New York Times

domingo, 31 de agosto de 2014

Sobre "El capital en el siglo XXI", de Thomas Piketty





¿Por qué esta entrada?

He aprovechado el mes de agosto para leer “El capital en el siglo XXI”, de Thomas Piketty; libro publicado originalmente en francés en el año 2013 y en inglés unos meses más tarde, ya en 2014. Ha sido seguramente la edición inglesa la que ha acabado de colocar el trabajo de Piketty en el centro del debate económico mundial, lo que es una consecuencia del anglocentrismo que caracteriza a nuestra cultura actual. Nada que no pueda ser leído en inglés podrá llegar a resultar realmente relevante para los centros mundiales de opinión y difusión. Los anglosajones parecen seguir rehusando manejar cualquier lengua que no sea la propia, lo que implica que todos los desarrollos que se realicen en otros idiomas serán para ellos irrelevantes y como consecuencia también para una parte significativa del Mundo. Inevitablemente esta limitación acabará teniendo sus consecuencias, pero no quiero ocuparme aquí de ella sino del libro que, presumiblemente tendrá otro momento brillante entre la opinión pública española y latinoamericana dentro de unos meses, cuando finalmente se publique su traducción al español.

El libro merece ser leído y ya advierto que no hace falta ser economista para entenderlo. Comparto aquí mi propia experiencia, la de alguien que carece de formación económica y que, sin embargo, no ha tenido especial dificultad en seguir las casi 600 páginas que tiene el estudio en la versión digital que he manejado. Animo, por tanto, a todos a que aborden la lectura de este trabajo que, como mínimo, probablemente hará cambiar al lector la perspectiva con que entiende la economía y la sociedad.
Compartiré, por tanto, mis impresiones sobre lo que se explica en el libro sin preocuparme de la relevancia que puedan tener para la ciencia económica. Se trata de la visión de un outsider, de alguien que no es experto en el tema; pero pienso que eso no la convierte en ilegítima dado que el autor hace explícito que su propósito es llegar a un público no meramente académico. Advierto que forzosamente algunas de las cosas que exponga a continuación estarán poco matizadas respecto a lo que se explica en el libro, pero mi intención es animar a su lectura, no sustituirla.



Las desigualdades sociales solamente se justifican por el bien común

Diría que el trabajo de Piketty descansa sobre dos pilares que han de ser siempre considerados de forma relacional: en primer lugar, como todos (o casi todos) los trabajos económicos, su objeto es la riqueza, pero a diferencia de la mayoría de los estudios y análisis que monopolizan el debate público, “El capital en el siglo XXI” no toma como eje el PIB, lo que cada país produce en un año, sino el capital, el conjunto de riqueza que existe en cada país y, de forma agregada, en todo el Mundo. El segundo pilar es un principio moral que el autor hace explícito en el mismo comienzo del libro: las distinciones sociales solo pueden basarse en el bien común. Se trata de una afirmación recogida en la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789 que Piketty retoma varias veces a lo largo del libro haciendo de ella una lectura en clave económica y, en concreto, en relación a la justificación de la desigual distribución del capital entre los individuos.
El principio moral se relaciona con el estudio del capital a partir de una evidencia: el capital ha estado siempre distribuido de una forma muy desigual, de tal forma que una parte pequeña de la población dispone de la mayoría de ese capital. Piketty analiza la relación de esa desigualdad con el crecimiento económico llegando a conclusiones muy interesantes que hacen dudar de que ciertos niveles de desigualdad sean adecuados para ese “bien común” que, de acuerdo con el principio recogido en la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano, es la única base que permite justificar la desigualdad.
El libro, por tanto, está inspirado por un principio normativo en cuanto a la distribución ideal o adecuada de la riqueza (capital); pero eso no impide que pueda resultar atractivo a quienes no están interesados en esta perspectiva normativa o moral. El libro se ocupa de la descripción de la forma en que se ha acumulado y distribuido el capital en el pasado y de proyecciones sobre cómo será esa distribución en el futuro que resultarán sugerentes, aunque solo sea por razones de mera curiosidad, sobre cómo puede ser el mundo que nos espera dentro de veinte o cincuenta años. Para poder realizar estas descripciones y proyecciones el estudio cuenta con los trabajos previos de Piketty, quien junto a varios colaboradores ha conseguido reunir durante los últimos quince años información muy variada sobre crecimiento, capital y desigualdades en varios países, lo que ha hecho posible un trabajo como es “El capital en el siglo XXI” en el que se realizan interesantes comparaciones entre la situación en Francia, el Reino Unido, Alemania, Estados Unidos y también países como Suecia, Italia, Japón, España, Canadá o Australia. Estos datos son –y así lo indica expresamente Piketty en varios puntos de su obra- un elemento diferencial respecto a trabajos anteriores sobre la misma materia que dotan de especial relevancia a los resultados que alcanza el profesor francés.



