martes, 6 de febrero de 2024

"No me racialices, háblame en catalán"

Esta actividad ofrecida por la UAB merece un comentario.


El título es "No me racialices, háblame en catalán" y se trata de una iniciativa ofrecida por una universidad pública en la que se explican las ventajas de que los catalanohablantes no cambien de lengua al hablar con otras personas. De acuerdo con el título de la actividad, cambiar de lengua puede implicar "racializar" al interlocutor; esto es, ofrecerle un trato diferenciado en función de su raza. Creo que el planteamiento ejemplifica bien algunas de las características de las políticas lingüísticas en Cataluña; características que, desde mi perspectiva, han de ser valoradas negativamente; tal y como intentaré mostrar a continuación.

En primer lugar, se trata de un taller ofrecido por una administración pública (las universidades públicas son administración) orientado a influir en la lengua que utilizan las personas en sus relaciones entre sí. Entiendo que estas políticas han de ser consideradas con mucha cautela, puesto que cualquier intento de influencia del poder público en la lengua que utilizan los particulares es, a mi juicio, un ataque a la libertad individual. Pocas cosas tan personales como la lengua que uno elige en cada momento. Es un ámbito en el que creo que debería operar el "never complain, never explain". Yo, desde luego, intento practicarlo, por lo que rechazo cualquier indicación del poder público sobre cuál es la lengua que debería utilizar cuando me relaciono con otras personas al margen de mis obligaciones como funcionario. Las diferentes administraciones pueden -y deben- desarrollar políticas de promoción del conocimiento de las lenguas, pero deberían abstenerse de llevar a cabo políticas de promoción del uso de las lenguas. La actividad que comento, sin embargo, tiene como objetivo incidir en ese uso, lo que resulta no solamente del título de la misma, sin también de que uno de sus objetivos es que se conozcan los beneficios que se derivan de mantener la lengua propia (entendida lengua propia como el catalán, volveré sobre esto enseguida).
Lo que acabo de exponer -el rechazo a las políticas desde el poder para incidir en la lengua que utilizan los particulares en sus relaciones- se aplica con independencia del estatus del idioma; es decir, se predica tanto de aquellos casos en los que las lenguas afectadas (siempre hay más de una lengua afectada, como veremos) son lenguas oficiales como en aquellos otros en los que las lenguas sobre las que incide la política carecen del estatus de oficialidad.
La irrelevancia de la oficialidad o no de la lengua es consecuencia de que, obviamente, los individuos pueden usar, al margen de sus relaciones con el poder, la lengua que tengan por conveniente. Eso sí, serán responsables de su elección en el sentido de que si el idioma elegido no es entendido por el interlocutor no llegara a satisfacerse la función comunicativa de la lengua; pero aún así ha de ser decisión de cada persona qué lengua utiliza y el fin con el que lo hace. Como decía hace un momento, never complain, never explain. Ni quejarse ni explicarlo. Es una elección que forma parte de la libertad más personal, más íntima, diría.
Lo que acabo de exponer quizás le parezca irrelevante a quien vive en un entorno monolingüe; esto es, uno en el que la lengua habitualmente usada es una y solo una; pero, seguramente, entenderá bien mi objeción quien se encuentre en un entorno bilingüe o multilingüe. En estos últimos, pese a que quienes ahí residen conozcan con mayor o menor profundidad varias de las lenguas que se emplean habitualmente, tendrán una relación más estrecha con una de ellas; normalmente aquella que es materna. En esas circunstancias, no es descartable que los intentos de promover una de las lenguas en detrimento de la otra u otras sean percibidos como un cuestionamiento personal. Me explico.
Las políticas de promoción en el uso de una lengua son siempre políticas que promueven el no uso de otras lenguas. No hablamos o escribimos el doble por usar dos lenguas. Hablamos o escribimos lo mismo, por lo que si utilizamos la lengua promocionada dejamos de usar la lengua no promocionada. La actividad que comento lo hace explícito cuando indica que los catalonaparlantes tienden a sustituir su lengua propia (el catalán) por la lengua mayoritaria. Esta lengua mayoritaria, aunque no se mencione, es el castellano, obviamente. Es decir, el taller pretende, llanamente, que aumente el uso del catalán a costa del uso del castellano. Es un taller de promoción del uso del catalán que lleva aparejada la recomendación de que no se use el castellano. No hay que darle muchas vueltas, está en la propia presentación de la actividad.
Desde mi perspectiva, en cualquier caso, y sean cuales sean las lenguas afectadas, no está justificado que el poder público pretenda incidir en la lengua que utilizan los particulares; pero si, además, esta política está orientada a hacer disminuir el uso de una lengua oficial la administración incurre en otro agravio, porque los hablantes de la lengua oficial cuyo uso se desincentiva (en este caso, el castellano) deberían de poder exigir el mismo trato a la administración que ésta prodiga al catalán o, al menos, que la administración no trabaje activamente por la reducción en el uso de una lengua oficial.
Se podrá decir -y se dirá- que una es la lengua propia de Cataluña y la otra es "solamente" oficial; pero esto es una falacia, porque del hecho de que el catalán sea lengua propia de Cataluña no se deriva que el castellano sea lengua impropia; al revés, el castellano es también lengua propia en Cataluña, puesto que lo es en toda España. No puede justificarse ningún ataque al castellano en la condición de lengua propia que tiene el catalán; y entre los ataques ha de incluirse el que se intente disminuir su uso, que es lo que intenta esta actividad.
Podría intentar contrarrestarse la objeción anterior afirmando que en el actividad el centro se pone en la situación de los catalanoparlantes y que es de ellos de los que se predica la condición de lengua propia; no del territorio. No creo que sea así, pues en el párrafo en el que se hace referencia a la lengua propia este carácter de propia no se predica respeto a los hablantes; pero incluso aunque así fuera habría que explicar por qué no se hace la misma reflexión en relación al castellano. Es decir, si en la actividad se incide en la conveniencia de que los catalanohablantes no cambien de lengua, ¿por qué no se predica lo mismo de los castellanohablantes? ¿Es que estos sí han de cambiar su lengua propia cuando en circunstancias equivalentes los catalanohablantes deberían mantener el catalán? La respuesta, seguramente, es que lo que hagan los castellanohablantes no es relevante, puesto que lo único que importa es que los catalanohablantes no cambien de lengua. Este trato diferenciado entre dos lenguas oficiales es, también, inadmisible. Ahora bien, lo más interesante es que la actividad no se queda ahí sino que, además, nos explica por qué ha de mantenerse el catalán (y no el castellano) en determinados contextos. Lo veremos a continuación.

