Ley y política en Cataluña

domingo, 29 de septiembre de 2013

Cuatro pasos


En el clima de efervescencia que vivimos actualmente en Cataluña se asume con excesiva facilidad que existe un clamor del pueblo catalán a favor de la secesión. Esto afirmación, sin embargo, no resiste un análisis mínimamente riguroso.
La confusión deriva probablemente de la ocultación de este término, secesión, y su sustitución por el nebuloso “derecho a decidir”, un concepto no solamente ambiguo, sino de dudosa gramaticalidad (para un análisis más detallado se puede consultar el siguiente artículo). De todas formas, el “derecho a decidir”, una vez cumplida la función para la que fue diseñado, la de atraer al independentismo a los partidos de izquierda y propiciar la declaración de soberanía proclamada por el Parlament de Cataluña hace unos meses; parece destinado ahora al baúl de los recuerdos, sin que ya se planteen problemas en reconocer que no ha sido más que “una chorrada” como reconoció Agustí Colomines,  ex -director de la Fundació Catdem de CDC con el beneplácito de Carme Forcadell.
Si nos centramos en el problema de fondo, la posibilidad de que Catalunya se convierta en un Estado separado de España, el diseño del proceso desde presupuestos democráticos (o radicalmente democráticos como gusta a muchos decir ahora) y teniendo en cuenta las exigencias legales propias de un Estado de Derecho sería relativamente sencillo:

1) Elecciones autonómicas en las que los partidos políticos se manifiestan claramente sobre la cuestión de la independencia. Es bueno recordar aquí que en el actual Parlamento de Catalunya solamente 24 diputados (de 135) fueron elegidos en listas en las que claramente se apostaba por la independencia de Cataluña (los 21 diputados de ERC y los 3 diputados de las CUP; CiU no emplea la palabra independencia en su programa electoral y se limita a plantear la necesidad de construir “estructuras de Estado”). No se destaca lo suficiente que los diputados que representan a partidos que claramente se muestran contrarios a la independencia son 48 (20 del PSC, 19 del PP y 9 de C’s). El doble de los diputados “independentistas”.

2) Si tras las elecciones autonómicas una mayoría de diputados que, a su vez, representen a una mayoría de electores, han alcanzado el acta de diputado integrados en listas de partidos que defienden la independencia de Catalunya se darían las condiciones políticas para que se convoque una consulta sobre la independencia de Cataluña. Una consulta no vinculante podría ser convocada por el Gobierno central sin que exista, a nuestro conocimiento, obstáculo legal para ello en nuestro sistema.

3) Si el resultado de la consulta es ampliamente mayoritario a la secesión deberían darse los pasos necesarios para la reforma de la Constitución que permitiera dicha secesión. La reforma constitucional debería ir acompañada de la regulación de la posibilidad de un referéndum vinculante sobre la secesión.

4) Concluidas las reformas legales necesarias debería convocarse un consulta vinculante sobre la secesión. Si de nuevo el “sí” a la independencia obtiene una mayoría suficiente, se produciría la secesión de la Comunidad Autónoma con las consecuencias que ello tiene para el ordenamiento interno y el internacional.

Cualquier otra cosa es buscar atajos donde no los hay, jugar con la voluntad popular como elemento argumentativo sin contraste en las urnas y, en definitiva, actuar con escaso rigor y respeto por los intereses generales.

Sonia Sierra/Rafael Arenas

Esta entrada puede consultarse también en el blog de Sonia Sierra.

