Libre

jueves, 22 de febrero de 2018

El nacionalismo como oscuro centro

El debate sobre la lengua en la escuela catalana que estamos viviendo estas semanas es, probablemente, incomprensible para un observador externo; pero, a la vez, puede servirnos para calibrar hasta que punto el nacionalismo condiciona la vida política en Cataluña. Al igual que una estrella oscura puede ser percibida por la forma en que la luz se desvía al pasar cerca de ella, el nacionalismo, en gran parte oculto, que impregna a la sociedad catalana afecta de una manera profunda a cualquier cuestión  hasta el punto de distorsionar las claves que permitan su comprensión. La confrontación que vivimos en los últimos días entre quienes defienden que tanto el castellano como el catalán sean lenguas vehiculares y aquellos que mantienen que tan solo el catalán ha de ser vehicular en nuestros centros educativos permite, me parece, apreciar esa oscura tendencia hacia el nacionalismo que nos caracteriza.


Como digo, si hacemos abstracción del nacionalismo el debate que nos ocupa sería ininteligible. Las claves del mismo se pueden explicar de forma sencilla y relativamente breve: la Constitución española permite que las Comunidades Autónomas con lengua cooficial opte o bien por un sistema de elección de lengua vehicular por parte de las familias o por un sistema de conjunción. Lo primero implica que existen grupos que utilizan como lengua de enseñanza el castellano y otros la lengua cooficial de la Comunidad Autónoma o una combinación de ambas. Se ofrecen distintas posibilidades y las familias eligen cuál prefieren, y entre estas posibilidades ha de encontrarse alguna que ofrezca el castellano como lengua vehicular. Lo segundo -que es la opción de la Ley de Educación de Cataluña- supone que no hay separación de los alumnos en razón de la lengua y ambas lenguas cooficiales son utilizadas en la enseñanza de las materias. Es lo que sucede, por ejemplo, en Galicia. Lo que no es admisible es que una Comunidad Autónoma decida que solamente la lengua cooficial, y no el castellano, sean vehiculares. Tal opción sería inconstitucional ya que se privaría de la posibilidad de escolarización en la lengua oficial en todo el Estado, el castellano.
La normativa catalana, como hemos dicho, opta por el modelo de conjunción, aunque indicando que la lengua que se utilizará normalmente será el catalán. Ahora bien, ese normalmente no impide que sea incluido también el castellano; inclusión que, como hemos visto, es constitucionalmente obligada. Así lo han interpretado los tribunales, que mantienen que la exclusión del castellano se produciría si la docencia en esa lengua no llegara al 25% del total. De esta forma, la Generalitat dispone de la capacidad para fijar la presencia del castellano en la educación, pero con el límite de ese 25%. En ningún caso sería admisible que esa presencia del castellano descendiera del 25%; aunque podría ser mayor; entiendo que con el límite de que la presencia de castellano no supere la del catalán, puesto que esto implicaría que esta última lengua no es de utilización "normal" en la enseñanza, que es lo que exige la Ley Catalana de Educación. Esta determinación de un porcentaje "razonable" de castellano en la educación es una exigencia también de la Ley Orgánica de Educación, exigencia que ni siquiera ha sido impugnada por la Generalitat de Cataluña.
La Generalitat se ha negado a fijar este porcentaje mínimo de catalán y, de hecho, en los centros públicos no se imparte más materia en castellano que la lengua castellana; lo que implica que la presencia del castellano es de cero horas hasta los seis años, de dos horas a la semana en la enseñanza primaria y de tres horas a la semana en la educación secundaria obligatoria. Se trata, evidentemente, de porcentajes inferiores a ese 25%.
Como desde el 27 de octubre las competencias en materia de educación de la Generalitat de Cataluña son ejercidas por el Ministro de Educación es a él a quien compete fijar ese porcentaje, y lo puede hacer dentro de esa horquilla que va del 25% al 50% de presencia. Esta determinación es, como decimos, ineludible, así como la adopción de las medidas necesarias para que en ningún centro educativo de Cataluña se ofrezca menos de un 25% de la docencia en castellano. Se trata de medidas que actúan con total independencia de la voluntad de los padres porque, como hemos dicho, en Cataluña no se ha optado por un sistema de elección de la lengua vehicular por parte de las familias, sino de conjunción, por lo que es la administración quien determina los porcentajes de cada lengua con los límites que antes hemos comentado.



