domingo, 18 de agosto de 2019

Sistemas de selección del profesorado universitario. An insider's view

En las últimas semanas hemos tenido varias noticias en relación a la selección del profesorado universitario. El que se haya conocido que varios científicos reconocidos o contratados en el extranjero no hayan conseguido obtener la acreditación que concede la ANECA para poder ser contratados como Catedráticos en España ha originado una cierta polvareda que, lógicamente, seguramente interesa más a los académicos que al resto de la humanidad; aunque no deja de ser un tema que puede tener cierta relevancia.
En mi caso es un tema en el que alguna experiencia tengo. Empecé mi carrera académica en el año 1990, cuando tenía 23 años. Viví el sistema de la LRU y luego conocí en primera persona el sistema denominado de habilitación, y como catedrático desde el año 2005 algo sé sobre cómo ha afectado el sistema de acreditaciones a mis compañeros en la Universidad.
¿Por dónde empezar? Bien, quizás lo más sensato sea explicar qué es un profesor universitario y cómo se forma, más allá de concretas regulaciones que pueden variar de país en país o de momento en momento. Veremos en primer lugar qué es un profesor y cómo se forma y luego examinaremos el cauce administrativo que se sigue para ello.


Para empezar habría que decir que no todos los profesores universitarios se encuentran en el mismo nivel (me perdonarán que habla de niveles, pero es consustancial al mundo académico y científico distinguir entre quienes saben más, tienen más competencia o experiencia y quienes saben menos o tienen menos competencia o experiencia). Cuando en inglés, francés o alemán se habla de "profesor" universitario no están hablando de todas las personas que pueden dar clase en la Universidad, sino de lo que en España se conoce como Catedrático y, tal como veremos inmediatamente, como Profesor Titular de Universidad. Cuando a continuación me refiera a profesores universitarios estaré hablando de estas figuras, no de los profesores asociados u otros tipos de profesorado. Me centraré en lo que es la figura del profesor universitario homologado internacionalmente: Catedráticos y Profesores Titulares de Universidad.
Ha de aclararse, para empezar, que no es una rareza de España que la figura del profesor propiamente dicho se descomponga en dos. Sucede también en otros países en los que se establece una gradación entre los profesores más "senior" o de más nivel y aquellos que acaban de acceder a ese estadio. En cualquier caso, este profesor universitario (Catedrático o Profesor Titular) es alguien que ha llegado a poseer un conocimiento de la materia que imparte que le permite enseñarla al más alto nivel. Ha de ser capaz de dirigir tesis doctorales y proyectos de investigación, escribir artículos científicos, participar en congresos y poder mirar de tú a tú a los mejores especialistas del mundo en la materia que imparte.
Puede parecer algo subjetivo lo que digo, pero en realidad es bastante objetivo. Si en un congreso internacional se puede mantener un debate con otros profesores sobre la materia de la que se es especialista es que uno tiene el nivel científico requerido para ser profesor (Catedrático) de la materia. Y les aseguro que en un congreso se distingue con mucha claridad a los profesores con más nivel y a los de menos, y no por las canas, sino por sus intervenciones.


¿Cómo se llega a ese nivel?
La vía es la misma, esencialmente, en todos los países. Algunos de los estudiantes que han obtenido los mejores resultados académicos en los estudios de grado acceden a una formación de postgrado orientada a la carrera académica. Estos estudios de postgrado incluyen la colaboración en la investigación de otros profesores, el inicio en la docencia, la elaboración de las primeras publicaciones y la participación en los primeros congresos científicos. Durante años se van adquiriendo no solamente los conocimientos, sino también las competencias y la experiencia necesaria para ir adoptando los diferentes roles que hay en el mundo académico.
