Castelldefels

miércoles, 12 de marzo de 2008

España sí se rompe

No hace falta ser médico o ver House cada martes para saber que una de las formas más rápidas de llenar los cementerios es confundir el síntoma con la enfermedad. "Doctor, tengo fiebre". "No se preocupe que ahora mismo se la quito". Ibuprofeno en vena y otra vez treinta y seis grados y medio. Mientras tanto, la infección va tranquilamente necrosando los pulmones y el enfermo se muere sin saber siquiera que le está pasando. "Pero si ya no tengo fiebre". Fueron sus últimas palabras.
Con la tan manida ruptura de España pasa algo parecido. A raíz de unas reformas estatutarias una parte de la opinión pública, de los medios de comunicación y de los políticos ha mantenido un discurso alarmista que ha jugado con la idea de que la ruptura de España está próxima. Mi planteamiento, ya lo adelanto, es de que sí que existe una tendencia a la disgregación que conviene analizar; pero dicha tendencia no puede identificarse con el proceso de cambio de los Estatutos de Autonomía que hemos vivido en los últimos años ni puede limitarse en el análisis a vaivenes políticos coyunturales. Estos fenómenos son síntomas nada más de una fuerza de mayor calado. Solamente deteniéndose en "la enfermedad" y no en los síntomas podremos llegar a la cura. Aunque también adelanto que, quizás después del análisis lleguemos a la conclusión de que en realidad no se trata de una enfermedad. "Doctor, me encuentro muy mal, mareada, somnolienta, con poca energía ¿qué me pasa?". "Pues que está usted embarazada, señora".
Como decía, existe una tendencia a la disgregación. No solamente en España, las tensiones descentralizadoras o directamente secesionistas afecta a una pluralidad de países. Se pueden citar los ejemplos, claros, de la Unión Soviética, Checoslovaquia y Yugoslavia; pero tampoco pueden desconocerse las tensiones que se vivieron en Italia en los años 90 y la demanda de mayor autonomía en Escocia, dentro del Reino Unido; aparte del propio caso español, claro. Se trata de una tendencia que, curiosamente, se vincula, al menos en parte, con la globalización. Sí, sí, con la globalización. Ya sé que puede resultar curioso y que muchos recurren al machacón discurso de "en estos tiempos de unidad en Europa y en el Mundo los nacionalismos desintegradores son cosa del pasado", etc.; pero lo cierto es que ese transcendental fenómeno de integración mundial lleva ínsitos mecanismos que favorecen la descentralización e, incluso, la fragmentación de los Estados. Aquí no me puedo detener en el desarrollo de este tema, pero para quien esté interesado recomiendo la lectura de M. Castells, La era de la información, vol. II, Madrid, Alianza Editorial, 3ª ed. 2001, pp. 300-301.
Así pues, nos encontramos ante una tendencia generalizada a la descentralización que, en el caso de España presenta caracteres singulares, tal como vamos a ver a continuación. En primer lugar, esta tendencia, propia del fin del siglo XX se encuentra en España con una estructura política descentralizada fruto del Estado de las Autonomías. El Estado autonómico que diseña la Constitución de 1978 no es un producto de esta tendencia, sino que su explicación se encuentra en la Historia de España; pero lo cierto es que cuando se dan las circunstancias globales que cuestionan las estructuras centralistas, en nuestro país se encuentran con un armazón político y administrativo que les ofrece un extraordinario caldo de cultivo. El resultado es que en pocos años la estructura del país se ha visto profundamente transformada. En la actualidad las Comunidades Autónomas juegan un papel en la vida diaria de las personas muy superior al que tiene el Estado central. Y la transformación ha sido muy rápida. No hace mucho, cuando era alumno universitario, recuerdo una conferencia del entonces presidente del Principado de Asturias, Pedro de Silva, en la que justificaba la existencia de la Comunidad Autónoma en la elaboración de informes que se elevaban a Madrid, donde se encontraba el auténtico poder de decisión. Ahora las Comunidades Autónomas gestionan educación, sanidad, universidades, parte de las infraestructuras y un largo etcétera de cuestiones de importancia capital. El resultado es que las redes de poder ya no son centrales, sino que la red central ha de convivir con las que se han creado en torno a las estructuras autonómicas. Los ejemplos podrían multiplicarse, pero no creo que sea necesario, puesto que es una realidad fácilmente constatable. Solamente la rémora de muchos siglos de centralismo explican que la realidad no sea aún vista así por gran parte de la población, que piensa que son más importantes las elecciones generales que las de su Comunidad Autónoma, cuando ya no es así, al menos si la importancia la medimos por la incidencia en la vida de los individuos.