La relación entre capital y PIB

Piketty analiza la distribución de capital en la actualidad y la que es previsible en el futuro partiendo de su evolución desde el siglo XVIII hasta la actualidad. Es un planteamiento que me parece muy atractivo, porque al colocar estos problemas en su perspectiva histórica se aprecia con mayor claridad la situación actual y la proyección hacia el futuro se presenta como natural. De esta forma los planteamientos del autor resultan extraordinariamente persuasivos. Tras leer el libro se tiene la sensación de que realmente se está ante una ventana al futuro que nos permite adentrarnos en la economía y en la sociedad de las próximas décadas.
Las ideas clave del libro son pocas y se pueden explicar con relativa facilidad. La primera es, como hemos dicho, que hemos de considerar no solamente el PIB (lo que se produce cada año), sino el capital acumulado y la forma en que está distribuido. En lo que se refiere a lo primero, Piketty nos muestra que durante los siglos XVIII, XIX y primera década del siglo XX el capital acumulado en el Reino Unido, Francia y, probablemente, también en otros de Europa Occidental equivalía a 6 o 7 veces el PIB del país. En Estados Unidos en ese mismo período el capital equivalía a 4 o 5 veces su PIB. La Primera y Segunda Guerra Mundiales afectaron profundamente a la acumulación de capital en Europa. En 1950 ese capital equivalía tan solo a 2 veces el PIB, mientras que en Estados Unidos se mantenía entre 3 y 4 veces su PIB. Tras las dos guerras mundiales, la acumulación de capital continuó en Europa y Estados Unidos, de manera que en la actualidad en Europa se encuentra entre 5 y 6 veces el PIB y en Estados Unidos en 4 veces el PIB.
Estos datos sobre acumulación de capital (todavía agregados, es decir, sin tener en cuenta cómo ese capital está distribuido en cada país) son especialmente relevantes cuando los ponemos en relación con la tasa de rendimiento del capital y el crecimiento económico. Piketty nos muestra que en términos históricos el rendimiento del capital, lo que produce cada año, se mueve entre el 4% y el 5%. Esto tanto en el siglo XVIII como en el XIX, en el XX o en el XXI. Ahora la tasa es ligeramente menor (más cerca del 4% que del 5%) pero con una estabilidad que estremece teniendo en cuenta que estamos hablando de medidas que se alargan durante siglos.
Esta tasa de rendimiento del capital es muy superior en términos históricos al índice de crecimiento económico. Durante la mayor parte de la historia el crecimiento económico anual ha sido extraordinariamente modesto (menos del 0,5%). Solamente en el siglo XIX este crecimiento pasó a ser del 1,5% en el largo plazo y en el siglo XX dicho crecimiento alcanzó el 3% anual, siendo previsible que a lo largo del siglo XXI el crecimiento vuelva a estar más cerca del 1% que del 1,5% (siendo optimistas).
El que el rendimiento de capital sea superior al crecimiento económico implica que exista una tendencia a que el capital asuma una importancia cada vez mayor en el conjunto de la economía y, además, que el capital acumulado, al pasar de generación en generación, dote de una gran relevancia a la herencia, incluso por encima de la riqueza que puede derivarse del trabajo (como ha sucedido al menos durante los siglos XVIII y XIX y como es probable que pase de nuevo en el futuro).
Consideremos, por ejemplo, un país en el que el capital supone un 600% del PIB y en el que el rendimiento del capital es de un 5%; eso implica cada año el rendimiento del capital acumulado equivale al 30% del PIB. Si el crecimiento económico es alto y no se produce acumulación de capital al cabo de los años la proporción del capital respecto al PIB disminuirá y también lo hará la importancia de los rendimientos del capital en el PIB; pero si, por el contrario, el crecimiento económico es reducido bastará que cada año se produzca un pequeño ahorro para que la proporción del capital en el PIB aumente. Así, con un crecimiento del PIB del 1%, es suficiente con ahorrar cada año un 7% del PIB (lo que se conseguiría simplemente ahorrando 1 de cada 4 euros que resultan del rendimiento del capital, incluso sin contar con que no se produzca ningún ahorro derivado de los rendimientos del trabajo) para que al cabo de unos años la relación entre el capital y el PIB pase de un 600% a un 700% (con lo que la proporción de las rentas del capital sobre el PIB pasarán a ser del 35% del PIB).
La conclusión a la que llega Piketty es que en economías de crecimiento reducido la importancia del capital es grande, lo que favorece estructuras sociales rígidas y basadas en el capital heredado. No es difícil ver que esta era la situación en la Edad Media y en el siglo XIX, en el que las clases más ricas de la sociedad vivían cómodamente de las rentas. Las etapas de crecimiento económico alto suponen, sin embargo, un desafío para el capital, que tiende a ver disminuida su importancia en el conjunto de la economía.