domingo, 22 de septiembre de 2013

Sacrificios, esperanza, comunidad

¿Por qué nos tratan tan mal los políticos?
Desde hace cinco años estamos machacados por una crisis de complejo diagnóstico y difícil resolución. Todavía no he visto ninguna construcción que explique de una forma suficientemente convincente la crisis del sistema financiero, la contracción de la actividad industrial y la crisis de deuda en determinados países. Seguramente la falta de esta explicación incide en lo errático de las políticas orientadas (en teoría) a salir de la crisis. El bochorno de que el FMI haya reconocido que se equivocaron en un 300% en el cálculo de la incidencia de los recortes de gasto público griego en el crecimiento del PIB (calcularon que cada euro de recorte implicaría una disminución de 0,5 euros en el PIB cuando la realidad es que por cada euro de recorte el PIB disminuyó en 1,5 euros) no es más que la guinda de toda una serie de políticas económicas que se han mostrado desacertadas, al menos si entendemos como política económica acertada aquella que consigue que la mayoría de los ciudadanos tengan una mejor calidad de vida.
Se trata, además, de una crisis en la que la cooperación entre Estados se ha visto sustituida por una feroz competencia. El concepto de guerra económica es, seguramente, muy apropiado para la época en la que vivimos, en la que los Estados se disputan despiadadamente los fondos existente en el mercado para financiar su deuda, en la que unos y otros maniobran para que las instituciones económicas supranacionales (Eurogrupo, BCE, FMI) adopten las decisiones que más convienen a sus particulares intereses y que implican, a la vez, perjudicar a los gobiernos o a los ciudadanos de otros países. En estas circunstancias es imprescindible gobernantes capaces, que entiendan lo que está pasando, que sepan adoptar decisiones inteligentes en el momento oportuno y encontrar las complicidades necesarias en las instituciones y la población.
Nos encontramos, finalmente, en una crisis de una profundidad tal que los sacrificios son, seguramente, inevitables y que, por tanto, requiere una cierta comprensión en una ciudadanía que lo está pasando mal, que ha visto reducidas sus expectativas vitales y debe aún resignarse a que no existan aún perspectivas claras de recuperación. En estas circunstancias sería de agradecer que los responsables políticos trataran a los ciudadanos como adultos y fueran capaces de informar qué es lo que está sucediendo y qué medidas se están adoptando. En una situación excepcional como es la que vivimos lo lógico es exigir sacrificios al conjunto de los ciudadanos; pero esa exigencia de sacrificios ha de ser compensada con una profundización en la solidaridad, en el sentido de pertenencia a una comunidad y en la promesa de que al final se conseguirá superar las dificultades.

A nadie se le escapa que lo que estoy pidiendo es un discurso de guerra. El habitual en los casos en los que un país se enfrenta al mayor de los desafíos: el enfrentamiento total con otro Estado. Se trata de situaciones en las que se da justamente lo que acabo de explicar: la exigencia de sacrificios en la población, que ha de soportar los peligros de la lucha o de los ataques además de a las privaciones que resultan de orientar la producción al esfuerzo de guerra; pero, a la vez, esa situación se ve en alguna forma "compensada" por el reforzamiento de las estructuras sociales, el convencimiento de que todos comparten en igual medida los sacrificios y la esperanza de que la victoria traerá el fin de las penurias y un mundo mejor para los que sean capaces de superar los momentos difíciles.




