sábado, 11 de junio de 2016

La inmersión, ese desastre

Convivencia Cívica Catalana ha publicado un informe que muestra que el conocimiento del castellano de los alumnos catalanes es inferior al de los alumnos de otras comunidades autónomas.
Este no es un tema menor. Recuerdo que cuando llegué a Cataluña, hace veinte años, preguntaba cómo era posible que sin apenas recibir clases en castellano los alumnos catalanes tuviesen un dominio del español no solamente similar, sino superior (según me contaban) al de alumnos de comunidades autónomas que recibían toda su enseñanza en castellano (o casi toda, descontamos las horas de idioma extranjero).
La respuesta que me daban es que simplemente funcionaba: el alumno recibía prácticamente toda sus enseñanza en catalán, tenía tan solo un par de horas de castellano a la semana, pero según decían eso era suficiente.
La experiencia personal, que siempre es anecdótica, indicaba lo contrario. Faltas y errores gramaticales en textos escritos incluso por estudiantes universitarios eran más frecuentes que en otras partes, y todos hemos visto alguna vez la incomodidad con la que se expresan en castellano algunos jóvenes procedentes de zonas fundamentalmente catalanoparlantes.
La lógica nos debería indicar que en el área metropolitana de Barcelona y en otros lugares en los que la utilización del castellano es amplia no deberían existir dificultades para aprender el idioma incluso aunque no se impartiera en la escuela; aunque lógicamente el lenguaje culto o técnico y el dominio gramatical junto con la corrección ortográfica serían más difíciles de conseguir. Es lógico. En mi familia utilizamos casi exclusivamente el castellano y mi hija a veces pregunta cuál es la palabra en esa lengua para términos técnicos que tan solo conoce en catalán (seno y coseno en matemáticas, por ejemplo).
Esta misma lógica debería conducirnos a pensar que en las zonas catalanoparlantes donde la educación es casi exclusivamente en catalán el nivel de castellano debería ser menor que el de alumnos educados en comunidades castellanoparlantes donde la escuela es mayoritamente en español.
Frente a esta lógica los apóstoles de la inmersión lingüística repiten sin cesar que los resultados de los alumnos catalanes en castellano superan los de comunidades en los que la enseñanza es únicamente en castellano ¿milagro?
No, no se trata de un milagro, sino de una mentira. Tal como se indica aquí en realidad no se realizan pruebas homogéneas en las diferentes comunidades autónomas que permitan hacer comparaciones. Las últimas que se realizaron datan del año 2003 y muestran lo que la lógica adelanta: que el nivel de castellano de los alumnos catalanes es inferior al de los alumnos de otras partes de España.
Pero aún más. En otro informe, en este caso de la Fundación Jaume Bofill (a partir de la p. 208) se muestra que los resultados en ciencias o matemáticas de los niños que tienen como lengua materna el castellano son peores que los resultados de los niños que tienen como lengua materna el catalán. Lógico, por otra parte, ya que en todo el mundo se sabe que la educación en la lengua materna es una ventaja, por lo que no debería sorprendernos que los alumnos catalanes que tienen como lengua familiar el catalán se vean favorecidos por el sistema educativo frente a quienes tienen como lengua materna el castellano... que es la primera lengua de más de la mitad de la población de Cataluña,
En definitiva, tenemos un sistema que no permite que los estudiantes catalanes alcancen el mismo nivel de dominio del castellano que los alumnos de otras Comunidades Autónomas y que, además, conduce a que los alumnos con lengua materna castellana tengan peores resultados en materias como ciencias o matemáticas.
Frente a estos datos quienes defienden la inmersión solamente saben repetir un mantra: la inmersión es un modelo de éxito reconocido internacionalmente que garantiza la cohesión social.
Pues bien, ni es un modelo de éxito, como acabamos de ver; ni está reconocido internacionalmente, pues en prácticamente en ningún lugar se da que los alumnos no puedan estudiar en su lengua materna que, además, es una de las oficiales del territorio, ni garantiza la cohesión social, porque conduce a que los resultados educativos de los castellanoparlantes sean peores que los de los catalanoparlantes.

¿Hay alguien al otro lado que esté dispuesto a debatir en serio sobre el modelo educativo en Cataluña?


