jueves, 14 de noviembre de 2013

DUI e independencia. No son lo mismo

Esta mañana se publicaba en "Puerta de Brandemburgo" un trabajo del que soy autor sobre las relaciones entre una declaración unilateral de independencia y la creación de un nuevo Estado ("Declaración unilateral de independencia e independencia"), considerando de forma particular la situación en Cataluña. Intento con él contribuir a un intercambio de ideas que ha de ser riguroso pues afecta a cuestiones de una importancia singular. De hecho, "Puerta de Brandemburgo" pretende ser un espacio de debate que permita crear opinión y conocimiento sobre el proceso secesionista catalán y sobre las propuestas de reforma territorial del Estado español -tal y como se indica en su documento fundacional-con la ilusión de acoger planteamientos ideológicos diversos.

Reproduzco aquí la introducción y las conclusiones del trabajo que se ha publicado en "Puerta de Brandemburgo". Puede leerse en su totalidad en la página web del colectivo (http://www.puertadebrandemburgo.com/):

"I. INTRODUCCIÓN



Desde hace tiempo se viene hablando y escribiendo sobre una posible Declaración Unilateral de Independencia (DUI) proclamada por el Parlamento de Cataluña. Hace unos años era una mera hipótesis, luego pasó a contemplarse como una posibilidad real en determinadas circunstancias y actualmente parece estar ya en la agenda política, como muestra la advertencia de Duran i Lleida en el Congreso de los Diputados hace unas semanas. El escenario que parece dibujarse es el de que en caso de que no pueda llevarse a cabo la consulta sobre la independencia de Cataluña que reivindican determinadas fuerzas políticas, el Parlamento de Catalunya realizaría tal Declaración, presumiblemente tras unas elecciones en las que se planteara directamente esta posibilidad (lo que algunos denominan unas elecciones plebiscitarias; término que no se corresponde a ningún concepto jurídico en el ordenamiento español. Puede consultarse sobre esta perspectiva el Informe número 1 del Consell Assessor per a la Transició Nacional de la Generalitat de Catalunya (“La consulta sobre el futur polític de Catalunya”, pp. 142-148).
La impresión que uno saca de determinadas opiniones y análisis, incluido aquí el Informe del Consell Assesor per a la Transició Nacional (CATN), es la de que la DUI es una manifestación más de la dinámica parlamentaria que supondría la efectiva independencia de Cataluña. Esto es, que la independencia sería una consecuencia directa de la DUI. En este punto no es infrecuente la cita de la Opinión Consultiva de la Corte Internacional de Justicia sobre la conformidad con el Derecho internacional de la declaración unilateral de independencia relativa a Kosovo (Decisión de 22 de julio de 2010, Naciones Unidas, Asamblea General, A/64/281).
Se trata de planteamientos que incurren en algunas imprecisiones que, creo, han de ser puestas de relieve y matizadas si queremos tener una idea ajustada a la realidad de lo que es una DUI y de sus consecuencias desde la perspectiva internacional e interna. A continuación nos ocuparemos de estas cuestiones.

(...)

V. CONCLUSIÓN

            De lo que se ha examinado hasta ahora se derivan algunas conclusiones:

1-    La DUI no implicaría la efectiva independencia de Cataluña. Se trata tan solo de una declaración que por sí sola no supone el nacimiento de un Estado.
2-    La DUI no es contraria al Derecho internacional, pero éste no prohíbe que el Estado español adopte las medidas que resulten adecuadas según el Derecho interno para impedir la secesión de una parte de su territorio.
3-    La DUI solamente sería efectiva si consigue que tanto la administración estatal presente en Cataluña como las administraciones locales y la administración autonómica acepten el nuevo orden legal que pretende imponer la DUI. Los que promueven la DUI habrán dejado de estar integrados en el orden vigente una vez producida ésta y se situarían en una posición de conflicto con el Estado por el control efectivo del territorio y la población catalanes.

Lamento que este análisis no pueda eludir conceptos como conflicto, competencia e, incluso, enfrentamiento; tan alejados en ocasiones de planteamientos que presentan la DUI como un mecanismo parlamentario más, casi en el mismo plano que cualquier otra declaración institucional o que una proposición no de ley; pero es que no se puede olvidar que una declaración unilateral de independencia lleva en su propia naturaleza uno de los conflictos más graves que se pueden dar tanto en el ordenamiento interno como en el internacional: la ruptura por procedimientos no previstos legalmente del orden constitucional dirigida a la alteración de la integridad territorial de un Estado. Casi nada."

lunes, 4 de noviembre de 2013

Alonso y el centímetro cardinal

Ayer vi el adelantamiento más emocionante que recuerdo en la Fórmula 1. No digo el mejor, porque los he visto mejores desde una perspectiva técnica; pero para mi el más emocionante es el que vivimos entre Alonso y Vergné a la salida de boxea del primero en la parte final del Gran Premio de Abu Dhabi.
Para empezar ni siquiera sabemos si podemos llamarlo propiamente un adelantamiento. Lo mismo da.
Alonso sale del pit lane. Ese pit lane de Abu Dhabi que se retuerce por debajo del circuito e incluye una subida empinadísima que acaba en la curva 3, una curva de alta velocidad en la que no hay margen más que para apretar y evitar que la fuerza centrífuga te saque por el lado izquierdo de la curva (la curva es de derechas).
Precisamente por ese lado izquierdo es  por donde se produce la incorporación a la pista desde el pit lane. Por ahí aparece Fernando Alonso emparejado con Vergné, que viene por la pista más rápido que Alonso porque aquél, Vergné, no sale del pit lane. Vergné viene más rápido, pero Alonso está delante y tiene el exterior de la pista. Y hace lo imposible: pisa a fondo el acelerador.
Alonso dispone solamente de un corto espacio de asfalto, el que queda entre el coche de Vergné y el exterior de la pista. Además sabe que ese espacio se hará más estrecho porque Vergné irá yéndose hacia el exterior al trazar la curva. Es inevitable, o Vergné frena o se irá hacia el exterior de la curva echando a Alonso hacia afuera, hacia el piano, hacia el cartel que indica los cincuenta metros hasta la siguiente curva. Solamente queda un carril estrecho en el que se circula a más de 250 kilómetros por hora, y Alonso sigue con el pie clavado en el acelerador empujando con todo lo que tiene.
Efectivamente, Vergné no cede y Alonso se tiene que ir hacia afuera. El coche llega al piano, salta, chispas desde el fondo, traqueteo sobre el piano y de nuevo en la pista por delante de Vergné. Ha pasado la curva tres y la cuatro y frena en el sitio justo para hacer la curva cinco. Está por delante de Vergné y de Massa.
Han sido diez segundos, tan solo diez segundos; pero ¡qué diez segundos! Es de esas maniobras que diferencian a los pilotos de Fórmula 1 del resto. Todo indicaba que era imposible mantener la posición y sin embargo se mantiene. Parece una locura pero no lo es. El piloto de Fórmula 1 debe ser arrojado y, a la vez, calcular al milímetro los riesgos, llegar justo hasta el borde del abismo y ahí detenerse. Cuentan que Ayrton Senna apostaba con sus mecánicos que partiría con el coche las cerillas que ellos colocaban en los guardarraíles de Mónaco. Ese centímetro escaso que separa la cabeza de la cerilla del guardarraíl es el que mide la capacidad de ser uno de los mejores pilotos del mundo. Un centímetro más allá el coche se estrella, un centímetro más acá y no se va lo suficientemente rápido. En ese centímetro es por donde circulan los campeones. Pocas veces se puede ver ese centímetro ideal en carrera con la claridad con la que lo vimos ayer en Abu Dhabi. Es de esos momentos que justifican que nos tiremos hora y media delante del televisor viendo una carrera de Fórmula 1.

