domingo, 17 de febrero de 2013

El Informe

Me he pasado un rato leyendo el Informe elaborado por los expertos convocados por el Ministro Wert para la reforma y mejora de la calidad y eficiencia del sistema universitario español. Hay algunas cosas que me han gustado y con las que estoy de acuerdo. Así, por ejemplo, cuando indica que "La actual burocracia de la universidad española no constituye un problema menor que pueda ignorarse: implica un enorme despilfarro de tiempo, medios y financiación" (p. 16) y en la misma línea, en la p. 69 se recomienda que "la ANECA simplifique el sistema actual de acreditación de títulos (programa VERIFICA), para evitar la generación de un alto grado de controles de calidad extenuantes que no aportan beneficios en forma de mejoras". También me gusta la propuesta de sustituir el actual sistema de acreditaciones para el acceso a la condición de Profesor Titular o Catedrático por un procedimiento que se asemeja bastante a las antiguas habilitaciones y coincido en la crítica que se hace al sistema actual que, como se indica, podría implicar la imposibilidad de que se acreditara como Catedrático en España algún galardonado con el premio Nobel (p. 31, n. núm. 30).



Estas coincidencias no impiden, sin embargo, que considere que en general el Informe me parezca claramente desenfocado y en más de un sentido decepcionante, porque en lugar de analizar con rigor y seriedad se pierde en tópicos y lugares comunes, algunos irrelevantes y otros claramente equivocados. En definitiva, es una muestra más de cómo se está abordando en España la permanente reforma universitaria desde hace décadas, una forma torpe que no contribuye en nada a mejorar y que tiene la virtualidad de estropear lo bueno (que no es poco) que tenemos en nuestro sistema universitario (en el SUE, Sistema Universitario Español, que es como se denomina a lo largo del informe).
El Informe comienza con una presentación del SUE claramente orientada a mostrarlo como deficiente y lleno de vicios internos. Se incide en su falta de calidad y se achaca esta no a la falta de financiación (que también sale, es cierto) sino a la endogamia (alguien tendrá que definirla en relación al sistema universitario y explicar a la sociedad que no quiere decir que se contrate a los primos o hermanos de los profesores universitarios, sino que endogamia en la universidad quiere decir que -y ese es el gran pecado- que se pretende que quienes se han formado en una determinada universidad obtengan plaza de profesor en esa misma universidad) y a que la universidad se organiza para servirse a si misma y no a la sociedad (p. 8).
Evidentemente las afirmaciones sobre la endogamia y la presunta orientación "autoreferencial" de la Universidad no están ni demostradas ni siquiera argumentadas, por lo que aquí no me detendré en ellas más que para decir que en la universidad, como en todos los sitios, en ocasiones te encuentras con personas que pretenden proteger tan solo sus propios intereses, pero que afortunadamente son muchas más las que se esfuerzan por hacer bien su trabajo y conseguir que los estudiantes y la sociedad en su conjunto salgan beneficiados. Si realmente en la Universidad estuviéramos pensando solamente en nuestro propio interés ¿habríamos hecho el esfuerzo de modificar títulos, pedir proyectos de investigación, dirigir tesis doctorales u organizar cursos que en nada incrementan el salario que se cobra a final de mes? Se trata de acusaciones tan absurdas que ni siquiera merece la pena comentarlas.
Centrémonos por tanto en el tema de la calidad de las Universidades. El Informe se basa en tres criterios para mantener la escasa calidad del SUE. Por una parte se fija en la poca empleabilidad de nuestros titulados (p. 8), por otra en la ausencia de Premios Nobel "científicos" y en la mala posición de las universidades españolas en los rankings internacionales (p. 7). Me parece que se trata de indicadores poco adecuados. En lo que se refiere a la empleabilidad, y tal como expliqué hace unos meses de forma más detallada, se trata de un problema de la estructura económica española y no de la universidad, como muestra que en estos momentos de crisis nuestros "defectuosamente formados" titulados encuentren trabajo en Alemania, Holanda, Estados Unidos, el Reino Unido, etc. Resultaría chocante que la formación que ofrecemos sea suficiente para las empresas de estos países y, sin embargo, inadecuada para las empresas españolas ¿dónde estará realmente el problema?
El tema de los premios Nobel llama especialmente la atención. Parece casi puesto a calzador para contrarrestar un dato que no tiene refutación: la producción científica española es acorde con el tamaño del país [el Informe se hace eco de este dato (p. 14, n. núm. 15), aunque solamente para despreciarlo con displicencia]. A partir de aquí el Informe dice que lo que cuenta no es el número de artículos, sino la calidad e influencia de los mismos. Cierto, pero eso no anula lo anterior. Si el número de artículos publicados en España es el que se corresponde con el tamaño del país y superior al que sería esperable a partir de la inversión que se realiza en España en investigación ¿por qué no se profundiza en las causas de que esa producción no implique una mejor situación de las universidades españolas en los rankings internacionales o en los premios Nobel concedidos? Más adelante me ocuparé del tema de los rankings universitarios; ahora me centraré en el otro tema que tanto parece preocupar al grupo de expertos: la escasez de premios Nobel españoles.



En primer lugar, llama la atención que si se va a utilizar como criterio para medir la calidad se emplee con tan poco rigor. Así, se indica que en España tan solo se ha obtenido un premio Nobel "científico". Añado las comillas porque creo que en buena lógica podría discutirse la adecuación de ese término para diferenciar entre unos premios Nobel y otros, y especialmente en lo que se refiere al premio Nobel de Economía, que no sabría muy bien si catalogar entre los científicos o entre los no científicos. Aparte de esto no se incide lo suficiente en otro dato, y es el de que han sido cinco los premios Nobel de Literatura que han recibido autores españoles. Un premio Nobel de Literatura es tan premio Nobel como otro cualquiera, y en el SUE hay facultades de Filología, estudios sobre Literatura y, además, los ganadores de los premios Nobel de Literatura también se han formado en universidades (en muchos casos) y son susceptibles de ser profesores universitarios. El hecho de que en España podamos presumir de cinco premios Nobel de Literatura (seis si incluimos a Mario Vargas Llosa, quien también es español y desarrolló una parte importante de su carrera en España) ¿nos habilita a pensar que los estudios literarios de nuestras Universidades son de gran calidad? Y si es así ¿podrían ser tomados como modelo por otras Facultades con menos éxitos en la obtención de premios Nobel? El Informe pasa por alto todo esto que, sin embargo, debería ser considerado si realmente el número de premios Nobel fuera tan relevante. Adelanto algunas hipótesis que quizás puedan explicar esta falta de coherencia del Informe y que, además, pueden darnos algunas pistas sobre la auténtica consideración que tiene que recibir el número de premios Nobel como índice de calidad.
Por una parte, hemos de ser conscientes de que la "carrera hacia el Nobel" es muy diferente según el ámbito en el que nos movemos. Evidentemente no es lo mismo optar al premio Nobel de Literatura que al de la Paz o a un premio Nobel "científico" (y aquí admitiremos pulpo como animal de compañía y asumiremos que el premio Nobel de Economía se encuadra entre los "científicos"). Ahora bien, también la forma en que se puede optar al premio Nobel de Medicina diferirá sustancialmente de lo que hay que hacer para optar al de Química o al de Economía. En definitiva, cada área tiene sus particularidades y mezclar unas con otras se asemeja bastante a sumar peras con manzanas. Por otra parte allí donde tenemos una mayor experiencia en cuanto a premios, en la Literatura, somos plenamente conscientes de que la obtención o no del ansiado galardón tiene que ver muchas veces con factores que nada tienen que ver con la calidad de las universidades. Nuestra falta de proximidad con otros premios Nobel quizás nos dificulta entender que eso también pasa en otros ámbitos. En el caso del premio Nobel de Medicina seguramente no solamente es relevante la calidad del sistema universitario, sino también la de las instituciones sanitarias que permiten que circule con fluidez la información y las técnicas entre los laboratorios y las clínicas. Si estamos hablando del premio Nobel de Economía quizás no debamos escandalizarnos si consideramos que la potenciación de determinadas escuelas a través de mecanismos que van más allá de lo estrictamente académico (presencia en medios, influencia en foros económicos y políticos, etc.) puede tener también que ver con la concesión del Premio. En el caso de otros Premios Nobel seguramente también encontraremos factores que ayuden a explicar las razones de que algunos países acumulen premios y más premios mientras otros permanecen alejados sistemáticamente del galardón. En fin, no lo sé; pero si realmente se quiere utilizar el número de premios Nobel como criterio para santificar o condenar podría ser bueno profundizar en estos y otros aspectos y no quedarse puramente en el número.
Por otro lado, el número de premios Nobel puede ser útil para realizar un ranking de las mayores potencias en cuanto a investigación en el Mundo; pero quizás fuera bueno asumir que España está en la segunda división. Desde el año 2000 tan solo han recibido el premio Nobel de Física, por ejemplo, nacionales de Estados Unidos, Alemania, Rusia, Japón, Italia, Francia, Reino Unido y los Países Bajos (no tengo en cuenta los Estados de origen de los premiados, sino la nacionalidad que tenían cuando consiguieron el premio). ¿No resultará más útil una clasificación que pueda visualizar el lugar que ocupan los diferentes países del Mundo y no una que deja fuera a todos excepto a ocho? No es ésta la visión del Informe, que desprecia los datos de publicaciones realizadas por profesores de universidades españolas mediante un símil futbolístico (p. 35, n. núm. 38). Se mantiene que igual que lo que importa en un partido no son los pases sino los goles, lo que deberíamos considerar no es el número de trabajos, sino cuáles de estos son excelentes, hacen avanzar el conocimiento y conducen a patentes innovadoras. Siguiendo con la misma metáfora podríamos decir que los goles vienen prefigurados por los pases, y que si un equipo tiene la posesión de la pelota es más probable que acabe marcando goles. En definitiva, que los premios Nobel han de ser resultado de una mejora generalizada de la masa crítica investigadora, no un resultado buscado directamente, porque aparte de que la consecución del Nobel puede deberse tanto a factores extra-académicos como académicos, quizás sea más importante para un país mantener un buen nivel medio que no contar con uno, dos o tres premios Nobel en medio de un desierto.