Es evidente que los gobernantes españoles no han optado por esta vía de actuación. En lo que se refiere a la explicación de la crisis ésta se ha limitado hasta ahora a la imbecilidad de que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades; lo que en muchos casos individuales es absolutamente falso, pero que ni siquiera es cierto desde una perspectiva general porque como señalaba José Luis Sampedro en una entrevista con Jordi Évole, nadie vive por encima de sus posibilidades, porque si lo hace mediante el recurso al crédito es que tiene la posibilidad de obtener crédito. En el caso español es cierto que las hipotecas y los créditos personales crecieron exponencialmente en los años de bonanza; pero también ha de ser considerado que eso se hizo animado por las propias instituciones financieras y con el consentimiento del gobierno, por lo que la acusación (y se hace en tono acusador) que los ciudadanos hemos despilfarrado, holgazaneado y carecido de previsión no parece tener más fundamento que el culpabilizarnos para que asumamos mejor el "castigo" que se nos impone.
Porque las medidas económicas no son presentadas como mecanismos para salir de la crisis, sino como penas a los culpables de la misma. Recuerdo ahora la diatriba del Secretario de Estado de Administraciones Públicas contra los funcionarios diciendo que debían (debíamos) ser conscientes de que se había acabado "lo del cafetito". Las medidas adoptadas en relación al no pago de los días de baja o la facilidad en el despido parecen también (o así han sido presentadas) medidas contra los "abusos". La permanente acusación a la ciudadanía parece ser el mecanismo escogido para apoyar las medidas económicas, obviando la posibilidad de presentarlas como un sacrificio inevitable y momentáneo que traerá como resultado en un tiempo un mundo mejor para todos.
Esa opción de los gobernantes es más apropiada para dirigirse a siervos que a ciudadanos responsables. Es lógico que no estemos en absoluto satisfechos con una situación en la que se nos culpabiliza de una crisis de la que, en realidad, no somos en absoluto responsables y en la que, por si fuera poco, se nos imponen medidas "sancionatorias" que son presentadas como castigo por unos pecados que no hemos cometido. Finalmente, la dureza con la que es tratado el ciudadano contrasta con el nulo interés en perseguir fraudes como el de las preferentes o la corrupción generalizada en los partidos políticos. La consecuencia de todo ello es una pérdida de confianza en las instituciones públicas que llega a afectar a la sensación de pertenencia a una comunidad.
Esto último creo que no ha sido suficientemente señalado. Todos necesitamos sentir que pertenecemos a una determinada comunidad; y especialmente en momentos difíciles la tentación de integrarse en una "masa" puede llegar a ser poderosa (ahí está la aportación sugerente desde su acientificidad de Elias Canetti). Necesitamos del otro y de ese conjunto que transmite seguridad y esperanza en el futuro. El grupo en el que naturalmente nos integramos es nuestra comunidad política; pero si quienes la dirigen culpabilizan, insultan (ahí está el desafortunadísimo "¡que se jodan!" de una diputada del PP) y no ofrecen ni diagnóstico del presente ni esperanza en el futuro ¿qué nos queda?


Creo que el 15M tuvo el éxito que tuvo en parte por este componente "comunitarizador". La solidaridad y apoyo que se encuentra a faltar en las instituciones públicas era sustituido por el que se encontraba en las asambleas o en las manifestaciones (auténticas catársis en cualquier circunstancia, y aquí vuelvo a recomendar la lectura de "Masa y Poder" de Elias Canetti). Esa tranquilidad grupal que no se consigue a través del Estado, en el que solo hallamos reproches y castigos, falta de análisis, negras perspectivas y palabras vacías; es oportunidad abierta para mecanismos alternativos de vinculación. No es extraño, por ello, que las instituciones y los poderes fácticos hicieran todo lo posible para desarticular el movimiento 15M minimizando sus éxitos de convocatoria, intentando confundirlo con movimientos violentos y reprimiéndolo en algunas ocasiones con una violencia desproporcionada que ha llegado a la mutilación de ciudadanos que participaban en las concentraciones (como fue el caso de Esther Quintana en Barcelona).
Y esta misma debilitación de los vínculos emocionales que justifican la pertenencia a una comunidad política me parece que explican en parte el éxito del independentismo en Catalunya. Hablando el otro día con un "nuevo independentista" me di cuenta de que en su actual adscripción secesionista encontraba todos los elementos argumentales y emocionales que se precisan en épocas de crisis. Desde el independentismo el diagnóstico de los problemas es claro: todos los males derivan de la integración de Catalunya en España. A partir de aquí la solución también es clara: la separación de España traerá prosperidad y desarrollo económico, la recuperación de las expectativas personales rotas por la crisis y un futuro que nos colocará a la par que Dinamarca y Suiza. De lo anterior se deriva la pertenencia a un grupo con el que es fácil establecer esos lazos de solidaridad y calidez humana que pueden hacer más soportables los sacrificios (y en este sentido la Vía Catalana hacia la independencia del pasado 11 de septiembre ha sido un gran acierto, porque incide precisamente en esa idea de pertenencia y en la integración en un grupo humano articulado). A partir de aquí es posible llegar a  asumir cosas tales como la exclusión de la UE o de una transitoria crisis económica que resulte de la independencia y que pronto se verá remontada por el espíritu trabajador y emprendedor de los catalanes (eran palabras del nuevo independentista con el que hablaba el otro día).
Con razón se dice que los momentos de crisis son propicios para los vendedores de humo. Ahora bien, no hay que olvidar que esto es en parte posible porque los responsables públicos fallan en una tarea imprescindible de diagnóstico, información, planificación y transmisión de esperanza. Cuando, como sucede en el caso de España se va justamente a lo contrario: culpabilizar, castigar y amenazar es más fácil la desafección generalizada y que cualquiera que ofrezca esa esperanza consiga sumar adeptos.
¡Qué fácil es que las personas creamos aquello que queremos creer!

