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miércoles, 20 de marzo de 2013

Chipre, o la concreción de lo inevitable

La desastrosa gestión de la crisis chipriota, con un acuerdo que debe ser rectificado al cabo de unas horas y la potenciación de las dudas y de la inseguridad no es fruto solamente de la torpeza o del egoismo, sino una certeza matemática. El resultado inevitable de un problema estructural de Europa que se viene denunciando desde hace años, pero al que no se le pone remedio y que, quizás, es de imposible solución. El caso de Chipre es especialmente útil para entender el problema, pero mucho me temo que nada cambiará.



El principal problema que tiene la Unión Europea (porque de éste derivan casi todos los demás) es que su estructura de toma de decisiones no responde a la existencia de "algo" que es Europa y que difiere de cada uno de los Estados en concreto e, incluso, de la suma de todos ellos. Si se quiere resumir en una frase podríamos decir que la Unión Europea se ha configurado como instrumento al servicio de los Estados, no de los europeos en su conjunto Esto ya lo mantuvo con sencillez y claridad Manuel Castells hace más de diez años en el volumen 3 de su monumental obra La era de la información y ninguna de las reformas acometidas durante los últimos años del siglo XX y lo que llevamos del XXI (Tratado de Amsterdam, Tratado de Lisboa) ha cambiado esta situación. La UE es una útil palanca para que los Estados puedan mantener su poder en un mundo globalizado, pero no directamente una entidad al servicio de los intereses generales del continente. El interés estatal prima sobre el interés de la Unión (desarrollaba esta idea aquí hace casi cuatro años).
El procedimiento de toma de decisiones en la UE es reflejo de lo que acabo de comentar. La última palabra en todos los asuntos importantes la tiene el Consejo, que es la reunión de los representantes de los diferentes Estados. La decisión sobre Chipre se tomó en el marco del Eurogrupo, al que pertenecen los representantes de los Estados que se encuentran integrados en la zona Euro. Fueron estos representantes quienes pactaron las condiciones del rescate con el Gobierno del país interesado y con el FMI. Es cierto que también la Comisión Europea estaba presente; pero la Comisión (que representa el interés general de la UE) no tiene capacidad real para oponerse a las decisiones que tomen los representantes de los Estados. De esta forma, los acuerdos que afectan al conjunto de Europa son adoptados por los representantes de los países. Y estos representantes, cuando acuden a las reuniones del Eurogrupo o del Consejo, no pretenden resolver los problemas generales de Europa, sino los concretos de sus países. En la negociación cada uno pretende solucionar sus propios quebraderos de cabeza. Esto hace que los intereses generales de Europa queden desatendidos; pero, además, y como hemos visto en la crisis chipriota, este desatender los problemas generales de Europa puede implicar un perjuicio también a los intereses concretos de cada país. Lo que puede resultar paradógico pese a su evidencia.
Probablemente la causa de esta paradoja está en que realmente Europa existe. Es decir, existe una realidad económica y social que supera a la suma de los Estados que la componen. Esta realidad tiene su propia dinámica, fruto de una integración sustancial mayor que la que reflejan las estructuras políticas actuales. La existencia de esta realidad implica que las decisiones que se adoptan a partir de criterios puramente egoistas no solamente pueden ser perjudiciales para el interés general, sino para el interés particular de los Estados, que se ven mucho más influidos por esa estructura europea de lo que piensan. Como digo el caso chipriota es un buen ejemplo de ello.