En definitiva, que el hecho de que no se cuente con premios Nobel españoles (fuera de la Literatura, que tampoco se explica bien porque esto se considera irrelevante, como ya se ha apuntado) no dice gran cosa en sí mismo, como tampoco resultaba significativa la crítica sobre la empleabilidad de los graduados españoles. El tercer elemento que considera el Informe es la posición de las Universidades españolas en los rankings internacionales. De nuevo aquí el Informe se queda en el tópico sin profundizar, porque no basta (como se apunta) con ver qué miden los rankings (p. 7) sino que hay que fijarse también en cómo se mide lo que mide. Si realmente le damos importancia a los rankings podemos plantearnos como objetivo mejorar la posición de nuestras universidades en ellos; pero para eso hay que estudiar cómo se configuran tales rankings y proponer medidas concretas que se relacionen directa o indirectamente con los ítems que se tienen en consideración. Este ejercicio está completamente ausente del Informe y no tiene explicación, ya que es relativamente sencillo identificar medidas concretas que tendrían incidencia inmediata en la posición de las universidades españolas en los rankings internacionales. Yo mismo intenté este ejercicio hace unos meses sin más ánimo que proponer una profundización en esta metodología y me sorprendí al ver lo relativamente sencillo que es incidir en algunos indicadores que favorecen el ascenso en los rankings internacionales, a la vez que se apreciaba con nitidez como algunos de los parámetros que se utilizan poco tienen que ver con la calidad y sí con determinada posición de privilegio que las universidades anglosajonas han conseguido en tales rankings y que se mantiene de una forma poco justificada. No entraré aquí de nuevo en lo que allí planteaba, pero sí que me interesa destacar que me parece sorprendente que el grupo de expertos no hayan ido en este punto más allá de una genérica llamada a la excelencia que me parece de una extrema ingenuidad y de nula utilidad.

Puede entenderse ahora el escepticismo con el que abordé la lectura del resto del Informe, cuyo planteamiento inicial me había parecido tan endeble intelectualmente. Si lo que se quiere es analizar la situación de la universidad y las posibilidades de mejorar ésta debemos mirar a la universidad sin prejuicios e intentando ser rigurosos en el análisis, definir las premisas y también los objetivos. Este es un ejercicio que yo no he encontrado en ninguno de los múltiples documentos que se han dado a conocer en los últimos años sobre esta cuestión, y este Informe no supone tampoco una novedad en este punto. Falto de presupuestos conceptuales sólidos lo que sigue al planteamiento es una serie de reflexiones que pueden gustar más o menos, pero que carecen de estructura y coherencia. Como digo algunas me parecen acertadas, pero más por coincidencia con planteamientos y experiencias personales que porque vengan sustentadas por una rigurosa argumentación; y esto es predicable tanto de las propuestas sobre la selección del profesorado universitario como de las relativas a la diversificación de las universidades o a las ofertas de títulos.
No quisiera concluir este breve comentario sin referirme a lo que entiendo es un fallo significativo del documento. En él se dedica un apartado específico a las formas de selección del profesorado y se mantiene expresamente que "Una universidad vale, sobre todo, lo que vale su personal docente e investigador" (p. 11 y se repite varias veces a lo largo del documento). Podemos discutir sobre lo que quiere decir "valer" y, de nuevo, si nos situamos en la perspectiva de lo que valoran los rankings internacionales será cierto lo que señala el Informe, pues elemento clave en tales rankings es la producción científica de los profesores. Ahora bien, si lo que pretendemos medir es la calidad de lo que acaban sabiendo (perdón por utilizar este término tan antipedagógico: "saber") los estudiantes (de grado y de postgrado) que acuden a la universidad, descubriremos que más importante que la calidad de los profesores es la calidad de los alumnos. Cualquiera que haya tenido el más pequeño contacto con la docencia se habrá dado cuenta de que acaban "sabiendo" (perdón otra vez) más los mejores estudiantes que los peores, pese a que el profesor sea el mismo para todos. No es tampoco un secreto que las mejores universidades de Estados Unidos basan su prestigio en la calidad de sus estudiantes y que hacen un esfuerzo significativo por conseguir que el número de solicitudes de acceso sea alto para así poder seleccionar a los mejores estudiantes, que son quienes acabarán consolidando el prestigio de la universidad en el futuro. Desde este punto de vista quizás fuera bueno dedicar un espacio importante a la selección de los alumnos, al menos tan importante como el que se dedica a la selección de los profesores ya que para la calidad (real) del SUE tanto cuenta la selección de unos como de los otros.
En este sentido de incoherencias en la estructura del informe me llama la atención que, como no podía ser menos vistos los antecedentes, se dedique una importancia significativa al gobierno de las Universidades, pese a que no se haya justificado qué relación tiene directa o indirectamente dicho gobierno con la calidad del sistema (desde luego no se deriva de los rankings internacionales que la forma en que se organiza el gobierno de la universidad incida en la posición que ocupe la universidad en el ranking, me remito de nuevo a la entrada en este mismo blog de hace unos meses -"Sobre la gobernanza universitaria (II)"- para contrastar este extremo). Esta insistencia en el tema del gobierno de las universidades me preocupa, sobre todo si se vincula con la referencia que incluye el informe a la "desfuncionarización" del profesorado universitario (p. 30). Esta referencia a la desfuncionarización choca, ya que en el texto del Informe se indica que en la Europa continental el carácter funcionarial del profesorado universitario no parece suponer ningún problema para la calidad del sistema (p. 19); es decir, no parece que influya negativamente en la calidad del sistema el que los profesores sean funcionarios ¿por qué entonces esta insistencia en este tema obviando otros de gran relevancia para que la calidad del sistema (al menos la calidad que reflejan los indicadores de los rankings internacionales)?
Como ya escribí hace meses ["Sobre la gobernanza universitaria (III)"] la preocupación por el gobierno de la universidad y la desfuncionarización de los profesores parece más orientada a dominar la universidad que a mejorar la calidad del SUE. Profesores que pueden ser despedidos y gobierno de la universidad controlado por agentes externos puede ser el mecanismo perfecto para callar una voz que puede ser molesta. Algo de esto debe de haber cuando dos de los integrantes del grupo de expertos plantearon un voto particular (addenda) en relación a este punto en el que, precisamente, inciden en los riesgos que la desfuncionarización pudiera tener en la libertad de cátedra. Parece, por tanto, que esta preocupación no es particular o individual, sino que puede responder a algo más profundo. Deberíamos planteárnoslo con seriedad desde las universidades y no dejarnos enredar por llamadas muchas veces poco sólidas a la "excelencia", "la flexibilidad", "la calidad" o "la rendición de cuentas".

(Imagen de "Los Siete de Gotinga" -entre ellos los Hermanos Grimm- cuya destitución en 1837 dio origen a la construcción dogmática de la libertad de cátedra en Alemania, tal como se explica en la addenda al Informe firmada por Oscar Alzaga Villaamil y Mariola Urrea Corres, p. 7 n. núm. 3)


La universidad ha de intentar siempre mejorar y para ello ha de cuestionarse permanentemente; ahora bien, sin renunciar a la independencia, a su condición de elemento crítico en la sociedad y a la libertad de su personal docente e investigador. Hemos de plantearnos objetivos concretos que cuenten con el consenso social e identificar los mecanismos necesarios para conseguirlos. Los discursos vacíos a los que estamos acostumbrados últimamente en el mejor de los casos son inútiles, con frecuencia nos hacen perder un tiempo maravilloso (como el que estoy perdiendo yo ahora) y en el peor de los supuestos (pero no descartable) son una maniobra para desmantelar la universidad y acabar con un molesto foco de crítica.

miércoles, 23 de enero de 2013

El fin de una Comunidad Autónoma ¿el nacimiento de un Estado?

He de confesar que esta tarde, hacia las seis y diez sentía esa emoción especial que te invade cuando sabes que eres testigo de un momento histórico. En el Parlamento de Catalunya se aprobaba una declaración que se puede consultar aquí y que, como elementos más relevantes, incluye, en primer lugar, la afirmación de que el pueblo catalán es un sujeto político y jurídico soberano y, en segundo término, que dialogará y negociará con el Estado español, las instituciones europeas y el conjunto de la comunidad internacional.
Tal como indiqué hace unos días al hilo del comentario a la propuesta presentada por CiU y ERC (a la que finalmente se ha adherido también ICV-EUiA y de la que la aprobada finalmente no se aparta en lo sustancial), estamos ante una declaración de independencia encubierta ya que la soberanía no es posible si no se es independiente. Esto creo que es claro desde una perspectiva constitucional y así lo entienden también desde las filas independentistas (puede consultarse este artículo en vilaweb donde se explicitan las relaciones existentes entre declaración de soberanía y declaración de independencia). Estamos, por tanto, ante una declaración de gran transcendencia política e, incluso, internacional ya que implica la voluntad del Parlamento catalán de convertirse en Estado y la afirmación de que ya desde ahora es miembro de la comunidad internacional (de ahí la importancia de que se incluya una referencia a la intención de dialogar y negociar con el conjunto de la comunidad internacional. No puede negociar quien carece de capacidad y el Parlamento de Catalunya pretende con su declaración que tal capacidad de actuación en el ámbito internacional le sea reconocida).
Creo que se entiende la expectación con la que viví la votación de esta declaración. En el mismo momento en el que la declaración fue aprobada el Parlamento de Catalunya dejó de ser un órgano del Estado español para convertirse en otra cosa, en una asamblea de lo que pretende ser un nuevo Estado en la comunidad internacional. La declaración de soberanía, radicalmente incompatible con la Constitución de 1978, no permite seguir entendiendo que las personas reunidas en el Edificio del Parque de la Ciudadela ejercen las competencias previstas en la Constitución y en el Estatuto de Autonomía de 2006. Desde luego, yo no me siento ya representado por quienes allí están pues -ya lo digo- no me considero sujeto de ese nuevo orden que pretende instaurarse por la vía de hecho, sino del orden constitucional formalmente vigente y que, confío, siga siendo el materialmente vigente.