Desigualdades en la distribución del capital

Lo anterior todavía es demasiado abstracto. Hemos visto que un crecimiento económico reducido (respecto a los estándares de la segunda mitad del siglo XX) llevará aparejada una creciente importancia del capital en la economía. Para apreciar, sin embargo, la importancia que esta acumulación de capital tiene en la sociedad tenemos que tener en cuenta otra circunstancia: el capital se encuentra muy, pero que muy desigualmente distribuido.
Históricamente la situación ha sido durante siglos la de que prácticamente todo el capital estaba en manos de un grupo muy reducido de la población. Entre el 80% y el 90% del total del capital ha estado concentrado en un 10% de la población. Y si consideramos el 1% más rico de la población resulta que éste ha gozado de entre el 45% del total de la riqueza (a comienzos del siglo XIX) y el 60% de esta riqueza (justo antes del comienzo de la I Guerra Mundial). En la actualidad, y tras el reajuste que supuso la crisis de la primera mitad del siglo XX, en Francia el 10% más rico de la población tiene el 60% de la riqueza, mientras que el 1% más rico acumula el 25% del capital). Estas proporciones son similares a las de otros países.



Lo anterior implica que la acumulación de capital no es solamente una acumulación abstracta, sino concreta en un número reducido de individuos que pasan a controlar una parte muy relevante de la economía. Cuando indicamos que el capital puede suponer entre seis y siete veces el PIB de un país se indica a la vez que, como hemos visto, las rentas de capital implican un 30% del PIB del país, o lo que es lo mismo, que solamente por esta vía el 1% de la población recibirá  un 10% del PIB sin hacer más esfuerzo que ser titular, normalmente por vía de herencia, de una parte significativa del capital nacional. El planteamiento de Piketty es que esta acumulación aumentará en las próximas décadas, ya que actualmente todavía se notan los efectos de la volatización del capital acumulado durante el siglo XIX, volatización que ha sido consecuencia de la crisis que supusieron las dos guerras mundiales, la Gran Depresión del 29 y las otras crisis económicas de la época de entreguerras. De esta forma, no es descabellado que en los próximos años se vuelva a una situación parecida a la del XIX, en la que las clases dirigentes lo eran como rentistas y gracias a la acumulación de capital durante generaciones.
En definitiva, tras 1945 el contador de la acumulación de capital no se había puesto a cero; pero sí se había retrasado de una forma muy significativa. El alto índice de crecimiento en Europa entre 1945 y 1970 contribuyó a alterar la dinámica tradicional en la titularidad del capital, haciendo que disminuyera la participación en la riqueza de la parte más rica (el 10% más rico de la población pasó de tener el 80% del capital a tener “solo” el 60% del  mismo). Esa disminución ha originado un fenómeno nuevo en la historia: la aparición de una clase media en cuanto a la titularidad del capital que no había existido antes de la II Guerra Mundial.