En realidad la última etapa de la crisis chipriota comenzó hace unos meses cuando se eligió al nuevo presidente del Eurogrupo. Como acabo de indicar, el Europgrupo reúne a los representantes de los gobiernos de los países integrados en el Euro y cuenta con un presidente designado por los representantes de estos países que, se supone, ha de organizar los trabajos de este organismo y que, por tanto, ha de representar de alguna forma esos intereses generales, diferenciados de los particulares de cada uno de los Estados miembros. Si el presidente del eurogrupo es una personalidad fuerte y preparada puede ejercer una cierta influencia en las decisiones que adopte el órgano, compensando la lógica intergubernamental que lo caracteriza. Hace unos meses se designó como presidente del Eurogrupo a Jeroen Dijsselbloem. España se opuso a su nombramiento (en realidad se abstuvo) lo que origino no pocas críticas y comentarios sarcásticos acerca de lo mal que se movían los españoles por Europa. Bien, lo cierto es que cualquiera que se mire el curriculum de Dijsselbloem, que se puede consultar en el enlace que pongo dos líneas más arriba, se sorprenderá seguramente de que con ese perfil se sea presidente de una de las instituciones económicas más importantes del Mundo. La jugada es, creo, clara: el ministro alemán de finanzas, Schäuble, buscaba a un candidato que no le pusiera demasiados problemas en las reuniones del Eurogrupo. Alguien de un país en sintonía con Alemania como son los Países Bajos, y con un perfil lo suficientemente bajo como para que pudiera ser fácilmente intimidado. Desde la perspectiva de los intereses particulares de Alemania el nombramiento de Dijsselbloem es una jugada estupenda. No es tan buena noticia desde la perspectiva de los intereses generales de Europa, y por eso creo que estaba más que justificado oponerse a su nombramiento; pero en la lógica intergubernamental que comentamos era natural que Schäuble intentara colocar a alguien débil y próximo en la presidencia del organismo.
Con este Eurogrupo y este presidente del Eurogrupo hay que afrontar la crisis chipriota. Schäuble intenta defender los intereses de Alemania y los suyos particulares. Los de Alemania en el sentido de que la factura del rescate sea lo más baja posible, para lo que los chipriotas tienen que arrimar el hombro y aportar una cantidad importante (entre cinco y siete mil millones de euros. Si tenemos en cuenta que Chipre tiene una población de un millón de habitantes un esfuerzo semejante en españa sería de 200.000 millones de euros, cinco veces más de lo que ha supuesto del rescate bancario de nuestro país). Y, como digo, no solamente protegía los intereses de Alemania sino también los suyos particulares como político en activo. Hay elecciones en Alemania, y los electores de ese país quieren percibir que Alemania es dura, que castiga a los "malos" del sur y que no paga las facturas de las fiestas que se dan otros a su costa. La imagen de los pequeños (y grandes) ahorradores chipriotas viendo esquilmadas sus cuentas puede satisfacer a determinados votantes imbuidos de la idea de que ellos (los alemanes) son los buenos y los malos (los sureños) deben de ser castigados (por qué hayan de ser castigados ya es otro problema de más difícil concreción).



Con estas premisas Schäuble actúa y presiona en la línea que le interesa, aunque no sea la que aconsejarían los intereses generales de Europa. El presidente del Eurogrupo seguramente le deja hacer (no puedo saber si se opuso, pero en cualquier caso si lo hizo no fue con la suficiente contundencia, es evidente) y cuando el representante chipriota accede a gravar también los depósitos por debajo de cien mil euros Schäuble dice que no es su problema de dónde saque el dinero siempre que lo saque. Nadie parece preocupado por las consecuencias que esa medida tendría más allá de Chipre. Todo se ha resuelto en la lógica intergubernamental y parece que tenemos un tema cerrado. La unanimidad con la que se cierra el acuerdo y las declaraciones de unos y otros cuando concluye la cumbre parecen ir en esa dirección (que si se muestra firmeza en la voluntad de mantener el euro, que si es doloroso pero inevitable, que si no es extrapolable lo que sucedió en Chipre a otros países, etc.).
La sorpresa viene cuando a las pocas horas se monta la que se monta. En contra de lo que seguramente pensaban Schäuble, Guindos, Dijsselbloem y demás, los ciudadanos de Europa, los bancos, los inversores, los analistas y casi todo el mundo no ven el problema chipriota como una cuestión meramente chipriota. En España, Italia y Portugal se siente una profunda empatía con los habitantes de la isla y los analistas destacan que se ha roto un tabú -la intangibilidad de los depósitos bancarios hasta cien mil euros- frente a lo que nadie se siente indiferente ni seguro. Lo que pasa en Chipre afecta a toda Europa, como debería ser evidente para quienes nos gobiernan. A las pocas horas tienen que reunirse, rectificar y ahora estamos metidos (y empleo la primera persona del plural de forma muy consciente) en un lío considerable.
¿Por qué este follón? Ya digo que no solo por torpeza. El mecanismo intergubernamental de toma de decisiones en Europa, desconociendo que hay una cosa que se llama Europa que es diferente de la suma de los Estados miembros tiene estas consecuencias. Hace años que planteo (y desde luego afortunadamente no soy el único) que Europa tiene que tener órganos decisorios con legitimidad directa, no indirecta a través de los Estados (aparte del enlace que colocaba más arriba pueden consultarse también estos otros: "La política exterior y Europa", "Lo de Bombay", "Política ficción" y "La verdadera naturaleza de Europa"). La ausencia de estos mecanismos suponía hace unos años la pérdida de oportunidades de progreso y el lento retroceso de Europa en el Mundo. Ahora ya conduce a situaciones desastrosas (véase, por ejemplo, la disparatada propuesta que se hizo para Grecia de convertir el sábado en un día laborable) o a una escenificación que roza el ridículo, como es el tratamiento de la crisis chipriota, un problema que para una entidad política que aún supone casi una cuarta parte del PIB mundial debería ser una bagatela y que se está convirtiendo en un quebradero de cabeza serio ya no por la torpeza, sino por las limitaciones evidentes de una estructura de toma de decisiones que es suicida.
Toca cambiar esto, cambiarlo rápido y cambiarlo bien. ¿Hay alguien al otro lado?