martes, 22 de octubre de 2013

La Sentencia de Estrasburgo

Me preocupa la reacción en España a la Sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos sobre la doctrina Parot.
Indignación, rechazo, llamadas al incumplimiento de la sentencia, protestas por "injerencias extranjeras" e, incluso, dudas sobre la legitimidad del Tribunal ¡a partir del dato de que uno de sus miembros ha sido nombrado por el gobierno español! Y todo esto sin haberse leído la sentencia, como reconoce más de uno y como resulta evidente tras repasar los comentarios o las valoraciones vertidos.
Es un síntoma preocupante que creamos que estamos legitimados para opinar, cuestionar, criticar o denigrar sin haber considerado todos los elementos del caso. El voluntarismo y falta de reflexión se ha asentado en nuestra sociedad y engulle todo debate público, incluso cuando no se limita solamente a España, sino que tiene consecuencias internacionales. Reflexionemos sobre ello, porque, como digo, resulta preocupante.
En primer lugar, todas las llamadas a la desobediencia por tratarse de una imposición "extranjera" carecen de fundamento. El Convenio Europeo de Derechos Humanos es Derecho español porque España ha ratificado el Convenio y, por tanto, se ha integrado en nuestro ordenamiento jurídico. De igual forma, el Tribunal de Estrasburgo no es un tribunal extranjero, sino español, pues hemos aceptado su jurisdicción y España participa en la designación de sus miembros. Lo que dicta Estrasburgo nos afecta directamente y como propio, no como lo podría hacer una sentencia dictada por un Tribunal extranjero.
No entiendo tampoco los planteamientos que sostienen que España tiene margen para no cumplir la Sentencia. El artículo 46 del Convenio Europeo (del que España es parte) establece la obligación de los Estados de cumplir las Sentencias del Tribunal. Forma parte de los compromisos que ha asumido España y es evidente que resultaría muy poco serio que en este caso se optara por romper el acuerdo que nos une al resto de países parte del Convenio, los que integran el Consejo de Europa.
Finalmente (en lo que se refiere a estas cuestiones previas al comentario del contenido de la Sentencia), es preocupante que se quiera trasladar a las organizaciones internacionales el desprestigio de nuestras propias instituciones. Me explico: en España es frecuente recurrir al mantra de la politización y parcialidad de las altas instituciones del Estado (Tribunal Constitucional, por ejemplo). Esta idea tiene su parte de razón -consecuencia de que los partidos políticos hayan utilizado las designaciones de miembros en tales instituciones para pagar favores y colocar afines en vez de buscar que esas instituciones estuvieran ocupadas por las personas mejor preparadas y más íntegras- pero ha ido más allá de su justificación inicial de tal forma que la prensa, opinadores y público en general han optado por explicar todas las decisiones que se adoptan como si fueran fruto de oscuros pactos y no de la recta aplicación del Derecho. Esto ha destruido la legitimidad de nuestros altos tribunales y está teniendo consecuencias graves para nuestra sociedad e, incluso, para la convivencia. Ahora, al hilo de la Sentencia dictada ayer por el Tribunal de Estrasburgo, parece que algunos quieren trasladar este discurso al Tribunal Europeo de los Derechos Humanos (que si uno de los jueces ha sido designado por Zapatero, leía ayer como crítica a la Sentencia dictada). No nos damos cuenta de que en otros países y a nivel internacional ese deterioro de las instituciones se ve como lo que es: un problema "hispanoespañol" que deberemos resolver nosotros, pero sin afectar a la legitimidad consolidada de organismos internacionales.



Lo bueno sería que la Sentencia fuera analizada a través de su contenido. Y para eso hay que leérsela (dejo aquí su texto en inglés y aquí su texto en francés). Yo lo he hecho apresuradamente y ayer en el facebook intentaba explicarla a amigos que no eran juristas pero que estaban interesados en saber cuál era el fondo del problema al que se había enfrentado el Tribunal de Estrasburgo.

1) Para entender el caso hay que partir del año 1973. En aquel año se aprueba un Código Penal que en el punto que nos interesa se aplica sin grandes conflictos durante los años 70, 80 y 90. De acuerdo con este Código se podía condenar a una persona a miles de años de cárcel a base de sumar las condenas individuales por cada uno de los delitos cometidos (alguien mata a 100 personas, 30 años de cárcel por cada uno de los asesinatos, total resultante: 3000 años de cárcel). Ahora bien, este Código también preveía que fuese cual fuese la condena "teórica", la condena "real" no podía superar los 30 años de cárcel. Sobre estos 30 años se calcularían todos los beneficios penitenciarios (que ahora ya no existen). Por ejemplo, por cada dos días de trabajo o estudio en la cárcel se descontaba uno de condena. De esta forma, el tiempo que realmente se pasaba en la cárcel era, incluso por una acumulación de delitos graves, bastante inferior a esos 30 años. Esta era la situación en 1987, cuando fue detenida la terrorista que ha recurrido a Estrasburgo. Entonces la comisión de varios asesinatos no podía suponer en ningún caso una estancia en prisión superior a 30 años y si se aplicaban beneficios penitenciarios esos 30 años quedarían reducidos a unos 20.
2) En 1995 se cambió el Código Penal. Dejó de estar vigente el de 1973 y, por tanto, a los delitos cometidos a partir de 1995 ya no se les aplica lo que acabo de comentar. Ahora bien, para los delitos anteriores a esa fecha se seguirá aplicando el Código Penal de 1973, incluso aunque se juzguen con posterioridad a 1995, ya que es un principio fundamental del Derecho Penal que el Derecho que se ha de aplicar es el vigente en el momento de cometer el delito. Tan solo se puede aplicar un Derecho posterior cuando beneficia al delincuente. Este es un principio asumido sin discusión por el Derecho español, el Convenio europeo de Derechos Humanos y los Estados de nuestro entorno jurídico.
3) Unos años después de 1995 el TS decide "reinterpretar" el Código Penal de 1973 y denegar la excarcelación de presos etarras que se acercaban al fin de su condena. La vía para conseguirlo fue la de interpretar que los beneficios penitenciarios debían descontarse no de los 30 años de condena efectiva, sino de la condena "nominal", que, como hemos visto, podía llegar a ser de miles de años. Esta interpretación suponía un cambio perjudicial para el condenado en relación al Derecho vigente en el momento de la comisión del delito y que, por tanto, no sería compatible ni con la Constitución española ni con el Convenio Europeo de Derechos Humanos. ¿Cómo podía pasar esto? ¿Cómo podían los tribunales españoles vulnerar de una forma tan flagrante nuestro Derecho? Bien, la base para esta interpretación está en una distinción técnica. El Tribunal Supremo argumenta (y luego ese argumento es acogido por el Tribunal Constitucional) que la aplicación de los beneficios penitenciarios era una cuestión de ejecución de la pena, no de determinación de la pena. Es decir un tema equivalente al régimen de visitas del condenado o a las condiciones de vida dentro de la prisión. Si se trataba de una cuestión de ejecución de la pena no existe inconveniente para aplicar reglas más restrictivas que las vigentes en el momento de la condena (si en el momento de la condena se permitían dos visitas al mes y luego se decide que las visitas serán solamente dos al año no puede argumentarse el principio de irretroactividad de la ley penal perjudicial para reclamar que se mantengan las dos visitas mensuales). Si el cálculo de los beneficios penitenciarios afecta a la determinación de la pena no es posible la "reinterpretación" a la que nos acabamos de referir del Tribunal Supremo y del Tribunal Constitucional. Si se trata de una medida que afecta a la ejecución de la pena entonces si que es posible tal reinterpretación.
4) A esto se reduce básicamente la Sentencia del Tribunal de Estrasburgo, a determinar si la aplicación de los beneficios penitenciarios al nominal de la condena y no a la condena efectiva es una cuestión que afecta a la determinación de la pena o, por el contrario, a la ejecución de la misma. Acaba resolviendo que afecta a la determinación de la pena apoyándose en distintos argumentos. Entre ellos que la remisión estaba prevista en el propio Código Penal, no en una disposición administrativa. Esto, unido a que la condena efectiva era de 30 años conduce al Tribunal de Estrasburgo a entender que el Derecho vigente en el momento de la comisión de los delitos conducía a que la pena que debía de cumplir la terrorista era de algo más de 20 años (hubiera debido ser excarcelada en el año 2008) por lo que un alargamiento de la pena sobre la base de elementos jurídicos que no estaban vigentes en el momento de la comisión del delito no era compatible con el Convenio Europeo de Derechos Humanos. El resultado al que llega no creo que pueda sorprender a nadie que, como yo, hubiera estudiado Derecho en los años 80 del siglo XX, ya que entonces se nos explicó con claridad y sin que se plantearan excesivas dudas esto que acabo de comentar: las condenas efectivas no podían superar los 30 años y la remisión de penas por el trabajo se aplica sobre esos 30 años.



