Una batalla de la que hoy se cumplen 78 años.
La batalla de Midway es mucho menos conocida que la batalla de Waterloo, la de Gettysburg o que otras acciones en la II Guerra Mundial como el desembarco de Normandía o la batalla de Stalingrado; pero su importancia no es menor que la de estas acciones y sus efectos mucho más relevantes que los de, por ejemplo, la batalla de Waterloo. Quizás, por lo que se dirá más adelante, Waterloo acumula un simbolismo mayor; pero la transcendencia de la batalla de Midway fue mayor que la de la derrota de Napoleón en 1815.
Por otra parte, en Midway (y aquí se equipara con Waterloo) la victoria pudo cambiar fácilmente de lado. Tal y como veremos no es en absoluto descabellado que esa batalla hubiese sido ganada por los japoneses en vez de por los estadounidenses; así que se cumple la primera regla para una ucronía interesante: su factibilidad.
De hecho se ha llegado a escribir que si la batalla se hubiera librado 100 veces, en 90 de ellas hubieran ganado los japoneses. Es decir, la victoria americana era improbable; lo que hace todavía más interesante ver qué pudiera haber pasado en caso de que el resultado hubiera sido el lógico: una victoria japonesa.
Pero antes de seguir habrá que explicar muy brevemente en qué consistió la batalla, quienes se enfrentaban y cuál fue el resultado.


La batalla de Midway se libró entre la flota japonesa y la flota de Estados Unidos en medio del Pacífico entre los días 4 y 7 de junio de 1942, aunque las acciones principales se desarrollaron el 4 de junio. Seis meses antes los japoneses habían atacado Pearl Harbor, en las islas Hawái y así Estados Unidos había entrado en la II Guerra Mundial. Aquel junio de 1942 las flotas japonesa y americana se enfrentaron a unos 2000 kilómetros de Hawái. Los japoneses querían conquistar dos pequeñas islas que podían servir como base para sus operaciones y los americanos defendieron dichas islas enviando tres portaaviones desde Hawái. Cuando comenzó el día Japón tenía cuatro portaaviones en la batalla y Estados Unidos tres. Al acabar el día Japón había perdido todos sus portaaviones y Estados Unidos uno. Perfectamente podría haber pasado, como veremos, que al final del día los japoneses conservasen todos sus portaaviones y hubieran hundido los tres americanos.


Pero no pasó y la guerra siguió un curso diferente al que podría haber seguido.
Ahora que tenemos una idea de en qué consistió la batlla de Midway tendremos que ver cuál fue su contexto para así poder entrar en la importancia de su resultado.


A finales de los años 30 del siglo XX Japón se encontraba inmerso en una expansión por el continente asiático (Corea, China) y deseaba también ampliar su control sobre el Pacífico, donde encontrábamos islas bajo control japonés (las Islas Marshall, por ejemplo) con otras en manos francesas, británicas o estadounidenses. El control de ese vasto Océano no podía hacerse sin una flota potente que fuera capaz de imponerse a quien se opusiera a al expansión nipona. En concreto, Japón veía como rival a la flota de Estados Unidos, la única con capacidad para enfrentarse a la potente flota japonesa. Es por eso que el primer paso de Japón en la guerra fue el ataque por sorpresa a la flota de Estados Unidos en Pearl Harbor, Hawái, el 7 de diciembre de 1941. Los aviones japoneses habían despegado de 6 portaaviones que habían conseguido acercarse a Hawái sin ser detectados.


El ataque pilló por sorpresa a los americanos, pero sus efectos fueron limitados, porque los portaaviones norteamericanos habían salido de Pearl Harbor unos días antes y, por tanto, no se vieron afectados por éste. En el momento de iniciarse la guerra Estados Unidos disponía de 7 portaaviones, 3 de ellos en el Pacífico. Japón, por su parte, tenía 10 portaaviones (incluyendo aquí 4 portaaviones ligeros). En aquel momento todavía no era claro que los portaaviones fueran los elementos más importantes en la flota; pero los meses que siguieron al ataque a Pearl Harbor confirmaron que la clave de las flotas que operaban en el Pacífico eran los portaaviones. Los portaaviones resultaban esenciales para apoyar las operaciones anfibias y su capacidad de ataque desde centenares de kilómetros gracias a su aviación embarcada convertían al resto de los buques en meros auxiliares de sus operaciones. De esta manera, la localización y destrucción de los portaaviones enemigos se convertía en un objetivo prioritario tanto para la flota japonesa como para la flota americana.
Inmediatamente tras el ataque a Pearl Harbor, Japón lanzó una serie de ataques sobre objetivos en Asia, en el Pacífico y hasta en el Índico. Conquistó Hong Kong, Indochina, Filipinas y las Indias Orientales Holandesas (Indonesia), también ocupó islas del Pacífico y llegó a atacar Ceilán.
Hacia el sur, y tras la conquista de Indonesia, las fuerzas japonesas avanzaban hacia Australia. El plan sería ocupar las islas que rodeaban Australia (Islas Salomon y Nueva Caledonia). La conquista de Australia no parecía imposible.