Esta idea merece una explicación adicional. En los análisis a los que estamos acostumbrados se examina la forma en que están distribuidos los ingresos anuales de la población, diferenciando entre aquellos que reciben una parte mucho mayor que la media, los que reciben menos de esa media y los que se encuentran más o menos en la media. En lo que se refiere a ingresos, el 10% de la población que más ingresos tiene acumula en la actualidad en Francia entre un 30% y un 35% de estos. Por el contrario, el 50% de la población con menos ingresos recibe del orden del 25% del total de los ingresos. El 40% que se sitúa entre el 50% que menos ingresos recibe y el 10% con más ingresos recibe, por tanto, entre un 40% y un 45% del total de ingresos. Como puede apreciarse existe una desigualdad en el nivel de ingresos; pero ésta es menos acusada que en la titularidad del capital. Como se acaba de indicar el 10% de la población con más ingresos recibe entre un 30 y un 35% del total del PIB; mientras que el 10% de la población con más riqueza controla hasta el 60% del capital del país. Es decir, existe una desigualdad mayor en el control del capital que en la obtención de ingresos.
Tal como explica Piketty, de hecho hasta mediados del siglo XX el 10% de la población (quizás menos) controlaba prácticamente todo el capital. En la actualidad ese 10% de la población ha “liberado” un 20% o 25% de ese capital, que no se ha repartido de forma igualitaria, ya que el 50% de la población sigue sin tener prácticamente nada (en el mejor de los casos una vivienda que normalmente tendrá un valor cercano a 0 si descontamos el crédito que se ha contraído para pagarla y unos poco miles de euros en una cuenta bancaria). El capital que ya no tiene el 10% más rico de la población ha ido a una nueva clase media del capital (un 40% de la población) que ahora dispone de un 30% o 35% del total del capital (una casa en propiedad, quizás una segunda vivienda, algunas decenas de miles de euros en depósitos bancarios, acciones, fondos de pensiones…). Piketty destaca que la aparición de esta clase media de propietarios es una histórica transformación estructural en la titularidad del capital.

De acuerdo con el análisis de Piketty, la segunda mitad del siglo XX, y más en concreto los años entre 1945 y 1980 fueron excepcionales por la reconstrucción de la estructura de propiedad del capital en unos años de extraordinario crecimiento económico. En la actualidad aún nos encontramos en las postrimerías de esa época, caracterizada por la aparición de una clase media propietaria de capital mientras que se produce una progresiva recuperación de la acumulación de capital que tendencialmente nos llevará a una situación parecida a la vivida a comienzos del siglo XX: un capital que equivalga a siete veces el PIB o quizás más. La ralentización del crecimiento económico propio de los años finales del siglo XX y principios del XXI favorecerá este proceso. Al  mismo tiempo se asiste, como hemos visto, a un reparto original del capital. Probablemente en toda la historia menos el 80% o 90% del capital ha estado en manos de menos de un 10% de la población. El terremoto que supuso la crisis de la primera mitad del siglo XX alteró esta situación; pero en la actualidad estamos en camino de que se vuelva a ese escenario.
La creación de la clase media de propietarios de capital que ya ha sido mencionada no parece que sea un obstáculo insalvable para este proceso, ya que el rendimiento del capital es mucho mayor cuanto mayor es la fortuna de que se trate. Piketty demuestra cómo el 4% o 5% de media de rendimiento de capital es eso, una media. Las mayores fortunas obtienen rendimientos anuales del 8% mientras que quienes tienen unos pocos miles de euros apenas obtienen ningún rendimiento por ello. De esta forma, el porcentaje del capital que acumularán los más ricos será cada vez mayor. Además hay que tener en cuenta que la capacidad de ahorro de las grandes fortunas implica que una parte significativa del rendimiento se reinvierte con lo que cada vez menos tendrán más.