jueves, 19 de septiembre de 2013

Soledad y vacío

Desde niño me ha fascinado la magnitud del Universo. El tamaño enorme de las estrellas y, sobre todo, las inconmensurables distancias que separan a los astros me anonadaban y, a la vez, me producían una sensación morbosa, como la que se tiene cerca de un precipicio; incluso en ocasiones un cierto gusanillo en el estómago.
La dificultad que encontraba para recrearme en la inmensidad del Cosmos es que debía manejar magnitudes literalmente astronómicas que se escapaban a mi comprensión. Un día, sin embargo, descubrí las posibilidades que ofrecían las escalas. Si reducía los astros a tamaños que yo podía concebir me sería más fácil percibir las enormes diferencias de tamaño entre unos y otros cuerpos celestes y, sobre todo, las distancias siderales que se extendían entre los astros.
Un día tomé un folio, una regla y un libro de astronomía y me dispuse a dibujar aquellos astros en las proporciones y distancias que tenían. Comencé por la Tierra y elegí un tamaño que me parecía pequeño. A continuación me puse a calcular el tamaño que tendría el Sol y me sorprendí al ver que no me cabría en el papel. Unos cuantos cálculos más y descubrí que el folio del que disponía ni siquiera me permitiría representar la distancia entre el Sol y la Tierra.
Estaba decepcionado y recuerdo que hasta torturé a mi padre con los problemas a los que me enfrentaba. Me di cuenta de que no podría representar en el papel lo que quería y que tendría que limitarlo todo a la imaginación, ese poderoso instrumento. Desde entonces no he dejado de jugar a encontrar escalas que me permitan asomarme a la inmensidad del Universo.

Estos días, al hilo de la noticia de que la Voyager I había entrado en el espacio interestelar, he vuelto a esta afición. Quería imaginarme dónde estaba y hacia dónde se dirigía esa pequeña nave de cuyo lanzamiento me acuerdo casi perfectamente. Un objeto del tamaño de un automóvil pequeño que actualmente se encuentra a la inimaginable distancia de 19.000 millones de kilómetros del Sol.

La Voyager, además, no concluirá su misión, sino que está diseñada para continuar viaje entre las estrellas de nuestra Galaxia más allá incluso del agotamiento de sus baterías. Incluye un disco en el que los humanos enviamos un mensaje a quien pueda encontrarla; aunque quizás seamos nosotros mismos quienes en un futuro enviemos una nave más moderna y veloz que localice esta reliquia de los primeros años de la investigación espacial. Si no es así será porque nos habremos extinguido antes de llegar a ese punto y esa, desde luego, no es una perspectiva halagüeña.