martes, 24 de mayo de 2016

Antifascistas

No fueron muchos los alemanes que se opusieron activamente al nazismo. Los casos de disidentes en el régimen nacionalsocialista pueden contarse con los dedos de las manos, lo que hace, sin duda, que tengan más valor los ejemplos de oposición activa al nacionalsocialismo y, a la vez, debamos preguntarnos por las causas de que un régimen tan alejado de los valores democráticos, tan autoritario y opresor, tan dañino para la sociedad alemana y el Mundo hubiera gozado del alto grado de aprobación interna del que disfrutó.
No podemos achacar esta ausencia de oposición a la falta de cultura democrática de los alemanes, quienes habían vivido en un régimen democrático con posterioridad a la I Guerra Mundial y sin que pudiera calificarse de dictatorial el que tuvieron durante al época del Imperio, ya que el Parlamento (Reichstag), elegido por sufragio universal (masculino) desde 1871, gozaba de amplias competencias. Tampoco podemos justificar esta falta de oposición en una carencia de valores o convicciones cívicas. Los resistentes al nazismo mostraron, como veremos, coraje y coherencia, y seguramente no eran excepcionales en un país que durante los meses finales de la I Guerra Mundial e inmediatamente posteriores a su finalización vivió convulsiones revolucionarias de gran intensidad.
La explicación de lo reducido de la oposición al nazismo quizás se encuentre en la dificultad objetiva que podía existir para identificar lo correcto en una sociedad dominada por la propaganda y un relato arrollador que había sabido penetrar en todos los ámbitos, desde el obrero e industrial hasta el académico o el ejército. En estas circunstancias resultaría probablemente difícil alejarse de la perspectiva común y atreverse a mirar la realidad con otros ojos. No tengo pruebas de esto y se limita a una intuición, pero imagino que lo realmente difícil en la Alemania de los años 30 y 40 del siglo XX era hacer el esfuerzo de distanciamiento que era preciso para percibir las incoherencias del relato oficial y asumir la necesidad de conseguir un cambio en un régimen que gozaba de una amplia aprobación entre la población en general.
Es por esto que lo que más destaco de quienes se opusieron al nazismo es esta capacidad de pensamiento propio, de análisis objetivo y de raciocinio. Seguramente era más difícil alcanzar la convicción de que se vivía en un régimen equivocado que, una vez, encontrada esta convicción, hallar el valor para actuar. Ciertamente el régimen era brutal, pero probablemente el temor a la cárcel, la tortura o la muerte era menos paralizador que el inicial de apartarse de los planteamientos comunes, los aparentemente asumidos por la generalidad de la población y transmitidos por los medios de comunicación, entonces ya poderosos, en forma de periódicos, radio o cine.
Seguramente hacemos poco por recordar aquellos hombres y mujeres que en momentos difíciles tuvieron la dignidad de oponerse a lo que todos indicaban que era lo correcto. Todos y cada uno de ellos merecerían un recuerdo muy especial, y aquí me ocuparé de un grupo que es, quizás, el más conocido de entre ellos, “La Rosa Blanca”. Este grupo estaba integrado por cinco estudiantes y un profesor, aparte de otros colaboradores, todos ellos de la Universidad de Múnich. Tras distribuir folletos y realizar pintadas por la ciudad, el jueves, 18 de febrero de 1943, Hans y Sophie Scholl, hermanos e integrantes del grupo, se dirigieron al edificio principal de la Universidad portando en una maleta 1700 copias de un panfleto antinazi. Aprovechando el momento en que estudiantes y profesores permanecían en el interior de las aulas durante la clase de la mañana, distribuyeron sus panfletos por el edificio. Jakob Schmid, bedel de la Universidad, les descubrió y detuvo. Tras ser interrogados por las autoridades académicas, éstas les entregaron a la Gestapo. El lunes, 22 de febrero, cuatro días después de haber sido detenidos, fueron juzgados por traición y condenados a muerte. Junto con ellos fue también condenado a muerte Christoph Probst, estudiante de Medicina detenido el sábado 20 de febrero por estar implicado en la redacción y distribución de los panfletos encontrados a los hermanos Scholl.
El mismo día 22, a las cinco de la tarde, en Stadelheim, la prisión de Múnich, los tres condenados fueron decapitados. Habían pasado poco más de cien horas desde el momento en el que Hans y Sophie habían sido descubiertos por Jakob Schmid en el hall del edificio principal de la Universidad. En los siguientes meses, otros tres miembros del grupo fueron condenados a muerte y ejecutados.
La historia de este grupo ha sido trasladada al cine varias veces y quizás de esta forma es más fácil que conectemos con este drama vivido hace setenta años. Me tropecé con la historia de “La Rosa Blanca” hace un tiempo y me impresionó profundamente. En tiempos difíciles sus protagonistas tuvieron lucidez para identificar al mal, incluso en contra del pensamiento dominante; inteligencia para combatirlo con la palabra; sabiduría para renunciar a la violencia: valor para enfrentarse al poder y entereza para asumir las consecuencias de sus actos.
Recordándolos a ellos recordemos también a aquellos que con igual lucidez, inteligencia, sabiduría, valor y entereza se enfrentaron y enfrentan a la injusticia; pero sin la fortuna de ver a sus enemigos derrotados.
Para mi la palabra “antifascista” se vincula a personas como los integrantes de “La Rosa Blanca”, que me merecen un enorme respeto y admiración.



En la foto se pueden ver, de izquierda a derecha, a Hans Scholl (22.09.1918-22.02-1943), Sophie Scholl (09.05.1921-22.02.1943) y Cristoph Probst (06.11.1919-22.02.1943).






Kurt Huber (24.10.1893-13-07-1943).















Will Graf (02.01.1918-12.10.1943









Dar la vida siempre es estremecedor. La más joven del grupo, Sophie Scholl, murió con 21 años. Si no hubiera sido ejecutada hace 73 ahora podría tener 95 años, seis más que el papa emérito Benedicto XVI, quien fue contemporáneo suyo y que también vivió la Alemania nazi siendo un adolescente. Podemos imaginar cuánto no vivieron estos jóvenes estudiantes y el profesor Huber como consecuencia de sus convicciones.
Recordémosles.



El sexto panfleto de la Rosa Blanca, el que fue difundido el 18 de febrero de 1943

Y su traducción al español:




sábado, 21 de mayo de 2016

Un "no" rotundo a la violencia y a la coacción

En la Universidad de Lleida se ha vivido otro episodio de violencia y coacción dirigido contra personas que no comparten los planteamientos de quienes se creen en el derecho de decidir quién participa en el espacio público y quién no.

Hace unas semanas una profesora de laUnivesidad de Lleida veía cómo sus clases eran interrumpidas por un grupo deautodenominados estudiantes que la increpaban con el grito de “fascista”. Por desgracia no es algo que nos sorprenda ya. En otras Universidades y en otros ámbitos hemos ya vivido esto: personas que deciden quién puede colocar una carpa en la vía pública y quién no, quién puede dar clase y quién no, qué actos son admisibles y cuáles no. Cuando alguien se aparta de su dictado el método para conseguir la efectiva expulsión del espacio público es el griterío, si es necesario con megáfonos incluidos, la coacción mediante la ocupación de aulas o seminarios con personas que impiden el normal desenvolvimiento de las actividades o la presencia física directa rodeando a la víctima.

Por desgracia, es una experiencia compartida. Ayer (el 17 de mayo) sufría acoso de nuevo la profesora Manso en la Universidad deLleida, hace unos meses un seminario sobre el TTIP en la UAB tuvo que ser suspendido porque un grupo de estudiantes consideraron que no debía celebrarse y ocuparon la sala en la que se desarrollaba. Tan solo hace unas semanas una carpa de SCC en la UAB fue atacada por intolerantes que deciden quién tiene derecho a hablar y quién no.

No podemos consentir que la violencia y la coacción se adueñen de nuestra sociedad. Debería causarnos escalofríos ser testigos de cómo por nuestros campus campean grupos que se creen en el derecho de decidir lo que hacemos y no podemos hacer. En una huelga reciente era estremecedor ver cómo los profesores entregaban correos electrónicos impresos a quienes guardaban las barricadas para que los encapuchados les dejaran ir a esa o aquella reunión justificada mediante el correo que mostraban.

¿Cuándo hemos decidido que nuestro espacio público es de quienes se agrupan, amenazan, chillan o insultan?

