New York Times

miércoles, 20 de agosto de 2014

¿Por qué comencé a escribir este blog?

Inicié este blog en el mes de mayo de 2007, y la fecha no es una casualidad.
A comienzos del mes de mayo de aquel año se difundió la noticia de la lapidación de una adolescente irakí. Las causas del asesinato no estaban claras -y no sé si se han aclarado-; pero en cualquier caso el crimen parecía estar relacionado con la relación que la chica, de religión yazidí, mantenía con un joven musulmán. A partir de aquí las informaciones variaban. Unos indicaban que había sido lapidada por haberse convertido al Islam y otros que el crimen había sido cometido por haber huído ella con él sin el permiso de la familia de la joven.
La historia me conmocionó profundamente. No sé bien la razón de en aquel momento me produjera una impresión tan fuerte, pero lo cierto es que no podía quitarme de la cabeza aquel drama lejano que había tenido lugar en Irak un mes antes, justamente el Sábado Santo de aquel año, a comienzos del mes de abril. Recordaba lo que yo había hecho aquel día (una excursión con mi familia a un pueblecito al norte de Barcelona, no recuerdo cuál). Habíamos paseado, comido por allí y disfrutado de un día agradable mientras que, sin saberlo, exactamente en el mismo momento a unos miles de kilómetros se estaba perpetrando una barbaridad inconcebible.
Sí, ya sé que eso pasa siempre, que simultáneamente a todos nuestros minutos y segundos alguien sufre en algún lugar del Planeta; pero este conocimiento tan solo en determinadas circunstancias se vuelve sentimiento. Afortunadamente, añadiría, pues sería imposible asumir todo el dolor que asola el mundo en cada uno de nuestros días. Una cierta insensibilidad es impresincible para poder sobrevivir. Hace tiempo leía que una filósofa francesa lloraba siendo estudiante universitaria, en los años 30 del siglo XX, por los niños que morían en China a causa de una hambruna. Un nivel tan alto de sensibilidad es seguramente admirable, pero no sobreviviríamos como especie si tal empatía se generalizara.
El caso es que, como digo, la dramática historia de la adolescente irakí me obsesionaba y de esa obsesión surgió la evidencia de que debía relatarla. Nunca había escrito nada más allá de redacciones escolares o trabajos jurídicos; pero en aquel mes de abril se me hizo evidente que debería narrar la historia de aquel amor desgraciado en Irak. Los datos, como digo, eran pocos, pero eso no importaba porque no se trataba de contar lo que realmente había pasado, sino de hilar una historia que partiendo de lo que conocía fuera ficción, no relato periodístico, y como tal ficción, por tanto, más verdadera que la mera descripción de los acontecimientos.



Comencé a escribir a mano en papeles desordenados y aunque conseguía sacar adelante varias páginas de un tirón pronto se me hizo evidente que carecía de la soltura necesaria para poder hilvanar una historia aunque fuera de un alcance modesto como la que pretendía.
Y fue entonces cuando se me ocurrió abrir un blog. Sabía lo que eran, había oído hablar de ellos, pero tenía muy poca experiencia en la blogosfera. Convencido, sin embargo, de que forzarme a escribir sería un aprendizaje necesario para lo que me proponía, el 30 de mayo de 2007 inicié mi andadura como bloguero con una entrada sobre el libro que acaba de leer, "Suite francesa", de Irene Nemirovsky.
A partir de entonces seguí paralelamente con el blog y con el relato de las desventuras de la joven yazidí enamorada de un musulmán.
La experiencia de mantener un blog me gustó. Podía escribir sin excesivas preocupaciones sobre aquello que me interesaba y alternaba entradas sobre política o economía con otras sobre historia, libros, música o pintura. Incluso me animé a escribir cosas que se parecían a poemas, hasta el punto de que al poco cree otro blog, "Impresiones Rimadas", dedicado únicamente a aquellas cosas que escribia pretendiendo que rimaran o que tuvieran un ritmo específico e inicié y concluí otros relatos que he ido colgando en el blog o en scribd. Uno de estos relatos ("El regreso") se ha publicado en el libro de Laura H. García "Nechy & Ney en Quirós".
Entretenido en estas cosas, en ocasiones pasaban meses sin escribir nada sobre los jóvenes enamorados irakíes, y entonces sentía el resquemor de una obligación incumplida, el dolor de una injusticia. Concluí el relato y no me satisfizo. Intenté que otros lo aprovecharan porque tenía la sensación de que esa era una historia que debía ser contada; pero al cabo de los años me he dado cuenta de que el relato es éste el que aquí comparto (y que también puede encontrarse en Slideshare), el que escribí originalmente con pequeñas correcciones. Ahora tengo la sensación de haber acabado algo. De alguna forma, una etapa ha concluido.



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