Evidentemente que la Sentencia del Tribunal de Estrasburgo puede ser cuestionada; pero a partir de criterios jurídicos y racionales (dejo aquí algunas entradas sobre el tema, de Tsevan Ratban, Miguel Presno y Juan Antonio García Amado). Lo que es indeseable es que se la ataque a partir de las puras emociones y, lo que es peor, que se eche la culpa al Tribunal de Estrasburgo de lo que no la tiene. El Tribunal de Estrasburgo no perdona a etarras (como ya he leído) se limita a aplicar (mejor o peor) la norma vigente en el momento de la comisión del delito que era, no lo olvidemos, el Código Penal de 1973 (o sea, el Código Penal franquista). Podemos estar de acuerdo en que era demasiado "blando" (y de hecho se ha endurecido, y bastante en los últimos lustros); pero si lo era habrá que echar la culpa a quienes lo redactaron en su momento y a quienes no lo reformaron pudiendo hacerlo. Los tribunales no son los culpables de todo lo que nos pasa y la Sentencia de Estrasburgo nos muestra que pretender que los jueces hagan de legislador no da buenos resultados.


domingo, 13 de octubre de 2013

Del 12-O al 6-D


Casi sin apoyo institucional, sin la complicidad de los medios de comunicación, con el estigma de ser una manifestación fascista, en una fecha desafortunada que -con razón- es con frecuencia evocada para denunciar la opresión y la rapiña; con todas esas dificultades varias decenas de miles de catalanes salieron (salimos) a la calle para manifestar que no queremos romper con España; que queremos una Cataluña en España y no una Cataluña contra España; que nos sentimos españoles y catalanes y que no hay contradicción entre ambas identidades. Nos manifestamos para que no en nuestro nombre se diga que el pueblo de Cataluña quiere esto o lo otro; para ver si de una vez por todas conseguimos evitar que cuando Artur Mas se pronuncia sobre un tema inmediatamente se piense que todos los catalanes tenemos la misma opinión que el Presidente; para mostrar que en Cataluña hay pareceres que divergen de la ortodoxia oficial.



Y nos manifestamos porque nos han obligado a ello. En un país "normal" con un Estado de Derecho que funciona, como es el nuestro, el debate político se desarrolla en las instituciones y de acuerdo con el marco legal. No es preciso que los ciudadanos salgan a la calle, y cuando salen o bien es para festejar (un éxito deportivo, una efemérides), para mostrar dolor (tantas veces, por desgracia, en España a cuenta del terrorismo; desde aquellas imponentes manifestaciones en 1997 tras la muerte de Miguel Ángel Blanco hasta las que siguieron a los atentados del 11-M) o, excepcionalmente, para incidir en algún debate de especial transcendencia; pero siempre en el marco de la legalidad existente y como un elemento más en el mencionado debate (las protestas en Francia hace poco por la aprobación del matrimonio homosexual, las que en Cataluña se dan contra la privatización de la sanidad pública, la que  se vivió en Baleares a cuenta del TIL, etc.).
En un país "normal" las manifestaciones no marcan el calendario político; pero sí en Cataluña. No es un secreto que han sido tres manifestaciones: la que siguió a la Sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatut de Catalunya, la del 11 de septiembre de 2012 y la reciente del 11 de septiembre de 2013; las que explican la situación de tensión y excepcionalidad en la que vivimos. Un Parlamento en el que tan solo 24 diputados (de 135) han alcanzado su escaño desde partidos que incorporaban explícitamente la independencia de Cataluña en su programa, declara el carácter soberano de Catalunya saltándose la regulación vigente, tanto el Estatut de Catalunya como la Constitución; ese mismo Parlamento exige fecha inmediata para un referendum secesionista y reclama derechos históricos de Catalunya sobre Baleares, Valencia, parte de Aragón y el sur de Francia, a la vez que el Presidente de la Generalitat envía cartas a gobiernos extranjeros a fin de recabar apoyos para la secesión de Catalunya. Y todo ello, repito, con un Parlamento en el que tan solo 24 diputados (de 135) alcanzaron su acta de diputado en listas de partidos que explícitamente reclamaban la independencia de Cataluña. Esta absurda situación no se entiende sin considerar la influencia que han tenido las manifestaciones señaladas y la forma en que han sido gestionadas por los medios de comunicación y los partidos catalanistas.
En Cataluña son las movilizaciones populares las que marcan el calendario político, y en esas circunstancias, ante la atonía del Gobierno central y la desorientación de la mayoría de los partidos políticos parece ser que no nos queda más remedio a los ciudadanos que obligarnos a hacer aquello que nunca pensamos que haríamos: participar en manifestaciones. Ante la ausencia de un debate institucional que pueda llamarse tal no nos queda otra que hablar el único lenguaje que parecen entender políticos y medios, el de la calle y las banderas. Me siento incómodo en este escenario, pero si la batalla se tiene que dar a golpe de concentración habrá que darla de esta manera.