Hemos de reaccionar, porque la situación es grave, no solamente por la existencia cierta de coacciones y violencia, sino, sobre todo, porque esta violencia y coacciones no reciben más que una respuesta institucional que se mueve entre lo tibio y lo inexistente. En el caso de la UAB todavía estamos esperando una condena de la institución por la agresión que se relata más arriba y la sensación de tolerancia hacia los violentos parece que se va extendiendo. Véase como, se realizan entrevistas complacientes a antiguos terroristas en la televisión pública y la presidenta del Parlamento recibe a un antiguo integrante de ETA que ningún arrepentimiento ha mostrado por su utilización de la violencia.


Una sociedad que banaliza el terrorismo y asume como normal la coacción no es ya plenamente una sociedad democrática. Reaccionemos, y hagámoslo con convicción.




domingo, 15 de mayo de 2016

Ha nacido una estrella... otra vez

Hace mucho que no escribo sobre Fórmula 1, pero hoy es un día en el que toca hacerlo. El 18 de septiembre de 2008 redacté una entrada titulada "Ha nacido una estrella" con motivo de la primera victoria de Sebastian Vettel en un gran premio. Entonces decía que pasados muchos años, cuando Vettel hubiera ganado ya algún título mundial o estuviera retirado convertido en una leyenda del deporte, podríamos decir que habíamos sido testigos, aunque fuera por televisión, de su primera victoria. Hoy debo repetir discurso en relación a la victoria de Verstappen en el Gran Premio de España.
Decía entonces, y tengo que repetir ahora, que ganar una carrera de Fórmula 1 es muy difícil, mucho. Si tomamos esta temporada y las dos anteriores (2015 y 2014) veremos que tan solo han ganado alguna carrera aparte de Verstappen, Rosberg, Hamilton, Vettel y Ricciardo. Solo cinco vencedores en 43 carreras. Si añadimos la temporada 2013 y sus 19 carreras tan solo sumaremos otros dos nombres a esta lista de ganadores, los de Räikkönen y Alonso. Esto nos da idea de lo complicado que es conseguir ver en primer lugar la bandera a cuadros en una de las competiciones más selectas del mundo: El campeonato de Fórmula 1. ¡Cuántos pilotos excelentes habrán acabado su carrera deportiva sin haber ganado ni una sola carrera! Es claro que hacerlo es ya todo un logro. Pero es que en el caso de Verstappen se dan circunstancias que convierten el logro en excepcional.
En primer lugar su juventud. Es el piloto más joven en ganar un Gran Premio, con tan solo 18 años, quitándole el record precisamente a Vettel, que había conseguido su victoria del año 2008 con 21 años. Es impresionante esta precocidad y, probablemente será un record imposible de superar, puesto que tras la entrada de Verstappen en la Fórmula 1, cuando tan solo tenía 17 años, se introdujo una regla que fija los 18 años como edad mínima para pilotar un Fórmula 1. De esta forma la única posibilidad de que el record que ha obtenido le sea arrebatado es que un piloto gane un gran premio en su primera temporada en la Fórmula 1 y, además, que haya iniciado esa temporada con tan solo 18 años.
Lo más destacado de la victoria de Verstappen, sin embargo, es que la ha conseguido en su primera carrera con su nuevo equipo, Red Bull, habiéndose producido su incorporación, además, con la temporada ya iniciada, sin haber tenido la posibilidad de aclimatarse al coche durante la pretemporada. Esto es realmente impresionante.
Los coches de Fórmula 1 no son como los coches de calle, evidentemente. Por una parte su manejo varía de uno a otro, pues cada volante es diferente y las operaciones que el piloto tiene que hacer no se realizan de la misma manera en uno y otro coche. Es cierto que Red Bull y el equipo del que procede Verstappen, Toro Rosso, están integrados y, por tanto, algún conocimiento podría tener el piloto antes de su cambio de garaje acerca de las particularidades del Red Bull; pero este conocimiento no le habría permitido tener la familiaridad de la que goza el resto de la parrilla al haber podido entrenar durante meses en el simulador de su vehículo. Además, hemos de tener en cuenta que el piloto no tuvo tampoco la posibilidad de probar el coche antes del inicio del Gran Premio. En la Fórmula 1 no está permitido que los coches rueden fuera de los Grandes Premios más que en los reducidos entrenamientos que se producen, fundamentalmente, antes del inicio de la temporada. Esta limitación en los entrenamientos dificulta la evolución de los coches, pero, además, en un caso como el de Verstappen, le obliga a abordar la calificación y la carrera con tan solo la preparación que le ofrecen las tres tandas de entrenamientos libres. Es decir, antes de la calificación Verstappen había dado tan solo 70 vueltas completas con el coche que debería luego conducir en calificación y en carrera.
Que hubiera conseguido la victoria es extraordinario teniendo en cuenta lo anterior. Evidentemente, hay circunstancias que le han ayudado, en concreto, la estrategia seguida respecto a él por el equipo ya que la opción de dos paradas se demostró al final preferible a la teóricamente superior de tres. Los dos "segundos pilotos" de Red Bull y Ferrari a los que se adjudicó dicha estrategia (Verstappen y Räikkönen) acabaron al final favorecidos por ella frente a los teóricamente primeros pilotos (Ricciardo y Vettel), que siguieron una estrategia de tres paradas. Evidentemente el choque entre los dos Mercedes (¿qué le pasa a Hamilton?) también le vino de perlas al joven holandés; pero todo esto se olvidará, igual que se ha olvidado el error en la elección de neumáticos en calificación de Hamilton en Monza 2008 que propició que saliera retrasado lo que favoreció el triunfo de Vettel, porque lo único que cuenta es que un jovencillo de 18 años ha ganado su primera carrera de Fórmula 1 tras haber cambiado de equipo tan solo quince días antes y demostrando una madurez impropia de quien es todavía un adolescente.
Ha nacido una estrella, sin duda. Veremos si tiene un futuro tan brillante como el de Vettel. Veremos, en cualquier caso tiene muchos, muchos años por delante para hacernos disfrutar.


jueves, 5 de mayo de 2016

Lo normal




Lo normal es que si plantas una carpa informativa para explicar la conveniencia de que los catalanes sigamos siendo españoles y ciudadanos europeos, aparezcan unos cuantos violentos para intimidar y coaccionar, acaben sacando unas navajas, arrancando la bandera española que luce en una esquina de la carpa y la destrocen delante de tus narices a la vez que llaman a sus amigos para boicotear tu mensaje.