Podría decirse que el principio democrático prima sobre lo que aquí expongo, y que más de uno calificará seguramente de "formalismos"; pero no es éste mi parecer. En primer lugar los formalismos son importantes, la construcción dogmática del Estado es relevante y, además, es tenida muy en cuenta por quienes lideran el proceso secesionista pues me costaría creer que no fueran plenamente conscientes de lo que aquí planteo. Cosa distinta es que muchos de los que hayan votado hoy en el Parlamento no se aperciban de las consecuencias que tal votación tiene y que, quizás, comiencen a manifestarse en los próximos días (cuando, por ejemplo, algún Estado reconozca la soberanía proclamada hoy por el Parlamento de Catalunya).
En segundo término -y esto es lo más importante- dudo que la declaración que se ha aprobado hoy responda al principio democrático. Algo tan transcendente como es una declaración de soberanía debería de producirse solamente cuando se ha consultado previamente a la ciudadanía y ésta se ha manifestado a favor de tal soberanía, y éste no es evidentemente el caso.
Durante el debate escuché varias veces cómo el Sr. Artur Mas mantenía que la declaración que se presentaba era resultado de la voluntad manifestada en las elecciones del 25 de noviembre; pero esto es falso de toda falsedad ya que ni en los programas de CiU (que puede consultarse aquí) ni en el de ICV-EUiA (puede leerse aquí) se defendía ni la independencia de Catalunya ni su soberanía, al menos no antes de que el pueblo fuera consultado sobre este extremo. De hecho en el programa de ICV-EUiA se hacía una expresa llamada a los federalistas manteniendo que en el partido se acogerían tanto los planteamientos federalistas como los confederalistas y los independentistas dentro de un consenso más amplio sobre el derecho a decidir (vid. p. 132 de su programa). No entiendo, por tanto, que el voto del día 25 de noviembre legitime ni a CiU ni a ICV-EUiA a sumarse a ERC (cuya apuesta por la independencia es explícita, clara y manifiesta) en una declaración unilateral de independencia sin ni siquiera esperar a que se haya producido la consulta a la ciudadanía en la que sí coincidían todos los partidos mencionados y, además, el PSC. Ciertamente una declaración del Parlamento de Catalunya en la que se exigiera la celebración de una consulta sobre el futuro político de la Comunidad sí que entraría claramente en el mandato surgido de las urnas tras las pasadas elecciones, pues todos los diputados de CiU, ERC, PSC, ICV-EUiA y CUP (107 de los 135 escaños del Parlamento si las cuentas no me fallan) llevaban en sus programas esta consulta. Una declaración unilateral de soberanía (rectius, independencia) solamente sería posible con los votos de ERC y las CUP (24 escaños). Creo que tanto CiU como ICV-EUiA han traicionado la confianza que los electores podían tener en sus programas, y no desde luego en un tema menor. En estos días he podido comprobar de primera mano la decepción de varios votantes de ICV-EUiA que no dan crédito a que su voto haya sido utilizado como argumento para una declaración como la que hoy se ha aprobado.



También merece una mención la actitud de los cinco diputados del PSC que no participaron en la votación de hoy para evitar votar en contra de la declaración de soberanía presentada por CiU, ERC e ICV-EUiA. Resulta incomprensible esta actitud porque en el programa del PSC figuraba claramente su oposición a la independencia de Catalunya y su apuesta por una Catalunya dentro de España, de una España federal que permitiría -en palabras del programa del PSC- una Catalunya plena. Así es como se presentó el PSC a las elecciones y sobre esta base le votaron quienes les votaron ¿por qué, entonces, romper la disciplina de partido en una votación en la que lo que se planteaba -una declaración unilateral de soberanía- era claramente contrario al proyecto que el PSC presentó durante la campaña electoral? ¿Qué razones justifican traicionar lo que era la posición fijada por los órganos del partido y que, además, se correspondía con la que fue presentada al electorado hace un par de meses? Algo no marcha en el PSC; en fin, cada uno sabrá lo que hace en su casa, pero resultaría incomprensible que este desplante no tuviera consecuencias, tanto respecto a quienes se han saltado la disciplina del partido como en relación a quienes confeccionaron las listas electorales con las que el partido concurrió a las elecciones.




A partir de ahora tendremos que esperar para ver cómo evolucionan los acontecimientos. La actuación formalmente lógica, la utilización del mecanismo previsto en el art. 155.2 de la Constitución, es muy poco probable que ocurra. No tengo tampoco la impresión de que se vaya a producir la respuesta políticamente más coherente, la aceptación por parte del gobierno de España de la celebración de una consulta sobre la independencia de Catalunya. Como no se dará ni lo que dicta la legalidad estricta ni lo que ordena la lógica política mucho me temo que seguiremos perdiendo el tiempo con un debate que nos está desgastando como país, enfrentando como ciudadanos y hundiendo económicamente. En fin...

sábado, 12 de enero de 2013

La Declaración

Acabo de leer la propuesta de Resolución de aprobación de la Declaración de Soberanía del Pueblo Catalán que se pretende votar el próximo día 23 de enero en el Parlamento de Cataluña. Se trata de una declaración unilateral de independencia en el sentido que indicaba en este blog hace algo más de dos años ("Sobre procedimientos de independencia"). Es una declaración de independencia porque la condición de sujeto político y jurídico soberano del pueblo catalán que recoge la mencionada propuesta de Resolución es incompatible con la integración de ese mismo pueblo en otro sujeto soberano, en este caso España. El soberano solamente puede ser uno (eso es precisamente lo que implica la soberanía, como debería saber cualquier alumno de primero de Derecho), por lo que declaración de soberanía y declaración de independencia son equivalentes. La Declaración es también, evidentemente, una vulneración de la Constitución, ya que en el art. 1 de ésta se indica que la soberanía nacional reside en el pueblo español y en el 2 se establece la indisoluble unidad de la Nación española. Finalmente, es una declaración que es susceptible de desplegar consecuencias en el ámbito internacional ya que se incluye en la Declaración, en concreto en su art. 4, la voluntad de dialogar y negociar con el Estado español, las instituciones europeas y el conjunto de la comunidad internacional. Esta voluntad no solamente de diálogo sino también de negociación precisa que esa misma comunidad internacional reconozca la condición de sujeto soberano que se ha proclamado en el art. 1; esto es, se pretende que el pueblo catalán sea un miembro más de la comunidad internacional. De forma también muy clara esto último supone una vulneración del art. 149.1.3ª de la Constitución de 1978, que reserva al Estado la competencia exclusiva en materia de relaciones internacionales. Ciertamente, dado que en el art. 1 de la Declaración ya se ha establecido el carácter soberano del pueblo catalán las relaciones exteriores a las que se refiere el punto 4 de la Declaración no serán propiamente las relaciones exteriores de España, sino las de Cataluña, diferenciadas de las españolas; pero de forma también bastante evidente esta diferenciación entre las relaciones exteriores españolas y catalanas supone una vulneración de la Constitución y que, además, confirma que estamos, como decía al comienzo, ante una auténtica declaración de independencia.



Nos encontramos, por tanto, ante una Declaración que se sitúa fuera del marco competencial que corresponde al Parlamento de Cataluña de acuerdo con la Constitución, una Declaración que vulnera claramente preceptos fundamentales de la Constitución y que al pretender que Cataluña se convierta en interlocutor de la comunidad internacional puede perjudicar de forma grave el interés general de España. La conclusión me parece que es clara y se corresponde, precisamente, al supuesto de hecho de una norma de nuestro ordenamiento jurídico.
La Declaración, además, en tanto en cuanto se dirige a la comunidad internacional y a las instituciones europeas implica que resulta relevante para el Derecho internacional; esto es, no solamente ha de ser calificada desde una perspectiva interna sino también internacional. Ciertamente, una declaración unilateral de independencia no implica que se produzca efectivamente la independencia, tal como aclaró  no hace mucho la decisión del Tribunal Internacional de Justicia sobre la declaración de independencia de Kosovo, de la que me ocupé aquí; pero tal declaración puede y, en realidad, ha, de ser considerada por el Derecho internacional público. A partir de ella las decisiones que tome el Gobierno español ya no serán solamente relevantes desde una perspectiva constitucional sino también internacional. Hasta ahora el Gobierno ha tratado las declaraciones y planteamientos soberanistas con cierta distancia (parece ser que Rajoy, en relación a la entrevista con Mas de hace unos meses, declaró que a él nadie le había pedido la independencia sino un pacto fiscal). Esa actitud a partir de ahora puede resultar ya insostenible, pues podría ser interpretada como una aquiescencia a la Declaración, lo que desde la perspectiva del Derecho internacional resultaría relevante a la hora de dilucidar el estatus del pueblo catalán en nombre del cual se realiza la Declaración.
La Declaración comienza, además, con una indicación harto curiosa. Se dice que se realiza "De acuerdo con la voluntad expresada democráticamente una parte del pueblo de Cataluña". No se indica si es una parte grande o pequeña, lo que no es de importancia menor para una declaración que tiene la transcendencia de la que aquí se comenta. En cualquier caso no se ajusta a la realidad, porque en ningún momento el pueblo de Cataluña fue consultado sobre su voluntad de ser un sujeto soberano. De hecho, en el programa electoral de CiU, tal como se destacó en su día, en ningún momento se habla ni de independencia ni de soberanía, tal como se puede constatar mediante la utilización de la opción de búsqueda en el documento, que puede consultarse aquí. En el caso de ERC su propuesta independentista es clara y expresa por lo que podría considerarse que de forma indirecta quienes votaron a ERC lo hicieron también a favor de la independencia de Catalunya, pero no puede realizarse la misma inferencia respecto a los votantes de CiU y, en cualquier caso, una decisión como ésta, la de la declaración de independencia, exigiría un pronunciamiento directo de la ciudadanía, no meramente indirecto, máxime cuando ese pronunciamiento indirecto solamente puede atribuirse a una parte del pueblo catalán, parte que, si nos atenemos a los votos recibidos en las últimas elecciones por partidos que planteaban de una forma clara la independencia de Cataluña, no alcanza siquiera a las ochocientas mil personas sobre un cuerpo electoral integrado por más de cinco millones de ciudadanos. Si se incluyera en este agregado a los votantes de CiU todavía no se alcanzarían los dos millones de personas (curiosamente, la cifra de participantes en la manifestación del 11 de septiembre según sus organizadores).
En definitiva, estamos en el escenario que algunos ya avanzábamos hace tiempo: sin necesidad de referendum ni consulta popular el Parlamento de Catalunya se disponer a realizar una declaración unilateral de independencia. Siguiendo con la táctica de los pequeños pasos no parece que el propósito sea el de inmediatamente después de la declaración llevarla a efecto mediante la efectiva ocupación del territorio por parte de las autoridades del nuevo Estado y la asunción plena de las competencias estatales; pero tal Declaración sentaría las bases para, en el momento oportuno, reclamar el amparo de la comunidad internacional en caso de una reacción por parte del Gobierno del Estado frente a los incumplimientos de la legalidad española en la que pudieran incurrir el Gobierno o el Parlamento de Catalunya. Estamos en un terreno resbaladizo y no comparto la opinión de la Vicepresidenta del Gobierno de que se trata de una mera declaración política; o, mejor dicho, coincido en que se trata de una declaración política; pero no una "mera declaración política". Se trata de una declaración política de alcance similar al de la independencia de Kosovo de hace unos años o la independencia de Estados Unidos hace más de dos siglos. Es una declaración que bien utilizada justificaría argumentar que ya no estamos ante un conflicto meramente interno a España, sino ante un conflicto internacional; y esto es todo menos "mero".