Desigualdades en los salarios

De lo que se ha visto hasta ahora resulta que el futuro nos depara con bastante probabilidad la vuelta a una sociedad en la que las clases más pudientes estarán formadas por rentistas; pero esta es no es todavía la situación actual. La desaparición de los rentistas como consecuencia de la crisis de la primera mitad del siglo XX llevó a una sociedad en la que los rendimientos del trabajo superaron por primera vez en la historia a los del capital para aquellas personas con rendimientos más altos. Antes de la Primera Guerra Mundial los ingresos de capital eran los más relevantes para el 1% de la población con más ingresos. En 1932 la proporción de personas para los que la principal fuente de ingresos eran las rentas del capital había descendido al 0,5%. En la actualidad los rendimientos del trabajo son mayores que los rendimientos del capital para el 99.9% de la población. Tan solo el 0,1% más rico recibe una retribución mayor por el capital que por el trabajo (en un país como España, unas 40.000 personas). Esto no es solamente consecuencia de la disminución de la importancia de las rentas del capital por las razones ya explicadas (y que pueden revertirse como hemos visto), sino también por la aparición de los “supersalarios”, retribuciones exorbitantes para determinados profesionales normalmente vinculados a la gestión financiera y corporativa.
Por esta vía Piketty se adentra en el análisis de los salarios. Estrictamente el análisis específico de la forma en que se distribuyen las rentas salariales no debería ser objeto directo de estudio en una obra dedicada al capital; pero, evidentemente, todo esta relacionado en economía y, además, las aportaciones de Piketty sobre este tema son de las que más han llamado la atención.

El punto de partida de Piketty es mostrar cómo desde los años 70 ha ido aumentando progresivamente la desigualdad entre las rentas salariales. En concreto, en Estados Unidos el 10% de trabajadores con más ingresos recibían el 25% del total de los salarios (2,5 veces la media) mientras que en el año 2010 este mismo 10% recibía el 35% del total de los salarios (3,5 veces la media). Si consideramos tan solo el 1% de trabajadores con mayores salarios (o, mejor aún, el 0.1%) observamos que también se da este incremento en la apropiación de las rentas salariales. De hecho, tal como se ha adelantado, el proporcional aumento de ingresos de las personas con mayores ingresos se justifica básicamente por los aumentos salariales y no por el aumento de las rentas del capital.
Este desequilibrio en los salarios ha de ser explicado y justificado. Adelanto que éste es el punto del libro de Piketty sobre el que tengo más dudas, ya que creo que hace una buena crítica (aunque no frontal) a las tradicionales justificaciones de los desequilibrios salariales, pero sin llegar a aportar una explicación realmente convincente del fenómeno.
Por comenzar con las crítica a las explicaciones tradicionales, hemos de partir de la teoría tradicional sobre la determinación del salario, aquella que pretende que el salario viene fijado por la productividad marginal del trabajador; esto es, por lo que su trabajo contribuye al beneficio de la empresa. A partir de ahí se supone que los trabajadores con las mayores habilidades y conocimientos, los mejor formados, contribuyen en mayor medida al beneficio de la empresa y, por tanto, reciben unos mejores salarios.
No creo que nadie fuera de las Facultades de Economía se tome en serio hoy en día ese planteamiento. Como dice Piketty, los trabajadores no llevan tatuada en la frente cuál es su productividad marginal. Además, no acaba de entenderse cómo es posible que un solo trabajador, un alto ejecutivo, pueda él solo aumentar el beneficio de la empresa en varios millones de dólares (o euros). De hecho se constata que los altos sueldos de los directivos con frecuencia no se corresponden con un pico en los beneficios de las empresas. De esto Piketty deduce que simplemente aquellos que tienen la posibilidad de ponerse su propio sueldo suelen hacerlo con generosidad para luego buscar la justificación del mismo.
Así pues, no parece que realmente puedan justificarse los astronómicos sueldos de los ejecutivos actuales en el valor añadido de su trabajo, y menos en su formación y capacidad, lo que es una forma bonita de intentar justificar estos desequilibrios, pero poco convincente. La forma en que Piketty critica este planteamiento es, a mi juicio, brillante. En primer lugar constata que la desigualdad salarial en Estados Unidos es mayor que en algunos países en vías de desarrollo, la India, por ejemplo. Siendo esto así si resultara que la determinación de los salarios depende de los conocimientos y capacidades de los trabajadores (a mejor formación, más productividad marginal) ¿tendremos que concluir que el sistema educativo de Estados Unidos es peor que el de la India, o que ofrece menos posibilidades de acceso a la mejor formación que el de la India? (p. 330).