Lo normal es que, habiendo pasado lo anterior en un campus universitario y en el marco de un acto organizado por la propia Universidad, ésta se niegue en redondo a mostrar la más mínima muestra de solidaridad con los agredidos, no vaya a ser que se piense que condenan las actitudes violentas e intolerantes de los navajeros y acosadores. Lo normal es que si se vuelve a colocar la carpa informativa unos días después a escasos metros de donde se produjo la primera agresión unos y otros te miren como diciendo "pero ¿por qué montas estos follones? ¡con lo fácil que es dejar hacer a los violentos y que estos te dejen en paz!". Evidentemente, esto es lo normal: dejar hacer y no meterse en líos.


Lo normal es que delante de los guardias de seguridad los mismos violentos de antes se dediquen a decorar las paredes de los edificios con dibujos y pintadas "revolucionarios". Por supuesto, ni se te ocurra plantear que lo que hacen, en tanto en cuanto supone estropear bienes públicos, podría ser delito. Como digo, lo normal es que los violentos hagan lo que les da la gana y que si tú les molestas te agredan para expulsarte de ese espacio público que con tan poco esfuerzo han conquistado y del que no están dispuestos a irse.




Lo normal es que estos mismos individuos, cuando deciden que no se ha de hacer clase, coloquen barricadas por el campus para convertirlo en remedo de un campo de batalla. Eso es tan normal que me he encontrado con profesores que cuando han de ir a uno u otro sitio en medio de tan singular "ocupación" no tienen inconveniente en mostrar a los encapuchados que guardan los controles y barricadas los correos electrónicos en los que se les cita para esta u otra reunión. Con suerte estos encapuchados, tras comprobar los datos, dejarán pasar al profesor que les premiará con una sonrisa: "Estos chicos -pensará- en el fondo no son tan malos".


¡Por supuesto! No son tan malos, cuando ajustas tu comportamiento al que ellos desean todo es fluido. Para no tener problemas basta con tolerar sus pintadas y sus barricadas, además de hacer la vista gorda cuando coaccionan, boicotean o agreden a quienes piensan diferente. Bueno, en esto último exagero. Está asumido que, si quieres, puedes pensar diferente; pero eso sí, cuando ese pensamiento no se ajuste a los límites del nacionalismo guárdate mucho de expresar públicamente lo que piensas. ¡Hasta ahí podíamos llegar! Mientras tus ideas sean solamente tuyas o te limites a compartirlas en torno a un café no habrá problema. Si vas más allá, si pretendes que tú también tienes derecho a expresar lo que piensas te encontrarás con alguien que te recuerde que eso que quieres hacer no es normal y que, por tanto, cualquier cosa que te pase será, por supuesto, responsabilidad tuya, no de aquellos que te insulten, boicoteen o agredan.
Esto es lo normal, y lo peor es que muchos parecen asumir que, efectivamente, lo normal pasa porque solamente unos tengan la palabra y porque quienes piensan "diferente" se vean amordazados. Muchos parecen estar de acuerdo en expulsar del debate público a quienes tienen ideas que no se ajustan a los mantras nacionalistas y en dar por buenos los intentos de colocar a quienes no piensan así en eso que se llama "extrema derecha" o, más habitualmente, "fascistas"; esa palabra comodín que sirve para insultar a todo aquel que se opone a estos violentos que con tanta habilidad han ocupado paredes y plazas, megáfonos y pancartas.



Pues bien, yo digo y seguiré diciendo que todo esto no es normal, que lo normal es que todos puedan utilizar la palabra y exponer sus ideas, que nadie tiene que ser boicoteado o agredido, que la libertad de expresión es básica y que las instituciones han de apoyar a los agredidos y no a los agresores. Quiero creer que somos muchos los que pensamos así y que más pronto que tarde los que no se atreven a levantar la voz y afirmar con serenidad y firmeza que la violencia no puede prevalecer, darán el paso de exigir que lo normal sea la convivencia y que la violencia y el odio queden desterrados al baúl de los malos recuerdos.
Entonces nos daremos cuenta de que casi nada de lo que está pasando en Cataluña en los últimos años es normal y lo cerca que hemos estado de perder la democracia que tanto costó recuperar. Porque cuando se ve normal el acoso, la violencia y el silencio ante las agresiones es que ya hemos comenzado a abandonar la senda de la libertad.

domingo, 17 de abril de 2016

Pactos

Algunas reflexiones puramente personales, más que nada para ordenar ideas.
Cuatro meses después de las elecciones generales nada se mueve en el frente. Una guerra de desgaste entre los partidos con escaramuzas aquí y allá que les debilitan a ellos y hacen daño al país.
Y ahora, a pocos días de que se convoquen de nuevo las elecciones, nada parece cambiar. Se sabe del desencanto de la ciudadanía, pero todos parecen confiar su suerte a perder menos que los demás en unos nuevos comicios. La falta de ilusión se extiende entre los españoles que ven cómo pasan los meses sin que se aborden los problemas que deberían centrar la acción de un gobierno cuya interinidad podría extenderse hasta el otoño.
¿Volverán a recurrir a nosotros para resolver el atasco en el que se ha colocado la política española? Parece ser que sí, y tan solo falta que nos culpen a nosotros también de este bloqueo, al igual que se nos endilgó de forma tan injusta la responsabilidad de la crisis económica (¿recordamos? "habéis vivido por encima de vuestras posibilidades").
Sería un enorme fracaso de los partidos políticos una repetición de las elecciones. Debe encontrarse la manera de salir de la situación paralizante en la que nos encontramos.
Hagamos cuentas:
Tras las elecciones generales de 2015 el Congreso tiene la siguiente composición:

PP: 123 diputados.
PSOE: 90 diputados.
Podemos & friends: 69 diputados.
C's: 40 diputados.
ERC: 9 diputados.
Democracia y Libertad: 8 diputados.
PNV: 6 diputados.
Unidad Popular: 2 diputados.
Bildu: 2 diputados.
Coalición Canaria: 1 diputado.

¿Qué posibilidades de pacto hay con este Congreso?

