Ley y política en Cataluña

sábado, 10 de marzo de 2012

De cómo compré y leí "El fin de la raza blanca"


Sabía que lo compraría, sabía que lo leería.
Sabía que compraría y leería el libro de Eugenia. Porque lo primero que ha de ser aclarado es que no es un libro de Eugenia Rico, sino de Eugenia; para mí el autor, esta autora, se encuentra siempre antes que la obra. Quizás no sea justo, pero es inevitable.
Sabía, por tanto, que lo compraría y que lo leería. Había visto su portada en facebook. Conocía su existencia. Lo busqué.
Había comido, solo; era temprano. Había tiempo. Caminé hasta la librería cercana. Me gusta deambular por las librerías. Mi objetivo era el libro de Eugenia; pero no quería llegar a él con prisa. Me acerqué a la mesa de las novedades. No estaba. Me acerqué al estante de las novedades. No estaba. Había otros libros, algunos ya no tan nuevos; pero no estaba el de Eugenia. Escudriñe las portadas sin tocarlos. Títulos en castellano y en catalán, títulos en inglés. Libros nuevos, inmaculados, hojas que aún no habían sido abiertas. Era un hermoso espectáculo. Libros de los que había oído hablar; libros sobre nazis, libros sobre maquis, libros de memorias, novelas antiguas, novelas nuevas...
No estaba el libro de Eugenia. Un pequeño rodeo y la sección de libros de bolsillo. Autores extranjeros traducidos. Tolstoi: "Resurrección", "Guerra y Paz". Ya había leído "Guerra y Paz", tenía en casa "Resurrección". No pensaba leerlo todavía. Giras un poco la cabeza, Dovstoiesky. Me gustan esos libros de bolsillo que no lo son en absoluto, las tapas blancas, los lomos gruesos, la imagen de la portada bajo el nombre del autor y el título, como en un campo nevado.
Sobre Dostoievsky, Canetti. Me acerqué. Vi el título en el lomo: "La lengua salvada". Lo había leído. Extraordinario. Tomé el ejemplar que había a su lado, como me imaginaba era el segundo volumen de la autobiografía de Canetti, y a su derecha estaba el tercero. Pasé la mano por la contraportada. Si no aparecía el libro de Eugenia me compraría esos dos. Adelantaba el placer de volver a la prosa de Canetti, a la sencillez y sinceridad de los recuerdos de su vida. Los dejé en el estante. Tenía que continuar mi viaje.
Más novedades sobre una mesa. Novelas de autores extranjeros traducidas. Ya no eran ediciones de bolsillo; tapa dura y autores recientes. No fijé ningún título, ningún autor. Paseaba la vista sin detenerme, deslizándola como la mano sobre la hierba. Sentir los libros cerca, incluso sin leerlos, ni siquiera hojearlos, es un placer extraño. En una librería no solamente se recrea un mundo, sino millares de ellos, mundos que esperan una elección, una opción de tu mano. La tranquilidad que se siente en una librería o en una biblioteca no tiene equivalente. Nada malo puede pasarte rodeado de libros, nada terrible sucederá mientras eliges qué mundo abrir, cuál es el que te apropiarás.
Más allá estaban las novedades de autores en español, otra mesa con libros ordenados en montones ni muy altos ni muy bajos, el tamaño justo para que su presencia fuera agradable; ni parecía un muestrario de saldos ni se temía porque la torre literaria se cayera como consecuencia de la altura excesiva de su centro de gravedad. Qué inteligencia la de los expertos en marketing ¡no se les escapa nada!
Probablemente si eligiera alguno de aquellos libros me decepcionaría. La tapa aún cerrada esconde una belleza que solo se puede imaginar, que no se puede concretar. Las mujeres más hermosas son aquellas que ves de espaldas, de rostro aún indefinido; y para que sigan siendo las más hermosas es preciso resistir la tentación de volver la vista cuando sus facciones ya están al alcance de nuestra mirada. Nada puede superar a la imaginación que no precisa ser reducida a datos, imágenes, relatos. Igual sucede con los libros: un título, una intuición, las frases casi siempre exageradas de las solapas o de esas cintas que con frecuencia envuelven los libros como cadenas (eres un libro, pero también un producto, recuerda que tu objetivo es ganar dinero...) hacen nacer una emoción profunda, hacen sonar las cuerdas que se esconden en lo más hondo, las que nos conectan con la belleza absoluta y desconocida. La lectura, en tanto que gana en concreción nos aleja de esa belleza desconocida e inasible; quizás fuera bueno no leer los libros, sino tan solo imaginarlos.
Pero había un libro que sabía que leería, el que buscaba. Ya pensaba que no lo encontraría, que habría de volver a Canetti; pero no, en una esquina de la mesa, a la derecha, vi la portada que tan bien conocía. No la que yo había votado, sino la otra, más explícita; luego supe que también más fiel. Una mujer con la cabeza envuelta en un enorme pañuelo que no dejaba ver absolutamente nada de su faz. Un pañuelo carmesí que cubría completamente cabellos y rostro hasta el cuello. El extremo del pañuelo se agitaba a la izquierda del espectador perdiéndose por el lomo del libro. Las manos de la mujer se acercaban a su cabeza, la acariciaban casi. Los brazos y los hombros desnudos. Por encima del pecho tan solo los tirantes de un vestido del mismo color que el pañuelo. En torno a la mujer y rodeando su cabeza las ramas desnudas de lo que parecía un rosal. Se retorcían las ramas por toda la portada como huyendo de algo, apresando, quizás sin querer, aquella cabeza misteriosa. En la parte superior de la portada dos rosas rojas (no habíamos quedado en que las rosas nunca deben aparecer en número par; ¿es otra sutil advertencia para el lector?).
El libro era más grande y más delgado de lo que había imaginado. Estilizado como esas figuras fascinantes de Tim Burton. Resistí la tentación de abrirlo. Fui a la caja, pagué y volví a mi trabajo.