Parece ser que la manifestación de hoy ha sido un éxito, ha conseguido transmitir la imagen de que no todos los catalanes son independentistas, tanto en España como en el extranjero. Ahora bien, tras la manifestación ¿qué?
Es difícil saberlo. Viendo cómo había resultado la manifestación pensaba esta mañana que el resultado era el más incómodo. Si la afluencia hubiera sido menor, si no se hubiera logrado llenar la Plaza de Cataluña, el independentismo habría ganado. La llamada a la "mayoría silenciosa" hubiera tenido menos fuerza y la sensación de desánimo entre quienes se oponen a la independencia podría haber cundido, lo que hubiera podido tener consecuencias también en los resultados electorales (esa atracción de votos de la que se beneficia quien es percibido como ganador). Si la participación hubiera sido mayor, si se hubiera conseguido llenar el Paseo de Gracia aunque solo fuera hasta la confluencia con Aragón, el independentismo hubiera sufrido un serio revés. Sería una imagen que se opondría con fuerza a las muchas fotos que circulan con las manifestaciones independentistas de los dos últimos años y que resquebrajaría la imagen de unanimidad en la sociedad catalana que quieren transmitir los secesionistas (y que ha sido elemento importante para ir ampliando la base del independentismo).
No ha sido ni lo uno ni lo otro. Un número suficiente como para que los no independentistas sepan que no están solos; lo que en un contexto dominado por mensajes que apelan sistemáticamente a la unidad de pensamiento en este tema, no es poca cosa; pero insuficiente como para cambiar la dirección del movimiento del péndulo.
Creo que el 12-O ha de ser tomado como una base, un punto de partida para conseguir que muchos no independentistas pierdan el miedo que ya han perdido los independentistas. Hoy un amigo me comentaba que no había ido porque tenía miedo de que lo "ficharan" sus compañeros de trabajo y sus jefes. Bien, no digo que esa sensación subjetiva de mi amigo responda a ninguna realidad; pero lo cierto es que existe y creo que es tarea de todos, incluidos los independentistas, hacer que desaparezca. Para ello ha de dejar de "criminalizarse" a los no independentistas asociándolos sistemáticamente con movimientos de extrema derecha, fascistas o franquistas. Otro amigo (amiga en este caso) me decía que no había ido a la manifestación porque consideraba que era cosa de "fachas". Cuando le dije que no había visto ni una sola bandera con el "aguilucho" en la manifestación lamentó no haber estado porque es una "no independentista" convencida.
Es por todo lo anterior que creo que debemos ir preparando ya otra concentración para el día 6 de diciembre, aniversario de la Constitución, que de continuidad a la que hoy vivimos. El día 6 de diciembre ya no tendremos el problema de la fecha. Como decía antes, el 12 de octubre es una fecha que nos habla también del exterminio de pueblos indígenas, de la opresión sobre muchos de los habitantes del mundo al que llegaron los descubridores españoles y de sufrimiento. Cierto que se podría debatir mucho sobre la historia de América y de la colonización, y que no ha de juzgarse el siglo XVI con la mentalidad del XXI; pero con todo ello entiendo que haya personas a las que les da reparo "celebrar" el 12 de octubre. El día 6 de diciembre nada de esto perturbará una celebración que ha de serlo de la convivencia de la que hemos disfrutado en los últimos 35 años. No se trata de celebrar la Constitución en sí misma y como algo inamovible; sino reconocer que los años que fueron desde finales de los 70 del siglo XX hasta los comienzos del XXI fueron los mejores que ha vivido España en toda su historia; y que gran parte de ese éxito es el resultado del consenso constitucional. Esa fecha, el 6 de diciembre, ha de ser el día en el que reivindiquemos de nuevo una Cataluña en España y una España que sienta auténticamente como propia a Cataluña.
La imagen de hoy espero que convenza a muchos de que es necesario salir a la calle y mostrar públicamente su voluntad de que Cataluña permanezca en España. Como decía, no es lo ideal en una sociedad democrática avanzada que los ciudadanos tengan que exponerse de esta manera; pero me parece que las circunstancias actuales en Cataluña así lo exigen. Confío en que de aquí a diciembre muchos de los que hoy se quedaron en casa se animen a salir y podamos tener esa imagen del Paseo de Gracia que podría conseguir que abandonáramos unos y otros la movilización como argumento político y nos centráramos en debates de ideas y con el respeto a la legalidad y el Estado de Derecho como seña de identidad.



jueves, 10 de octubre de 2013

¡Cállese!

¡La libertad de expresión! Ese es el fundamento de la democracia, ese, y no el voto. También se vota en las dictaduras y no por eso son menos dictaduras. Lo que nos convierte en una sociedad democrática es la libertad para expresar opiniones, debatir, discutir, razonar. Estoy convencido de ello y por eso me preocupan todas las limitaciones a ese valor esencial. Libertad de pensamiento, libertad de opinión, libertad de expresión. Esa es la tríada en que se ha de asentar el discurso público, la sociedad y la democracia.
Cuando se limita la posibilidad de expresión se me despiertan todas las alertas. Y en los últimos tiempos ya he visto varios incidentes muy preocupantes.
El primero es de hace dos años. Cuelgo el vídeo a continuación:



Albert Rivera está interviniendo y la presidenta del Parlament le dice que no puede emplear esas expresiones. Rivera le replica ¿por qué? La pregunta es natural, ¿por qué no va a poder decir lo que piensa? Estamos en el Parlamento, no en un debate de instituto. La libertad de expresión es siempre importante, pero en los parlamentarios es, además, la esencia de su función. Si Rivera miente, difama o injuria ya habrá mecanismos jurisdiccionales para defender la verdad o el honor; pero no es tarea de la Presidenta de la Cámara corregir a los diputados como si fueran párvulos. Es un error el de Núria de Gispert; pero que, además, denota una escasa sensibilidad hacia la esencia de la democracia: la libertad.

Hoy hemos vuelto a ser testigos de esta preocupante restricción a la libertad de expresión. En el debate que se desarrollaba en el Parlamento y por alusiones toma la palabra el diputado de las CUP David Fernández. Esta es la intervención:


No sé cuáles eran las alusiones; pero esta claro que la intervención de David Fernández no se limita a responder alguna referencia que se hubiera hecho a su persona, sino que entra en la valoración política de la manifestación del 12 de octubre. Ante esto, Jordi Cañas, que tenía la palabra pedida con anterioridad, interviene. Aquí está también el vídeo:


A David Fernández se le permitió decir todo lo que le vino en gana, tuviera que ver o no (más bien no) con su persona. En cambio a otro diputado se le corta el micrófono cuando va a entrar en el debate. Para acabar se le dice claramente que se calle y se acaba -en una actitud realmente extravagante en la presidenta de una cámara legislativa- diciendo que los diputados que aplauden al censurado "no tienen vergüenza". Cuando ante esta situación una parte de los diputados de la Cámara abandonan el pleno la presidenta, en vez de mantener la serenidad que, se supone, va con el cargo, corea su salida diciendo "perfectamente, marchen, perfectamente".
Lamentable, triste, doloroso. Hace unos meses el Parlamento de Catalunya dejó de ser un órgano constitucional. La aprobación de una declaración de soberanía claramente contraria al Estatuto de Autonomía de Catalunya y a la Constitución que le sirve de fundamento coloca a la Cámara extramuros del ordenamiento (al menos substancialmente y desde un punto de vista político; formalmente todavía lo es en tanto no desacate la suspensión de la declaración decidida por el Tribunal Constitucional). Aún así es un foro de diálogo imprescindible para la sociedad catalana. Si acaba convirtiéndose en la grada de un campo de fútbol donde los hooligans se limitan a lanzar consignas ante la mirada de un árbitro parcial habremos perdido uno de los pocos espacios de esperanza en un país que parece decidido a moverse únicamente a golpe de manifestación.

miércoles, 9 de octubre de 2013

Las elecciones europeas no son ensayo de nada, son el principio de todo


Leo por ahí que se propone que las elecciones europeas de mayo en 2014 sean el ensayo general para la consulta independentista. Discrepo completamente del planteamiento.
Reducir las europeas a un ensayo es desconocer la importancia que tienen en sí mismas. La Europa misteriosa que obliga a reducir pensiones, a aumentar la edad de jubilación, que propone disminuir el descanso semanal en Grecia a un solo día, que da o quita dinero para los rescates bancarios, los astilleros o la minería; la Europa que declara ilegales las cláusulas suelo en las hipotecas o exige una mayor protección del consumidor, la Europa que sube o baja los tipos de interés y maneja entre bambalinas la prima de riesgo; esa Europa es la que resulta de las elecciones europeas. No deberíamos de ser tan estúpidos como para ignorar que en el mes de mayo nos jugamos mucho como europeos y que nos tenemos que tomar esas elecciones muy en serio.



Las elecciones de mayo no han de ser, por tanto, ensayo; sino principio de una nueva Europa más justa y solidaria, más cercana a los ideales de sus fundadores; pero es que, además, esas elecciones pueden ser el inicio de ese cambio que tanto necesitamos en España.
Durante el año 2012 cientos de miles de personas salieron a la calle para protestar contra el atraco que en nombre de los mercados se perpetraba contra los ciudadanos, para exigir que la clase política abandonara la corrupción como mecanismo estructural de financiación, para mostrar que somos ciudadanos y no súbditos, para reclamar un reparto más justo de la riqueza (los salarios del 70% de los trabajadores españoles, el de todos aquellos que se mueven por debajo o ligeramente por encima del mileurismo, no suman más que el 13% del PIB español, una situación que no se daba ni en la Inglaterra de Charles Dickens).
Aquellas movilizaciones no sirvieron para nada. El poder corrupto es inmune a que la gente ocupe las calles y las plazas; utiliza sus mecanismos de propaganda para vincular las protestas con la violencia y las televisiones minimizan las concentraciones y manifestaciones. Al poder tan solo le interesan las grandes masas de personas cuando van en la dirección que al poder le interesa, y ejemplos recientes tenemos en Cataluña de ello. Cuando los ciudadanos nos movemos en la dirección que no conviene a quien manda simplemente se ignora o se cargan las escopetas con balas de goma.



En el mes de mayo tenemos la ocasión de realizar la mayor de las protestas y la más efectiva. Lo que resulte de las elecciones será relevante. Si en esas elecciones los ciudadanos acudimos masivamente a votar, desechamos las formas ineficaces de protestar como son la abstención, el voto nulo y el voto en blanco, y llenamos las urnas de papeletas que ignoren a los partidos que nos han llevado a esta situación y que solamente saben extraer dinero público para sus turbios negocios; si hacemos eso algo comenzará a cambiar.
A la hora de votar encontraremos docenas de opciones. Elijamos con cuidado cuál tomamos. Rechacemos aquellas papeletas que vengan de partidos que miran para otro lado en los casos de corrupción o que ya han sido condenados por esta lacra. Rechacemos las papeletas de partidos que han mostrado que actúan en interés de los ricos y poderosos y no del conjunto de la ciudadanía. Rechacemos todo esto y no temamos votar a partidos "pequeños". El día de las elecciones, a primera hora de la mañana todos los partidos son igual de pequeños. Todos tienen los mismos votos y seremos nosotros quienes con nuestras papeletas quienes decidamos quién es quién al final de la jornada.
Tomémonos en serio el poder que tenemos y difundamos esta idea: si en las elecciones europeas los grandes partidos corruptos son rechazados por los ciudadanos (y el rechazo pasa por votar a otros partidos, ni la abstención ni el voto nulo ni el voto en blanco sirven para nada); si conseguimos eso algo comenzará a cambiar. Habremos dado el primer paso en la dirección correcta.

domingo, 29 de septiembre de 2013

Cuatro pasos


En el clima de efervescencia que vivimos actualmente en Cataluña se asume con excesiva facilidad que existe un clamor del pueblo catalán a favor de la secesión. Esto afirmación, sin embargo, no resiste un análisis mínimamente riguroso.
La confusión deriva probablemente de la ocultación de este término, secesión, y su sustitución por el nebuloso “derecho a decidir”, un concepto no solamente ambiguo, sino de dudosa gramaticalidad (para un análisis más detallado se puede consultar el siguiente artículo). De todas formas, el “derecho a decidir”, una vez cumplida la función para la que fue diseñado, la de atraer al independentismo a los partidos de izquierda y propiciar la declaración de soberanía proclamada por el Parlament de Cataluña hace unos meses; parece destinado ahora al baúl de los recuerdos, sin que ya se planteen problemas en reconocer que no ha sido más que “una chorrada” como reconoció Agustí Colomines,  ex -director de la Fundació Catdem de CDC con el beneplácito de Carme Forcadell.
Si nos centramos en el problema de fondo, la posibilidad de que Catalunya se convierta en un Estado separado de España, el diseño del proceso desde presupuestos democráticos (o radicalmente democráticos como gusta a muchos decir ahora) y teniendo en cuenta las exigencias legales propias de un Estado de Derecho sería relativamente sencillo:

1) Elecciones autonómicas en las que los partidos políticos se manifiestan claramente sobre la cuestión de la independencia. Es bueno recordar aquí que en el actual Parlamento de Catalunya solamente 24 diputados (de 135) fueron elegidos en listas en las que claramente se apostaba por la independencia de Cataluña (los 21 diputados de ERC y los 3 diputados de las CUP; CiU no emplea la palabra independencia en su programa electoral y se limita a plantear la necesidad de construir “estructuras de Estado”). No se destaca lo suficiente que los diputados que representan a partidos que claramente se muestran contrarios a la independencia son 48 (20 del PSC, 19 del PP y 9 de C’s). El doble de los diputados “independentistas”.

2) Si tras las elecciones autonómicas una mayoría de diputados que, a su vez, representen a una mayoría de electores, han alcanzado el acta de diputado integrados en listas de partidos que defienden la independencia de Catalunya se darían las condiciones políticas para que se convoque una consulta sobre la independencia de Cataluña. Una consulta no vinculante podría ser convocada por el Gobierno central sin que exista, a nuestro conocimiento, obstáculo legal para ello en nuestro sistema.