El caso es que estas noticias sobre la Voyager me hicieron volver al viejo tema de las escalas del Universo que ahora comparto aquí. El punto de partida es pensar en la Tierra como en una bolita de un centímetro de altura. Algo así como una canica pequeña. Creo que es fácil imaginarse tal cosa. Hemos disfrutado de tantas fotografías de la Tierra desde el espacio que verla como una pequeña canica es un tópico, una trivialidad. Convirtamos la canica en un globo azul de mar y blanco de nubes con los continentes en su superficie y tendremos el primer paso para nuestro viaje espacial.
Comenzar por una Tierra de 1 centímetro es interesante, porque eso supone que 10.000 kilómetros -el diámetro de la Tierra es de 12.000 kilómetros- equivalen a 1 cm. Eso quiere decir que un millón de kilómetros es un metro y esa será una equivalencia muy útil para intentar visualizar el Sistema Solar.
Después de la Tierra lo siguiente que tenemos que ubicar es la Luna. En esta escala la Luna es un granito de 3 milímetros de diámetro que gira a 40 centímetros de la canica que representa a la Tierra. Quizás esto sea una primera sorpresa. Una piedrecita de 3 milímetros a 40 centímetros puede considerarse lejana a nuestra escala; menos relevante que el enorme disco que ofrece la Luna en ocasiones; pero esa es la realidad. El sistema Tierra-Luna está formado (en esta escala) por una canica de un centímetro de diámetro y un granito de arena de 3 milímetros que gira a algo menos de medio metro de distancia de la canica. Ningún ser humano ha estado nunca más lejos de la Tierra que esos 40 cm. Eso es todo lo que hemos recorrido del espacio; aunque sí hemos sido capaces de enviar naves mucho más lejos.
Tras la Luna situemos el Sol. El Sol sería una bola de casi 1,4 metros de diámetro (uno de esos enormes balones con los que les gusta jugar a los niños pequeños) y estaría situado a 150 metros de la Tierra. Entre la Tierra y el Sol estarían Venus y Mercurio.
Así pues, si consideramos ahora el Sol como centro de nuestra maqueta resultaría que éste sería una bola de fuego que no llega al metro y medio de diámetro. A unos sesenta metros de la bola hay una pequeña piedrecita de menos de medio centímetro de diámetro (Mercurio) y un poco más allá, a cien metros del Sol, una canica casi igual a la de l Tierra que es el planeta Venus. A 150 metros, tal como hemos visto, la Tierra y más allá, a más de 200 metros del Sol encontramos el planeta Marte, que es otra canica, pero de la mitad de tamaño que la Tierra y Venus. Todavía más allá el cinturón de asteroides y ya los grandes planetas gaseosos del Sistema Solar. El más cercano al Sol, Júpiter, que es también el más grande del Sistema Solar, es una bola de gas que en nuestra escala tendría 14 centímetros de diámetro y se encontraría a casi 800 metros del Sol. Saturno, algo más pequeño que Júpiter ya estaría a casi kilómetro y medio del Sol; Urano sería una bola algo más pequeña que una pelota de tenis y que se situaría a casi tres kilómetros del Sol. Finalmente, Neptuno sería algo más pequeño que Urano y su órbita se situaría a casi cinco kilómetros del Sol.
Y con esto hemos acabado los grandes astros del Sistema Solar: Una bola de fuego de menos de metro y medio de alta, un par de piedrecitas de medio centímetro de diámetro (Mercurio y Marte), dos canicas de un centrímetro (Venus y La Tierra), una bola de catorce centímetros de diámetro (Júpiter), otra de unos doce (Saturno) y otras dos de tamaño menor que una pelota de tenis (Urano y Neptuno); y todo ello situado en un círculo de 5 kilómetros de radio. Es decir, en una superficie de 75 kilómetros cuadrados. Necesitamos todo ese espacio para representar la parte nuclear del Sistema Solar partiendo de que la Tierra es una canica de 1 centímetro de diámetro. Y en toda esa área, en estos 75 kilómetros cuadrados lo único que hay es lo que ya hemos enumerado más los satélites de los planetas (solo nos hemos referido a la Luna) y cuerpos menores como son los asteroides y los cometas; cuerpos que en esta escala ni siquiera serían visibles para el ojo desnudo. Cualquier observador imparcial y externo creo que llegaría a la conclusión de que el Sistema Solar está vacío.

(Si el punto del centro fuese el Sol necesitaríamos un microscopio para ver la Tierra, cien veces más pequeña y los límites del cuadro se corresponderían más o menos con la órbita de la Tierra. A esta escala la Voyager estaría situada actualmente a unos15 metros del punto que representa al Sol)