domingo, 6 de enero de 2013

Consulta ¿para qué?

El día 5 de enero Jordi Pedret colgaba en su muro de facebook un artículo publicado en El País por Javier Pérez Royo sobre la tan traída y llevada consulta en Cataluña. Al hilo de esa publicación comentaba yo en el muro de Jordi que me parecía que la consulta tendría que hacerse cuanto antes y que lo único que cabía preguntar era sobre si los catalanes querían que Catalunya fuera un Estado independiente o no. Insistía en ello porque me parece que de forma indebida se mezcla esta consulta con la reforma de la estructura del Estado español, cuestión que de ninguna forma puede confundirse con la pretensión de que Cataluña sea independiente y, mucho menos, puede ser resuelta por medio de un referendum que se desarrolle únicamente en Catalunya.
Me parece necesario aclarar esto porque ya he oído en más de un sitio que la mencionada consulta tendría que ofrecer al ciudadano una serie de posibilidades para ver cuál es la que prefieren los catalanes (independencia, mayor autonomía, federación, etc.); planteamiento que a mi me parece un completo disparate. Me explico. En caso de que Catalunya fuese un Estado independiente lógicamente podría estructurarse como le diera en gana y lo mismo sucedería con España (reducida a su territorio actual, excluida Catalunya). Las decisiones que tomaran los catalanes una vez conseguida la independencia no afectarían a los españoles ni las de los españoles a los catalanes; o la afectación sería en cualquier caso la que se produce entre Estados soberanos y regida por las normas y principios del Derecho internacional público. En este escenario, lógicamente, cada una de las partes decide con plena autonomía la forma en que se organiza como Estado.
En el supuesto, sin embargo, de que se plantee cualquier cosa que no sea la independencia es evidente que la decisión que se tome afectará a toda España, por lo que solamente puede ser abordada por el conjunto de los españoles, no decidida de forma unilateral por una parte de ellos. Los catalanes han de optar, por tanto, primero entre seguir en España o salirse de ella. En caso de que decidan salirse y ser un Estado independiente su organización como Estado les compete únicamente a ellos; ahora bien, si Catalunya sigue siendo una parte de España las relaciones entre ese territorio y el conjunto de la Nación (en términos jurídicos) no puede ser modificada más que por acuerdo entre todos los españoles. Me parece que es bastante claro. Quizás ha sido la práctica política de CiU (que ha contaminado a casi todos los partidos catalanes) la que ha podido conducir al equívoco de pensar que puede decidirse desde Catalunya algo distinto a separarse o no de España sin contar con lo que piensen en el resto de los españoles. Y digo que puede haber sido esta política porque en las últimas décadas CiU ha basado su estrategia en jugar a estar dentro y fuera a la vez, a amagar con la independencia y reclamar más competencias, a apoyar al gobierno de Madrid teniendo en cuenta únicamente los intereses de quien gobernaba en Catalunya; y este juego repetido ha conducido quizás a la impresión de que es posible no ser españoles siéndolo, o mejor dicho, a ser españoles solamente en la medida que nos convenga. Quizás sea esta la explicación, pero en cualquier caso está claro que carece de lógica constitucional y casi diría de cualquier lógica.