martes, 4 de septiembre de 2012

Ignominia y traición a Europa


"La Unión [Europea] se fundamenta en los valores de respeto de la dignidad humana, libertad, democracia, igualdad, Estado de Derecho y respeto de los derechos humanos, incluidos los derechos de las personas pertenecientes a minorías. Estos valores son comunes a los Estados miembros en una sociedad caracterizada por el pluralismo, la no discriminación, la tolerancia, la justicia, la solidaridad y la igualdad entre hombres y mujeres" (art. 2 del Tratado de la Unión Europea).

"La Unión establecerá un mercado interior. Obrará en pro del desarrollo sostenible de Europa basado en un crecimiento económico equilibrado y en la estabilidad de los precios, en una economía social de mercado altamente competitiva, tendente al pleno empleo y al progreso social, y en un nivel elevado de protección y mejora de la calidad del medio ambiente. Asimismo, promoverá el progreso científico y técnico
La Unión combatirá la exclusión social y la discriminación y fomentará la justicia y la protección sociales, la igualdad entre mujeres y hombres, la solidaridad entre las generaciones y la protección de los derechos del niño.
La Unión fomentará la cohesión económica, social y territorial y la solidaridad entre los Estados miembros.
La Unión respetará la riqueza de su diversidad cultural y lingüística y velará por la conservación y el desarrollo del patrimonio cultural europeo" (art. 3.2 del Tratado de la Unión Europea).

"La Unión y los Estados miembros, teniendo presente derechos sociales fundamentales como los que se indican en la Carta Social Europea, firmada en Turín el 18 de octubre de 1961, y en la Carta comunitaria de los derechos sociales fundamentales de los trabajadores, de 1989, tendrán como objetivo el fomento del empleo, la mejora de las condiciones de vida y de trabajo, a fin de conseguir su equiparación por la vía del progreso, una protección social adecuada, el diálogo social, el desarrollo de los recursos humanos para conseguir un nivel de empleo elevado y duradero y la lucha contra las exclusiones (art. 151.1 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea).



La negrita en todos estos artículos ha sido añadida por mí. Me acordaba de ellos ayer, cuando leía que la troika europea había propuesto a Grecia que se aumentara la jornada laboral a seis días. La noticia era adelantada por Eduardo Rojo en facebook y luego la ví confirmada en El País. Si se tratara de una noticia aislada pensaría que es una broma de mal gusto; pero como no es así, como se trata de una propuesta que, por desgracia, es tremendamente coherente con lo que está pasando lo que provoca no es extrañeza, sino indignación, una indignación profunda y dolorosa.
Se trata de una traición a lo que es Europa, a aquello por lo que fueron creadas la Comunidades iniciales y a los objetivos esenciales del proyecto europeo. Los artículos que aquí reproduzco del Tratado de la Unión Europea y del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea no son simple retórica, sino que traducen lo que significa Europa para la mayoría de los europeos: un lugar en el que es posible vivir y desarrollarse como persona sin temor a la miseria y a las injusticias que asolan gran parte del Mundo. Un oasis que tendría que servir de ejemplo para otros ámbitos y donde nadie ha de sentirse abandonado por la sociedad, por sus semejantes. Un lugar en el que las estructuras económicas y políticas están al servicio de las personas.
¿Son conscientes quienes han propuesto esta barbaridad, el alargamiento de la jornada laboral, lo que significa Europa, para qué fue creada? ¿Saben que surgió tras una guerra espantosa en la que fueron pisoteados como en ninguna otra los derechos fundamentales de las personas? ¿Se dan cuenta de que Europa es creada por personas que habían sufrido en sus propias carnes las consecuencias que se derivan de una sociedad injusta y excluyente; personas plenamente conscientes de que si la sociedad no es próspera para todos, los peores demonios saldrán a la luz? Creo que estos funcionarios ni saben nada de esto ni son conscientes del papel que han de jugar como representantes de una de las construcciones políticas y económicas más importantes de la Historia.



