New York Times

martes, 3 de junio de 2008

Amor



Leí esta historia cuando estaba en tercero o cuarto de básica. El libro que la recogía se llamaba "Senda" y era marrón. No me acuerdo de nada más. En todos estos años no la he olvidado y ahora la contaré aquí de la mejor manera que pueda, pues solamente he retenido sus elementos principales.

Poco después de la muerte de Francisco de Asís unos hermanos de su orden llegaron a un pueblo con el ánimo de establecerse. Consiguieron permiso para roturar un pequeño terreno en un bosque situado junto al pueblo en una colina y construyeron una casa.
Los necesitados del lugar se acercaban al convento en busca de socorro, pero los hermanos franciscanos sabían que había algunos que no podían llegarse hasta la colina en la que vivían. Para remediar esto el superior decidió que un hermano bajara cada día al pueblo llevando viandas que aliviaran a los más necesitados. No se conserva el nombre del designado para esta misión -que es el protagonista de nuestra historia-, pero nosotros podemos llamarle Juan.
La mañana que comenzaba su ministerio, Juan bajó al pueblo cargado con hogazas de pan destinadas a los más necesitados. Se pasó el día ayudando a unos y a otros, comiendo apenas algunas migajas de los panes que llevaba, y al caer la tarde emprendió, cansado el viaje de regreso al convento.
La subida era difícil, y más después de un día de trabajo sin descanso. El aire faltaba en los pulmones, el sudor caía y la garganta estaba seca. Juan sabía que hacia la mitad de la colina había una pequeña fuente y desvió sus pasos hacia ella con el fin de poder beber y reponerse antes de emprender el último tramo de su viaje. Cuando llegó a la fuente sus ojos se iluminaron al reparar en lo cristalino del agua, en el frescor que se adivinaba en aquel líquido que emergía entre hierbas y piedra. Metió en la fuente el cuenco que llevaba siempre colgado de su cintura y acercó el agua a su boca.
Cuando ya iba a beber reparó en que ofrecer su sed al Cielo en ofrenda podía ser un bello sacrificio. Así que, sosteniendo con una mano el cuenco, introdujo la otra en él para sentir el frescor del agua. Reconfortado de esta forma devolvió el agua que había recogido a la fuente. Entoces miró al cielo y vio que un lucero se había encendido. Conocedor como era de las señales del Altísimo supo que su sacrificio había complacido a Dios.
Al día siguiente Juan volvió al pueblo por la mañana y pasó allí el día ayudando a los menesterosos. Al regresar a la tarde volvió a acercarse a la fuente y, como el día anterior, se limitó a sentir el frescor del agua en su mano sin llegar a beberla. Al igual que había sucedido la víspera, cuando miró al cielo antes de reemprender su camino vió como un lucero se encendía. Sonrió y regresó al convento.
Pasaron muchos años y los días de Juan se repetían sin variar. Cada mañana bajaba al pueblo, socorría a los necesitados y a la tarde regresaba al convento parándose en la fuente. Dejaba que el agua acariciara su mano y un lucero cada tarde le anunciaba que su sacrificio había sido recogido en el Cielo.
Sucedió que, cuando Juan ya estaba cerca de la vejez, el superior del convento creyó apropiado que un novicio le acompañara para que aprendiera la forma en que debía obrar en el auxilio a los necesitados del pueblo. Juan accedió a compartir el día con el joven franciscano y éste estuvo encantado de convertirse en ayudante del hermano Juan, uno de los franciscanos más queridos y respetados en la comunidad.
Pasaron juntos el día en el pueblo y a la tarde iniciaron la vuelta al convento. El día era caluroso y ambos estaban cansados, más incluso el novicio que Juan, ya que aquél no estaba acostumbrado, como éste, a la jornada.
Juan encaminó sus pasos como siempre a la fuente. Ya estaban cerca de ella cuando el novicio la vio. Al identificar entre las rocas y hierbas el agua fresca que surgía de la tierra el joven franciscano no pudo evitar una exclamación de satisfacción: "¡una fuente!" -dijo- "El señor la ha puesto en nuestro camino para que saciemos esta sed que sufrimos" - añadió.
El novicio no dijo más y se guardó mucho de precipitarse hacia la fuente, dejando que fuera Juan quien primero bebiera. Éste sonrió sin decir nada y se acercó a aquella fuente que tan bien conocía. Como cada tarde introdujo el cuenco para repetir el ritual que le había acompañado tantos años. Recogió el agua y metió su mano en el cuenco para sentir su frescor y luego devolverla al manantial "¿Se encenderá hoy de nuevo un lucero?" - pensó- "Quizá el último de mi larga vida".
Antes de vaciar el cuenco miró Juan a su aprendiz, dispuesto para la última lección del día. Vio el rostro sudoroso del muchacho y la leve ansiedad que reflejaba su mirada y, entonces, Juan, enternecido, por primera vez en todos sus años en el convento, acercó aquel agua a su boca y bebió tranquilamente del fruto de la fuente. Apenas había concluido y ya el novicio metía su propio cuenco en el manantial, satisfecho por aquel regalo del Señor.
Juan no dijo nada. Mientras ajustaba el cuenco en su cinto contempló sereno el azul del anochecer y vio como, en aquel momento, dos luceros se encendían en el Cielo.



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