Piketty se queda aquí, dando simplemente una explicación de los altísimos salarios de algunos directivos, pero sin avanzar en la comprensión de otra parte del problema: la devaluación de los salarios de la mayoría de los trabajadores. Para mi este es un problema crucialpara la economía que puede tener consecuencias devastadoras. La lectura del libro de Piketty no me ha hecho cambiar de opinión sobre que el salario ha de verse como la forma más importante de redistribución del PIB entre la población y que en un escenario de exceso de mano de obra, y también de mano de obra especializada y con alta formación, la ley de la oferta y de la demanda conduce a que la retribución del trabajador sea cada vez menor, lo que, por otra parte, contribuirá al aumento de los beneficios que obtiene el capital. El análisis de Piketty añadiría a mi propio planteamiento dos elementos que no dejan de ser perturbadores. En primer lugar que en un escenario de bajo crecimiento la demanda de mano de obra disminuirá, por lo que es previsible que disminuya también el salario como consecuencia de la disminución de dicha demanda. En segundo término: dado que la disminución de los salarios conducirá a un aumento de los beneficios del capital es posible aumentar la inversión que tendencialmente implicará una disminución de la mano de obra como consecuencia de la sustitución tecnológica de trabajadores por máquinas de uno u otro tipo.


¿Qué desigualdad puede soportar una sociedad?

El análisis de Piketty nos conduce a un futuro en el que la desigualdad en la titularidad del capital y en los ingresos podría ser mayor todavía que la vivida en el siglo XIX. La reducción del crecimiento económico implicará que el procedimiento de acumulación que se lleva experimentando desde finales de la II Guerra Mundial nos acabará conduciendo a una sociedad de rentistas en la que una minoría dispondrá de casi todos los recursos frente a una gran masa de personas que no dispondrán de prácticamente nada y cuyos ingresos serán también insignificantes frente a los que disfruta la clase dominante.
Piketty entiende que este escenario no llegará a completarse porque un nivel tan alto de desigualdad acabaría conduciendo a una revolución; pero creo que esto es bastante especulativo. No es fácil hacer una revolución, pero creo, además, que el nivel de insatisfacción no depende tanto de la proporción de riqueza de la que se dispone sino de del valor absoluto de los recursos de los que se dispone y de los mecanismos de justificación de los mismos. ¿Estallaría una revolución en una sociedad en la que todo el mundo tuviera vivienda, alimento, sanidad y entretenimiento garantizado de por vida con independencia de que el 99% de los individuos carecieran de capital y sus ingresos fueran solamente una parte minúscula del conjunto del PIB? Tengo mis dudas.