El fracaso de Europa en la crisis que nos asola es descorazonador. ¿Cómo puede la Unión Europea no solo tolerar, sino ahondar en la destrucción de la economía griega? ¿Cómo es posible que no solamente se tolere sino que se promueva la exclusión social, la disminución de los salarios, la destrucción del Estado de bienestar? ¿Cómo es posible que el ejemplo griego no haya servido de advertencia y que ahora mismo también Portugal se encuentre en una situación que comienza a ser preocupante y que la tercera y la cuarta economías de la zona euro (Italia y España) estén también sufriendo un castigo en su población profundo e injusto? ¿Cómo es posible que se tolere la destrucción de derechos sociales, la disminuación de la protección social, la alteración de las reglas del juego que han permitido que Europa permaneciera próspera y en paz por más de cincuenta años?
Estamos ante una traición a Europa que no puede dejarnos indiferentes, ante la que hay que reaccionar. Quienes no estén de acuerdo con esta Europa miserable que lo digan, que griten, que actúen. Hay una tarea por delante porque el diagnóstico de lo que sucede es claro: Europa existe como sociedad y como economía, pero Europa no está gobernada por Europa, sino por los Estados. Son los intereses estales y las componendas las que guían el continente al desastre. Muchos lo han dicho, yo mismo lo denunciaba hace años y entonces planteaba que el no asumir un cambio institucional profundo podría tener nefastas consecuencias a medio plazo. Han transcurrido tres años, pero las nefastas consecuencias ya están aquí. En Europa unos ganan y otros mueren. La debacle está aquí mismo y ni siquiera quienes ahora se benefician se verán libres de padecer las consecuencias de una política errada. Una vez que el sur de Europa sea un campo arrasado le llegará el turno al norte, que nadie se equivoque.
Ante esto hay que construir una auténtica política europa. Solamente hay una vía, solamente una solución, solamente una esperanza: Europa, más Europa. Hace poco así lo indicaba un artículo con el que estoy plenamente de acuerdo escrito por tres alemanes. Tiene que haber más iniciativas en este sentido y aquí los partidos políticos tienen que actuar. Los partidos en España, pero seguramente no solo en España, tienen una deuda con la sociedad, que les ha permitido convertirse en los monopolizadores de lo público. Les hemos entregado todo el poder y han de utilizarlo para que las condiciones de vida de todos nosotros sean mejores. Para conseguir esto no hay más solución que una integración política europea y tal integració pasa por la coordinación primero y la fusión después de partidos políticos hasta conseguir auténticos partidos europeos que defiendan políticas europeas no solamente en el Parlamenteo Europeo, sino también en los Parlamentos Nacionales y en los Gobiernos. Los partidos que no opten por esta vía no merecen ninguna credibilidad.



Hemos de reaccionar, hemos de actuar. Tenía razón Eugenia Rico cuando escribía que "Al hombre se le puede quitar todo con tal de que se le quite poco a poco". Ella pone esta frase en boca de un personaje que explica cómo fue posible que los alemanes acabaran privando a los judíos de todo lo que tenían, incluida finalmente su vida. Ahora empiezo a tener la sensación de que nos enfrentamos a la misma estrategia. Reaccionemos antes de que sea tarde.