Por ejemplo:
En los primeros meses o años de carrera académica se acude como público a actos académicos como defensa de tesis doctorales, oposiciones o congresos científicos. Llega un momento en el que se hace una pregunta desde el público en un congreso. Más adelante se presenta una breve comunicación sobre un tema concreto y se debate sobre ella. Llega el día en el que uno no es público, sino que el doctorando es uno mismo y ha de defender su trabajo ante un tribunal formado por tres o cinco profesores de prestigio. Más adelante uno forma parte de ese tribunal. Al principio interviniendo en primer lugar (en España, al igual que en otros países, el orden de intervención en los tribunales va de menos categoría académica a más categoría académica) y luego avanzando en el orden hasta que un día encuentras que tú eres el presidente del tribunal y te acuerdas de la primera vez que acudiste como público al acto de defensa de una tesis doctoral.
Los mismo con las publicaciones: se comienza por escribir una breve nota de jurisprudencia para luego hacer un articulo corto, luego uno largo y se acaban escribiendo monografías o dirigiendo trabajos colectivos.
Hasta que te encuentras en la situación en la que otro muy joven se sienta a tu lado para aprender de lo que tú haces.
"Lo ves, lo haces, lo enseñas".
No hay muchos secretos. La Universidad conserva en su esencia el modo medieval de formación: el aprendiz entra en el taller donde aprende de lo quienes tienen más experiencia. Llegará un momento en el que será oficial y puede que alcance alguna vez el nivel de maestro. En el fondo, la carrera académica se basa en esta distinción: aprendiz, oficial, maestro. 


Pero ¿cuánto tiempo es uno aprendiz? ¿cómo llega a oficial? ¿cuándo es maestro? Bien, aquí es donde empieza el tema administrativo que nos ocupa. Y para entender dónde nos encontramos es bueno hacer un poco de historia.
Cuando empecé en la Universidad, allá por los años 90 del siglo XX, el sistema que había implicaba que uno entraba en la rueda como becario FPI (Formación de Personal Investigador). Permanecía en esta condición 3 o 4 años, hasta que leía la tesis doctoral y conseguía una plaza de Ayudante de Universidad o de Profesor Asociado a Tiempo Completo (una figura que existía en mi época y que era como Ayudante, pero con mejor sueldo). Estas plazas variopintas seguían entrando en la categoría de lo que antes llamaba "aprendiz". No daban un puesto fijo, implicaban obedecer mucho y hacer lo que te pedían.


Uno pasaba a "oficial" con la plaza de Profesor Titular de Universidad. El único requisito para concursar a una plaza de Profesor Titular era ser doctor. La Universidad que sacaba la plaza nombraba a dos miembros del tribunal y por sorteo se designaban otros tres entre Profesores Titulares y Catedráticos de toda España. Dentro de cada pequeña comunidad científica se establecían algunos criterios informales más o menos comunes para valorar los concursos de titulares. Así, por ejemplo, en mi época se mantenía en mi área, Derecho Internacional Privado, que para ser profesor titular deberían haber transcurrido al menos dos años desde la lectura de la tesis doctoral y se deberían haber publicado dos trabajos de un tema diferente al de la tesis doctoral. A partir de ahí era la competencia en la oposición la que determinaba quién accedía a la titularidad y quién no. El acceso a la Cátedra era de la misma manera, siendo requisitos para concursar el ser Profesor Titular con una antigüedad de al menos tres años.
Se había dicho que el sistema de acceso a la titularidad que acabo de explicar facilitaba la endogamia. Y con endogamia no quiero decir que se colocara a amigos y parientes (aunque casos ha habido, como en todas las profesiones), sino que con este calificativo se hacía referencia a que en cada Universidad las plazas de titulares acababan siendo asignadas a quienes se habían formado en la propia Universidad. El tópico mantenía que la Universidad nombraba a dos profesores que estaban encargados de apoyar al candidato de casa, y de esta manera malo sería que en el sorteo no cayera alguien que no estuviera también dispuesto a apoyarlo. De esta manera no había una competencia real por las plaza de titular.