El planteamiento, sin embargo, no carece de consecuencias tanto en el corto como en el largo plazo. Este planteamiento de "relación a la carta" conduce a que la independencia sea planteada como algo dúctil, interpretable, carente de consecuencias irreversibles. Me sorprendía el otro día un compañero, profesor de Derecho constitucional, preguntándose qué era la independencia y manteniendo que se trataba de un concepto de límites difusos. Pero ¡qué desatino es este! La independencia, desde la perspectiva del Derecho internacional público (y del Derecho constitucional) es un concepto clarísimo. O se es un Estado más en el concierto de las naciones o no se es. Existen, es cierto, supuestos grises, como el caso de Puerto Rico, que es un Estado libre asociado a Estados Unidos; pero tales casos no son posibles más que con el acuerdo de ambos Estados implicados, por lo que no pueden ser decididos de forma unilateral; al igual que los casos de protectorados o la especial situación en la que se encuentra Palestina en estos momentos. En todos estos supuestos nos encontramos en una situación intermedia entre lo internacional y lo interno que puede hacernos dudar sobre la definición de su estatus; pero, en cualquier caso, son casos en los que no existe una plena independencia por lo que la duda sobre qué es ser independiente no existe. Ser independiente implica ser un Estado soberano, un sujeto de pleno Derecho de la comunidad internacional y que no depende de ningún otro Estado, aunque puede, precisamente por ser un sujeto de Derecho internacional, formar parte de organizaciones internacionales y ratificar tratados.
Esta indefinición, sin embargo, no creo que sea gratuita. Más bien pienso que es esencial para los propósitos de quienes impulsan el movimiento secesionista en el que Cataluña se encuentra inmersa desde hace algo más de dos años. Una de las claves en el discurso independentista es la transmisión de la idea de que la separación de España no ha de suponer grandes cambios ni en la vida ni en las estructuras ni en la organización de la administración y de la sociedad. Más bien se plantea como un paso lógico en la progresiva asunción de competencias. El resultado de este planteamiento es que no existe una idea clara de lo que supone la independencia y, por tanto, es dudoso que quienes se manifiestan a favor de ella realmente quieran tal independencia. Pondré algunos ejemplos.
Elemento clave en el debate de los últimos meses ha sido la cuestión de si la Catalunya independiente sería miembro de la UE sin necesidad de negociar su incorporación. Desde las filas secesionistas se han lanzado argumentos de lo más peregrino para intentar convencer que Catalunya seguiría siendo miembro de la UE tras la separación de España sin ningún tipo de problema -cosa completamente falsa, por otra parte; pero no es el tema que me ocupa ahora-; siendo esta cuestión a lo que parece un elemento clave para que se opte o no por la independencia.
Carece de lógica que la cuestión de la independencia dependa o no de la pertenencia a una organización internacional. La UE puede seguir o desaparecer, transformarse o dejar de ser un club al que es interesante pertenecer, pero la existencia de Catalunya como sujeto de Derecho internacional no estará condicionada por los avatares de la UE o de cualquier otra organización internacional. Las organizaciones internacionales pasan o se transforman, pero los Estados permanecen. Los Estados y no las organizaciones internacionales son los elementos básicos de la comunidad internacional, y por tanto si se quiere ser independiente ha de ser sin que tal voluntad dependa de la pertenencia o no a la UE, porque la independencia tiene una transcendencia mucho mayor que la integración en una organización internacional. La independencia implica que los miembros de una comunidad deciden que se bastan para organizarse y defenderse en ese mundo semi-salvaje que es la comunidad internacional; que no necesitan a nadie más para estructurar su economía, su sociedad y su ejército (sí, su ejército, volveré sobre ello más tarde) y que si precisan buscar alianzas para satisfacer sus intereses desean ser soberanos para buscarlas con quien mejor les convenga. Eso es lo que quiere decir ser un Estado independiente y esto tiene mucha más importancia que pertenecer o no a la UE.
No creo que sea este el planteamiento de muchos de los que se declaran independentistas, y que recurren machaconamente como único argumento al injusto trato fiscal que recibe Catalunya. Bueno, tal vez sea cierto que Catalunya debiera tener un índice mayor de inversión estatal y más dinero para la gestión de sus competencias; pero ¿justifica el ahorro que pueda derivarse de la no contribución a la Hacienda española la independencia? ¿Cuánto costará el ejército catalán? Ya sé que se dice que Cataluña no tendría ejército; pero ¿existen ejemplos de países de verdad (no miniestados como el Vaticano, San Marino o Mónaco) que no tengan ejército? ¿Hay algún país en Europa con más de siete millones de habitantes que no tenga ejército? ¿No tendrá Cataluña marina para vigilar sus extensas costas? ¿No dispondrá de una Fuerza Aérea que vigile su territorio? ¿Carecerá de una fuerza militar mínima que le permita ser socio de los países con los que se quiere relacionar y que contribuyen con frecuencia en operaciones militares de interés conjunto? ¿Admitirán esos otros países un socio que no contribuye al esfuerzo de defensa común? Si somos realistas habrá que coincidir en que Cataluña tendría que tener un ejército ajustado a su tamaño, y que el coste de un ejército no bajará de los dos o tres mil millones de euros anuales (un 1% del PIB de Cataluña, una proporción modesta para los estándares europeos y teniendo en cuenta la dificultad de aprovechar economías de escala por el relativamente reducido tamaño de Catalunya en comparación con los Estados europeos más grandes). Cataluña independiente necesitará, además, un servicio exterior. ¿Cuánto cuesta colocar una embajada en, pongamos, la quinta parte de los Estados del mundo? ¿Cuánto un consulado en las cien mayores ciudades del planeta? ¿Cuánto organizar el Ministerio de Asuntos Exteriores y los servicios secretos? (¡Ah! que Catalunya no tendrá servicio secreto, permítanme que sonría). ¿Cuánto costará completar a los Mossos d'Esquadra para que puedan convertirse en la única policía en Catalunya asumiendo las tareas que ahora todavía realizan la Policía Nacional y la Guardia Civil? Probablemente la factura vaya subiendo y nos encontremos con que ser un Estado independiente se lleva una parte significativa del déficit fiscal que se calcula recuperar con la independencia. Por otra parte, en caso de que Catalunya fuera admitida en la UE ¿con cuánto tendría que contribuir a las arcas comunes? La renta per cápita de Catalunya está por encima de la media de la UE, así que podas dudas caben de que tendría que ser contribuyente neto en el presupuesto europeo.
Así pues, si el argumento es el económico tiene poca base para sustentarse; ahora bien, eso no quiere decir que se tenga que renunciar a la independencia. Como digo, la independencia supone una decisión tan radical que no es racional basarla únicamente en argumentos económicos coyunturales. Los Estados, todos los Estados pasan por etapas de más y menos prosperidad y sin embargo siguen siendo los mismos Estados; no es racional replantearse los límites del Estado a cada vaivén económico. La comunidad internacional sería, además, poco comprensiva con ello. Alemania seguía siendo Alemania tras la victoria sobre Francia que propició su unidad y tras 1918, en 1940 y en 1945. Y no olvidó su unidad incluso estando atravesada por el telón de acero ¡Cuan fácil se les podría plantear a algunos que Baviera optara por separarse del resto de Alemania tras 1945! Con una historia diferenciada, un dialecto propio, habiendo sido independiente hasta setenta años antes y con la oportunidad de convertirse en un protectorado de Estados Unidos que la ocupaba militarmente! Y sin embargo no pasó nada de eso. Los alemanes eran conscientes de que con sus diferencias (que las hay entre un prusiano y un bávaro, entre un hamburgués y un habitante de Friburgo) o salían juntos del abismo o no salían.
La independencia es, por tanto, una decisión que tiene que basarse en algo más profundo que unas balanzas fiscales. Y en el caso de Catalunya hay elementos que justifican esa separación de España. Existe una cultura, una lengua y una tradición propias que tanto pueden interpretarse como una manifestación más de la pluralidad española como señas de identidad de una comunidad diferenciada y opuesta a la española. En las últimas décadas, de una forma sutil pero constante se ha ido cambiando el acento de lo primero a lo segundo de tal forma que ahora muchos catalanes sienten que el tener como lengua materna el catalán y ser partícipes de la historia y cultura catalanas lleva como corolario inevitable el rechazo a lo español. Desde luego, quien se sienta miembro de una comunidad no solamente diferenciada, sino también enfrentada a otra puede plantearse con toda la legitimidad que su comunidad forme un Estado que sea plenamente soberano. No es mi opción personal, pero soy consciente de que es la de mucha gente. A quien se lo plantee en estos términos no les preocupará que Catalunya se quede o salga de la UE, que la independencia suponga ganar o perder, que salga más cara o menos. Estos interpretan correctamente lo que supone la independencia y están dispuestos a asumirla con todos los costes que pueda implicar. Tengo algunos amigos que piensan así.
Pero, claro, estos comprometidos de la causa no son suficientes como para que una mayoría de la población vote a favor de la independencia; es preciso que otros que no comparten el mismo sentimiento, que se sienten catalanes sin dejar de ser españoles y que tienen vínculos muy estrechos con personas de otras Comunidades se adhieran también a la causa independentista. A estos va dirigido el argumento económico que ni está conveniente contrastado (por no considerar los costes de un Estado independiente, las "estructuras de Estado" que ahora están tan de moda) ni sería en ningún caso justificación suficiente para una decisión tan radical como es la ruptura y creación de un nuevo Estado. Y a estos va dirigida también esta presentación de la independencia como una cuestión casi menor, difusa en la que la pertenencia a la UE parece garantía suficiente de que nada en el fondo va a cambiar. Hay quien sostiene incluso que la independencia no debería suponer ni siquiera la pérdida de la nacionalidad española. El otro día me comentaban que todos seguiríamos siendo ciudadanos europeos aunque Catalunya no fuera Estado miembro de la UE ya que conservaríamos la nacionalidad española y por esta vía seguiríamos gozando de los beneficios de la ciudadanía de la UE. Yo planteaba ¿y si España no permite compatibilizar la nacionalidad española con la catalana (lo que sería bastante lógico; no es de recibo que un 20% de los nacionales propios sean, a la vez, nacionales de un Estado extranjero vecino)? Mi interlocutor entonces me decía que no adquiriría la nacionalidad catalana, que se quedaría con la española ¿Y esto es un independentista? ¿Alguien que quiere la independencia para seguir manteniendo la nacionalidad del Estado del que se separa? Pues Catalunya está llena de estos independentistas que solamente se explican porque se está planteando una decisión tan transcendental como es la de crear un nuevo Estado con una gran frivolidad.

domingo, 16 de diciembre de 2012

Un ojo azul


Un ojo azul,
uno tan solo,
perdido su hermano,
reventado en la noche.
Noche de carreras y de gritos,
noche.
Se levantan los brazos en las calles
como hierba bajo el viento y la lluvia,
se levantan.
Se alzan del suelo
y desafían
la oscuridad.
Busca lo negro el azul
de un ojo hermoso
que en vientre obrero
el amor conformó.
Que en barrio obrero creció
y en tardes de primavera
de esperanza se llenó.
Ojo que leyó y estudió,
amó y guiñó.
Ojo que aprendió y luchó;
aquella noche
por última vez miró.
Del asfalto nacen las garras
que roban los ojos a las muchachas,
llenan de lágrimas los corazones.
De la ciudad surgen los gritos
que agrisan nuestras voces y las callan.
De los coches salen monstruos feroces
que rompen, pegan, engañan y matan.
La ciudad ha callado
y un ojo solo aguarda
que vuelva su hermano,
perdido en la oscuridad.
No, ojo hermoso,
tu hermano no volverá.
Tú solo has de mirar,
tú solo has de gritar,
tú solo has de acusar,
tú solo has de mirar;
tú solo nos has de guiar.
Tú solo, tú;
Tú serás fanal, tú serás altar,
tú serás signo y señal
tú serás quien ha de despertar
a tantos que duermen y consienten
a tantos que aún no saben
que tenemos que gritar
y que jamás, jamás
se ha de olvidar.



Esta entrada fue publicada en el blog "Impresiones Rimadas"; pero creo que tiene casi más acomodo aquí, en "El jardín de las hipótesis inconclusas", que allí

martes, 11 de diciembre de 2012

La inmersión en la enseñanza: dos perspectivas

En el año 1977 Cataluña salía de casi cuarenta años de prohibición de la lengua catalana. Dos generaciones de catalanoparlantes habían sufrido que su lengua materna no pudiera ser enseñada en la escuela, que ni la televisión ni las radios ni los periódicos la utilizasen y que la literatura que pudiera encontrarse en catalán fuera reducida. El catalán en público estaba proscrito y son muchos los catalanes que aún hoy, como resultado de aquella situación, pese a hablar normalmente catalán, no saben escribirlo o lo hacen sin la suficiente corrección ortográfica o gramatical o con manifiesta inseguridad. En algunos de ellos he identificado una melancolía característica que achaco a lo que es una pérdida ya irrecuperable: la de una sencilla y natural comunión con la lengua en que se han aprendido las primeras palabras. Produce una profunda tristeza que se hubiera dado esta situación. La persona suele identificarse de forma natural con la primera lengua que aprende y el que ésta no sea reconocida o perseguida fácilmente puede confundirse con una falta de reconocimiento o una persecución a la persona del hablante.



En el año 1977, en Cataluña, existían, además, otros condicionantes que era (y es) preciso tener en cuenta en cualquier análisis sobre cuestiones de lengua. En 1939 la inmensa mayoría de los catalanes tenían como lengua materna el catalán. En 1977 ésta no era la situación. Muchas familias catalanas habían mantenido en el ámbito privado el catalán y sus hijos habían aprendido a hablar en dicha lengua; pero otros renunciaron de una u otra forma a su idioma propia en favor del castellano. A esto hay que añadir los millones de catalanes que habían llegado desde Galicia, Extremadura, Andalucía, Murcia... y que hablaban castellano y transmitían esta lengua a sus hijos. La Cataluña que hoy conocemos no se entiende sin la contribución de esos millones de inmigrantes que hicieron que Cataluña fuera, y sea todavía hoy, una tierra mestiza en la que personas de orígenes diversos y con lenguas diversas, pero sobre todo, catalanohablantes y castellanohablantes, han construido una sociedad con características propias que la identifican tanto en España como en Europa.