Como indica el título de la actividad, ha de mantenerse el catalán porque, de otra forma, se racializa al interlocutor; se le da un trato diferente por no ser de la misma "raza" que el catalanohablante. Es decir, con esta actividad se da a entender que los catalanohablantes configuran un grupo racial o, si se quiere étnico, diferenciado, ya que éste es el sentido del verbo racializar, que procede del inglés y que tiene un sentido equivalente en castellano y en catalán.



De acuerdo con lo que se explica en este taller, organizado por una universidad pública, el grupo de los catalanohablantes configura una comunidad separada; de tal manera que, según se explica, si el catalanohablante cambia de idioma el interlocutor percibe que que "no pertenece a su comunidad"; hasta llegar al punto en el que los interlocutores se sienten "excluidos de la comunidad en la que viven". ¿También si la lengua que utiliza es la que se denomina "mayoritaria"; esto es, el castellano o español?



Este párrafo de la presentación de la actividad es la clave no solo de la misma, sino de toda la política lingüística nacionalista: Cataluña (donde vive el interlocutor del catalanohablante) es una comunidad integrada por los que hablan catalán, de tal manera que los que no lo hablan pueden sentirse excluidos. La forma de mostrar aceptación en la propia comunidad es el mantenimiento de la lengua propia (el catalán), como señal de que será admitido quien sustituya la suya (aunque sea otra lengua oficial como el castellano) por la "propia", el catalán. Si no se accede a esa sustitución lingüística, no solamente permanecerá excluido, sino que se le tratará como racialmente diferente. Para acabar de redondear el mensaje, éste es puesto no en boca de quienes desarrollan las políticas lingüísticas nacionalistas, sino del sujeto pasivo de la misma, que es quien "exige" que se dirijan a él en catalán para así poder integrarse como miembro de pleno derecho en la comunidad.