viernes, 9 de abril de 2010

La verdadera naturaleza de Europa

Hace tiempo que me obsesiona la idea -nada original, por cierto- de que Europa (la Unión Europea) es un instrumento al servicio de los Estados y que es este carácter auxiliar el que explica las dificultades para avanzar en la integración. Una mayor integración supondría alterar el paradigma en el que, de facto, se basa la construcción europea.
Si de las ideas descendemos a los intereses, resulta que Europa no está controlada por una élite política auténticamente "europea" (la burocracia de Bruselas) sino por las élites políticas de los Estados, y son estas últimas las que no quieren avanzar en una mayor integración porque supondría perder cuotas de poder. Esta segunda parte del razonamiento no es tan evidente ni tan compartida como la primera, pero creo que también es clara si consideramos la forma en que se mueven los actores políticos en Europa.
En este sentido, la pretendida presidencia española de la UE es un claro ejemplo. Desde hace no sé cuánto tiempo el Gobierno de España ha estado haciendo marketing de esta presidencia. Seguro que casi todos recordamos las declaraciones de Leire Pajín sobre Obama y Zapatero a ambos lados del Atlántico, por ejemplo. El problema es que tras el Tratado de Lisboa la presidencia española se esfumó, cosa que se negó a aceptar nuestro Gobierno. Lo auténticamente europeo hubiera sido reconocer que a partir del nombramiento de Van Rompuy como presidente del Consejo Europeo era éste el que debía representar a Europa y ejercer ese papel de presidente, sin que el país que ejerce la presidencia rotatoria del Consejo de la Unión (que es lo que está haciendo España este semestre) limite el papel representativo del Presidente del Consejo Europeo, lo que más se acerca actualmente a un Presidente de Europa.
España no adoptó este papel, al menos de puertas adentro y en cuestión de imagen. Estoy saturado de la pretendida presidencia española, presidencia que, como digo, en realidad tiene menos contenido del que se pretende. Si había dudas sobre esto último, aconsejo la lectura de la entrevisa a Van Rompuy que se publica hoy en El País. En ella el Presidente del Consejo Europeo explica, entre otras cosas, las entrevistas que tuvo con Merkel y Sarkozy con el fin de tratar la crisis griega. El periodista le hace notar a Van Rompuy que en esas importantes entrevistas estuvo ausente la presidencia española a lo que Van Rompuy responde que "La presidencia española no preside el Consejo Europeo. No hay que crear falsas expectativas". Negro sobre blanco: no pretendan jugar a lo que no son, su papel es otro, es lo que viene a decir Van Rompuy. Me empieza a gustar cómo actúa este hombre. Parece ser que, sin estridencias, está poniendo a cada uno en el sitio que le corresponde. Ahora bien, si traigo a colación este asunto no es tanto por la forma en que se está resolviendo el caso particular sino como muestra de las resistencias de los Estados a dejar en manos de los organismos europeos los auténticos resortes del poder. El Gobierno español ha pretendido hacerse autopromoción a costa de Europa, esto es utilizar la Unión en beneficio propio. Aquí es, fundamentalmente, una cuestión de marketing y de imagen; pero en otros asuntos puede ser más sustancial ¿o pensamos que cuando Merkel o Sarkozy se reúnen con Van Rompuy no tienen en su cabeza, ante todo, los intereses alemanes o franceses? Evidentemente que sí, y además es su obligación como presidentes de cada uno de sus países, lo que sucede es que cada país europeo es, además, integrante del Consejo Europeo y del Consejo de la Unión, que son los órganos de la Unión más importantes, y la tensión que resulta del doble papel de los gobernantes de los Estados, como tales y, además, como órganos comunitarios, impide el avance en la construcción europea. La única solución es crear órganos europeos con legitimación directa. Si a Van Rompuy lo hubiéramos elegido entre todos los ciudadanos europeos (o el Parlamento Europeo) veríamos grandes avances en la construcción, y sería un cambio tan sencillo de hacer...