Esta era la situación en 1977, cuando se sientan las bases de lo que es la Cataluña de hoy; una nación (creo que es el término más ajustado) en la que convivían personas de orígenes diversos que habían encontrado en una actitud industriosa, trabajadora, honesta y rigurosa los ejes de una vida que se pensaba que sería de prosperidad y libertad crecientes.
En esa Cataluña que comenzaba a dar los primeros pasos en sus asentamiento moderno como estructura política, económica, social y cultural se planteó un dilema que debía ser abordado con prontitud y de cuya resolución dependería en buena parte lo que sería Cataluña en las siguientes décadas. Ese tema es, como no, el régimen legal de las dos lenguas maternas de la mayoría de la población catalana, el catalán y el castellano.
El castellano gozaba de una oficialidad indiscutida que fue ratificada por la Constitución de 1978; pero existía también la conciencia generalizada de que los cuarenta años de dictadura habían ocasionado un perjuicio considerable al idioma catalán, limitando su utilización y reduciendo el número de personas con un conocimiento suficiente del mismo. Como decía al comienzo, dos generaciones de catalanes tuvieron que crecer sin poder llegar nunca a escribir o, incluso, leer correctamente su lengua materna. Esa, como digo, era una situación intolerable a la que se unía la circunstancia de que la mayoría de la población de Cataluña, de origen emigrante, tenía un conocimiento muy escaso o nulo de lo que ya se comenzaba a denominar como "lengua propia" de la Comunidad Autónoma; aquélla que se había hablado tradicionalmente en el Principado y que era consideraba por una parte significativa de la intelectualidad catalanista como un elemento constitutivo de la identidad catalana.
Ante esta situación la opción que se tomó fue la de convertir "de facto" el catalán en la única lengua oficial de las instituciones catalanas. El Presidente de la Generalitat, los Consellers, los diputados en el Parlament de Catalunya, todas las autoridaes autonómicas y, progresivamente, también las locales decidieron que lo propio era expresarse y comunicarse únicamente en catalán salvo que hubiera petición expresa de hacerlo en castellano, y aún así solamente cuando no hubiera otro remedio. Por supuesto, los medios públicos de comunicación (radios y televisiones) utilizarían solamente el catalán  como parte de una empresa titánica por recuperar el idioma.
En la educación la opción fue también que el catalán fuera la única lengua que se utilizara en la enseñanza no universitaria (excepto, por supuesto, en las clases de idiomas, castellano e inglés, francés, alemán o cualquier otro). A esa opción en la educación se la denominó "inmersión" y se convirtió en otro elemento clave para entender la construcción de la Cataluña en la que ahora vivimos.



Se dice con frecuencia que la inmersión garantiza la igualdad entre todos los alumnos y que ambas lenguas oficiales, castellano y catalán, sean conocidas por los estudiantes cuando concluye la educación obligatoria. A partir de ahí se hablan maravillas de sus resultados, de cómo se facilita la integración social, la igualdad de oportunidades y que todos los estudiantes llegan a dominar el catalán y el castellano sin que se aprecie un menor nivel en esta última lengua de los alumnos catalanes respecto a los de Comunidades Autónomas que no tienen lengua propia.
No discutiré los datos sobre dominio de ambas lenguas, aunque mi experiencia como profesor universitario me indica que en los alumnos que tengo en Cataluña veo faltas de ortografía y errores de construcción que jamás había visto en mi destino anterior, Oviedo; pero, en fin, es una experiencia personal y, por tanto, muy particular que no quiero convertir en categoría. Mi propósito es otro, el de llamar la atención sobre un punto que he visto poco o nada tratado: la distinta significación que tiene la inmersión para los alumnos según cuál sea su lengua materna. Esto es, se habla de la cohesión social que se deriva de la inmersión, pero no se señala el significado diferente que tiene esta inmersión para los niños cuya lengua materna es el castellano y para aquellos otros que han nacido y están siendo criados en familias catalanoparlantes.
Para los segundos la inmersión es la continuación y refuerzo de lo que practican en su casa; mientras que para los primeros supone un contraste, la necesidad de diferenciar entre dos lenguas ya desde que dan sus primeros pasos en la guardería o en el segundo ciclo de educación infantil (P3, P4, P5). Es evidente que unos y otros niños percibirán la inmersión de forma diferente. Este es un aspecto que podría tener una importancia fundamental y en el que, sin embargo, como digo no se profundiza suficientemente. Pareciera que la inmersión ha de ser como un bálsamo mágico que resolverá todos los problemas de cohesión en la sociedad por el mero hecho de que la lengua que se utiliza en el colegio sea una, el catalán, sin reparar en el distinto sentido que tendrá dicha lengua para los niños que ya la tienen como lengua materna y para los que es una lengua que solamente utilizan en el colegio.

Desde la perspectiva de las familias que ya son catalanoparlantes (bien por tradición familiar bien por opción) y que se identifican con los ideales catalanistas la inmersión supone la confirmación de una aspiración del catalanismo de siempre: una Cataluña en la que el catalán es la lengua normal y usual, igual que el francés lo es en Francia o el italiano en Italia. Una Cataluña plena en la que la educación es en catalán porque la lengua de Cataluña es el catalán y ya está bien de dar explicaciones a nadie. El niño aprenderá que la lengua que usa en casa es la lengua también que se utiliza en la educación y su lengua de referencia tanto en lo oficial como en lo cultural. Se profundiza así en la construcción de una sociedad en la que la lengua que sirve de punto de unión a todos los catalanes es el catalán y no otra (el castellano, evidentemente). En este sentido la inmersión es un elemento más en la potenciación del catalán en todos los ámbitos que se percibe en muchos otros ámbitos; así por ejemplo en el régimen lingüístico de TV3, en la Ley sobre acogida de los recién llegados (integración de inmigrantes) o en los distintos protocolos sobre uso del catalán en las administraciones locales que pretenden que la única lengua que sea utilizada sea el catalá.
La perspectiva de muchas familias castellanoparlantes; al menos de las que no comulgan con el planteamiento de que solamente se puede ser plenamente catalán si se hablan en catalán es, probablemente, otra. La inmersión es percibida como un mecanismo útil para que el niño aprenda una lengua, el catalán, que de otra forma le seria difícil de aprehender, puesto que al ser el castellano la lengua de la familia el niño precisa una dedicación mucho más intensa al catalán. En este sentido la inmersión se valora positivamente porque permite dar satisfacción al deseo de que su hijo sea fluido tanto en su lengua materna como en la otra lengua oficial de la Comunidad Autónoma. En muchas familias castellanoparlantes la inmersión no es percibida por tanto (siempre en términos generales) como un elemento de potenciación del catalán o de construcción de la identidad catalana, sino como una herramienta útil para conseguir un determinado objetivo: un buen conocimiento por parte del niño de las dos lenguas oficiales en Cataluña.
Esta diferencia de percepción no es -creo- explicitada con la suficiente rotundidad por quienes opinan o debaten sobre los temas vinculados a la lengua. A veces tengo la impresión de que este tema (como otros) parecen más una cuestión de teología que de sociología, pedagogía o política. Cualquier matización o planteamiento alternativo a la inmersión es presentado inmediatamente como una reminiscencia del franquismo, un ataque a la lengua catalana y a Cataluña en su conjunto. La reacción ante el reciente borrador presentado por el ministro Wert es una prueba de ello.
Como yo no me dedico a la política puedo hablar y escribir con libertad sobre cómo veo la cosa y no me importa plantear acercamientos que no son "políticamente correctos" y que pueden cuestionar la sacrosanta idea de la bondad de la inmersión.

(tira de Jordi Canyissà)