En cualquier caso, Piketty aporta una solución para evitar esas desigualdades extremas. Evidentemente, esta ya es la parte normativa del libro, ya que no se justifica que tales desigualdades hayan de ser evitadas. Es aquí donde entra la afirmación con la que comienza su trabajo y que como adelantaba, tiene un componente moral del que quizás alguno de los lectores prescindan, bien porque consideren que no hay nada malo en las desigualdades, bien porque piensen que no es tarea de la economía resolver estas cuestiones.
Sea como fuere, si asumimos que tales desigualdades han de ser corregidas la receta de Piketty es sencilla: un impuesto sobre el capital que permitiera a largo plazo hacer de redistribuidor de la renta. Este impuesto, sin embargo, solamente sería posible si existe una suficiente cooperación internacional en materia de información bancaria y financiera de otro tipo, pues sin tal cooperación sería difícil que cada Estado pudiera localizar los activos que han de ser gravados y que fácilmente pueden ser trasladados de un país a otro.



Conclusión

Como decía al comienzo, nos encontramos ante un libro que debería leerse. El análisis que realiza del papel del capital en el conjunto de la economía teniendo en cuenta su evolución histórica y las previsiones sobre el futuro es tremendamente sugerente. Los desarrollos son brillante y lúcidos y, además, ofrece algunas recetas sencillas que podrían ser adoptadas por los gobiernos responsables. No creo que sea una explicación definitiva de la función del capital en la economía (ni creo que lo pretenda); pero la perspectiva en la que nos coloca es lo suficientemente atractiva como para que pueda servir de base para otros estudios que, forzosamente, deberán beber en este trabajo. En definitiva, es una obra de referencia por la que sin duda hay que felicitar a su autor.
  

2 comentarios:

Infant Martí dijo...

Bueno, para echar un poco de agua al vino:

http://salaimartin.com/randomthoughts/item/720

Rafael Arenas García dijo...

Gracias por el link, que es muy interesante. Coincido en que todo lo que plantea sobre que la desigualdad conduciría a la revolución es especulativo. En algún punto hace críticas que en el libro están contestadas; como por ejemplo cuando explica que el hecho de que r>g no tiene que implicar que nada se deje en herencia. En el libro dedica unas cuantas páginas a tratar el tema que plantea Sala i Martin y acaba mostrando que aunque teóricamente podría ser así en realidad sí que una parte significativa del capital pasa de una generación a otra en forma de herencia.
En general en la crítica se advierte una cierta confusión entre el tratamiento de los datos agregados y su consideración individualizada. De hecho en el propio libro hay algo de esto que yo he intentado dejar claro en el comentario al diferenciar entre la acumulación de capital (que, en principio, no tiene que llevar a ninguna desigualdad si el capital está igulamente repartido) y, por otra parte la desigualdad en la distribución del capital.
Ambas perspectivas conducen a resultados diferentes: que r>g por si solo solamente conduce a que, si la tasa de ahorro es elevada (esto de la tasa de ahorro es importante, es otra formulita clave en el libro, ß=s/g) puede conducir a un punto en el que las rentas del capital nos lleven a una sociedad de rentistas con lo que eso implica (siempre que se pudiera sustituir totalmente el trabajo por capital, lo que ahora no parece posible), aunque probablemente sería el futuro ideal.
La desigual distribución del capital es la que conduce a las desigualdades sociales. Lo que sucede es que en el mundo en el que vivimos esa desigual distribución se da.
Habrá que ver quién acierta sobre las previsiones de crecimiento. Yo casi que apuesto por lo que plantea Piketty; pero, bueno, veremos en los próximos decenios.
Otro punto es el de las recetas para solucionar esto. Sala i Martin no menciona que la tasa debería ir precedida por mecanismos de cooperación internacional para determinar el capital de los individuos que han de ser gravados. Este es también un punto importante que diría que ya está en la agenda tanto de Europa como de Estados Unidos porque también parece evidente que no resulta excesivamente lógico que se graben las rentas del trabajo (de, pongamos, 40.000 euros la año) con tipos del 20% mientras que las grandes fortunas tributen por mucho menos. Hay algo ahí que no encaja y que de alguna forma deberá ser resuelto.