Castelldefels

jueves, 24 de diciembre de 2009

Nihilantropía

De vez en cuando, sólo de vez en cuando, tengo la sensación de leer algo extraordinario; es decir, original, auténtico, fluido y medido. En la literatura publicada alguna vez se encuentra ese raro fruto; no es oro todo lo que reluce, es claro; pero sí que hay auténticas obras de arte en lo que se edita en papel. Afortunadamente, no sólo de papel vive el lector, y la blogosfera ofrece también alguna que otra satisfacción. Tengo la suerte de haber encontrado varios blogs en los que periódicamente aparecen entradas sugerentes y de calidad.
Hoy me apetece comentar uno de esos blogs, Nihilantropía, uno de lo primeros blogs con los que me tropecé hace ya dos años. Me atrajo lo bien escrito que estaba; acostumbrado como está uno a enfangarse en la prosa balbuceante de la prensa y de algún que otro autor de best-sellers, disfrutar de textos redactados con sobriedad, claridad y rigor es un auténtico descanso para el espíritu.
Lo que se cuenta en Nihilantopía son cosas sencillas, experiencias cotidianas; narradas de tal forma que una vez iniciada la lectura ya no puedes abandonarla. Cuando comencé a seguir el blog su autor era estudiante Erasmus en Escocia. Ahora está de nuevo en España y trabaja como teleoperador, habiendo pasado un tiempo en el paro; y sus andanzas, relatadas con la melancolía y escepticismo justos son espejo negro de todo un mundo. Un mundo cuya profundidad, oculta en una aparente livianidad, estremece.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Revisitando la Transición

Últimamente se ha puesto de moda cuestionar la Transición. La idea es la de que la Transición estuvo tutelada por los militares y los restos del régimen franquista, lo que impidió que el pueblo español obtuviese la Constitución que verdaderamente quería, teniendo que conformarse con una en la que se había impuesto la Monarquía y en la que se hacía mención expresa a la Iglesia Católica. Este cuestionamiento va acompañado, con frecuencia, de la propuesta de un nuevo pacto constituyente, ahora que estas tutelas ya no limitarían la voluntad del pueblo.
Yo era muy pequeño en aquella época, tenía ocho años cuando murió Franco; pero guardo un recuerdo muy intenso de aquellos años. Lo primero que recuerdo es el miedo. Tras la muerte de Franco había un sentimiento generalizado de temor e inquietud; temor, ante todo, a una nueva guerra. El temor a la guerra era real, y era un temor que se percibía en todos los sectores; tanto entre aquellos que pretendían la transformación de España en una democracia como en aquellos otros a los que el régimen de Franco ya les iba bien. Ahora todo parece más lejano, y a mi en aquella época, en que era un niño también me lo parecía; pero ahora me doy cuenta de que para los adultos de entonces la Guerra estaba todavía relativamente cercana. En el año 1975 el fin de la Guerra Civil estaba a tan solo 36 años en el pasado. Si ahora estuviéramos en el año 75 el fin de la guerra se habría producido en el año 1973. En el año 1975 la mayoría de los soldados que habían combatido en la Guerra Civil aún no habían alcanzado la edad de jubilación. La Guerra estaba presente.
Fue este temor a la guerra y no la tutela de los restos del franquismo lo que condicionó la Transición. Ahora parece que se piensa que el pueblo español era mayoritariamente demócrata en el año 1975 y no pudo expresarse en la forma en que quería en la Constitución de 1978 como consecuencia de la presión de los miles de oficiales que formaban el ejército, las decenas de miles de policías que había en España, los centenares de grandes empresarios y los miles de curas que aún llevaban sotana; en su conjunto unos pocos cientos de miles de personas que condicionaron la voluntad de los millones de españoles. Eso no es cierto.
Lo cierto es que en el año 75, y en el 78, y aún más allá, había muchos millones de españoles que se consideraban franquistas; o que aún no considerándose franquistas, estaban próximos a posiciones conservadoras. Lo que en algún momento se llamó "gente de orden". Se trataba de una parte muy significativa de la población que no estaba tan convencida de las bondades de una República o de la independencia entre Iglesia y Estado como estaban los líderes de los partidos de izquierda o los cientos de miles de militantes del PCE o de CCOO. Ahora muchos se sorprenden de que seamos una Monarquía, pero ¿cómo íbamos a ser otra cosa si en el año 1978 la institución más apreciada por los españoles era la Monarquía y el Rey un referente para millones de personas que lo veían cada día en la única televisión de la que se disponía? Se plantean algunos el anacronismo de que en la Constitución de 1978 se haga una referencia expresa a la Iglesia Católica, pero ¿cómo no iba a haberla si en aquel momento la práctica totalidad de las parejas se casaban por la Iglesia, bautizaban a sus hijos, estos hacían la primera comunión, acudían a colegios religiosos y la mitad de los españoles iban a misa cada domingo?
Lo que quiero decir es que la Transición supuso un pacto real; o, mejor, un consenso, que alcanzó a casi todo el país. Lo que en la Constitución de 1978 se puede ver como anacronismos no son más que muestras de una realidad sociológica en la que el franquismo estaba aún muy presente. Repito, no fueron los cientos de miles de integrantes del ejército, la policía y la Iglesia los que condicionaron la Transición, sino los millones de personas que, de una forma u otra, consideraban que España no estaba para darle la vuelta como un calcetín, que se debía avanzar hacia la democracia; pero manteniendo vínculos con la tradición.
Y el resultado fue un pacto en el que, como digo, la mayoría se reconocía. Probablemente fue un momento único en la Historia de España. Durante unas décadas nos identificamos con una forma de ser y actuar. España había encontrado, finalmente, un punto de unión, de acuerdo. Lo que definía a España era la capacidad para, superando traumas fortísimos y divisiones muy profundas, trabajar juntos en un objetivo común: la modernización de España y su integración en Europa. Sin este horizonte común, la modernización del País a todos los niveles, probablemente no se hubiera conseguido aquel pacto histórico.
Creo que merece la pena recordar esto ahora que se habla tanto de nuevos pactos constituyentes. Un pacto constituyente no es un acuerdo entre las fuerzas mayoritarias, exige un amplísimo consenso político y social. Si lo que se pretende es sustituir el pacto constituyente de la transición el consenso debería ser, al menos, tan amplio como el que se consiguió en su momento. Y esto ya no es derecho, es política; pretender un pacto constituyente en el que, por ejemplo, no estuviera CiU o el PNV es jugar con fuego; mucho más, por supuesto, pretender hacerlo sin contar con el PP, que consigue en torno a diez millones de votos en cada convocatoria de elecciones generales. Nunca en mi vida he votado al PP; pero las cosas son como son. Se pueden aprobar leyes en contra del PP, se pueden aprobar estatutos de autonomía en contra del PP, se pueden adoptar decisiones en materia de política exterior en contra del PP; pero no se puede cambiar la Constitución (o el pacto constituyente) en contra del PP, pretenderlo es meternos en el charco que con tanta habilidad y sentido común evitaron los responsables de nuestra Transición.