Lo leí entre la noche del jueves y el mediodía del viernes. Un microrrelato inicial, doce historias divididas en tres cantos ("Cielo", "Purgatorio", "Infierno") y otro microrrelato final. El primer canto incluye tres historias, el segundo cuatro y el último cinco. No creo que sea casual; pero no quiero analizarlo, no es mi deseo ni tengo conocimientos para hacerlo, solo quiero contar cómo lo leí. No sé por qué quiero hacerlo, pero esto tampoco importa.
Me deslice descuidadamente sobre el primer microrelato y caí en el sueño del primero del Cielo. Se retorcía en mi mente como las sábanas en una noche de pesadilla; intentaba adivinar sin conseguirlo cuál era la trama, me pesaba. En el segundo no pude quitarme de la cabeza "El Ángel Exterminador" de Buñuel y el tercero me volvió a angustias conocidas y en absoluto imposibles.
Casi era hora de ir a dormir; pero comencé el Purgatorio. "La Chaqueta" me sorprendió, me estremeció en su sencillez, en su brevedad, en su autenticidad. En él comencé a ver al autor, ausente para mí en los relatos anteriores. Ya tuve que continuar con la siguiente historia y solamente el sueño me hizo abandonar el libro en la página 50.
Al día siguiente, viernes, me lo llevé al trabajo. Tenía que tomar el tren al mediodía y quería aprovechar el trayecto para leer el libro. Todo se cumplió según lo previsto. Ocupé mi asiento en el tren y abrí el libro por la página 51. Me golpeó un relato tremendamente duro en su brevedad al que sigue otro igualmente incisivo. La violencia que es explícita en el primero está solamente sugerida en el segundo. La que se descarga directamente contra los animales en el primero ya se dirige contra las personas en el segundo. Uno tiene la sensación de que comienza a mascarse la tragedia. Así acababa el Purgatorio  para dar paso al Infierno ¿qué habría allí?
El primero de los relatos de ese último Canto me recordó a Borges por lo de los espías de "El Jardín de los Senderos que se Bifurcan" y también por el cuento aquél en el que soñaban a un hombre; pero Borges no hubiera podido transmitir ese frío húmedo que se siente en la barca donde yace el cadáver cubierto de hielo en mitad del mar. Solamente los que han vivido en medio del aire casi líquido del Cantábrico pueden narrar una noche en el mar como hace Eugenia en este relato.
Y lo que encontramos tras ese primer relato del Infierno es ya otro libro. Los cuatro relatos que siguen son una dantesca recreación de la violencia: la violencia enfrentada a la dignidad de "La noche de la Candelaria", la violencia nauseabunda de "La primera vez", la violencia teñida de miseria de "La gata negra" y, para terminar, la violencia elegantemente cruel del último relato, el que da título al libro.
Lo que se había apuntado en los relatos previos se concreta en estos cuatro últimos, que tomados en su conjunto podrían ser una novela corta y heterodoxa en la que los personajes explícitos varían, pero en la que un único sujeto deambula casi sin cambiarse de vestido de unos a otros: el Mal en mayúsculas se encarna en estos relatos que sobrecogen.
Una vez escribí que los autores que lo son de verdad no inventan, sino que en cada cosa que hacen se limitan a decidir qué parte de su mundo interior muestran. El auténtico mérito es, como en las películas de terror, descender las escaleras oscuras que conducen al sótano. Eugenia lo hace en este libro, que es delgado; pero no menor. Un libro auténtico, auténtico.

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