Un libro

Golpe de Estado (30 de septiembre de 2016)

Lo más preocupante de la intervención de Carles Puigdemont en el Parlamento de Cataluña no es el anuncio de lo que hará en los próximos meses, sino el reconocimiento de lo que ya está haciendo. Sin ningún disimulo afirmó que su Gobierno trabajaba en la preparación de todo lo necesario para proclamar Cataluña como un Estado independiente.
¿Cómo es posible que una autoridad pública reconozca que se dedica a preparar la vulneración de la Constitución, la ruptura del Estado y el sometimiento de los ciudadanos a un poder que se pretende imponer por la vía de hecho de forma unilateral? ¿Cuándo hemos decidido los españoles que el Parlamento de Cataluña sea el de un Estado soberano y la Generalitat un instrumento para quienes quieren sustraer a los catalanes de los derechos que les confiere su condición de ciudadanos españoles y europeos?
Temo que muchos se hayan acostumbrado ya a lo que acertadamente el Sr. Puigdemont califica como fase “postautonómica”. En las escuelas se explica una historia inventada y no se cumple con las decisiones judiciales que establecen que una de cada cuatro horas de docencia ha de hacerse en castellano. Cuando el 9 de noviembre de 2014 se decidió realizar un referéndum vulnerando la prohibición del Tribunal Constitucional, el referéndum se hizo. Hace poco más de dos meses, contra otra prohibición expresa del Tribunal Constitucional, el Parlamento de Cataluña votó y aprobó las conclusiones de la comisión de estudio del proceso constituyente que, entre otras cosas, establecen la creación de una asamblea constituyente cuyas decisiones nos vincularán a todos y que no podrán ser impugnadas ante los tribunales. Frente a lo anterior, el que la bandera española haya desaparecido de muchos lugares y sea sustituida por la estelada cuando plazca no debería ya extrañarnos.
A los catalanes no nos preocupa tanto lo que puede pasar (y eso que nos preocupa mucho) como lo que ya está pasando. Deploramos que nuestras instituciones autonómicas hayan sido abandonadas en manos de quienes las han convertido en herramientas para un golpe de Estado y nos entristece que con tanta indiferencia el resto de los españoles asistan a la forma en que se destruye el Estado de Derecho en Cataluña.

Lamentablemente, la falta de convicción que España y los españoles estamos mostrando ante el desafío secesionista no es una anécdota, sino muestra de la profunda regeneración que precisa nuestro país.

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