3) Si el resultado de la consulta es ampliamente mayoritario a la secesión deberían darse los pasos necesarios para la reforma de la Constitución que permitiera dicha secesión. La reforma constitucional debería ir acompañada de la regulación de la posibilidad de un referéndum vinculante sobre la secesión.

4) Concluidas las reformas legales necesarias debería convocarse un consulta vinculante sobre la secesión. Si de nuevo el “sí” a la independencia obtiene una mayoría suficiente, se produciría la secesión de la Comunidad Autónoma con las consecuencias que ello tiene para el ordenamiento interno y el internacional.

Cualquier otra cosa es buscar atajos donde no los hay, jugar con la voluntad popular como elemento argumentativo sin contraste en las urnas y, en definitiva, actuar con escaso rigor y respeto por los intereses generales.

Sonia Sierra/Rafael Arenas

Esta entrada puede consultarse también en el blog de Sonia Sierra.

domingo, 22 de septiembre de 2013

Sacrificios, esperanza, comunidad

¿Por qué nos tratan tan mal los políticos?
Desde hace cinco años estamos machacados por una crisis de complejo diagnóstico y difícil resolución. Todavía no he visto ninguna construcción que explique de una forma suficientemente convincente la crisis del sistema financiero, la contracción de la actividad industrial y la crisis de deuda en determinados países. Seguramente la falta de esta explicación incide en lo errático de las políticas orientadas (en teoría) a salir de la crisis. El bochorno de que el FMI haya reconocido que se equivocaron en un 300% en el cálculo de la incidencia de los recortes de gasto público griego en el crecimiento del PIB (calcularon que cada euro de recorte implicaría una disminución de 0,5 euros en el PIB cuando la realidad es que por cada euro de recorte el PIB disminuyó en 1,5 euros) no es más que la guinda de toda una serie de políticas económicas que se han mostrado desacertadas, al menos si entendemos como política económica acertada aquella que consigue que la mayoría de los ciudadanos tengan una mejor calidad de vida.
Se trata, además, de una crisis en la que la cooperación entre Estados se ha visto sustituida por una feroz competencia. El concepto de guerra económica es, seguramente, muy apropiado para la época en la que vivimos, en la que los Estados se disputan despiadadamente los fondos existente en el mercado para financiar su deuda, en la que unos y otros maniobran para que las instituciones económicas supranacionales (Eurogrupo, BCE, FMI) adopten las decisiones que más convienen a sus particulares intereses y que implican, a la vez, perjudicar a los gobiernos o a los ciudadanos de otros países. En estas circunstancias es imprescindible gobernantes capaces, que entiendan lo que está pasando, que sepan adoptar decisiones inteligentes en el momento oportuno y encontrar las complicidades necesarias en las instituciones y la población.
Nos encontramos, finalmente, en una crisis de una profundidad tal que los sacrificios son, seguramente, inevitables y que, por tanto, requiere una cierta comprensión en una ciudadanía que lo está pasando mal, que ha visto reducidas sus expectativas vitales y debe aún resignarse a que no existan aún perspectivas claras de recuperación. En estas circunstancias sería de agradecer que los responsables políticos trataran a los ciudadanos como adultos y fueran capaces de informar qué es lo que está sucediendo y qué medidas se están adoptando. En una situación excepcional como es la que vivimos lo lógico es exigir sacrificios al conjunto de los ciudadanos; pero esa exigencia de sacrificios ha de ser compensada con una profundización en la solidaridad, en el sentido de pertenencia a una comunidad y en la promesa de que al final se conseguirá superar las dificultades.

A nadie se le escapa que lo que estoy pidiendo es un discurso de guerra. El habitual en los casos en los que un país se enfrenta al mayor de los desafíos: el enfrentamiento total con otro Estado. Se trata de situaciones en las que se da justamente lo que acabo de explicar: la exigencia de sacrificios en la población, que ha de soportar los peligros de la lucha o de los ataques además de a las privaciones que resultan de orientar la producción al esfuerzo de guerra; pero, a la vez, esa situación se ve en alguna forma "compensada" por el reforzamiento de las estructuras sociales, el convencimiento de que todos comparten en igual medida los sacrificios y la esperanza de que la victoria traerá el fin de las penurias y un mundo mejor para los que sean capaces de superar los momentos difíciles.




Es evidente que los gobernantes españoles no han optado por esta vía de actuación. En lo que se refiere a la explicación de la crisis ésta se ha limitado hasta ahora a la imbecilidad de que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades; lo que en muchos casos individuales es absolutamente falso, pero que ni siquiera es cierto desde una perspectiva general porque como señalaba José Luis Sampedro en una entrevista con Jordi Évole, nadie vive por encima de sus posibilidades, porque si lo hace mediante el recurso al crédito es que tiene la posibilidad de obtener crédito. En el caso español es cierto que las hipotecas y los créditos personales crecieron exponencialmente en los años de bonanza; pero también ha de ser considerado que eso se hizo animado por las propias instituciones financieras y con el consentimiento del gobierno, por lo que la acusación (y se hace en tono acusador) que los ciudadanos hemos despilfarrado, holgazaneado y carecido de previsión no parece tener más fundamento que el culpabilizarnos para que asumamos mejor el "castigo" que se nos impone.
Porque las medidas económicas no son presentadas como mecanismos para salir de la crisis, sino como penas a los culpables de la misma. Recuerdo ahora la diatriba del Secretario de Estado de Administraciones Públicas contra los funcionarios diciendo que debían (debíamos) ser conscientes de que se había acabado "lo del cafetito". Las medidas adoptadas en relación al no pago de los días de baja o la facilidad en el despido parecen también (o así han sido presentadas) medidas contra los "abusos". La permanente acusación a la ciudadanía parece ser el mecanismo escogido para apoyar las medidas económicas, obviando la posibilidad de presentarlas como un sacrificio inevitable y momentáneo que traerá como resultado en un tiempo un mundo mejor para todos.
Esa opción de los gobernantes es más apropiada para dirigirse a siervos que a ciudadanos responsables. Es lógico que no estemos en absoluto satisfechos con una situación en la que se nos culpabiliza de una crisis de la que, en realidad, no somos en absoluto responsables y en la que, por si fuera poco, se nos imponen medidas "sancionatorias" que son presentadas como castigo por unos pecados que no hemos cometido. Finalmente, la dureza con la que es tratado el ciudadano contrasta con el nulo interés en perseguir fraudes como el de las preferentes o la corrupción generalizada en los partidos políticos. La consecuencia de todo ello es una pérdida de confianza en las instituciones públicas que llega a afectar a la sensación de pertenencia a una comunidad.
Esto último creo que no ha sido suficientemente señalado. Todos necesitamos sentir que pertenecemos a una determinada comunidad; y especialmente en momentos difíciles la tentación de integrarse en una "masa" puede llegar a ser poderosa (ahí está la aportación sugerente desde su acientificidad de Elias Canetti). Necesitamos del otro y de ese conjunto que transmite seguridad y esperanza en el futuro. El grupo en el que naturalmente nos integramos es nuestra comunidad política; pero si quienes la dirigen culpabilizan, insultan (ahí está el desafortunadísimo "¡que se jodan!" de una diputada del PP) y no ofrecen ni diagnóstico del presente ni esperanza en el futuro ¿qué nos queda?