En este contexto, varias asociaciones y personas a título individual han pedido al Ministro Méndez de Vigo que fije, tal como es obligado, el porcentaje de catalán en las escuelas catalanas para el curso 2018-2019, un porcentaje que, como hemos visto, no puede ser inferior al 25% y que no ha de suponer que el catalán deje de ser la lengua de uso "normal" en la educación en Cataluña.
Esto es lo que se pide: el cumplimiento de la ley y que el castellano sea lengua vehicular junto con el catalán sin desplazar a éste como lengua principal en el sistema educativo catalán.
A partir de aquí el conflicto debería resolverse de una forma relativamente sencilla. En primer lugar en los países democráticos no se plantea siquiera la posibilidad de que la administración incumpla la ley. Si todos estamos obligados a acatar las normas las administraciones más todavía, así que no debería ni siquiera discutirse sobre el 25% de castellano que es el mínimo establecido por los tribunales.
En su caso el debate podría plantearse sobre si convendría que ese porcentaje de castellano superara el 25% con carácter general o en determinados casos. Ese sí es un debate legítimo porque se produce dentro del marco legal ya que, como hemos visto, la Generalitat -ahora el Ministerio de Educación- tienen a su disposición una horquilla que podrán utilizar de acuerdo a criterios que no vienen predeterminados en la Ley de Educación de Cataluña.
Es evidente, sin embargo, que el debate no se desarrolla en estos términos. Ha bastado que se mencionara la posibilidad de que el Ministerio de Educación cumpliera (e hiciera cumplir) la ley en este punto para que los nacionalistas y sus compañeros de viaje salieran de sus cuarteles de invierno con las lanzas afiladas, espuma en la boca y ojos encendidos. Porque ¿cómo podríamos calificar de otra forma -metafóricamente hablando, claro- un artículo como el de Xavier Vidal-Folch en "El País" que concluye con la advertencia de que "la pasión por el catalán no se toca" e incluye una afirmación, sobre la que tendremos que volver, de lo más concluyente: Cataluña es el catalán? ¿O cómo podríamos interpretar que sistemáticamente cuando se argumenta que se pretende que todos los niños catalanes reciban enseñanza en catalán y en castellano la réplica sea que se intenta segregar a los alumnos por su lengua, algo que, como digo, no se plantea, entre otras cosas porque es imposible con la actual Ley de Educación de Cataluña?