Algo de esto había, seguramente, pero también había en esta presentación una parte de exageración. Por un lado, nadie se presentaba a la titularidad (o a la cátedra) sin un mínimo currículum, porque por voluntarioso que fuera el tribunal alguna materia había que darle para que justificara su voto. El candidato de la casa seguramente partía con alguna ventaja, pero no quiere decir que estuviera todo hecho. Por otro lado, casos hubo de plazas ganadas por candidatos de fuera, bien porque no había candidato local, bien porque se habían impuesto al candidato local. Yo mismo, que me había formado en la Universidad de Oviedo, obtuve una plaza de profesor titular en la Universidad Autónoma de Barcelona en el año 1996 contra un candidato local. Y no es el único caso ni muchísimo menos. Yo conozco de fuente directa varios de ellos.
Sea como fuere, se pensaba que este sistema era "endogámico" -en el sentido que decía antes- y por eso se pensó en modificarlo y se pasó al sistema de habilitaciones, que funcionaba más o menos así: las Universidades españolas indicaban qué plazas precisaban. Si, por ejemplo, en el año 2003 una Universidad española pedía una plaza de Catedrático de Universidad de Derecho Internacional Privado, el Ministerio de Educación organizaba una oposición en la que se ofertaban dos plazas de catedrático habilitado de Derecho Internacional Privado. ¿Por qué dos si tan solo se había pedido una? Para que la Universidad pudiera escoger. La idea era que el Ministerio realizaba el filtro previo, pero luego la Universidad, en el ejercicio de su autonomía, debía elegir qué le interesaba más, por eso siempre se ofrecía alguna plaza más que la solicitada.
¿Y cómo se determinaba quién obtenía la habilitación? Pues se sorteaba un tribunal de siete miembros entre profesores titulares y catedráticos (para profesores titulares) y entre catedráticos (para catedráticos) y los candidatos debían realizar ante ese tribunal dos ejercicios (si hablamos de cátedras). El primero era un presentación del currículum que acababa convirtiéndose en una defensa de la trayectoria científica hasta el momento. El segundo ejercicio era un tema de investigación. Yo accedía a la cátedra por este sistema. Hubo una oposición nacional con un tribunal de siete catedráticos por sorteo, nos presentamos ocho candidatos y dos obtuvimos la habilitación para concurrir a cátedras. Tras esto pedí a mi Universidad que sacara una cátedra de mi materia y allí realicé otra oposición en la que concurría en solitario.
El sistema tenía la ventaja de la publicidad y el contraste directo. Los candidatos debatíamos con el tribunal y, por tanto, podía ser más sencillo, tanto para el tribunal como para cualquiera que tuviera interés, determinar el nivel real de los candidatos; pero duró poco. En pocos años se pasó al sistema de acreditaciones que es el que ahora tenemos.
En el sistema de acreditaciones, el candidato presenta su curriculum a una agencia gubernamental, la ANECA, con el fin de que determine si tiene los suficientes méritos como para ser "acreditado", lo que le abre las puertas para poder concurrir a los concursos que convoquen las Universidades para ser profesor titular o catedrático. Ahora bien, el acceso a la plaza de titular o de catedrático no se consigue más que cuando se supera la oposición que convoca la Universidad, con lo que estamos de nuevo en una carrera en dos etapas.
¿Cuál ha sido el resultado de las acreditaciones? Bien, por una parte, los requisitos para acceder a la acreditación de titular o de catedrático han ido "engordando", de tal manera que no solamente hay que tener un número considerable de publicaciones científicas, sino una docencia acreditada de muchos años, haber desempeñado cargos de gestión, dirigido proyectos de investigación y un largo etcétera de "casillas" que han de ser rellenadas. De esta manera, la carrera académica se orienta a ir rellenado esas casillas, lo que condiciona a los académicos que ven limitada su libertad para configurarla de una manera más libre.
La necesidad de rellenar todas las casillas a las que antes me refería ha hecho que se retrase la edad en la que se obtiene la acreditación (volveremos sobre ello enseguida).