Creo que el 15M tuvo el éxito que tuvo en parte por este componente "comunitarizador". La solidaridad y apoyo que se encuentra a faltar en las instituciones públicas era sustituido por el que se encontraba en las asambleas o en las manifestaciones (auténticas catársis en cualquier circunstancia, y aquí vuelvo a recomendar la lectura de "Masa y Poder" de Elias Canetti). Esa tranquilidad grupal que no se consigue a través del Estado, en el que solo hallamos reproches y castigos, falta de análisis, negras perspectivas y palabras vacías; es oportunidad abierta para mecanismos alternativos de vinculación. No es extraño, por ello, que las instituciones y los poderes fácticos hicieran todo lo posible para desarticular el movimiento 15M minimizando sus éxitos de convocatoria, intentando confundirlo con movimientos violentos y reprimiéndolo en algunas ocasiones con una violencia desproporcionada que ha llegado a la mutilación de ciudadanos que participaban en las concentraciones (como fue el caso de Esther Quintana en Barcelona).
Y esta misma debilitación de los vínculos emocionales que justifican la pertenencia a una comunidad política me parece que explican en parte el éxito del independentismo en Catalunya. Hablando el otro día con un "nuevo independentista" me di cuenta de que en su actual adscripción secesionista encontraba todos los elementos argumentales y emocionales que se precisan en épocas de crisis. Desde el independentismo el diagnóstico de los problemas es claro: todos los males derivan de la integración de Catalunya en España. A partir de aquí la solución también es clara: la separación de España traerá prosperidad y desarrollo económico, la recuperación de las expectativas personales rotas por la crisis y un futuro que nos colocará a la par que Dinamarca y Suiza. De lo anterior se deriva la pertenencia a un grupo con el que es fácil establecer esos lazos de solidaridad y calidez humana que pueden hacer más soportables los sacrificios (y en este sentido la Vía Catalana hacia la independencia del pasado 11 de septiembre ha sido un gran acierto, porque incide precisamente en esa idea de pertenencia y en la integración en un grupo humano articulado). A partir de aquí es posible llegar a  asumir cosas tales como la exclusión de la UE o de una transitoria crisis económica que resulte de la independencia y que pronto se verá remontada por el espíritu trabajador y emprendedor de los catalanes (eran palabras del nuevo independentista con el que hablaba el otro día).
Con razón se dice que los momentos de crisis son propicios para los vendedores de humo. Ahora bien, no hay que olvidar que esto es en parte posible porque los responsables públicos fallan en una tarea imprescindible de diagnóstico, información, planificación y transmisión de esperanza. Cuando, como sucede en el caso de España se va justamente a lo contrario: culpabilizar, castigar y amenazar es más fácil la desafección generalizada y que cualquiera que ofrezca esa esperanza consiga sumar adeptos.
¡Qué fácil es que las personas creamos aquello que queremos creer!

jueves, 19 de septiembre de 2013

Soledad y vacío

Desde niño me ha fascinado la magnitud del Universo. El tamaño enorme de las estrellas y, sobre todo, las inconmensurables distancias que separan a los astros me anonadaban y, a la vez, me producían una sensación morbosa, como la que se tiene cerca de un precipicio; incluso en ocasiones un cierto gusanillo en el estómago.
La dificultad que encontraba para recrearme en la inmensidad del Cosmos es que debía manejar magnitudes literalmente astronómicas que se escapaban a mi comprensión. Un día, sin embargo, descubrí las posibilidades que ofrecían las escalas. Si reducía los astros a tamaños que yo podía concebir me sería más fácil percibir las enormes diferencias de tamaño entre unos y otros cuerpos celestes y, sobre todo, las distancias siderales que se extendían entre los astros.
Un día tomé un folio, una regla y un libro de astronomía y me dispuse a dibujar aquellos astros en las proporciones y distancias que tenían. Comencé por la Tierra y elegí un tamaño que me parecía pequeño. A continuación me puse a calcular el tamaño que tendría el Sol y me sorprendí al ver que no me cabría en el papel. Unos cuantos cálculos más y descubrí que el folio del que disponía ni siquiera me permitiría representar la distancia entre el Sol y la Tierra.
Estaba decepcionado y recuerdo que hasta torturé a mi padre con los problemas a los que me enfrentaba. Me di cuenta de que no podría representar en el papel lo que quería y que tendría que limitarlo todo a la imaginación, ese poderoso instrumento. Desde entonces no he dejado de jugar a encontrar escalas que me permitan asomarme a la inmensidad del Universo.

Estos días, al hilo de la noticia de que la Voyager I había entrado en el espacio interestelar, he vuelto a esta afición. Quería imaginarme dónde estaba y hacia dónde se dirigía esa pequeña nave de cuyo lanzamiento me acuerdo casi perfectamente. Un objeto del tamaño de un automóvil pequeño que actualmente se encuentra a la inimaginable distancia de 19.000 millones de kilómetros del Sol.

La Voyager, además, no concluirá su misión, sino que está diseñada para continuar viaje entre las estrellas de nuestra Galaxia más allá incluso del agotamiento de sus baterías. Incluye un disco en el que los humanos enviamos un mensaje a quien pueda encontrarla; aunque quizás seamos nosotros mismos quienes en un futuro enviemos una nave más moderna y veloz que localice esta reliquia de los primeros años de la investigación espacial. Si no es así será porque nos habremos extinguido antes de llegar a ese punto y esa, desde luego, no es una perspectiva halagüeña.