Para avanzar hacia Australia los japoneses tenían que conquistar Nueva Guinea, para lo que planificaron una operación anfibia que tenía como objetivo Port Moresby. La flota estadounidense interceptó a la flota japonesa y se libró una batalla (la batalla del Mar del Coral, entre el 4 y el 8 de mayo de 1942) que, si bien impidió el desembarco japonés en Nueva Guinea, se saldó con el hundimiento de uno de los portaaviones norteamericanos (el Lexington) y serios daños a otro (el Yorktown). Los japoneses, por su parte, perdieron un portaaviones ligero y. sufrieron daños en otro de sus portaaviones (el Shokaku). En la guerra de desgaste en la que estaban enfrascados Japón y Estados Unidos esto era una victoria para Japón, quien ahora tenía cinco grandes portaaviones operativos en el Pacífico frente a solamente cuatro norteamericanos (uno de ellos, el Yorktown, con serios daños).
Era el momento para Japón de intentar atraer a la flota norteamericana a un combate que la debilitara aún más. Y el objetivo para ello fue Midway.


Midway, como ya se ha dicho, es un atolón formado por dos islas en medio del Pacífico, 2000 kilómetros al noroeste de Hawái. Se trataba de una posición estratégica interesante, pero no definitiva. Si los japoneses hubieran ocupado Midway dispondrían de una base avanzada que facilitaría hostigar a los navíos que operaran desde Hawái y dificultar los suministros a las islas; pero desde Midway no se podría intentar la invasión de Hawái, si este fuera el objetivo, por lo que la ocupacion de Midway no se convertiría en un elemento decisivo en la guerra.
Lo que sería decisivo es que la flota de portaaviones americana acudira en socorro de Midway y pudiera ser destruida.
Y la flota americana acudió; pero la que fue destruida fue la flota japonesa.
Yendo a lo esencial, nos encontramos con que el 4 de junio de 1942 se dirige hacia Midway una flota de desembarco acompañada de una flota de ataque integrada por cuatro grandes portaaviones y sus buques de apoyo. Los estadounidenesen envían tres de sus cuatro portaaviones en el Pacífico. Tan solo el Saratoga no participa en la batalla, a la que sí se puede unir el Yorktown, que había sido dañado un mes antes en la batalla del Mar del Coral y reparado en Pearl Harbor a toda prisa.
Los japoneses lanzan un primer ataque sobre Midway, al que responden la aviación con base en las islas sin causar ningún daño a la flota japonesa. Esa flota está defendida por el fuego antiaéreo de los buques de apoyo y  por los cazas (zero) que despegan de los portaaviones y realizan funciones de escolta. Los portaaviones norteamericanos, que estaban situados 240 millas al noreste de Midway lanzan sus aviones contra la flota japonesa, pero las diferentes oleadas son derribadas por los cazas japoneses o el fuego antiaéreo sin poder dañar su objetivo principal, los portaaviones.
A las 10:22 de la mañana, sin embargo, tres escuadrones de bombarderos que procedían de los portaaviones Enterprise y Yorktown localizan la flota y lanzan un ataque exitoso. Los cazas japoneses, que estaban centrados en las oleadas anteriores fueron incapaces de detener a los bombarderos antes de que estos se lanzaran sobre los portaaviones. En pocos minutos (menos de diez) los portaaviones japoneses Soryu, Kaga y Akagi están inutilizados.