El planteamiento es criticable. En primer lugar, porque, como he dicho, supone que el poder público intenta incidir en la lengua que utilizan los particulares entre sí; lo que, a mi juicio, es profundamente ilegítimo. En segundo término, porque parte de una concepción de Cataluña en la que el paso imprescindible para integrarse en la comunidad es asumir el catalán como lengua. Los nacionalistas no ocultan que éste es su planteamiento y a él se orientan sus políticas lingüísticas; que, además, condicionan casi todas las demás; pero me parece necesario afirmar que ni es el único planteamiento posible, ni el más respetuoso con la realidad de Cataluña ni uno que se compadezca con el marco constitucional de convivencia.
No es respetuoso con la realidad de Cataluña porque ésta es una región bilingüe en la que, además, la lengua que quiere excluirse es la mayoritaria entre la población. El proyecto de sustitución lingüística en el que se inserta esta actividad que aquí comento es ilegítimo.
Pero es que, además, es un proyecto que sobrepasa el marco constitucional, ya que éste se asienta en la cooficialidad de castellano y catalán, sin que el poder público pueda excluir ninguna de las lenguas oficiales (ni tampoco el aranés). Pretender que lo correcto es emplear el catalán sin cambiar de lengua y que, en cambio, no hay problema en abandonar la lengua mayoritaria en beneficio de la propia no es compatible con el diseño constitucional de convivencia lingüística.
Lo peor, sin embargo, es que la obsesión lingüística del poder nacionalista nos priva de lo que podría ser una social abierta, libre, en la que la imposición lingüística no sería imaginable y en la que los proyectos de sustitución lingüística se verían como lo que son: aberraciones incompatibles con el respeto a los derechos lingüísticos. En esta sociedad las actividades organizadas por las universidades públicas en materia de lengua y derechos lingüísticos serían muy diferentes.

Estas actividades pondrían el acento en la libertad de cada persona para elegir la lengua que utiliza en cada ocasión; una libertad que va más allá de las lenguas oficiales, y en la que se le recordaría que nadie está legitimado para decirle qué lengua ha de emplear.
Serían actividades que promoverían el conocimiento de las lenguas, que animarían a que las personas buscaran por ellas mismas las mejores estrategias de comunicación y que estudiaría sin prejuicios en qué forma las lenguas se relacionan, fluctúan y se mezclan.
Se trataría de actividades que huirían de la sacralización de las lenguas y que separarían los derechos lingüísticos individuales de la pretensión de crear comunidades políticas en torno a la lengua. Nos recordarían que las lenguas son herramientas de comunicación y repasarían cómo en el pasado unas y otras lenguas fueron utilizadas para construir comunidades que iban más allá de lo local; desde la extensión del griego por el Mediterráneo en los siglos que precedieron y siguieron al inicio de la era cristiana hasta el papel del francés en la Europa del siglo XVIII, la función del árabe como lengua de comunicación en el mundo musulmán, la pujanza del chino y la forma en la que el inglés se ha convertido en una auténtica lengua internacional.
Serían actividades que jugarían con las lenguas y sus interrelaciones, que nos hablarían de aquellos que han utilizado varias lenguas a lo largo de su vida, donde se repasaría a personajes como, por ejemplo, Elias Canetti, un autor judío sefardí, nacido en la frontera entre Bulgaria y Rumanía, que tuvo como lengua materna el judeoespañol, que aprendió y olvidó el búlgaro; luego el inglés (que no olvidó) y que acabó escribiendo en alemán, la lengua secreta de sus padres.


Ese sería el mundo que me gustaría; no uno en el que se acusa de racializar a quien cambia de lengua para ser mejor entendido.