El razonamiento más elaborado no hace mella en quienes salen a esta arena con un yelmo sin visera, completamente ajenos a lo que les rodea y con tan solo la voluntad de regalar mandobles a diestra y siniestra. El eslogan queda reducido a "la inmersión no se toca" y de ahí no pasamos. Una actitud irracional que cubre a un amplísimo espectro que va desde los nacionalistas declarados hasta Podemos & friends y una parte importante de los socialistas (PSC y también PSOE).
Ciertamente resulta preocupante que un abanico tan amplio de personas caigan en la irracionalidad; pero la irracionalidad no es democrática; quiero decir, que por muchos que sean quienes la practiquen no la convertirán en racionalidad, seguirá siendo irracionalidad y, por tanto, no cabe plegarse a ella sino intentar entenderla.
Y en esta tarea de explicación es donde entra el nacionalismo como clave que avanzaba antes. El nacionalismo es el auténtico eje en torno al cual gira toda la política catalana. Podríamos compararlo con una estrella oscura en torno a la cual giran estrellas y planetas. El movimiento de estas estrellas y planetas parecerá absurdo o aberrante porque lo que les hace girar es invisible a nuestros ojos. De la misma manera ese nacionalismo profundo que afecta también a tantos que no se reconocen como nacionalistas pero que lo abrazan por convicción o conveniencia explica los movimientos extravagantes de la vida catalana. Creo que conviene llamar a las cosas por su nombre.
Y para ver esto el artículo de Xavier Vidal-Folch nos viene especialmente bien, porque es un periodista que no se declara nacionalista y que, sin embargo, el articulo que citaba hace un momento no puede ser entendido más que desde esa clave nacionalista, clave que aquí no es oculta, sino que se encarga de hacer explícita con la frase que destacaba hace un momento: Cataluña es el catalán. Evidentemente solamente un nacionalista catalán sostendría esto con tal rotundidad. Y, de hecho, solamente los nacionalistas catalanes lo sostienen (olvidémonos del condicional); lo que sucede es que los nacionalistas catalanes se dividen en dos grupos: los que se reconocen como tales y los que niegan ser nacionalistas para así, transmitir la impresión de que también los no nacionalistas comulgan con los postulados nacionalistas. Bueno, es una impostura eficaz, pero porque el resto la tolera, si tomáramos la sana costumbre de utilizar el nombre de las cosas sería mucho menos productiva. El debate sobre la inmersión creo que permite apreciarlo; de igual forma que una luz especialmente intensa que pase relativamente cerca de una masa importante permite adivinar la existencia de ésta, y hasta su tamaño y densidad.
Y, como decía, este debate nos está permitiendo apreciarlo.
¿Cómo se entiende sino esta cerrazón absoluta a que ¡un 25%! de la docencia se imparta en castellano en una Comunidad Autónoma en la que más de la mitad de la población tiene el castellano como lengua materna? Tan solo el mito de una Cataluña estructurada sobre la preeminencia del catalán podría justificar que este 25% pudiera ser considerado como un peligro mortal... ¡para la convivencia!
Porque este es el otro mantra: cuando coincides con quienes no se declaran nacionalistas pero fruncen el ceño cuando hablas de la presencia del castellano en la escuela uno de sus argumentos favoritos es que este debate atenta contra la convivencia; sin caer en que la convivencia ya se rompió cuando se montaron escraches a niños a la entrada del colegio, cuando se boicotearon negocios familiares por pedir el 25% de la docencia en castellano, cuando se presionó a los padres para que renunciaran a exigir el cumplimiento de la ley. Ahí es donde se produjo la quiebra de la convivencia; pero, claro, desde una perspectiva nacionalista esto que acabo de contar realmente no es relevante porque no afecta a la preeminencia del catalán en la sociedad, mientras que sí lo hace el pedir que la enseñanza se desarrolle en un 75% en catalán (y no en un 100%) y en un 25% en castellano. Repito, solamente desde ese nacionalismo oculto que tanto explica resulta inteligible una negativa frontal como ésta a razonar a partir de los principios de la lógica; pero, ya se sabe, el nacionalismo y la lógica son antitéticos.
En definitiva, nada hay tan malo que no contenga algo bueno; y el tremendo despropósito que estamos viviendo estos días, cuando hemos de contemplar atónitos cómo se especula con el incumplimiento de la ley por parte de las administraciones y se hace pasar por totalitarios a quienes tan solo piden que la lengua materna de la mayoría de los catalanes tenga un papel subordinado en el sistema educativo, frente al papel inexistente que tiene actualmente; todo este espectáculo lamentable ha de servirnos para ir poniendo cifras, tamaño y densidad, a esa enorme estrella oscura de nacionalismo que va engullendo a toda nuestra sociedad. Quizás estemos a tiempo de evitar el colapso que se produce cuando la masa de la estrella supere el límite que la convierte en un agujero negro. Mucho me temo que estamos cerca de ese punto; pero aún a tiempo de evitar un desenlace fatal.

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