domingo, 22 de febrero de 2009

Política ficción

Hace unos días, Jordi Pedret publicaba en su muy recomendable blog (http://jordipedret.blogspot.com/) un artículo sobre el discurso en el Parlamento Europeo de Vaclav Klaus. En dicho artículo planteaba la necesidad de reaccionar ante el "sueño de la razón" que estaba produciendo discursos monstruosos como el del Presidente Checo. En un comentario a la entrada yo proponía tres reformas que podrían ayudar a que Europa diera un paso adelante. Mis propuestas eran:
1- Elección de un presidente europeo por sufragio de todos los ciudadanos. Dicho presidente tendría competencias en materia de defensa y política exterior.
2- Competencia fiscal plena para el Parlamento Europeo.
3- Competencia legislativa plena para el Parlamento Europeo.
Apuntaba también que prefería que la elección al Parlamento Europeo se hiciese por sistema mayoritario en circunscripciones en las que solamente se eligiese a un parlamentario.
Jordi mantenía que no estaba convencido de un sistema presidencialista para Europa y que no creía conveniente un sistema de elección mayoritario para el Parlamenteo Europeo, siendo preferible un sistema basado en listas realmente transnacionales.
A mi la ficción me gusta y el tema de Europa me apasiona; así que, en vez de escribir un largo comentario en el blog de Jordi, prefiero hacer esta entrada para poder explayarme a gusto sobre estos dos puntos: el Presidente Europeo y el modo de elección del Parlamento Europeo.
Sobre el Presidente Europeo:
Tal como he expuesto en otras entradas, la necesidad de una auténtica política exterior y de defensa europea me parece fuera de toda duda. También mantengo que estas políticas no tienen que basarse en la coordinación de las políticas de defensa nacionales. Esta coordinación es imposible, tanto en lo que se refiere a la política exterior como a la política de defensa (y si hubiera alguna duda sobre este último punto, la colisión de hace unas semanas entre dos submarinos nucleares francés y británico nos ha dejado claro lo eficaz de los mecanismos actuales de coordinación entre los aliados europeos); y siendo imposible operar medieante la armonización de las políticas estatales se hace necesaria la creación de una política europea propia, autónoma respecto a las que puedan desempeñar los Estados (aunque, evidentemente, intereaccionará con ésta). A este respecto, un Presidente europeo que tenga legitimidad directa y capacidad de acción propia tanto en materia de política exterior como de política defensa es indispensable. Es claro, sin embargo, que este Presidente Europeo tendrá que contar con el Parlamento Europeo para el desarrollo de sus funciones, aunque no sea más que porque el poder fiscal debería descansar en el Parlamento, tal como mantenía en la segunda de mis propuestas.
El Presidente Europeo, además, podría asumir parte de las funciones de la Comisión, en concreto las de impulso legislativo (compartida con el Parlamento y con los Estados). Además, quizá pudiera atribuírsele también la competencia de designar al Presidente del Banco Central Europeo; aunque nada más fuera para identificar un responsable político a quien culpar porque no se bajen o suban los tipos de interés del dinero.
Sobre el Parlamento Europeo:
El Parlamento Europeo debería asumir, tal como es tradicional en los sistemas parlamentarios, la capacidad de fijar impuestos. De esta forma, el presupuesto comunitario no dependería de la voluntad de los Estados, lo que resulta imprescindible para que Europa pueda avanzar como organización política. Además el Parlamento debería tener competencia legislativa plena, como cualquier otro Parlamento, de tal forma que podría plantear iniciativas legislativas y resolvería tanto sobre las por el introducidas como por las presentadas por el resto de sujetos habilitados (el Presidente Europeo, los Estados miembros...). De esta forma el Parlamento sería un auténtico representante del pueblo europeo y un contrapeso al Presidente europeo.
Y aquí viene el tema de la elección. Yo propongo un sistema de elección basado en circunscripciones donde se elija un solo candidato, mientras que Jordi plantea listas transnacionales. La diferencia no es de matiz ni técnica, sino de objetivos propuestos. Lo que hay detrás de mi propuesta es un intento de que no todo el poder se vaya a los partidos políticos. Si el sistema se basa en listas en la práctica los partidos controlarán quien es o deja de ser diputado, por lo que la legitimidad de los parlamentarios se basará en su adscripción al partido, quedandole a los electores únicamente la posibilidad de elegir entre unos u otros partidos. No digo que el sistema no tenga ventajas, que las tiene y muchas; pero no me satisface. Yo preferiría que todos y cada uno de los parlamentarios tuvieran una legitimidad popular, basada en haber ganado en la circunscripción por la que se han presentado enfrentándose directamente a otros candidatos en dicha circunscripción.
Y ya dentro de este esquema, el tamaño del Parlamento europeo tiene mucho que decir. Si el Parlamento europeo acoge a 700 y pico parlamentarios, tal como sucede ahora, cada circunscripción sería de, aproximadamente, 700.000 personas. La ciudad de Barcelona, por ejemplo, elegiría a dos diputados al Parlamento europeo. No me parece mal. Sabríamos quien es nuestro representante en Europa y podríamos seguir lo que hace, lo que vota, con quien se alia. Y luego daría cuenta directa a sus electores de sus años de servicio en Estrasburgo.
Como digo, no estaría mal; pero preferiría que el Parlamento Europeo tuviera menos diputados. Si en vez de 700 tuviera 200 cada diputado sería elegido por circunscripciones de unas 2.000.000 de personas. Cada parlamentario tendría más poder y los partidos políticos dejarían de tener el poder omnímodo que tienen actualmente en Europa. Yo creo que esto sería bueno porque los ciudadanos tendríamos la sensación (a lo peor solamente la sensación) de que tenemos algo que decir en la política europea, que actualmente se siente muy alejada de cada uno de nosotros. Si la elección al Parlamento Europeo se hace por medio de grandes listas transnacionales tendríamos la sensación de que todo está controlado por las grandes élites políticas, las que tienen el poder de decidir quién va en el número 3 de la lista y quién va en el 33.
Pero bueno, al fin y al cabo esto no es más que política ficción...