(Escena del ataque en la película Midway del año 2019)

El único portaaviones superviviente, el Hiryu, lanza un ataque contra la flota americana consiguiendo dañar gravemente el portaaviones Yorktown que unas horas más tarde es torpedeado y hundido. El ataque es respondido desde el Enterprise y el Hornet, los otros dos portaaviones americanos, y el Hiryu es también hundido.
Al acabar el día Japón tiene solamente un gran portaaviones en el Pacífico (otro en reparación) mientras que los Estados Unidos disponen de tres a los que pronto se unirá el Wasp que estaba destinado al Atlántico.
Por primera vez desde el inicio de la guerra la iniciativa pasa a los Estados Unidos.
Hasta aquí lo que pasó; pero ¿y la ucronía?
Debemos detenernos en primer lugar en lo que comentábamos al principio: para que una ucronía sea eficaz ha de ser factible, y como hemos adelantado, en el caso de la batalla de Midway lo más probable es que hubieran ganado los japoneses. Como decía hace un momento, si la batalla se librara 100 veces, en 90 de ellas ganarían los japoneses.
Pero se libró solamente una vez, y en esa única vez se dieron una serie de circunstancias que favorecieron a los americanos. De haber cambiado una sola de ellas el resultado podría haber sido muy diferente.
En primer lugar, la flota americana podría haber sido descubierta a primera hora de la mañana, antes de que la flota japonesa lanzara su ataque sobre Midway. De haber localizado a los portaaviones americanos los aviones japoneses se hubieran dirigido a los portaaviones y no a la isla, porque el objetivo principal eran esos portaaviones, no el atolón de Midway.
Y de los efectos devastadores de un ataque dirigido contra la flota americana por los aviones de los cuatro portaaviones japoneses da cuenta que los aviones de un solo portaaviones fueron capaces de hundir a uno de los tres portaaviones norteamericanos.
Incluso aunque lo anterior no hubiera pasado, fue una casualidad la que permitió a los tres escuadrones de bombarderos que hundieron el Soryu, Kag y Akagi a las 10:30 de la mañana, localizar la flota japonesa. De no haber localizado esos aviones a los buques japoneses, se hubiera producido un ataque japonés contra la flota americana que con bastante probabilidad hubiera dañado seriamente a ésta.
Es decir, como habíamos avanzado, no es en absoluto descabellado que al acabar el 4 de junio de 1942 los japoneses mantuvieran todos sus portaaviones y los americanos vieran reducida su presencia en el Pacífico a un solo portaaviones. Además, Midway estaría en poder de los japoneses.
¿Qué consecuencias tendría esto?
Tal como se ha adelantado, no parece posible que esto hubiera permitido una invasión de Hawái. La guarnición de la isla había sido reforzada y había del orden de 100.000 soldados en ellas. Además se había reforzado la fuerza aérea que se había destacado en Hawái, por lo que un ataque al archipiélago exigiría recursos por encima de los que disponía Japón.
Ahora bien, en la situación que hubiera seguido a una derrota americana en Midway las fuerzas americanas en el Pacífico tendrían que concentrarse en el abastecimiento y defensa de Hawái y no podrían operar en otros escenarios. Y esto tendría consecuencias.
Poco después de la batalla de Midway, los Estados Unidos iniciaron la campaña de Guadalcanal, orientada a evitar la expansión japonesa en las Islas Salomon.