El Sistema Solar no se acaba en la órbita de Neptuno. Más allá tenemos los planetas enanos, los cometas y el efecto del viento solar. En realidad el Sistema al que pertenecemos se extiende al otro lado de la frontera del espacio interestelar, la línea que cruzó la Voyager el año pasado y que se encuentra mucho más allá de los grandes planetas del Sistema Solar.
La Voyager está ahora mismo a 19.000 millones de kilómetros del Sol; lo que en nuestra escala son 19 kilómetros. La bola de metro y medio del Sol se verá desde la nave poco mayor que una estrella. La Voyager es, desde luego, el objeto construido por el ser humano que está más lejos de nosotros y se aleja a una velocidad de 17 kilómetros por segundo (61.000 kilómetros por hora; es decir, en nuestra escala recorre en cada hora 6 centímetros, casi metro y medio por día). Puede parecer poco, pero un avión de pasajeros que volara sin parar tardaría dos meses en recorrer la distancia que cubre la Voyager en un día o, lo que es lo mismo, la Voyager tarda menos de un minuto en recorrer la distancia que un avión de pasajeros cubre en una hora. Esta velocidad, sin embargo, es absolutamente de tortuga si la comparamos con la velocidad de la luz. En esta escala, como acabamos de ver, el Voyager I recorre metro y medio por día. Un rayo de luz recorre esa misma distancia -metro y medio- en cinco segundos.
La Voyager continuará su viaje alejándose del Sol. A la velocidad actual cruzará en 20.000 años la última frontera del Sistema Solar (situada en esta escala a 10.000 kilómetros del Sol; esto es, si situamos ese Sol de casi metro y medio de altura en el centro de Barcelona el límite externo del Sistema Solar estaría situado en Los Ángeles).
Y aquí se acaba la utilidad de la escala. No hay dos puntos en la Tierra que estén separados por más de 20.000 kilómetros, y la estrella más cercana al sol estaría situada a casi 40.000 kilómetros en esta escala. El imaginarnos la Tierra como una canica nos permite asombrarnos con las distancias que separan los astros que forman el Sistema Solar y darnos cuenta de la inmensa soledad de nuestra estrella en relación a sus hermanas; pero no nos permite ya hacernos idea de la magnitud de las distancias en el Universo. Para ello tenemos que recurrir a una escala todavía más potente que impide ya que la Tierra resulte visible. En la imagen que coloco un poco más arriba se ve un Sol de menos de un milímetro en el que la órbita de la Tierra estaría situada a unos 10 centímetros del Sol y la de Neptuno a unos tres metros y medio (probablemente en los límites de la habitacion en la que se encuentra quien está leyendo esto). En esta escala la Voyager estaría ahora mismo a unos 15 metros del Sol, tal como ya hemos indicado y el límite externo del Sistema Solar estaría situado a unos 6 kilómetros del punto menos que milimétrico que representa a nuestra estrella. En esta nueva escala la estrella más cercana al Sol se ubicaría a 24 kilómetros de éste. Y muchas de las que vemos en el cielo nocturno con el ojo desnudo se encontrarían a distancias que van desde esos 24 kilómetros hasta más de quince mil. Todas ellas forman parte de una "isla" de estrellas que llamamos galaxia. Nuestra Galaxia es la Vía Láctea y se extiende (en la escala que estamos manejando ahora, aquella en la que el Sol tiene menos de un milímetro de diámetro) a lo largo de ¡600.000 kilómetros! (más de la distancia entre la Tierra y la Luna). Más allá de la Vía Láctea se extiende el espacio intergaláctico, el que separa unas galaxia de otras. La más cercana a la nuestra es Andrómeda, que está a dos millones de años luz de la Vía Láctea; en la escala que estamos utilizando ahora (aquella en la que el Sol tiene menos de un milímetro de diámetro) esos dos millones de años luz son 12 millones de kilómetros, treinta veces la distancia entre la Tierra y la Luna. Absolutamente incomensurable, para poder hacernos una idea de esa distancia tendríamos que utilizar escalas en las que el propio Sol resultaría ya microscópico.
Distancia y vacío, un inmenso vacío. Eso es lo único que hay; y el cielo estrellado en la noche, una magnífica ilusión.


