Libre

lunes, 23 de julio de 2018

Indignación

"La cólera puede ser loca y absurda, el hombre puede irritarse injustamente, pero no se indigna más que cuando, en el fondo, tiene razón por algún lado" (V. Hugo, "Los Miserables", trad. de A. Alemany de "Les misérables", Barcelona, Círculo de Lectores, 2004, vol. I, p. 97.
Nadie se indigna si no tiene razón por algún lado...
Y esa razón puede que no justifique la indignación, que puede ir más allá de lo razonable o de lo que resulta proporcional; pero sería estúpido no fijarse en esas causa que anidan en el fondo de la indignación puesto que, como dice el mismo Víctor Hugo un poco antes de lo que se acaba de citar "Es preciso que la sociedad se fije en estas cosas, puesto que es ella quien las produce" (ibidem, p. 95).



Y en Cataluña hay mucha indignación, cada vez más.
¿Por qué? Hay tantos motivos. Quizás no podamos explicarlos todos, o quizás no seamos capaces de hacernos entender, pero lo intentaré, porque es importante y el tiempo se acaba. Sería propio de necios no darse cuenta de ello.
Estamos indignados porque la ley ha dejado de protegernos. La administración desobedece impunemente la Constitución y las leyes. Nuestros hijos no reciben aquella educación a la que tienen derecho, sino una en la que se excluye nuestra otra lengua oficial, la que es materna de muchos de nosotros, con total desprecio de las sentencias judiciales y de lo que establecen las normas que a todos nos vinculan. No son pocos los casos de adoctrinamiento en escuelas e institutos, los ayuntamientos y la Generalitat se adscriben impunemente a una ideología política y hacen propaganda de la misma. Las instituciones que deberían ser de todos y los medios públicos de publicación que entre todos sufragamos nos han excluido de la condición de ciudadanos. Tan solo representan a una parte de la población y la otra es tratada como forasteros sin derecho a participar plenamente en nuestra vida política.



Los actos políticos de quien ganó las últimas elecciones autonómicas (pero lo mismo da que las haya ganado o que no, la infamia sería la misma) son prohibidos por los ayuntamientos que, sin embargo, dejan que las plazas más emblemáticas de nuestras ciudades sean ocupadas por la propaganda nacionalista; una propaganda que traslada una permanente sensación de supremacismo y exclusión.
Esto último es importante para entender la indignación.



España es un país democrático desde hace más de cuarenta años. La mayoría de la población no tiene recuerdos significativos de una época anterior a la democracia; estamos acostumbrados a las manifestaciones y las protestas en la calle. No hace tantos años vimos como nuestras plazas eran ocupadas por los manifestante del 15-M. Podíamos no compartir sus peticiones; pero sabíamos que tenían derecho a expresarlas; podía molestarnos que tuviéramos que desviar nuestro camino para sortear sus campamentos; pero no sentíamos la indignación que ahora nos embarga cuando vemos las cruces en las playas o en las plazas ¿por qué?
Hay una diferencia, el 15-M y otras protestas eran manifestaciones contra el poder, las cruces amarillas representan al poder. Las cruces y los lazos representan lo mismo que las pancartas en el edificio de la Generalitat o en tantos ayuntamientos, lo mismo que se inculca a nuestros niños en las escuelas e institutos o lo que nos trasladan desde los medios públicos de comunicación. Y quizás no todos seamos expertos en derecho constitucional; pero intuimos la diferencia que existe entre una protesta popular y la manifestación de la ideología oficial, la que han hecho suyas las administraciones que controlan escuelas y hospitales, policía y prisiones, transportes y televisiones.
Nos damos cuenta de lo que empieza a ser un régimen que penetra asociaciones y partidos, administraciones y sindicatos; sentimos que los permisos que alegremente concede el ayuntamiento para plantar cruces en las plazas, a la vez que niega los actos políticos de quienes no son nacionalistas, son ya una manifestación de un régimen que comienza a ser totalitario. Y de ahí nuestra indignación.


Pero la indignación no viene solo de ahí, quizás lo que más nos indigna es que en estos momentos difíciles nos hemos sentido solos. Hace unos meses se dio un golpe de Estado de manual y la reacción del gobierno fue advertirnos de que cometeríamos una ilegalidad en caso de que acudiéramos a las mesas electorales en las que nos reclamaban los golpistas. ¿Alguien se puede sorprender de los escasos resultados de Sáenz de Santa María en Cataluña? Nos sentimos abandonados por el gobierno que solamente utilizó los mecanismos que tenía para defender la Constitución y la democracia cuando estábamos a horas de perderlo todo; pero no se inmutó cuando nos robaron nuestros datos personales o nos amenazaban con un "paro de país" mientras se bloqueaban carreteras y nos intimidaban para no acudir al trabajo.
Y ahora tenemos un gobierno que mira descaradamente para otro lado mientras nuestros derechos son pisoteados, mientras las familias que piden el cumplimiento de la ley en materia educativa son acosadas, mientras los estudiantes que en las Universidades se oponen al nacionalismo son expulsados de las listas de colectivos con derecho a hacerse oír en los campus. Un gobierno que resta importancia a los boicots que sufren quienes defienden la Constitución y la igualdad de todos los españoles.
Estamos indignados porque sentimos la opresión del nacionalismo y cada lazo en una administración, en la solapa de un servidor público, en un lugar que debería ser de todos y en el que nosotros nos sentimos expulsados es un recordatorio de que hay quienes quieren convertirnos en extranjeros en nuestro propio país, un recordatorio de que quienes derogaron la Constitución en Cataluña siguen amenazándonos con continuar con su golpe contra las instituciones.
Hay indignación y sería irresponsable no preguntarse por las causas, no preguntarse, como hacía Víctor Hugo, por la razón que hay en el fondo de todo ello.

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