La transformación de las estructuras de poder en España consecuencia de la descentralización supone un riesgo (o una posibilidad, según se mire) real de fragmentación del Estado. No tendría que ser necesariamente así, pues los Estados federales existen y en muchos de ellos no se plantea, al menos de momento, ninguna secesión; pero en el caso de España se ha de añadir otro factor, que es el de la históricamente insuficiente consolidación del Estado. Me explico. El Estado-nación es, evidentemente un invento, y además un invento reciente, que data de la Edad Moderna. No es la única estructura posible para la articulación de las sociedades y, de hecho, ha sido un producto específico de Europa occidental. Sucede, sin embargo, que ha sido un producto extraordinariamente útil en los últimos tres siglos, hasta el punto de que una de las claves del predominio de Europa en la Edad Moderna ha de encontrarse en el Estado-nación. La estructuración de la sociedad en torno a un poder político que aglutinaba capacidad de incidencia en la política económica y poder militar fue un factor decisivo en la pujanza de Occidente. Esta nueva estructura política necesitaba legitimación, y ahí la idea de Nación fue útil. La construcción intelectual de la nación y su expansión, sobre todo a través de la educación pública a partir del siglo XIX fue un elemento esencial en la consolidación del Estado (sobre esto puede leerse Los orígenes del Mundo moderno, libro escrito por R.B. Marks y publicado en España por Crítica en el año 2007, esp. pp. 207 y ss.). Pues bien, en el caso de España esta construcción intelectual del Estado no llegó a concluirse. Las razones para ello se me escapan. Supongo que existirán estudios sobre el particular, pero yo no he llegado a ellos; es por eso que sólo puedo especular. Quizás las guerras carlistas hicieron daño en un momento clave para esta construcción, quizá la coincidencia de ese momento clave (siglo XIX) con una época de crisis en España (pérdida de las colonias americanas, pronunciamientos militares...). No lo sé, pero lo cierto es que España como Estado no llegó a consolidarse plenamente desde un punto de vista intelectual. Como un pastel que sacas del horno antes de tiempo si se me permite el símil.
Y ante esto ¿cuál es la situación? El tema de la falta de asunción de la idea de Nación en el Estado español creo que puede llegar a ser importante, sobre todo si tenemos en cuenta que en algunas Comunidades Autónomas sí se ha venido tomando en serio esta idea de construcción intelectual de la Nación (en este caso ya no española, sino vasca, catalana o gallega). Los recursos que pusieron en marcha los Estados en el siglo XIX (educación, intelectualidad) son ahora utilizados por las estructuras de poder descentralizado para construir un referente ideológico y sentimental que dé cobertura a la estructura política periférica ya existente. En estas circunstancias la profundización en la separación entre estas estructuras y el Estado central es una tendencia que se sobrepone, como adelantaba al comienzo a vaivenes políticos coyunturales o a reformas estatutarias que tienen mucho de bandera y símbolo.
Hasta aquí la descripción de lo que hay tal como yo lo veo. No me manifiesto ni a favor ni en contra, sólo pretendo hacer el diagnóstico de la situación, que para algunos será enfermedad y para otros oportunidad. Sea como sea, tómese como se tome, lo que sí que creo es que un fenómeno tan interesante, complejo e importante como es esta tensión entre globalización y descentralización debe abordarse con seriedad, huyendo de maniqueismos y teniendo como objetivo llegar a las soluciones que sean mejores para los ciudadanos. Nos jugamos mucho.