viernes, 12 de diciembre de 2008

Lo de Bombay

Se queja en El País Ignasi Guardans, eurodiputado español presente en Bombay durante los últimos atentados, de que en medio de la crisis que padecía la ciudad, los ciudadanos europeos volvían a ser españoles, franceses, italianos o polacos. Las representaciones diplomáticas en la India de los Estados de la Unión velaban sólo por la vuelta "de los suyos", sin preocuparse de la suerte del resto de ciudadanos europeos.
No me sorprende, la verdad, y además es coherente con lo que ya he dicho en otras entradas: la política exterior europea tiene que ser algo diferente de la coordinación (imposible) de las políticas exteriores de los Estados miembros. Mientras no exista un Ministro de Asuntos Exteriores europeo (y un Ministro de Defensa) con legitimidad autónoma, presupuesto autónomo e infraestructura propia no podemos esperar que las representaciones diplomáticas de los Estados miembros actúen de forma diferente a como lo hacen.
En definitiva, la política exterior europea debe sumarse a las políticas exteriores de los Estados miembros; pero sin sustituirlas y sin conformarse con ser una mera puesta en común o coordinación de las políticas nacionales. La crisis de Bombay es el último ejemplo de lo inútil que resulta continuar por esta vía.

lunes, 23 de julio de 2007

La política exterior y Europa

Tras el último Consejo Europeo Tony Blair tranquilizaba a los británicos diciéndoles que la política exterior británica seguiría decidiéndose desde Londres. Esta era su manera de hacer explícito un nuevo fracaso en la construcción de una auténtica política exterior europea (comunitaria, de la Unión Europea, como se quiera decir, aunque detrás de cada una de estas opciones terminológicas se escondan matices importantes). Como resumen me parece excelente, irrefutable y, además, lógico y deseable. ¿Dónde se va a hacer la política exterior británica si no es en Londres? No es éste el problema. La política exterior británica la decidirá el gobierno de Londres, al igual que la francesa será competencia del Presidente de Francia y su Gobierno, y la española del inquilino de la Moncloa. Se trata de una evidencia que roza la tautología. De igual forma la política exterior que pueda hacer Cataluña, el País Vasco o Baviera se habrán de decidir en Barcelona, Vitoria y Múnich, respectivamente. El problema, como digo, no es éste, sino dónde se hace la política exterior europea. Lo que habría de discutirse no es si Bruselas ha de condicionar o no, y en el primer caso en qué medida la política exterior británica, sino cómo ha de hacerse la política exterior europea y de qué medios se la dota. Con frecuencia, sin embargo, se confunden las dos cosas y la frase de Blair con la que empezaba es muestra de este equívoco.
El desenfoque es, seguramente, consecuencia de que la política exterior ha sido una competencia exclusivamente estatal y no se entiende fuera de la lógica estatal. De esta forma, la asunción de competencias en materia de política exterior por parte de Europa se ve como una operación de suma cero respecto a las competencias exteriores de los Estados: las competencias que asume Bruselas las pierden los Estados. Se trata de parcelas de poder que los Estados ceden a Bruselas. La alternativa a esta cesión es que Bruselas se limite a coordinar las políticas exteriores de los Estados. De esta forma, quienes seguirán ejerciendo las funciones propias de la política exterior serán los Estados, pero de acuerdo con las instrucciones o planteamientos que hayan sido adoptados en el seno de las instituciones europeas. En este último caso las políticas de los diferentes Estados serían solamente instrumentos en manos de las instituciones comunitarias, quienes ejercerían por medio de los Estados un papel en el ámbito internacional que superaría sus limitaciones como organización internacional.