1) Por una parte tenemos las fuerzas políticas que plantean la ruptura del Estado. Estas fuerzas incluyen a los 9 diputados de ERC, los 8 diputados de Democracia y Libertad (DL) y los 2 diputados de Bildu; en total, 19 diputados. Incluso sumando a los diputados del PNV este núcleo rupturista no sumaría más que 25 diputados. Si le añadimos los 69 diputados de Podemos y las distintas marcas con las que ha comparecido en varias comunidades autónomas se llega a 94 diputados, añadiendo los 2 de Unidad Popular el resultado final sería de 96 diputados. Evidentemente, insuficientes para gobernar.
¿Se puede sumar a este bloque alguien más? Diría que no (aparte de la incognita de Coalición Canaria). Ni el PP ni el PSOE ni C's admiten la posibilidad de una ruptura constitucional por lo que su consideración a efectos de apoyar una quiebra del Estado como la que propondría el grupo anterior no resulta factible.



2) Frente al bloque anterior nos encontramos con el de los partidos que se oponen a esa posibilidad de fragmentación del Estado (PP, PSOE, C's). Estos partidos suman un total de 253 diputados. Una amplísima mayoría que permitiría gobernar y reformar. Si estos partidos (PP, PSOE, C's) asumieran que el principal problema que tenemos actualmente es el desafío secesionista, concretado en el proceso separatista catalán y su posible confluencia con el equivalente en el País Vasco y en Navarra no debiera haber tardado más que unas semanas el haber concluido un pacto entre estas fuerzas que habría dado estabilidad al país. Se trata de un pacto cuya necesidad se ha hecho más evidente a medida que Podemos ha dado muestras más claras de su complicidad con los secesionistas, lo que, a su vez, le aleja de otros pactos posibles.



3) Una tercera posibilidad hubiera sido la de llegar a un acuerdo entre los partidos que plantean la necesidad de reformas en nuestro sistema, pero sin volatilizar la Constitución. Si incluyéramos en este grupo a C's, PSOE y Podemos la suma de los tres alcanzaría los 199 diputados; suficientes para llegar a la mayoría absoluta. Ahora bien, esta posibilidad es más una fantasía que una realidad, toda vez que Podemos se ha ubicado, como hemos visto, en el grupo rupturista, lo que impide que pacte con C's y, en buena lógica, también con el PSOE. Incluso aunque asumiéramos que el PSOE estuviera dispuesto a buscar una alianza con Podemos sin contar con C's resultaría que la coalición pretendida no podría salir adelante más que si a los 159 diputados de la suma de PSOE y Podemos se añade alguno de los grupos que plantean la desaparición de España (incluso incluyendo en la coalición al PNV, Unidad Popular y Coalición Canaria no se superan los 168 diputados, por lo que es preciso contar con ERC o DL). Esto es, esta tercera posibilidad nos conduce, de nuevo, a la primera; y ello como consecuencia de la complicidad de Podemos con los separatistas.



Así pues las posibilidades reales de pacto se sitúan en el bloque 2: PP, PSOE, C's. Aquí, a su vez, hay varias opciones. La más obvia es la "gran coalición", la suma de los tres partidos que ofrece una amplísima mayoría en el Congreso (y también en el Senado). Ahora bien, también otras combinaciones son numéricamente factibles.
En primer lugar, la suma de PP y PSOE ofrece también una muy amplia mayoría (213 diputados). En este caso los votos de C's no son necesarios para gobernar. Lo mismo da que vote a favor, se abstenga o vote en contra. En cualquier caso la coalición entre PP y PSOE saldría adelante.
La segunda posibilidad es la de un acuerdo entre PP y C's. En este caso si el PSOE se abstiene los 163 diputados del Partido Popular y de Ciudadanos bastan para superar al resto de fuerzas del Congreso, por lo que dicho Gobierno también sería posible.
Finalmente, también es posible un acuerdo de gobierno entre PSOE y C's contando con la abstención del PP, ya que los 130 diputados de la suma de PP y C's suman más que los 97 diputados restantes tras descontar también los 123 del PP.



En consecuencia, pese a la fragmentación del Congreso existen varias combinaciones posibles que ofrecerían a España un gobierno más o menos fuerte (en función de la opción elegida). ¿Por qué no se concluye alguno de estos pactos? Veamos la posición de los partidos implicados:

- El PP estaría de acuerdo en un pacto a tres con el PSOE y C's, y también en un acuerdo con el PSOE. Supongo que también en un acuerdo con C's respaldado por el PSOE. No admitiría, en cambio, un acuerdo entre PSOE y C's que necesitara de su abstención para salir adelante.
- El PSOE, solamente estaría de acuerdo con una de estas opciones: un gobierno de PSOE y C's que contara con la abstención del PP. Ninguna posibilidad que pasara por la participación del PP en el Gobierno sería admisible para este partido.
- C's estaría conforme con cualquiera de las opciones planteadas.

Al final, por tanto, todo se resume en que el PP no admitiría un gobierno presidido por Pedro Sánchez (coalición PSOE/C's) ni el PSOE uno presidido por Mariano Rajoy (gran coalición o pacto entre PP y C's). Creo que un país maduro debería encontrar soluciones para un bloqueo como éste cuando resulta evidente la conveniencia de un pacto, máxime cuando no existe ninguna garantía de que una repetición de las elecciones fuera a dar un resultado sustancialmente diferente del que ahora tenemos.
Siendo de pueblo como soy, y habiendo llegado a la conclusión que de las tres posibilidades de pacto existentes dos pasan por una presidencia del PP (el partido que ha ganado las elecciones) y solo una por la del PSOE, me tienta plantear que se dejara a este último partido elegir cuál de las coaliciones apoyar; si la gran coalición o un gobierno de PP y C's designado gracias a la abstención del PSOE. Incluso creo que se podría llegar a plantear la posibilidad de que dentro de estos márgenes se debatiera sobre quién debería asumir la posición de Presidente del Gobierno de tal forma que quien da apoyo externo al mismo sugiriera qué persona del partido ganador de las elecciones debiera asumir esa responsabilidad.
Todo antes de unas nuevas e inciertas elecciones que retrasarían la adopción de medidas y reformas que son necesarias y que pueden hacer peligrar la precaria recuperación en que nos encontramos.
Un poco de responsabilidad, por favor.