Ya habíamos visto que en mayo, un mes antes de la batalla de Midway, en la batalla del Mar del Coral se había impedido la operación de Japón contra Nueva Guinea; pero sin el apoyo de la flota ameriacana y con el apoyo de todos los portaaviones japoneses, la expansión de Japón por las islas Salomón y Nueva Guinea, amenazando Australia y Nueva Zelanda, sería una realidad.
¿Implicaría esto que Japón ganaría la guerra?
En absoluto.
El poder industrial de Estados Unidos era inmenso. Para hacernos una idea. Hemos visto que en estos primeros meses de guerra las fuerzas estadounidenses y japonesas se cifran en media decena de portaaviones (al comienzo de la guerra Estados Unidos tiene tres portaaviones en el Pacífico, en la batalla de Midway se enfrentan cuatro portaaviones japoneses frente a tres norteamericanos); pues bien, durante el año 1943 comienzan a entrar en servicio los portaaviones de la clase Essex, construidos a partir de 1941. Antes de la conclusión de la guerra en 1945, 13 de esos portaaviones habían entrado en servicio. Además, se construyeron 9 portaaviones ligeros. Frente a esto Japón no tenía nada que oponer. La capacidad de la industria militar de Estados Unidos hubiera aplastado de todas maneras a Japón.
¿Fue entonces la batalla de Midway irrelevante?
No creo. Tras la batalla de Midway Estados Unidos fue capaz de recuperar en tan solo 3 años el Pacífico, Filipinas, Indochina... Una derrota en Midway hubiera retrasado el comienzo de esa operacion que, además, tendría que partir de una posición mucho más difícil, contando tan solo con Hawái como punto de partida para esa conquista del Pacífico.
Dados los antecedentes, lo lógico sería que los norteamericanos esperasen a tener una clara superioridad naval para iniciar las operaciones; y eso no sería hasta 1945 o 1946 (el tiempo necesario para construir quince portaaviones). A partir de ahí otros cuatro o cinco años de operaciones no serían desdeñables. Quizás menos, una vez que pudiesen bombardear Japón con las bombas atómicas que hubieran conseguido ya en 1945. En cualquier caso, la guerra en el Pacífico se hubiera prolongado hasta bien entrada la segunda mitad de los años 40 del siglo XX.
Pero más allá de eso, cabe preguntarse cómo afectaría este retraso en la campaña del Pacífico a las operaciones en Europa. Como es sabido, el 6 de junio de 1944 tropas americanas, británicas y canadienses desembarcaron en Normandía. La invasión de Europa por el oeste comenzaba. ¿Pondrían los Estados Unidos los recursos necesarios en esa operación con la amenaza de Japón en el Pacífico todavía muy presente. Con una derrota en Midway, en 1944 las fuerzas americanas en el Pacífico estarían reducidas a Hawái, Australia estaría amenazada o ocupada y, además, no sería desdeñable que se intentara atacar Alaska.
No he mencionado antes (para no liarlo más) que simultáneamente al ataque a Midway una flota japonesa más pequeña había hostilizado las islas Aleutianas. Tras el desastre del 4 de junio esa flota se retiró para apoyar a la flota japonesa en retirada; pero, obviamente, una victoria en Midway podría haber conducido a la situación contraria: la flota japonesa, tras tomar Midway podría avanzar hacia Alaska con la intención de mantener la amenaza sobre el continente.


De nuevo, la idea de que pudiera iniciarse un avance japonés por el continente americano no parece plausible. Las dificultades serían enormes para una operación de esa naturaleza; pero como se dice en ajedrez, la amenaza es más fuerte que la realización de la amenaza. Una presión sobre Alaska podría cambiar las prioridades de los Estados Unidos y retrasar los planes en relación a Europa.
Y eso sí que supondría un cambio transcendente en la historia.
Sin el desembarco de Normandía las tropas soviéticas no hubieran detenido su avance en el Elba. Hubieran continuado hasta ocupar los Países Bajos, Francia, Italia y quién sabe si se hubieran detenido en los Pirineos o hubiesen continuado su avance por España hasta llegar a Gibraltar.
Eso sí que hubiera supuesto un cambio muy significativo en la historia de Europa.
En Estados Unidos y, sin duda, en el Reino Unido serían muy conscientes de esta posibilidad; pero ¿podrían hacer algo? ¿podrían comprometer más de un millón de soldados y todos los medios que eso implica (aviones, tanques, buques...) mientras Alaska estaba parcialmente ocupada, Hawái amenazado y Australia ocupada o amenazada?
Bien, aquí acaba la ucronía. El punto de partida es algo que pudo perfectamente ser de otra manera (los bombarderos norteamericanos de los portaaviones Enterprise y Yorktown no localizan el 4 de junio de 1942 a la flota japonesa a las 10:22 de la mañana) y, a partir de ahí se suceden una serie de acontecimientos que pueden concluir con que el régimen de Franco hubiera terminado en el año 1946 aplastado por el ejército soviético.
Midway ofrece una ucronía casi perfecta porque lo que sucedió no era lo más probable que pasara y bastaron seis minutos para que la guerra en el Pacífico cambiara completamente. Estados Unidos hubieran ganado la guerra igualmente, pero esos menos de diez minutos a media mañana del 4 de junio supusieron años de guerra. Si las cosas hubieran sido como podrían haber ido la guerra podría haber durado tres, cuatro o cinco años más. Además, esto podría haber supuesto un cambio muy significativo en la historia de Europa.
Por eso la batalla de Midway es más transcendente que Waterloo. Waterloo acabó convirtiénsose en un icono porque Napoleón fue finalmente derrotado; pero si hubiera ganado esa batalla hubiera perdido la siguiente y la historia no habría cambiado en casi nada.


Midway no es tan simbólica porque no marcó un final; pero sus consecuencias podrían haber sido mucho más significativas que las que tuvo la batalla de Waterloo.