Como decía, en la inmersión hay dos elementos que han de ser considerados: por una parte hay un componente identitario y por otra un componente utilitarista. Ambos pueden convivir (así ha sido en los últimos treinta años), pero también existen elementos que pueden conducir a su enfrentamiento. Así, por ejemplo, en lo que se refiere al componente identitario. Así, la exclusividad del catalán como lengua vehicular refuerza la idea de que lo "normal" en Cataluña es hablar catalán y lo excepcional debería ser hablar castellano. Ya sé que muchos sostendrán que así es efectivamente; pero también quiero llamar la atención sobre que no toda la sociedad catalana piensa de esa forma y, sin embargo, el sistema de inmersión de una forma sutil pero efectiva transmite esa idea. Al reducirse el castellano a una sola asignatura y, además, plantearse una resistencia numantina a toda ampliación de su espacio los niños pueden percibir que "lo correcto" es hablar en catalán. No digo que sea así ni que no sea; en alguna ocasión hablando con niños (y no tan niños) algo de esto he percibido; pero no estoy en condiciones de afirmarlo con rotundidad aunque en cualquier caso se trata de un tema que merece ser considerado.
Pero en la inmersión no todo es lineal. Más bien nada es lineal. Existe un fenómeno que conocen bien los maestros y sobre el que sin embargo nada se comenta. Niños que no tienen el catalán como lengua materna se adaptan sin problemas a la utilización del catalán en el colegio durante los primeros años de éste; pero en algún punto en torno a los ocho o nueve años son no pocos los que se niegan a utilizarlo y se dirigen sistemáticamente a los maestros en castellano. Se produce una especia de rebelión cuyas causas desconozco pero que cuestiona el carácter angelical de la inmersión. Algún conflicto se ha de plantear cuando en un número significativo de niños se produce un rechazo a la lengua que llega al punto de desafiar las normas de la clase y optar por la utilización de una lengua diferente a aquella que resulta obligado utilizar en el centro (sí, obligado, la inmersión supone que los niños han de dirigirse a sus profesores en catalán y no en castellano; hoy en día parece que tenemos aversión a palabras como "obligación" o "prohibición", pero este es el sentido de la inmersión, imponer que en las relaciones del niño (y de los padres) con la comunidad educativa se utilice el catalán y, por tanto, que se prohiba la utilización de otras lenguas, incluida aquella que es también oficial en Cataluña, el castellano).
No sé las causas de esta "rebelión" que acabo de comentar; especulo con que quizás algo tiene que ver con desconocer lo que algunas instituciones recomiendan, que es que la primera escolarización se realice en la lengua materna del alumno (tal como se hace, por ejemplo, en algunos colegios privados de Cataluña, frecuentados, por cierto, por las élites catalanistas). Por recurrir a una experiencia personal, hace poco un niño cuya lengua materna es el castellano me comentaba que cuando comenzaban a aprender a contar en el colegio (el niño debía tener, por tanto, tres o cuatro años) le daba rabia que no le dejaran contar en castellano, porque él ya sabía contar hasta cierto número en castellano y cuando quería lucir sus conocimientos le decían que no, que no contara en castellano, que tenía que contar en catalán. Quizás situaciones como ésta incuben un cierto resentimiento que al llegar cierta edad puede acabar estallando en el rechazo que comentaba unas líneas más arriba. Quizás debiera pensarse más en la clave que propongo porque lo que resulta evidente es que el mayor conocimiento del catalán por parte de la población (piénsese que los menores de cuarenta años ya han sido educados en catalán) no implica una mayor utilización del idioma. Basta pasearse por cualquier pueblo o ciudad del entorno de Barcelona para darse cuenta de que el idioma que más se escucha en la calle es el castellano. La explicación que suele recibir este fenómeno es que el cine, la televisión y los medios en castellano hace que pese a la inmersión y al resto de políticas de promoción del catalán siga sin retroceder el uso del castellano (sí, ya sé que no se dice que el castellano se niega a retroceder sino que es el catalán el que no avanza; pero tanto monta, monta tanto; el avance del catalán se produciría fundamentalmente a costa del castellano, por lo que tan válido es plantear el tema en clave victimista -el catalán no avanza- como en clave realista -el castellano no retrocede). Como digo, la explicación que se da es la de que la presión del castellano es "enorme" y que, por tanto, lo que hay que hacer es intensificar las políticas en favor del catalán; pero quizás no estuviera de más interrogarse por otras causas que expliquen que el mayor conocimiento del catalán no va acompañado de un mayor uso del mismo; pero bueno, este no el objeto de hoy así que lo dejo aquí para volver a lo que me preocupa ahora, la política de inmersión y algunas de sus consecuencias.
Mi planteamiento es, de acuerdo con lo que se ha explicado hasta ahora, que más allá de las bondades casi angelicales que algunos atribuyen a la inmersión, ésta es una opción que al lado de indudables ventajas puede tener también algún inconveniente y que si hasta ahora se ha mantenido como una apuesta de consenso por parte de la sociedad catalana esto era debido más que una acuerdo fundamental a una coincidencia de dos finalidades diferentes y, en el fondo, contrapuestas. Por una parte la inmersión satisface a quienes quieren una Cataluña en la que la lengua central de la sociedad (su lengua "vehicular" podríamos decir) sea el catalán y, por otra a quienes no comulgando con esta idea (y que probablemente se ubican más entre quienes tienen como lengua materna el castellano que entre aquellos otros cuyo primer idioma es el catalán), ven en la inmersión una oportunidad para que sus hijos aprendan un buen catalán que les permitirá integrarse con más facilidad en la sociedad y tener mejores oportunidades en el futuro.



Ahora estamos, creo, en un punto muy delicado. Por una parte el catalanismo, que no había sido mayoritariamente independentista ha girado hacia el independentismo, lo que hace que cualquier planteamiento identitario tenga una transcendencia mayor que la que tenía hace tan solo cinco o diez años; por otra parte, en los últimos años se han dictado varias decisiones judiciales que mantienen que el castellano no puede estar reducido en el sistema educativo catalán al nivel de una lengua extranjera. Estas decisiones, aún reconociendo que está justificada en la educación una mayor presencia de catalán que de castellano, obligan a que la presencia del castellano no sea meramente formal. El borrador Wert del que antes me ocupaba incide en este mismo planteamiento.
Evidentemente esta decisiones y propuestas legislativas afectan al sistema de inmersión; pero pueden ser percibidas de forma muy distinta por aquellos que ven en el sistema fundamentalmente un mecanismo de construcción de la identidad catalana que en aquellos otros que lo perciben como un instrumento útil para que sus hijos aprendan catalán. Para los primeros resultará totalmente inaceptable cualquier aumento de la presencia del castellano en la educación. La presencia residual del castellano en la educación es un éxito que visualiza la excepcionalidad de este idioma en Cataluña y favorece la identificación de Cataluña con el idioma catalán. El caso, además, es que no molesta tanto la reducción de las horas de catalán como el aumento de las de castellano. Prueba de ello es que no existía especial problema en las épocas en que había más recursos para que las escuelas públicas introdujeran la impartición de alguna asignatura en inglés; mientras que era imposible extender de ninguna forma las horas de presencia del castellano en el currículo educativo. En esta clave el reconocimiento del castellano como idioma vehicular junto con el catalán, aunque fuera en una proporción sensiblemente inferior (pongamos por caso, que además de castellano otra asignatura se impartiera en catalán) supondría un trastorno grave al planteamiento identitario que, para muchos, justifica la política de inmersión.
Para quienes la inmersión es un instrumento para que sus hijos aprendan correctamente el catalán el que alguna asignatura pudiera impartirse en castellano y que las comunicaciones del colegio pudieran hacerse en castellano no supondría ningún trastorno y es probable que ni siquiera llegaran a entender el porqué de tanto revuelo por cuestiones tan nimias. Evidentemente el conocimiento del idioma que pueda adquirir el niño no dependerá de que, por ejemplo, música, educación física o conocimiento del medio se imparta en castellano. Probablemente las familias que están en esta clave no se cerrarían a debatir incluso alternativas que pudieran favorecer una mejor formación global de sus hijos. Así, por ejemplo, mucho se ha hablado de la posibilidad de que la docencia se impartiera en tres idiomas, con una parte en catalán, una es castellano y otra en inglés. Incluso podría modularse la presencia del catalán y del castellano en función del entorno del niño, de tal forma que aquellos niños que estuviesen en entornos donde se hablase con más asiduidad catalán tendrían más horas de castellano mientras que los alumnos del área metropolitana de Barcelona (donde el idioma más utilizado fuera de las aulas es con diferencia el castellano) tendrían más horas de catalán.
Es evidente que los planteamientos anteriores son inadmisibles para quienes defienden la política de inmersión como un elemento identitario; y es por eso que se está montando la que se está montando al hilo de la propuesta del ministro Wert. Yo, como me adscribo al segundo grupo, al de quienes están a favor de la inmersión como mecanismo de aprendizaje del catalán, no me escandaliza que alguna asignatura se imparta en castellano. Es más, lo veo más ajustado a la realidad de un país en el que más de la mitad de la población tiene el castellano como lengua materna; pero en fin, se trata de una opinión muy particular.

sábado, 8 de diciembre de 2012

Cuando el 3D cae en manos de un artista

En 1951 muchos cinéfilos pensaban que el color en las películas era algo así como una atracción de feria destinada a atraer espectadores a las salas, pero que no aportaba nada (e incluso restaba) al cine como arte. Entonces Renoir creó "El Río" y ya nadie pudo decir que el color no era arte en las películas.


No es casual que todo sea significativo: Jean Renoir era hijo de Pierre-August Renoir, una de los pintores impresionistas más destacados. El color del padre pasa al hijo quien lo lleva de los lienzos a las pantallas. Por otro lado la película se desarrolla en la India; y ese mundo extraordinario que sirve de escenario al descubrimiento del color por el arte cinematográfico es también el que acoge al bautismo del 3D como verdadero componente del cine que pretende trascender lo meramente comercial. Porque "La vida de Pi", la película que vi ayer de Ang Lee, me causó casi el mismo impacto que en su día me produjo "El Río". Y digo casi porque en su conjunto la película no me produjo una conmoción tan profunda como "El Río" u otras películas del mismo Lee ("Deseo, Peligro" en primer lugar, una auténtica obra maestra); pero ya desde el primer minuto tuve la sensación de que aquí asistiría a una utilización del 3D creativa, puesta al servicio de la transmisión de sentimientos y de la creación de belleza; no ante un mero recurso técnico para apabullar al espectador en sus butacas.


En "La vida de Pi" el 3D permite, en primer lugar, trasladar al espectador a una India colorista y exuberante. Los títulos de crédito son de una belleza y originalidad inusitada. En segundo término permiten tratar el agua como un elemento completamente nuevo; desde la piscina de París que da nombre al protagonista hasta el mar embravecido de la tormenta o el calmo que se confunde con el firmamento nocturno; resumido todo ello en la maravillosa escena en el muelle en que Pi se despide de Anandi. Además, el 3D es también puesto al servicio de encuadres deslumbrantes, como el de la bodega del buque en la que se encuentran los animales del zoo y de algunos efectos más previsibles, pero igualmente efectivos, como el del momento en el que el tigre se acerca a Pi niño para comer la carne que le ofrece, la aparición de Richard Parker en el bote o el uso de un palo por parte de Pi para amaestrarlo.
Ang Lee es un gran artista y algunas de sus películas son, para mi, auténticos hitos. Como decía antes, "Deseo, peligro" es, a mi juicio, una de las mejores películas que se hayan rodado nunca


"Tigre y Dragón", mucho más que una película de aventuras y artes marciales


Y "Brokeback Mountain", una conmovedora película de amor ante la que es imposible permanecer indiferente


En todas ellas la belleza puramente cinematográfica está al servicio de una historia que tiene mucho que decir a cada uno de los espectadores. En "La vida de Pi" también es así; pero dentro de muchos años seguramente será recordada como el inicio verdadero del arte en el 3D.
Envidio a quienes hayan podido ver la película en 3D. Yo la he visto en formato digital y, por tanto, tan solo puedo intuir todas estas maravillas que, sin embargo, estoy convencido de que ahí están.

lunes, 26 de noviembre de 2012

Lo que han votado los catalanes

De nuevo en las elecciones catalanas asistimos a lo que algunos llaman paradoja y otros llamamos escándalo:   tiene más escaños en el Parlamento un partido (ERC) que otro (PSC) que, sin embargo, tiene más votos que el primero. ¿Por qué ocurre esto? Algunos me parece que ya han comenzado a echarle la culpa al sistema D'Hondt de atribución de escaños que rige tanto en las elecciones al Congreso de los Diputados como en las elecciones catalanas.
Lo cierto es que la pobre Ley d'Hondt nada tiene que ver con esta "paradoja", sino la circunscripción provincial, tal como ya se puso de manifiesto en otras elecciones.