sábado, 19 de marzo de 2016

El Tribunal Constitucional y el 155

Le cuesta a la sociedad y a la política españolas entender y asumir lo que está sucediendo en Cataluña. Ciudadanos, comentaristas, editorialistas, opinadores, diputados, responsables de los partidos, autoridades... todos ellos parecen afectados por esa perturbación del conocimiento denominada "fase de negación" en la que nuestro cerebro rechaza la evidencia quizás porque aún no está preparado para asimilar sus consecuencias. En el caso del proceso secesionista en Cataluña esta actitud irracional, que sustituye lo real por una fantasía es todavía más evidente puesto que los causantes del conflicto que ahora vivimos, los separatistas, son extraordinariamente claros en sus planteamientos y no disimulan ni sus objetivos ni los mecanismos que piensan utilizar para conseguirlos.
Es claro que el objetivo de los secesionistas es conseguir la creación de un nuevo Estado en el territorio de lo que ahora es la Comunidad Autónoma de Cataluña, Estado que tendría como habitantes a los actuales residentes en dicho territorio. Así se ha afirmado una y otra vez. Muy recientemente el mismo presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, hace pocos días lo reiteraba.
Para conseguir este propósito lo que se pretende es que las actuales instituciones autonómicas, el Parlamento y el Gobierno de la Generalitat en concreto, se conviertan en órganos y autoridades del nuevo Estado. Dejen de actuar como parte del ordenamiento español y lo hagan en el marco del nuevo Estado que se pretende crear. De igual forma se trabaja para que las administraciones locales obren de la misma manera y pasen a depender del nuevo Estado y dejen de ser instituciones españolas.



Lo anterior es bastante claro y podemos encontrar muchos ejemplos de lo que digo; desde la existencia de la AMI hasta la fórmula de juramento utilizada para acceder a los cargos públicos tanto en los ayuntamientos como en el Parlamento o a la misma presidencia de la Generalitat pasando por el desafío constante a los límites que marca la legalidad española y que se ejemplifican perfectamente en la celebración de la consulta del 9 de noviembre de 2014. Por decirlo con crudeza: los secesionistas secuestran las instituciones que controlan para apartarlas del ordenamiento español y convertirlas en instrumentos de un nuevo Estado que se encuentra in stato nascendi.
Nos encontramos, por tanto, ante una situación de rebeldía institucional que exige al Estado de Derecho y al conjunto de la política y sociedad la adopción de medidas que no son las habituales en el devenir de una sociedad democrática. Esto afecta especialmente al Tribunal Constitucional y al papel que juega en los Estados modernos.
Como es sabido, el Tribunal Constitucional ha tenido y tiene un importante papel en el conflicto secesionista que padecemos de forma aguda desde hace un par de años. Varias resoluciones del Parlamento de Cataluña han sido impugnadas ante (y anuladas por) el Tribunal Constitucional, así como decretos de la Generalitat (el de convocatoria de la consulta del 9 de noviembre, por ejemplo). Ahora mismo se encuentran pendientes ante el Tribunal varios asuntos directamente relacionados con el proceso secesionista y la última reforma de su Ley Orgánica se encuentra orientada a dotar incluso de más protagonismo a esta institución en relación al problema separatista.



Es dudoso, sin embargo, que este enfoque sea el adecuado en un caso como el que nos ocupa. El Tribunal Constitucional es intérprete de la Constitución y su función es determinar cuál es la lectura de la misma que ha de acogerse en los casos en los que existen discrepancias sobre ésta. Los Tribunales Constitucionales son útiles cuando las partes enfrentadas pretenden todas ellas aplicar correctamente la Constitución y lo que existen son divergencias sobre esta interpretación. No es ésta, sin embargo, la situación en el conflicto que estamos tratando, ya que los separatistas son plenamente conscientes de que están infringiendo la Constitución (y, además, hacen gala de ello). No ocultan que su propósito es una independencia que podría ser unilateral en caso necesario y la desobediencia a las instituciones es parte de su hoja de ruta, como puede comprobarse mediante la consulta de la Resolución del Parlamento de Cataluña de 9 de noviembre de 2015, anulada por la Sentencia del Tribunal Constitucional de 2 de diciembre de 2015. Los secesionistas no reconocen la autoridad del Tribunal Constitucional porque no desean ajustar sus propósitos a la Constitución, sino, precisamente, apartarse de ella para crear un nuevo orden constitucional diferente y separado. Este no es el tipo de conflicto para el que están diseñados los Tribunales Constitucionales. Tal como veremos no es baladí esta distinción en lo que se refiere a la solución del problema por lo que conviene tenerla clara. Sorprende relativamente, por tanto, que el Ministro de Justicia no haya reparado en ella cuando valoró el conflicto de competencias planteado por el Gobierno respecto a la creación de la Consejería de Asuntos Exteriores de la Generalitat. Entonces declaró que se trataba de una discrepancia normal entre administraciones. Bien, como acabamos de ver esto no es así. Esa sería la descripción adecuada para un conflicto de competencias entre instituciones que se manifiestan ambas sometidas al orden constitucional, pero esta no es la situación en el caso de los separatistas. En relación a ellos no se trata de determinar cuál es la interpretación correcta de la Constitución sino de imponer la aplicación de ésta respecto a quien pretenda sustituirla por una diferente al margen de los procedimientos previstos.
Es por lo que acabamos de ver que el plantear como única respuesta al desafío secesionista la impugnación ante el Tribunal Constitucional de las disposiciones contrarias a la Carta Magna que dicten las instituciones separatistas es cuanto menos limitado sino ingenuo.
El problema no se encuentra, según lo que se acaba de indicar, en qué interpretación de la Constitución es la adecuada, puesto que los separatistas ya dan por sentado que la incumplirán, sino de evitar que quienes se han apropiado del poder público en Cataluña con el fin de ponerlo en manos de un Estado diferente de España puedan completar su propósito y los ciudadanos nos veamos liberados de una autoridades que han hecho explícito que actuarán al margen de la ley. No se trata tanto de declarar cuál es el Derecho cuanto de conseguir la efectiva aplicación de la Constitución en Cataluña.
Tarde seguramente nos hemos dado cuenta, aunque probablemente no de manera completa, tal como apuntaba al principio, de que es aquí, en la ejecución y cumplimiento efectivo de la Constitución donde se encuentra el meollo del problema, y quizás por ello el Gobierno y las Cortes han decidido reformar la Ley Orgánica del Tribunal Constitucional con el fin de garantizar la plena efectividad de las decisiones del Alto Tribunal. Quizás se trataba de una reforma necesaria. Es cierto que ya la normativa anterior incluía previsiones sobre la ejecución de las decisiones del Tribunal Constitucional que podrían haber sido aprovechadas, por ejemplo, para haber impedido la celebración de la consulta del 9 de noviembre de 2014; pero un mayor detalle en tales previsiones seguramente no hará daño; ahora bien, ha de tenerse claro que el Tribunal Constitucional, por su propia naturaleza, no puede ser quien ponga fin al conflicto planteado.
En primer lugar, y tal como hemos visto, el Tribunal tiene como función la de decidir entre diferentes interpretaciones de la Constitución sostenidas por quienes en cualquier caso no se plantean desobedecer a ésta. Dado que esta no es la situación a la que nos enfrentamos la actuación del Tribunal Constitucional tiene algo de forzada.
En segundo término: El Tribunal Constitucional solamente puede operar en determinados supuestos, hay otros muchos casos de posibles incumplimientos por parte de las administraciones autonómicas que no llegarán al Tribunal Constitucional por no tratarse de materia susceptible de valoración por el Alto Tribunal. Ciertamente en estos casos se podría acudir a los tribunales ordinarios (y se ha hecho en ocasiones), pero de nuevo nos encontraríamos con que lo que se está ventilando no es objeto de discrepancia: en cualquier caso los infractores saben que infringen y el problema está un paso más allá, en los mecanismos para restaurar el Estado de Derecho que está siendo constantemente quebrado.
Y es aquí donde nos tropezamos con el obstáculo más relevante: la ejecución de decisiones judiciales es un mecanismo que tiene sus límites en lo que se refiere a conseguir la efectividad del Derecho cuando quien infringe son administraciones que tienen voluntad de rebeldía y que, además, cuentan con los medios propios del poder público (funcionarios, policía, recursos financieros) para oponerse a la ejecución forzosa de las decisiones. Ciertamente pueden intentarse actuaciones concretas contra funcionarios concretos, pero todas las medidas que prevé el ordenamiento jurídico con carácter ordinario no operarán con fluidez cuando no nos encontramos ante infracciones aisladas, sino ante una estructurada orientada a la destrucción del Estado de Derecho. De nuevo la consulta del 9 de noviembre de 2014 es un buen ejemplo de a lo que me refiero y de los límites que tienen los mecanismos ordinarios de actuación para impedir de manera efectiva la rebeldía de las administraciones contra el orden establecido.
Más allá incluso de la consulta, la situación general en Cataluña es la de quiebra de la seguridad jurídica, de la democracia y del Estado de Derecho, tal como ha puesto de manifiesto Societat Civil Catalana en un informe presentado hace unos meses. Los ciudadanos nos vemos sometidos a una administración que hace expreso de forma constante que su objetivo es la quiebra de la legalidad y dedica recursos públicos a ello sin que los mecanismos de los recursos, las quejas o los procedimientos de ejecución de las decisiones del Tribunal Constitucional sean suficientes para poner remedio a la situación. Es más, los plazos y trámites de la actuación judicial pueden convertir en completamente ilusoria cualquier respuesta ante un desafío institucional que precisa respuestas rápidas y no puede demorarse los tiempos que siempre precisa una decisión judicial. De nuevo el proceso previo a la consulta del 9 de noviembre de 2014 es buena muestra de lo que expongo: solamente reuniones en plazos brevísimos del Tribunal Constitucional y decisiones adoptadas llevando al límite las posibilidades del Tribunal permitieron adoptar en tiempo y forma resoluciones que se limitaban a declarar lo evidente: que la consulta pretendida por el Sr. Mas era incompatible con nuestro ordenamiento jurídico. La respuesta, además, ha de ser rápida porque los plazos son breves, tal como recordaba hace poco un informe de la ANC que advertía a los empleados públicos catalanes de que el conflicto entre las legalidades española y catalana (entendida aquí catalana como la propia del nuevo Estado que se pretende crear) no duraría demasiado tiempo.