Este planteamiento y las alternativas que ofrece creo que son muestra de una manera de razonar que está en fase de superación. La política exterior no es una añadido al resto de políticas, sino la cara externa de todas ellas. Es por esto que todos los entes con poder político tenderán a asumir, por unos medios u otros, cierta acción exterior. En España podemos ver cómo las Comunidades Autónomas pugnan por tener un papel en las relaciones internacionales, superando la competencia exclusiva del Estado en esta materia, y ello porque no pueden desconocer que esta política exterior condiciona las políticas internas. Cómo se haga realidad esta política es otra cuestión. Bien pudiera ser que esta vocación exterior de los entes infraestatales se canalice a través de órganos estatales, o también puede suceder que estos mecanismos se consideren como insuficientes y se planteen alternativas. Las posibilidades son muchas, pero aquí quiero destacar únicamente que es ingenuo pretender que los entes diferentes del Estado pueden renunciar a ejercer competencias exteriores por el hecho de que tradicionalmente ésta haya sido una competencia atribuida en exclusiva al Estado.
Esta es la situación en la que se encuentra Europa. Europa es un ente diferente de los Estados que lo componen. Ejerce ciertas políticas y posee una dinámica propia. En estas circunstancias es inevitable que tenga una política exterior, y de hecho la tiene. Como es sabido desde hace mucho no se discute que en el ámbito comercial la Comunidad Europea desempeña una actividad exterior muy destacable. Esta dinámica comercial, a su vez, debe generar competencias en otros ámbitos, pues resulta también ingenuo pretender que los acuerdos comerciales dependen únicamente de las cuestiones comerciales. En la actualidad, sin embargo, esta dimensión "política" de la actuación exterior comunitaria es fruto de las presiones y maniobras de los Estados, que utilizan de esta forma a la Comunidad en beneficio de sus propias políticas.
Y es aquí donde llegamos al punto al que quería llegar. Es lógico, razonable y deseable que la política exterior británica se decida en Londres; pero creo que no lo es que sea también en Londres (o en París o en Madrid o en Varsovia... o en La Valetta) donde se decida al política exterior europea. Actualmente, al carecer la Unión Europea de órganos propios que puedan actuar con suficiente margen en este ámbito es la situación que nos encontramos. La construcción de una política exterior europea no se ha de plantear como un ejercicio de renuncia de los Estados a ámbitos competenciales que les son propios, sino como el reconocimiento de que la asunción de las competencias que ya tiene la Unión Europea obliga a dotarla de instrumentos para poder desarrollar su actuación también en el ámbito exterior. No se trata de un juego de suma cero. La creación de una auténtica política exterior europea no debería necesariamente mermar el poder actual de los Estados miembros de la Unión, sino que, al contrario, aumentaría éste al dotarles de un poderoso aliado en las confrontaciones a las que nos tenemos que enfrentar en un mundo globalizado.
Claro está -y éste es el problema de fondo- que la creación de esta política exterior limitaría las posibilidades de utilizar la política exterior (¡y de defensa!) de los Estados europeos en contra de otros Estados europeos. Por desgracia la situación en la que nos encontramos actualmente es la de que muchos Estados miembros de la Unión, sino todos, aún mantienen en sus Ministerios de Asuntos Exteriores la lógica de que ha de debilitarse a los tradicionales rivales, que ahora son también aliados en el seno de la Unión. No soy ingenuo, y sé que mientras esta orientación no cambie nadie se tomará en serio la construcción de esta política europea. En ese sentido la frase de Blair es, de nuevo, tremendamente significativa.