En las elecciones catalanas de ayer los votos obtenidos por cada partido que superó el 3% de sufragios y los escaños que se corresponden a tales votos dan el siguiente resultado:



- CiU: 1112341 votos - 50 escaños
- PSC: 523333 votos - 20 escaños
- ERC: 496292 votos - 21 escaños (27041 votos menos que el PSC y un escaño más)
- PP: 471197 votos - 19 escaños
- ICV: 358857 votos - 13 escaños
- C's: 274925 votos - 9 escaños
- CUP: 126219 votos - 3 escaños

Aplicando la Ley d'Hondt; pero considerando Cataluña como una única circunscripción los votos obtenidos por cada partido habrían supuesto la siguiente atribución de escaños:

- CiU: 45 escaños
- PSC: 21 escaños
- ERC: 20 escaños
- PP: 19 escaños
- ICV: 14 escaños
- C's: 11 escaños
- CUP: 5 escaños

Este reparto de escaños refleja mucho más fielmente las preferencias de los catalanes y evita que algunos partidos tengan más escaños con menos votos. El problema no es la Ley D'Hondt, el problema es la circunscripción provincial. Si las elecciones son catalanas la circunscripción ha de ser Cataluña, pues esto es lo que puede reflejar más fielmente la voluntad de los electores. En el caso que nos ocupa ahora vemos cómo la circunscripción provincial hace que CiU tenga cinco escaños más de los que le corresponderían de acuerdo con lo que han votado los catalanes; ERC también gana un escaño y quienes pierden son PSC (un escaño), ICV (un escaño), C's (dos escaños) y CUP (dos escaños).
Sería muy fácil elaborar una ley electoral en Cataluña más justa que la actual y que, partiendo de una circunscripción única para todo el país permitiera que el Parlamento fuera un reflejo más fiel de la realidad; pero ¿apostamos algo a que CiU y ERC bloquean esta reforma? Precisamente esos seis escaños que les regala el sistema actual les dan la mayoría que de otra forma no tendrían para bloquear una regulación electoral más justa.

La mejor carrera que he visto

Probablemente la de ayer es la mejor carrera de Fórmula 1 que he visto. Todo un campeonato fiado a lo que suceda en sus 300 últimos kilómetros, cambios de tiempo y en las circunstancias de la carrera; dos pilotos que luchaban por hacerse un hueco importante en la historia del deporte como el más joven tricampeón de la historia; adelantamientos, accidentes, cambio de neumáticos, todo lo que puede desear un aficionado a la Fórmula 1.
Al final quien se llevó el campeonato fue Vettel, y lo hizo con justicia porque, como muchas veces ha dicho Fernando Alonso, al final de la temporada la buena y mala suerte se compensan. Vettel tuvo a final de temporada el mejor coche, pero también es verdad que supo superar todas las dificultades y al final gozó también de la suerte de los campeones.
Con la suerte de los campeones no me refiero a las averías o accidentes que todos sufren a lo largo de la temporada (Alonso tuvo mala suerte en Spa, en Japón y en Italia, donde hubiera ganado si no hubiera tenido una avería en la Q3; pero Vettel también tuvo que abandonar en Valencia cuando lideraba la carrera y seguro que tuvo alguna avería que ahora no tengo presente); sino a esas circunstancias en las que el filo del desastre pasa a un milímetro de tu cabeza y sin embargo sales ileso. Vettel tuvo esa suerte en Abu Dhabi, donde a punto estuvo de perder el morro a comienzo de la carrera y, sin embargo, aguantó hasta el final obteniendo unos puntos valiosísimos; y también en la carrera de ayer. Pudo haber quedado fuera en la segunda curva, y sin embargo la grave avería de su monoplaza no fue a más, pudo mantenerlo en pista y acabar la carrera. ¡Increible!
Ahora bien, al hablar de suerte no podemos olvidar que es la suerte de los campeones, la que acompaña a los pilotos realmente excepcionales; y ayer Vettel volvió a demostrar que no solamente tiene un muy buen coche, sino que es un extraordinario piloto. En lluvia, en condiciones muy difíciles tanto por las circunstancias de la carrera como por la tensión de estar jugándose el título, realizó una remontada espectacular, se mantuvo dentro de la pista cuando ésta deslizaba como un espejo y pudo adelantar varias veces a un montón de pilotos. Un auténtico campeón, sin duda. El agua no se le atraganta; su primera victoria fue bajo un diluvio en Monza; y ayer volvió a demostrar que tiene ese toque especial de las auténticas leyendas. Gran, gran piloto.
En el otro garaje, en Ferrari, hay que destacar la gran labor de equipo de Massa, que hizo de escudero fiel de Alonso como no había visto nunca en la Fórmula 1. La forma en que le cubrió las espaldas y le facilitó el adelantamiento a Webber es para mi nuevo; algo muy diferente a lo habitual que solamente es posible en circunstancias muy especiales como eran las de ayer. Alonso, por su parte, muy sólido; aunque para haber tenido un día realmente espectacular le faltó haber estado con los McLaren y Hulkenberg al principio. Si hubiera podido seguir su ritmo quizás hubiera podido presionar a Button y luchar por la victoria, lo que hubiera convertido a la carrera de ayer en la mejor posible; no fue así y por tanto se quedó en la mejor de los varios centenares que he visto. Me imagino que muchos aficionados compartirán esta misma impresión. Ojalá la Fórmula 1 siga así la temporada que viene. Para eso hay que mantener los aciertos de las últimas temporadas: limitar la aerodinámica, permitir el DRS para adelantar, mantener el actual sistema de calificación y también el sistema de puntuación. Así tenemos carreras realmente divertidas.


domingo, 11 de noviembre de 2012

A las once de la mañana del once de noviembre

El día 11 de noviembre de 1918, a las once de la mañana, concluyó la Primera Guerra Mundial. A esa hora entró en vigor el armisticio firmado seis horas por los representantes de las países beligerantes. En  el tiempo que siguió a la firma del acuerdo y hasta que llegaron las once todavía se encontró ocasión de matar. El día 11 de noviembre de 1918 aún hubo más de dos mil muertos; algunos de ellos pocos segundos antes de que comenzara el armisticio y uno, incluso, más allá de esas once horas. Nada extraordinario para una guerra en la que murieron casi diez millones de soldados (más de seis mil muertos diarios de media durante los cuatro años y pico de contienda, 263 cada una de las horas que duró la guerra; o lo que es lo mismo, un muerto cada diez segundos), a los que aún habría que añadir las víctimas civiles directas o indirectas que fácilmente doblarían esa cifra y un número aún mayor de mutilados o incapacitados permanentemente o con graves heridas. En fin, una matanza en toda regla.
Es curioso ver cómo somos capaces de hacernos un enorme daño a nosotros mismos. A veces pienso que cada uno de nosotros como individuo posee la suficiente razón como para desenvolverse razonablemente en el mundo; pero como especie, como grupo, carecemos de la inteligencia suficiente para garantizar nuestra propia supervivencia. Entre nosotras, las personas, encontramos sabias y santas, a la vez que algunas personas radicalmente malas y unas pocas tontas; pero como grupo somos más bien un niño de tres años que obra por impulsos inmediatos y con nula capacidad de cálculo a medio plazo. Acontecimientos como la Primera Guerra Mundial y como la crisis que vivimos actualmente (y que se mantiene tan solo por la incapacidad de adoptar acuerdos que beneficiarían al conjunto de las personas, pero podrían causar perjuicios singulares precisamente a quienes tienen que adoptarlos) muestran que caminamos por la historia golpeándonos contra las paredes de nuestro encierro. En conjunto la humanidad avanza porque perder unos miles o millones de individuos no afecta a la especie; pero no somos ni la cuarta parte de lo que podríamos llegar a ser si como especie tuviéramos la mitad de la inteligencia que tenemos como individuos.

Sea como fuera es hoy un día en el que se puede recordar aquella tremenda carnicería y para ello recomiendo dos libros. Son muchos los que se han escrito sobre esa Guerra, y la elección que hago no se basa ni en que sean los mejores ni los más significativos; pero son de los que más me han gustado y tienen la ventaja de que uno está escrito por un francés y el otro por un alemán, ambos soldados en la Primera Guerra Mundial y que cuentan de primera mano sus experiencias en las trincheras. Además la perspectiva que adoptan los dos autores es radicalmente diferente. Se trata de "Tempestades de Acero", de Ernst Jünger y de "El miedo", escrito por Gabriel Chevallier.



Ambos autores combatieron en la misma guerra, pero su actitud ante la misma varía sensiblemente. Jünger disfruta en la guerra, es obvio que para él fue una experiencia que le gratificó. Chevallier, en cambio, la sufre como una incomodidad frustrante. Los momentos previos al ataque son vividos por Jünger con exaltación, asumiendo su propia muerte como una posibilidad que no haría más que modificar ligeramente el grandioso espectáculo en el que participa; Chevallier, en cambio, sufre el temor que da título al libro y que hace que cada paso que dé sea consecuencia de un acendrado sentido del deber.
A mi me parece que en el fondo Chevallier y Jünger no son tan diferentes. Sin decirlo claramente en el relato de Chevallier se percibe la tremenda frustración que para él fue no haber sido seleccionado para ser oficial. Probablemente de haberse convertido en teniente (al igual que lo era Jünger) Chevallier hubiera escrito un libro parecido al de su colega alemán. Quizás a nosotros nos parezca absurda tal cosa ahora, noventa y ocho años después del inicio de la Guerra y justamente a los noventa y cuatro años de su finalización; pero invito a leer ambas obras y a comprobar si es o no acertada mi intuición.