El caso es que estas noticias sobre la Voyager me hicieron volver al viejo tema de las escalas del Universo que ahora comparto aquí. El punto de partida es pensar en la Tierra como en una bolita de un centímetro de altura. Algo así como una canica pequeña. Creo que es fácil imaginarse tal cosa. Hemos disfrutado de tantas fotografías de la Tierra desde el espacio que verla como una pequeña canica es un tópico, una trivialidad. Convirtamos la canica en un globo azul de mar y blanco de nubes con los continentes en su superficie y tendremos el primer paso para nuestro viaje espacial.
Comenzar por una Tierra de 1 centímetro es interesante, porque eso supone que 10.000 kilómetros -el diámetro de la Tierra es de 12.000 kilómetros- equivalen a 1 cm. Eso quiere decir que un millón de kilómetros es un metro y esa será una equivalencia muy útil para intentar visualizar el Sistema Solar.
Después de la Tierra lo siguiente que tenemos que ubicar es la Luna. En esta escala la Luna es un granito de 3 milímetros de diámetro que gira a 40 centímetros de la canica que representa a la Tierra. Quizás esto sea una primera sorpresa. Una piedrecita de 3 milímetros a 40 centímetros puede considerarse lejana a nuestra escala; menos relevante que el enorme disco que ofrece la Luna en ocasiones; pero esa es la realidad. El sistema Tierra-Luna está formado (en esta escala) por una canica de un centímetro de diámetro y un granito de arena de 3 milímetros que gira a algo menos de medio metro de distancia de la canica. Ningún ser humano ha estado nunca más lejos de la Tierra que esos 40 cm. Eso es todo lo que hemos recorrido del espacio; aunque sí hemos sido capaces de enviar naves mucho más lejos.
Tras la Luna situemos el Sol. El Sol sería una bola de casi 1,4 metros de diámetro (uno de esos enormes balones con los que les gusta jugar a los niños pequeños) y estaría situado a 150 metros de la Tierra. Entre la Tierra y el Sol estarían Venus y Mercurio.
Así pues, si consideramos ahora el Sol como centro de nuestra maqueta resultaría que éste sería una bola de fuego que no llega al metro y medio de diámetro. A unos sesenta metros de la bola hay una pequeña piedrecita de menos de medio centímetro de diámetro (Mercurio) y un poco más allá, a cien metros del Sol, una canica casi igual a la de l Tierra que es el planeta Venus. A 150 metros, tal como hemos visto, la Tierra y más allá, a más de 200 metros del Sol encontramos el planeta Marte, que es otra canica, pero de la mitad de tamaño que la Tierra y Venus. Todavía más allá el cinturón de asteroides y ya los grandes planetas gaseosos del Sistema Solar. El más cercano al Sol, Júpiter, que es también el más grande del Sistema Solar, es una bola de gas que en nuestra escala tendría 14 centímetros de diámetro y se encontraría a casi 800 metros del Sol. Saturno, algo más pequeño que Júpiter ya estaría a casi kilómetro y medio del Sol; Urano sería una bola algo más pequeña que una pelota de tenis y que se situaría a casi tres kilómetros del Sol. Finalmente, Neptuno sería algo más pequeño que Urano y su órbita se situaría a casi cinco kilómetros del Sol.
Y con esto hemos acabado los grandes astros del Sistema Solar: Una bola de fuego de menos de metro y medio de alta, un par de piedrecitas de medio centímetro de diámetro (Mercurio y Marte), dos canicas de un centrímetro (Venus y La Tierra), una bola de catorce centímetros de diámetro (Júpiter), otra de unos doce (Saturno) y otras dos de tamaño menor que una pelota de tenis (Urano y Neptuno); y todo ello situado en un círculo de 5 kilómetros de radio. Es decir, en una superficie de 75 kilómetros cuadrados. Necesitamos todo ese espacio para representar la parte nuclear del Sistema Solar partiendo de que la Tierra es una canica de 1 centímetro de diámetro. Y en toda esa área, en estos 75 kilómetros cuadrados lo único que hay es lo que ya hemos enumerado más los satélites de los planetas (solo nos hemos referido a la Luna) y cuerpos menores como son los asteroides y los cometas; cuerpos que en esta escala ni siquiera serían visibles para el ojo desnudo. Cualquier observador imparcial y externo creo que llegaría a la conclusión de que el Sistema Solar está vacío.

(Si el punto del centro fuese el Sol necesitaríamos un microscopio para ver la Tierra, cien veces más pequeña y los límites del cuadro se corresponderían más o menos con la órbita de la Tierra. A esta escala la Voyager estaría situada actualmente a unos15 metros del punto que representa al Sol)

El Sistema Solar no se acaba en la órbita de Neptuno. Más allá tenemos los planetas enanos, los cometas y el efecto del viento solar. En realidad el Sistema al que pertenecemos se extiende al otro lado de la frontera del espacio interestelar, la línea que cruzó la Voyager el año pasado y que se encuentra mucho más allá de los grandes planetas del Sistema Solar.
La Voyager está ahora mismo a 19.000 millones de kilómetros del Sol; lo que en nuestra escala son 19 kilómetros. La bola de metro y medio del Sol se verá desde la nave poco mayor que una estrella. La Voyager es, desde luego, el objeto construido por el ser humano que está más lejos de nosotros y se aleja a una velocidad de 17 kilómetros por segundo (61.000 kilómetros por hora; es decir, en nuestra escala recorre en cada hora 6 centímetros, casi metro y medio por día). Puede parecer poco, pero un avión de pasajeros que volara sin parar tardaría dos meses en recorrer la distancia que cubre la Voyager en un día o, lo que es lo mismo, la Voyager tarda menos de un minuto en recorrer la distancia que un avión de pasajeros cubre en una hora. Esta velocidad, sin embargo, es absolutamente de tortuga si la comparamos con la velocidad de la luz. En esta escala, como acabamos de ver, el Voyager I recorre metro y medio por día. Un rayo de luz recorre esa misma distancia -metro y medio- en cinco segundos.
La Voyager continuará su viaje alejándose del Sol. A la velocidad actual cruzará en 20.000 años la última frontera del Sistema Solar (situada en esta escala a 10.000 kilómetros del Sol; esto es, si situamos ese Sol de casi metro y medio de altura en el centro de Barcelona el límite externo del Sistema Solar estaría situado en Los Ángeles).
Y aquí se acaba la utilidad de la escala. No hay dos puntos en la Tierra que estén separados por más de 20.000 kilómetros, y la estrella más cercana al sol estaría situada a casi 40.000 kilómetros en esta escala. El imaginarnos la Tierra como una canica nos permite asombrarnos con las distancias que separan los astros que forman el Sistema Solar y darnos cuenta de la inmensa soledad de nuestra estrella en relación a sus hermanas; pero no nos permite ya hacernos idea de la magnitud de las distancias en el Universo. Para ello tenemos que recurrir a una escala todavía más potente que impide ya que la Tierra resulte visible. En la imagen que coloco un poco más arriba se ve un Sol de menos de un milímetro en el que la órbita de la Tierra estaría situada a unos 10 centímetros del Sol y la de Neptuno a unos tres metros y medio (probablemente en los límites de la habitacion en la que se encuentra quien está leyendo esto). En esta escala la Voyager estaría ahora mismo a unos 15 metros del Sol, tal como ya hemos indicado y el límite externo del Sistema Solar estaría situado a unos 6 kilómetros del punto menos que milimétrico que representa a nuestra estrella. En esta nueva escala la estrella más cercana al Sol se ubicaría a 24 kilómetros de éste. Y muchas de las que vemos en el cielo nocturno con el ojo desnudo se encontrarían a distancias que van desde esos 24 kilómetros hasta más de quince mil. Todas ellas forman parte de una "isla" de estrellas que llamamos galaxia. Nuestra Galaxia es la Vía Láctea y se extiende (en la escala que estamos manejando ahora, aquella en la que el Sol tiene menos de un milímetro de diámetro) a lo largo de ¡600.000 kilómetros! (más de la distancia entre la Tierra y la Luna). Más allá de la Vía Láctea se extiende el espacio intergaláctico, el que separa unas galaxia de otras. La más cercana a la nuestra es Andrómeda, que está a dos millones de años luz de la Vía Láctea; en la escala que estamos utilizando ahora (aquella en la que el Sol tiene menos de un milímetro de diámetro) esos dos millones de años luz son 12 millones de kilómetros, treinta veces la distancia entre la Tierra y la Luna. Absolutamente incomensurable, para poder hacernos una idea de esa distancia tendríamos que utilizar escalas en las que el propio Sol resultaría ya microscópico.
Distancia y vacío, un inmenso vacío. Eso es lo único que hay; y el cielo estrellado en la noche, una magnífica ilusión.