5 comentarios:

garciamado dijo...

Amigo Rafael: Estoy muy de acuerdo con tu prudente conclusión. Se rompa España o no, lo primero que hace falta es que podamos mencionar el tema, que podamos hablar de eso sin epítetos extraños y sin que parezca que mentamos a la bicha. Hablar de cualquier otra "nación" de por aquí, de la necesidad de cohesionarla, de unirla y de que se haga valer, queda muy progre. Hablar de España sigue sonando franquista. Los nacionalismos son buenos, pero la defensa de España como Estado es nacionalismo malo y facha. Paradojas. Complejos mal superados, sarampiones mal curados.
Dicho esto, yo supongo que sí se romperá. Toca ser más aldeanos (aún). Pero los que administran los trozos de tarta quieren tarta entera, aunque sea sin guinda. Y resulta imposible hablar fríamente de lo que más conviene a unos y a otros; a los ciudadanos, quiero decir. Porque a las élites políticas está claro lo que les interesa: mejor cabeza de ratón que cola de león.

Anónimo dijo...

Los artículos de Rafael siempre son sugerentes. Comparto el papel fundamental de la educación en este tema y el uso ¿mal?intencionado que algunos hacen de la misma. Me da qué pensar y me parece un acierto destacar como factor histórico la construcción intelectual del Estado, quizás insuficiente a nivel español, aunque también me parece insuficiente y pobre la intelectualidad que intenta sostener esos nacionalismos ( ¡...qué pena que Rafael no se detenga en esta!, ¿quizás en un próximo artículo? ¿es una amenaza esta intelectualidad para esa otra que intentó construir la idea de España?). A partir de aquí, no sé que España se rompe. Quizás se rompen ideas fijas, inamovibles y duras, pero quizás se asienta una España más viva, más en movimiento, en definitiva, más elástica y, por tanto, mucho más difícil de romper. Por último, me parece improcedente la comparación con la URSS, Yugoslavia o Checoslovaquia. Tampoco es comparable la situación de Italia.
Angel. Gijón.

Rafael dijo...

Muchas gracias por los comentarios. Estoy bastante de acuerdo con el planteamiento final de garciamado; creo que la tendencia a la disgregación es cada vez más acusada y será difícil ponerle freno.
Sobre lo de la pobreza de la intelectualidad que plantea Ángel... no creo que sea un problema de calidad, ni de la intelectualidad que intentó construir España ni de la que ahora quiere construir otras "realidades nacionales" (por emplear términos ya acuñados). Creo, más bien, que fueron circunstancias históricas las que condicionaron y condicionan una y otra construcción. Sin los cien mil hijos de San Luís quizá ahora no estaríamos hablando de esto, quién sabe.
La España que se rompe es la España Estado y organización política. Esto es, advierto de que es posible, no es ninguna fantasía, pensar que lo que ahora es España dé paso a varios Estados en un futuro relativamente cercano, con una etapa intermedia de "Estados libres asociados" u otro nombre similar.
No es que quisiera comparar la situación de España con la de los países del Este o Italia, sino que sostengo que todos estos fenómenos, con origen histórico y contextos diversos, muestran una tendencia global a la descentralización. De igual forma que en el pasado España, Francia, Alemania o Italia llegaron a ser Estados por vías muy diversas, pero que se enlazaban todas en una tendencia generalizada a la centralización.
Me gustaría mucho compartir tu planteamiento de que lo que se rompe es una idea de España para que nazca otra más flexible y difícil de romper. Yo mismo pensaba así no hace mucho; pero es que no veo que se esté construyendo esa España plural que planteas. En otro post hablaba de cómo el proceso de reforma estatutaria había sido un mercadeo y no una reforma bien planteada y con fundamentos. Ahora se comenta que Zapataro ofrecerá un nuevo Estatuto a Euskadi a cambio de la renuncia al plan Ibarretxe. Quisiera que nos sentáramos a reflexionar sobre qué España queremos y construirla de verdad, pero es que eso no está pasando.
Gracias de nuevo por tu comentario, que, como ves, me da pie para seguir y seguir...

