Libre

domingo, 11 de febrero de 2018

4:33

4:33, de John Cage, es para muchos una broma. Una obra musical que tan solo está hecha de silencio. El pianista llega a la sala, cierra el piano (o lo abre, supongo que no hay gran diferencia entre una cosa y la otra), pone en marcha su cronómetro y se queda ante el piano sin tocar una nota durante cuatro minutos y 33 segundos.


El pasado 7 de febrero, en Sinfonía de la Mañana, Martín Llade compartía un relato en el que explicaba cómo había surgido en Cage la idea de esta obra. Explica que había visitado la cámara de silencio de la Universidad de Harvard y allí había percibido una especie de fallo: pese a que se suponía que debía reinar un silencio total él escuchaba algunos sonidos que no sabía interpretar. Cuando salió le explicaron que esos sonidos eran de su propio cuerpo. Eran el latido de su corazón y el sonido que produce la actividad cerebral, sonidos que tan solo pueden llegar a ser oídos en el silencio más absoluto. Aquello fue para Cage una especie de revelación sobre la imposibilidad del silencio absoluto.
Explicaba esto ayer a mi hija de 14 años. Estábamos sentados en un parque al solecillo de la tarde de invierno, todo bastante tranquilo. Le gustó la historia y continuamos comentándola. Le dije que esa pieza podía interpretarla hasta yo, que no tengo ni idea de música. "Y yo" añadió ella. "Bueno", le repliqué, "tú puedes interpretar esa y otras muchas, yo solo esa". Ella toca el violín y también un poco el teclado.


"¡Interpretémosla!"- propuso.



Me pareció una idea divertida. Así que ella puso en marcha su cronómetro y estuvimos en silencio cuatro minutos y treinta y tres segundos.
Cuando transcurrieron nos miramos sorprendidos: lo que parecía que no pasaría de una broma sin nada especial se había convertido en una experiencia difícil de explicar. En el silencio todo lo que nos rodeaba adquiría un sentido diferente. Los ruidos inconexos (la conversación de un grupo a unos metros de nosotros, un avión que pasaba, el ruido de las hojas movidas por el viento, el tráfico más lejano...) adquirían sentido, se completaban a través de nosotros. Tanto ella como yo hacíamos de catalizador de lo que nos rodeaba. De alguna forma nos colocábamos fuera del mundo que observábamos. Ya no formábamos parte de la plaza en la que estábamos, sino que todo era escenario y nosotros espectadores; pero, precisamente por serlo, construíamos algo diferente a lo que meramente existía a nuestro alrededor.
Nos dimos cuenta de que 4:33 no era ninguna broma. Lo que es una broma es interpretarla en una sala de conciertos. 4:33 no es lo que se espera para una sala de conciertos y una sala de conciertos es quizás el sitio en el que la pieza menos brillará. Toquémosla junto al mar


O bajo un árbol


O en un parque


Y en cada ocasión 4:33 sonará diferente. Cada intérprete hará suya la pieza de una manera especial.
No, 4:33 no es ninguna broma.

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