New York Times

martes, 17 de enero de 2017

Cuando escribir mal es una provocación

Puigdemont dirige una carta a Rajoy con varios errores gramaticales y ortográficos. La noticia está circulando la mañana en que escribo esto y algunos aprovechan para señalar la falsedad de la reiterada afirmación según la cual el sistema denominado de "inmersión" en catalán que se sigue en la escuela catalana permite que el conocimiento del castellano en Cataluña sea tan bueno como en cualquier parte de España.



Quienes así opinan se burlan de las faltas cometidas como si fueran resultado de la incompetencia lingüística de sus redactores.
No comparto esta perspectiva.
Y no la comparto porque disienta de que la enseñanza monolingüe en catalán no es un instrumento adecuado para que se aprenda correctamente el castellano. En varias ocasiones he reiterado la falsedad de esta afirmación (la de que la inmersión permite un correcto conocimiento del castellano) y los problemas que plantea el modelo lingüístico que se aplica en la educación catalana (la última, aquí).
No, el problema es que en este caso los errores no responden -es mi impresión- a la falta de capacidad, sino al deseo de provocar y despreciar.
Me extrañaría que en una organización como la Generalitat no haya personas con conocimientos suficientes de español como para no redactar correctamente la carta que nos ocupa (y que, aparte de los errores, muestra un estilo poco elegante, así por ejemplo lo de "su Gobierno se ha negado a afrontar de manera verdadera, más de anuncios"). El problema es otro.
Los errores y las torpezas en la redacción se explican a partir del relato según el cual el español es una lengua extraña a Cataluña que podemos conocer, pero que no es nuestra, que no apreciamos y de la que nos gustaría desprendernos (puede comprobarse esta última afirmación aquí).
El problema no es la falta de competencia, sino que la carta y sus faltas muestran un desprecio que no solo va dirigido a Rajoy, sino también a todos los catalanes que tenemos el castellano como lengua materna y que no comulgamos con la mitología nacionalista que pretende que nuestra lengua es un injerto indeseable en la Cataluña (falsamente) milenaria que pretenden los nacionalistas.
Quien redactó la carta originalmente lo hizo -me parece evidente- de forma descuidada. Y después se eludió la precaución de que alguien con cierto conocimiento la revisara. Sorprende esta falta de atención cuando cualquier texto en catalán que produzcan las administraciones catalanas y tenga carácter oficial es cuidadosamente revisado lingüísticamente.
El mensaje que se traslada con este desinterés por la corrección del texto es el de que no se da especial valor a lo que se dirige al Presidente del Gobierno de todos los españoles y que tampoco es motivo de vergüenza que en lo que se escribe en castellano se cometan errores gramaticales u ortográficos. A algunos he conocido que a propósito empeoran su español para aparentar despego por una lengua que tanto les molesta. Como digo, aunque sorprenda a quienes no conozcan de primera mano lo que se vive en Cataluña, la voluntad de empobrecernos limitando el conocimiento del castellano llega a estos extremos.
Es por esto por lo que me indigna esta carta. No caigamos en el error de burlarnos; porque lo que denota no es motivo de burla, sino de irritación.

2 comentarios:

Antonio Jimeno Fernandez dijo...

Como catalán siento vergüenza de que el presidente de la Generalitat de Cataluña envíe una carta con faltas graves de ortografía y de sintaxis. No me avergüenza que mi presidente no sepa escribir en castellano, porque cada persona nace con unas determinadas capacidades y vive en unos determinados ambientes, lo que me avergüenza es que no haya pasado su carta al servicio de corrección lingüística antes de enviarla. El presidente Puigdemont no ha escrito dicha carta a título personal, sino como presidente de todos los catalanes, por ello estaba obligado a hacerlo bien y nos ha ofendido a todos. El trabajo mal hecho no tiene disculpa.

Anónimo dijo...

Siento disentir , pero a la carta de Puigdempont se le debe aplicar el principio de Hanlon, que dice así: «Nunca atribuyas a la maldad lo que puede ser explicado por la estupidez».