Finalmente, la edad en la que se consigue la acreditación se retrasa, tal como se acaba de indicar; pero al final se acaba consiguiendo, con lo que al estar todo el mundo acreditado la fase de concurso en la Universidad ha dejado de ser competitiva. Ha dejado de ser competitiva hasta el punto de que las Universidades sacan ahora las plazas de titular o de catedrático como plazas de promoción de su propio profesorado, llegando incluso a prohibir que se presenten a la plaza quienes ya son titulares o catedráticos. Es decir, ahora el sistema es más o menos como sigue: una persona se forma en una determinada Universidad, lee su tesis doctoral en ella, se agarra como puede a una plaza tras otra en esa Universidad hasta conseguir la acreditación. Una vez conseguida la acreditación se trata de convencer a la Universidad de que transforme la plaza que tiene en la que se correspondería con la acreditación obtenida, de manera que ahora el llegar a Titular o a Catedrático es un mero ascenso sin que implique ninguna competencia real. Los casos de quien se va a otra Universidad a competir por una plaza son extrañísimos, prefiriendo quedarse cada uno en su propia Universidad hasta conseguir que salga "su" plaza.
O sea, la endogamia que se criticaba en el sistema de la LRU es ahora mucho mayor que hace 20 o 30 años. Maravilloso.
Pero lo peor es que la carrera universitaria se ha convertido en un tedioso ejercicio burocrático que, además, no permite de ninguna manera llegar a la Cátedra antes de los 50 años. Veámoslo comparándolo con la situación que se vivía en los años 80, 90 o primeros años del siglo XXI. Lo explico siempre desde mi experiencia y de la de quienes tenía cerca, obvio es decirlo.
En aquellos años la carrera académica comenzaba a los 23 años, tras concluir la Licenciatura. Tras 3 o 4 años como becario de investigación, a los 26, 27 o 28 años se era doctor y el académico pasaba a ser ayudante o figura equivalente. En un plazo de 2, 3, 4 o 5 años (más o menos) se accedía a la posición de Profesor Titular, lo que quería decir que en el entorno a la 30 se tenía la condición de profesor pleno. Si se trabajaba bien y se tenía suerte, entre los 35 y los 40 años se podía acceder a la cátedra. Algunos lo consiguieron antes, otros con unos años más; pero este era más o menos el calendario.
Cuando se es catedrático con 40 años todavía quedan años de juventud (relativa) para hacer cosas y aprovechar esa posición. Sin duda habría casos de quienes llegaron a las Cátedra y nunca más se supo; pero otros utilizaron las ventajas que da el ser catedrático (y las tiene, sobre todo en lo que se refiere a prestigio para abrir algunas puertas) para trabajar en favor de la Universidad.
¿Qué es lo que tenemos ahora?
A los 22 años se acaba el Grado. Hay que hacer el máster, por lo que la tesis se comienza con 23 o 24 años (más o menos como antes) y ha de acabarse en 3 años (con 26 o 27, con antes), a partir de ahí lo normal es utilizar una beca postdoctoral para irse un par de años al extranjero. A la vuelta, ya con 29 años o así toca encontrar una plaza para poder llegar al primer filtro: la acreditación como profesor lector (el nombre que se le da en Cataluña, en otras Comunidades Autónomas creo que tiene otros nombres). Esta acreditación como lector es un añadido que no había hace 20 años y que concede la ANECA o las agencias autonómicas equivalentes y ya implica el haber publicado, haber dado clases, etc. No es un simple papelito, hay que haber trabajado para obtenerlo. Supongo que con 29 o 30 años puede obtenerse -en teoría- pero en la práctica lo que observo es quienes lo consiguen tienen más años. Esa primera acreditación te abre las puertas a un contrato de una duración de cuatro años. No es, por tanto, un puesto fijo. Suerte tienen quienes consiguen ese contrato de lector antes de los 35 años, pues muchos han de esperar a después de esa edad para llegar a él. Una vez que se ha conseguido se tienen 4 años para conseguir la siguiente acreditación, ya como profesor titular (o equivalente en la Comunidad Autónoma, pero no me extenderé sobre esto que bastante complicada ya está la cosa). Probablemente a los 4 años no salga la plaza de titular (o equivalente) -si se ha conseguido la acreditación-, por lo que comenzará la tortura de alargar los plazos como lector o buscar una solución intermedia hasta que salga la plaza de titular (porque la hipoteca o el alquiler no sabe de estos paréntesis académicos entre plaza y plaza y hay que comer todos los días).