Es por esto que la Constitución incluye mecanismos alternativos al judicial para situaciones de extrema gravedad como las que estamos viviendo ahora. El artículo 155 de la Constitución prevé que el Gobierno podrá requerir al Presidente de la Comunidad Autónoma cuando ésta "no cumpliere las obligaciones que la Constitución u otras leyes impongan, o actuaré de forma que atente gravemente al interés general de España". Tras este requerimiento, y si no fuere atendido, podrán adoptarse las medidas necesarias para conseguir el cumplimiento de las obligaciones o la protección del interés general. Estas medidas deben adoptarse con la aprobación de la mayoría absoluta del Senado.
Nótese que el artículo 155 prevé dos fases. En la primera se procede a un requerimiento, y solamente si este no es atendido podrán adoptarse medidas que permitan reconducir la situación. Ha de destacarse también que el supuesto de hecho del artículo 155 no se limita a los casos en los que haya un incumplimiento grave de la Constitución u otras leyes, sino también ("o") cuando la Comunidad Autónoma actuare de forma que atente gravemente al interés general de España. Difícilmente se me ocurre un atentado más grave al interés general de España que el propósito de convertir parte del territorio y de la población españolas en elementos integrantes de un nuevo Estado diferente de España, situación que, como acabamos de ver, es la que se da ahora mismo ya en Cataluña como consecuencia del proceso secesionista. Si fueran precisos elementos concretos que apoyaran este aserto más allá de las declaraciones reiteradas de los responsables políticos, bastaría considerar los intentos por parte de la administración catalana de conseguir apoyo en Estados extranjeros para el proceso secesionista o ser reconocida como un actor internacional independiente del Estado español y cuyo último ejemplo es la carta enviada por el Sr. Puigdemont a la Comisión Europea, precisamente en el momento en el que se está negociando la gestión de la crisis de los refugiados. Más allá de las legítimas valoraciones que podemos hacer como ciudadanos sobre la forma en que se está gestionando este drama resulta inconcebible que una administración subestatal pretenda interferir en la negociación que el Estado está desarrollando sobre el tema en un foro internacional, como es la Unión Europea.
El artículo 155 de la Constitución, por tanto, es un mecanismo que se ajusta bien a situaciones de crisis como la que vivimos. Llama la atención especialmente que este precepto, de forma consciente, permite que la actuación del Gobierno pueda realizarse incluso al margen de incumplimientos legales concretos, siempre que el Gobierno aprecie esa actuación contraria al interés general de España. Evidentemente nos encontramos ante un concepto indeterminado que puede ser discutido; y es al Gobierno a quien la Constitución atribuye la responsabilidad de valorar en cada situación si se da o no ese atentado contra los intereses generales de España. Es cierto que las medidas que hayan de adoptarse finalmente han de contar con la aprobación del Senado; pero eso no ha de hacernos olvidar que es el Gobierno quien asume la responsabilidad de iniciar el proceso y decidir las medidas a adoptar. Además, y como hemos visto, el Gobierno no puede excusarse ni para actuar ni para dejar de actuar en una mera valoración jurídica, pues no cualquier incumplimiento legal justifica que se recurra a este artículo ni la ausencia de un incumplimiento legal comprobado impide la utilización del precepto, puesto que, como hemos visto, también ha de utilizarse cuando se atente gravemente contra el interés general de España.
Así pues, al final resulta que, tal como se ha repetido hasta la saciedad la solución del conflicto causado por los separatistas no será jurídica, sino política, en tanto en cuanto el Gobierno tiene la responsabilidad de, más allá de lo que establezcan los tribunales, decidir si la actuación de la Generalitat supone o no un perjuicio grave para el interés general de España.