miércoles, 18 de septiembre de 2013

De nuevo TV3, ahora en horario infantil

Acabo de ver el vídeo que se puede encontrar en este link. El vídeo también puede localizarse en la página web del  canal Super 3 en este otro link. La parte que interesa está hacia el final del programa (a partir del minuto 6:39)
No doy crédito.
Hace poco escribía sobre unos libros para niños que había encontrado en el FNAC y que tergiversaban la historia de la Guerra de Sucesión y adoctrinaban en el independentismo. Se colocaba la estelada en un lugar central de la particular historia de la Guerra de Sucesión de tal forma que los niños asumiesen que lo "normal" es ser independentista y lucir las esteladas. En aquella entrada sostenía que la libertad de expresión y opinión amparaba tales publicaciones y que, en todo caso, debían ser los padres quienes seleccionaran las lecturas y explicaciones que daban a sus hijos. En una sociedad democrática debe ser posible que cada familia decida con libertad qué creencias practica. También decía que, sin embargo, sería preocupante que materiales como los que había visto en el FNAC fueran utilizados en las escuelas o que se hubiera destinado dinero público a editarlos. La educación pública y -añado- los medios públicos de comunicación deben ser neutrales en aquello sobre lo que existe discusión o debate en la sociedad y limitarse a transmitir los planteamientos sobre los que existe consenso social y que contribuyen a reforzar la identidad compartida por todos; idealmente siempre desde una perspectiva que favorezca el pensamiento crítico y la capacidad de desarrollar ideas propias. En caso de ocuparse de debates abiertos debe hacerse dando la palabra a todas las opiniones y diferenciando claramente estos casos de aquellos otros en los que tal debate o no existe o no resulta significativo. De no hacerlo así se incurre en adoctrinamiento, haciendo pasar por indubitado o incuestionable lo que no lo es.
El vídeo cuyo enlace acabo de colgar está tomado de un programa infantil y claramente dirigido a los niños. En el vídeo se realiza una somera presentación de la Guerra de Sucesión que encaja con el planteamiento ortodoxo de los independentistas: una guerra entre Cataluña y Castilla (y los aliados de unos y otros) que concluye con la pérdida de las libertades de Cataluña y con un "castigo", el Decreto de Nueva Planta. Tras el minidocumental sobre la Guerra de Sucesión (una historia bien real, como se indica al comienzo del mismo) se presentan tres libros dirigidos a los niños y que explican el 1714. En uno de ellos se ve a un grupo de personas con esteladas. El punto que faltaba para vincular esa visión mítica de la Guerra de Sucesión con el independentismo actual.



Las tergiversaciones en las que incurre el minidocumental son las mismas de siempre: se comienza diciendo que "buena parte" de los catalanes optaron por el Archiduque Carlos; pero a continuación ese matiz ("buena parte" y no "todos") se olvida para referirse siempre a "los catalanes", de tal forma que queda oculto el carácter de guerra civil catalana que tuvo la Guerra de Sucesión. Evidentemente, ninguna referencia a que el jefe de la defensa de Barcelona en 1714 era castellano ni al bando final de Rafael Casanova en el que se proclamaba que se luchaba "por la libertad de toda España". Nada tampoco sobre el sangriento sitio de Barcelona de 1705, cuando la ciudad -que permanecía fiel a Felipe V- fue bombardeada desde el castillo de Montjuic por los partidarios del archiduque Carlos y sus aliados. Se identifican las instituciones medievales catalanas con las libertades catalanas y ninguna referencia a que, ¡oh casualidades!, tras el Decreto de Nueva Planta Cataluña conoció una época de desarrollo económico y movilidad social que permitió el ascenso de la burguesía.
Aparte de la tergiversación nos encontramos con el adoctrinamiento; ya que no puede calificarse de forma diferente el que en medio de una explicación de la Guerra de Sucesión se introduzcan imágenes de esteladas. En fin, un prodigio de manipulación, dirigido a los niños ¡y en una televisión pública que pagamos todos los catalanes!
Hace unas semanas, cuando escribía la entrada en este blog sobre niños y esteladas no me podía imaginar que el nivel de adoctrinamiento de aquellos libros (presuntamente editados con fondos privados; pero ya no puedo estar seguro) llegara a los medios públicos. Lo que he visto hoy me parece todavía más grave que la partidista transmisión de la Vía Catalana el pasado 11 de septiembre y a la que ya me referí aquí. ¿Dónde están los partidos políticos que no denuncian esto? ¿Dónde la sociedad civil que no se queja de que se esté convirtiendo el discurso público en un gigantesco ejercicio de propaganda (a lo señalado sobre TV3 aún podría añadirse la permanente falsedad en la presentación de las decisiones judiciales sobre el bilingüismo en las escuelas, la escandalosa campaña institucional para las elecciones autonómicas del año pasado y tantos otros ejemplos que se le podrán ir ocurriendo a todos los que vivimos en Cataluña) que ya no respeta ni siquiera a los niños?
Por este camino vamos mal, muy mal.