Albert dijo...

Una España puede que sí se rompa.

La España de matriz castellana. Como dices la construcción del Estado en España nunca se llegó a consolidar plenamente. Probablemente porque lo que se quiso fue edificar un Estado de raíz castellana cuando en determinadas zonas de este mismo Estado se configuraba un sentido de comunidad sobre el que precisamente se quería construir el Estado “castellano”, singularmente en Cataluña.

El problema de España, como construcción política contemporánea, ha sido siempre éste. No ha absorbido la pluralidad, ha sido centrípeta. Esta tendencia ha sido mitigada desde 1978. Pero no creo que el camino de consolidación del Estado, tal como debería haberse concebido, haya concluido. No se trataría de respetar, por ejemplo, el catalán, sino de considerarlo como el castellano. Ni más ni menos. Se trataría de que el Estado considerara que es tan español el catalán, el vasco o el gallego como el castellano. Si esto fuera así, puedo asegurarte, sin lugar a dudas, que algún nacionalismo recalcitrante y “centrífugo” quedaría automáticamente desactivado, por fuera de lugar. No obstante hay inercias, e intereses en estas inercias, que llevan a menospreciar – como consecuencia de una ignorancia consciente – lo que no es castellano. Al fin, lo que creo que debe construirse es un Estado plurinacional. La esfera de pertenencia se vería generosamente ampliada. Si el Estado reconoce con plenitud las comunidades que lo integran, pocas voces disentirían.

No nos engañemos la pertenencia a una comunidad, se le llame nación u otra cosa, es inherente al ser humano. Viene de la noche de los tiempos. No se quiera ver en ello algo negativo, por primitivo. Simplemente, es. Por consiguiente, quizá estemos en un proceso en el que se crea un ámbito de pertenencia y de reconocimiento más asequible.

Podría acabar diciendo que otra España es posible (y también otra Cataluña, otra …), aunque si te digo la verdad esto lo creía con convicción hace ya años y quizá, como tú dices, España sí se rompe. Todo depende de la calidad de nuestros políticos y su calidad depende del medio de donde surgen. Luego, mi opinión es más bien pesimista, porque cualquiera de las soluciones tenderá a ser mala.

Rafael dijo...

Sí Albert, coincido contigo en el análisis excepto en un punto, puede que sea cierto que la idea de pertenencia a una comunidad es consustancial al ser humano, pero la vinculación entre comunidad y Estado es artificial, es inventada y, por tanto, puede ser construida y destruida.
El problema básico al que nos enfrentamos es, como dices, la calidad de los políticos. Nosotros, tú, García Amado, Ángel, yo mismo, nos movemos en el plano de las ideas, de los proyectos, mientras que quienes tienen responsabilidades políticas se dejan arrastrar por la corriente de la Historia sin apenas sacar la cabeza del agua. Como en estos momentos la corriente lleva a la disgregación ésta acabará sucediendo. No veo a nadie, ni en la derecha ni en la izquierda, ni en ninguno de los nacionalismos imperantes (incluido el español/castellano/madrileño)con la suficiente altura intelectual, capacidad y coraje como para comenzar a plantear las cosas desde otro punto de vista. Lo único que veo es una reacción a los nacionalismos periféricos basada en el reforzamiento de la centralidad y del idioma (castellano). Hace 150 años era el momento para hacer eso (como lo hizo sin complejos Francia). Ahora el camino ha de ser otro; seguramente el que tú planteas acompañado de una reflexión seria sobre las ventajas que para el ciudadano supone estar representado por un Estado de cierto peso en el contexto global actual.