Si se consigue salvar el escollo de los plazos entre plaza y plaza quizás en el entorno de los 40 o 45 años se consiga esa posición de profesor titular que hace 20 años se conseguía en el entorno de los 30 años. Y ahí, como es una plaza fija, ya puede uno planificar con más tranquilidad el relleno de las "casillas" que han de conducir a la ansiada acreditación como catedrático.
Tomémoslo con calma. Quizás la acreditación no se consiga antes de los 50. Ahora bien, sin el objetivo no es tener la acreditación, sino ser catedrático habrá que correr un poco más; porque las Universidades -que, como hemos dicho, sacan ahora las plazas en función de la promoción de su profesorado- te colocará en una lista en el momento en el que te acredites y cuando antes estés en esa lista antes saldrá "tu" plaza. Casos he conocido de compañeros que llevan en esas listas del orden de 10 años y aún no han conseguido que salga su plaza. En otros caso, en cambio, la cosa ha ido más rápido.
Así, al final, con suerte, en torno a los 50 o 55 años se habrá llegado a la Cátedra. 20 años después de la edad en que se accedía a la cátedra a finales del siglo XX. Y este retraso ¿para qué? Porque, como digo, la movilidad es ahora menor que nunca en lo que se refiere a plazas de profesor titular o de catedrático. Puedo pone muchos ejemplos de profesores de mi disciplina que obtuvieron una plaza de titular o catedrático en una Universidad diferente a la de su formación entre el año 1985 y el año 2005 (Santiago, Eloy, Blanca, Núria, Albert, Manolo, Javier, Carlos E., Alfonso-Luis, Sixto, Gloria, Francisco Javier, Victoria, Carlos F.R., Rafael, Mariano, Hilda, Andrés...). No sé qué casos de esto hay en los últimos diez años...
Creo que la carrera universitaria no ha de seguir este patrón. Creo que hay que dar mucho en los primeros años, que son los más importantes para la formación, cuando aún se tiene la mente fresca y el corazón caliente; y ofrecer una satisfacción suficiente antes de que uno comience a agotarse. El objetivo debería ser que quien tiene talento para ello acceda a la cátedra en cuanto haya adquirido la madurez necesaria para ello. Diez años de formación deberían ser suficientes. Las cátedras deberían darse a personas entre los 30 y los 40 años para que así tuvieran tiempo de desarrollarse en ese puesto. Exigencia en la selección pero también contraprestación equivalente.
La tesis debería ser un filtro importante, y no devaluarla como hemos hecho últimamente. Quien hace una tesis de nivel suficiente debería tener la oportunidad de en cuatro o cinco años demostrar la pasta académica de la que está hecho. Es decir, el contrato de Lector debería vincularse directamente a la calidad de la tesis doctoral. Quienes tuvieran una tesis de calidad suficiente deberían tener esos cuatro años para mostrar su nivel académico. Si esos cuatro años son aprovechados debería accederse a la titularidad y ofrecer otros cuatro años para ver si se llega a la cátedra. Si se consigue, estupendo; sino se puede ser titular durante el resto de la carrera académica; pero sin cambiar las reglas para favorecer a quienes pasen más años rellenando casillas.
Soy consciente que en esto cada uno habla de la feria según le ha ido. Mi experiencia ha sido positiva. Trabajé muy duro durante muchos años (70 horas semanales durante 7 años, sin Navidad, sin Semana Santa, sin verano); pero era titular con 29 años y catedrático con 37. Fueron años muy intensos, en los que aprendí mucho y en los que competía constantemente. Otros con otra experiencia contarán otras cosas. Yo comparto la mía y mis razones. No creo que sea conveniente mantener un sistema que mantiene al profesorado universitario, que debería estar siempre en constante estado de ebullición, con la chispa perenne en las pupilas, con la sonrisa en la boca y las ojeras en los párpados, convertidos en unos burócratas que echan cuentas de casillas y de cómo avanzan en una lista para que le salga "su" plaza en "su" Universidad.

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