jueves, 12 de septiembre de 2013

Sobre TV3 y la Vía Catalana

Ayer estuve viendo TV3.
Todavía no me he recuperado. Sabía que TV3 no era una televisión objetiva, pero, la verdad, hacía tiempo que solamente la conectaba si había alguna película o una transmisión deportiva. La semana pasada un "30 minuts" que no defraudó mis expectativas y poco más. Hoy he seguido la Diada a través de la cadena y me he quedado estupefacto.
Nada que decir sobre la transmisión de los actos institucionales de la mañana, donde, además, se recogieron suficientemente -a mi juicio- los actos paralelos organizados por el PP y C's; pero el plato fuerte ayer era, claro, la Vía Catalana, y ahí la cadena echó el resto.



Podría decir que todo se resume en que TV3 no informó sobre la Vía Catalana, sino que participó en ella. En el tiempo durante el que seguí la retransmisión no vi que se diera espacio a quienes no han apoyado la Vía (que no son grupos marginales, sino partidos como el PSC, IC-Verds, PP, C's e, incluso, UDC) sino que percibí la permanente transmisión de que ese acto era uno sobre el que existía un amplio consenso social. No vi ninguna referencia al hecho de que en twitter el hashtag #SomEspanya fue TT por delante de los que se referían a la Vía Catalana y tampoco escuché ninguna referencia a la propuesta de "Rodear La Caixa", que habían planteado varios grupos y que contaba, me parece, con el soporte de alguna formación política con representación parlamentaria. No, todo era por y para la Vía. En algún momento pensé que si se pagara como publicidad todo el tiempo que se le dedicaba no habría necesidad de ningún ERE en TV3; pero, claro, el dinero público para eso está, para sostener sin fisuras las propuestas que encajan con el ideario de los que mandan, lo mismo da que exista o no un consenso social sobre el tema.
De hecho, como adelantaba, TV3 no informó sobre la Vía, sino que participó en ella; lo que es otra forma de configurar el consenso social, pues la televisión va haciendo calar la idea de que lo normal era estar en la cadena. Así, por ejemplo, los presentadores indicaron con total naturalidad que no se pudieron apuntar al "Tramo 0" de la Vía porque la web ya estaba colapsada. ¿Se puede ser presentador de TV3 y no estar a favor de la independencia de Catalunya? Después de lo visto ayer tengo mis dudas. Un poco más adelante en el programa una reportera en la Plaza de Catalunya le preguntaba a un chico que por qué no se había apuntado a la Vía con más antelación. En fin, una muestra total de objetividad en el planteamiento.
No es extraño que ante este despliegue de partidismo uno se vuelva susceptible ante lo que te van mostrando. Cuando en un plano no se abre la cámara para mostrar a quienes se supone que van llenando la calle o plaza piensas que es porque no hay gente que mostrar, cuando los tramos de la Vía que se enseñan son siempre los mismos tiendes a pensar que quizás otros no presentan un aspecto tan abigarrado como los escogidos y si, finalmente, pocos minutos después de las 17 horas 14 minutos comienza a pasar un rótulo por la pantalla que te indica que la cadena se ha completado te preguntas ¿y cómo lo saben? ¿Tienen una cámara en cada uno de los 400 kilómetros de recorrido para verificar que todas las manos están enlazadas? Si, para colmo, por casualidad, en el momento en el que está pasando el rótulo la imagen es de un tramo de la vía en el que dos chicas tienen que cubrir un espacio mayor del que dan sus brazos y no les queda más remedio que colocar entre ambas una de esas cintas amarillas que abundaban entre los manifestantes, piensas que te están intentando manipular.
Para acabar, le colocan el micrófono a un niño de unos tres años para que explique por qué ha participado en la Vía. Bueno, no se trata exactamente de una tarde en el zoológico. ¿No produce un cierto repelús que se asuma con tanta naturalidad que hasta los niños tienen que ser independentistas desde que pueden decir su primera palabra? Y todo esto orquestado por una televisión pública. ¿Es esto lo que realmente queremos?