viernes, 11 de marzo de 2016

Canto de ira y fuego 2016

Cada año, el 11 de marzo, retomo esta publicación que pretende ser un homenaje a las víctimas, a todas las víctimas. El año pasado me di cuenta de que por una extraña casualidad el número de versos es de 192, el mismo que el de víctimas mortales en el atentado del 11-M si se incluye entre ellas al policía fallecido en el asalto al piso de los terroristas.

(Foto: Manu Arenas)


Una mano pequeña
te agarra como ancla;
es tan sólo un recuerdo
en la fría mañana.
Otros recuerdos vienen,
son los que te acompañan
desde aquel otro día,
gris memoria lejana.
Otra mano a lo lejos
que por ti se agitaba;
El asesino azul
tranquilo te aguardaba.
Pero antes las piedras
con sangre han sido untadas.
Él quedó en el camino
y en tu alma su mirada.
Ahora la estás viendo,
aquí, en esta mañana,
definitiva, ardiente,
caótica y extraña.

La sal seca la boca,
la ropa está mojada,
horizonte lejano,
miedo al crujir las tablas.

Regresabas del campo
cuando viste las llamas
cuando oíste los gritos,
tu nombre pronunciaban;
un silbido en el aire
te trajo la desgracia.
Aceptas el periódico
que en el metro regalan
te aprietas contra tantos
que el mismo aire exhalan.
¿Acaso hay diferencias
entre los que para vivir trabajan?

Una mano en el culo,
tragas saliva, pasas.
Los ojos distraídos
se fijan en su cara.
Guapa, morena, pálida.
Le clava la mirada,
ella también le mira,
parece contrariada.
Quiero olvidar su gesto
cuando el café tomaba,
y el sabor de su piel
cuando con él follaba.
Hoy acabo el informe
y hago ya la llamada.
Si estamos a primeros,
otro mes sin la paga,
cogeré los ahorros
para el envío a casa.
Es guapo el tío negro,
lástima que no vaya
al bar en el que entro;
que baje en mi parada,
le sigo, me lo cruzo,
caída de pestañas.
¿Y el móvil, dónde está?

Como cada mañana
entra en la habitación,
igual que la dejara
el día de desgracia;
bueno, hecha la cama.
La arregló el mismo día
al regresar a casa.
Vio en la mesita el móvil
que entonces olvidara
encendido y abierto;
y que ahora muerto también estaba.

En el Cielo tus hijos
están, a ti te aguardan.
Grita y golpea airado
ante las cajas blancas,
blancas como el metal
del cajón en que viaja.
De pie echa la cuenta
de lo que aún le falta
para acabar el pago
de la pierna moderna
que a su hija regala.
Sabe que allá muy lejos
ella por ella aguarda.
Ahora busca sombra
donde antes jugaba
¿Cuánto dinero cuestan
de un pájaro las alas?
Las manos en los guantes,
todo fluye y encaja,
incluso el traqueteo
con su mente acompasa.
Tranquilo en su palacio
goza de la mañana.
De nuevo han fracasado
los que la paz pactaban.
Superficial artículo,
por algo lo regalan,
luego lo mirará
en...
...y todo estalla.

Sí que es malo el café
del bar de la parada;
pero ella que no tiene
se siente como en casa
entre ruido de trenes
y churros en la barra.
De repente el estruendo
y el mundo que se acaba.
No te puedes mover,
estás petrificada.
El bar es un dibujo
de gente estupefacta.
Tiras del compañero,
hacia el andén avanzas.
Del túnel salir ves
el primer cadáver de la mañana.
Rojo, azul, alarido;
del infierno la entrada.
Tienes que ir, ahí.

Oscuro alrededor,
agua y sangre en la espalda.
Echa en falta su guante,
la mano que guardaba
y el brazo que movía
el mundo en que gozaba.
Fulgores de linternas,
una voz que le llama.
Vio el fuego, oyó la bomba;
la chica se quemaba,
su rostro se fundió;
el fuego rojo avanza
hacia él, indefenso,
la llama ya le mata.
En las piernas temblor,
los hierros ella salta,
la sigues, entras, rezas.

El silencio, el dolor;
muerte bajo la carpa.
Lloran y se estremecen
los que en ella trabajan
cuando en un móvil vivo
se oye la llamada
por la que amante, amigo,
padre, madre o hermana
palabras de un cadáver
con angustia reclaman.
Ve la sábana blanca,
encima la tarjeta,
alguien ya la levanta.
Pues sí, ha sucedido
un mundo así se acaba.
Unos ojos cerrados,
sangre seca en la cara,
no más mañanas juntos
perreando en la cama.
Muchos años después
aún recuerda aquella blanca mortaja,
de la que es una copia
la que la luz le tapa.

Llevas en ti la muerte
y un recuerdo en el alma.
El dolor es más fuerte,
sientes como te abraza,
casi te reconforta
en esta hora amarga.
Si tus hijos vivieran...
los sientes a tu espalda,
pronto serán reales;
muerte en muerte tornada.
Hoy tiemblan los maestros
que a las cinco aguardan
a los que recogen
esta preciosa carga.
¿Alguno no vendrá?
No aguantan las miradas
que los chavales serios
asustados les lanzan.

La estación está cerca,
los pasos no engañan.
Primaveral calor
de la luz en la cara;
fúnebre negra máscara.
Color de la mañana,
que tras ella se oculta,
ven a mi y me regalas
tan solo dos minutos
para ver la muchacha,
perfume penetrante,
que tan suave me habla.

¡Oh, tristes odios imperecederos!