Antifascistas

martes, 27 de agosto de 2013

Sí que podemos cambiar las cosas. Sobre las elecciones europeas (y II)


Tal como adelantaba en la entrada anterior, las elecciones europeas del año 2014 no solamente son relevantes desde la perspectiva europea, sino también desde la interna española. En esta segunda (y última) entrada sobre el tema me ocuparé de la importancia que pueden tener esos comicios desde esta última perspectiva y en qué forma los ciudadanos podemos utilizarlos para conseguir cambiar una vida política sumida en la actualidad en la mediocridad, la incompetencia, la corrupción y la falta de vergüenza.
La crisis de las instituciones públicas españolas es más que evidente. No se trata solamente de la corrupción (sobre la que volveremos más tarde) sino también de la falta de competencia de los líderes políticos (de la que ya me ocupé en una entrada de hace unos años), de su escaso aprecio por las ideas, la coherencia y los planteamientos rigurosos y de la falta de sensibilidad hacia las preocupaciones y necesidades de la "gente corriente" (todavía recuerdo como Montserrat Tura, en la época en la que pretendía ser la candidata del PSC a la alcaldía de Barcelona sostenía que un sueldo normal era el que se situaba entre 2000 y 2500 euros al mes; para su información hemos de explicarle que más del 60% de los trabajadores españoles no llega a los 1000 euros al mes y que tan solo un 30% supera los 1600 euros al mes). El resultado de todo ello es la adopción de medidas que ahora se perciben claramente como disparatadas (la devolución de 400 euros a los contribuyentes españoles vía IRPF; el pago de cantidades exorbitantes por el nacimiento de un niño -sin tener en cuenta además condiciones personales o de renta- y la construcción de obras faraónicas sin sentido) a la vez que se carece de ideas relevantes para abordar una crisis que ya ha dañado de forma profunda a la sociedad española y a ámbitos clave para el futuro del país (sanidad, educación, investigación, servicios sociales...). De hecho, la única explicación que se da para explicar la mencionada crisis es que "hemos vivido por encima de nuestras posibilidades" y ahora, por tanto, toca "apretarse el cinturón". Nada más elaborado o fundamentado se presenta a los ciudadanos que se ven sin trabajo, con salarios reducidos con servicios públicos cada vez más caros y deteriorados y teniendo que sufrir que escándalos como el de las preferentes sean amparados por el poder político.
A esto, además, hay que añadirle los casos de corrupción en los que se encuentran implicados los principales partidos políticos del país. Sin ánimo (ni posibilidad) de exhaustividad tenemos que recorda que la financiación irregular de Unió ha sido confirmada judicialmente en el caso Pallerols. CDC tiene su sede embargada por su implicación en el caso Palau, en el que la instrucción acaba de concluir con un escrito en el que el Juez mantiene que CDC recibió dinero de empresarios a cambio de concesiones en obras públicas. En el PSOE tenemos el escándalo de los EREs y en el PP el caso Gürtel/Bárcenas/Rajoy sobre el que creo que no hace falta colgar ningún enlace (aunque no resisto la tentación de compartir el link a los famosos SMS entre Rajoy y Bárcenas).



Ante este desastre no es extraño que los ciudadanos hayan salido a la calle, hayan protestado y hayan mostrado de las formas más variadas su descontento con la situacion actual. Cientos de miles de personas se han manifestado, han acampado y protestado; millones han participado en las huelgas convocadas y las redes sociales hierven con eslogans, mensajes y análisis. Como es sabido, nada de esto ha servido para nada. Los partidos políticos (y los sindicatos) siguen a lo suyo, ajenos al malestar popular y tan solo preocupados por mantener sus puestos y capear el temporal, confiando en que cuando la situación económica mejore todo volverá a su cauce y puedan seguir con el mismo plan que hasta ahora.
Nunca tuve grandes esperanzas en que la movilización popular fuera a conseguir algo. Así se lo comenté a todo el mundo que me quiso oír. ¿Por qué el gobierno (gobiernos) o partidos iban a cambiar nada como consecuencia de la movilización popular? Podemos salir de manifestación cada día y convocar una huelga cada semana, que a quienes les manda les da exactamente igual. La vía para cambiar las cosas está en otro sitio porque lo único que les preocupa a los políticos es que no se les vote; ya que de ese voto depende su continuidad en el poder. Si protestamos y jaleamos, pero seguimos votandoles, nada cambiará. De hecho ahí está la clave para entender por qué aquí no dimite nadie. No dimite nadie porque el mantenerse en el poder incluso tras haber sido pillado in fraganti no tiene coste electoral alguno.
En Alemania se preguntaban hace unos meses cómo es posible que Rajoy no hubiera dimitido tras la publicación de la contabilidad "b" del PP. Allí les resultaba impensable que se mantuviera en el poder (en Alemania basta que te hayan pillado copiando una parte de tu tesis doctoral para que se produzca la dimisión, casi como aquí, vaya). La respuesta es relativamente sencilla: aquí los políticos calculan que el hecho de haber protagonizado un escandalo no impedirá que los votantes sigan dándote su confianza. Y si te van a seguir votando ¿por qué vas a dimitir? En otros países, ante escándalos como los que señalado unos párrafos más arriba se hubiera producido la dimisión del político afectado; y no porque en el extranjero los políticos tengan una ética de la que carecen los políticos españoles, sino porque en caso de no dimitir los votantes les dan la espalda, de tal forma que serían los propios compañeros de partido los que forzarían la marcha del compañero vinculado al escándalo. De no irse el partido se arriesgaría a desaparecer en la siguiente llamada a las urnas.
Insisto con frecuencia en este punto porque me parece esencial: somos los ciudadanos los que hacemos posible este sistema corrupto en el que estamos inmersos, y somos nosotros los culpables porque no ejercemos nuestro deber ciudadano, que es expulsar de la política a quienes utilizan las instituciones públicas para su propio beneficio o el de su partido. Si fallamos en esto de nada servirán protestas y manifestaciones en la calle. La respuesta la tenemos que dar en las urnas, y las elecciones europeas de mayo de 2014 son una buena oportunidad para hacerlo. Esas elecciones pueden ser la mejor manera de protestar y dar el primer paso para un cambio que es imprescindible.

Si queremos que las elecciones europeas de mayo de 2014 sean una señal inequívoca de que los ciudadanos exigimos un cambio en las formas de hacer política lo que tenemos que hacer es ir a votar. En los últimos años la abstención en España ha seguido siendo alta. En las últimas elecciones generales tres de cada diez votantes se quedaron en casa (una abstención de un 28%). Conozco casos de personas que se quedan en casa como medida de protesta, como un gesto de rechazo a la situación política; pero opino que esa actitud no contribuye a que cambie nada. De vez en cuando los partidos políticos dicen alguna cosa sobre lo preocupante que es "para la salud democrática" la alta abstención; pero en el fondo les importa un bledo, siempre que sí que vayan a votar quienes les votarán a ellos. Podría haber una abstención del 90% y aún así se repartirían todos los escaños en liza, que es lo que les importa a los grandes partidos, obtener su botín. Quedarse en casa, por tanto, no contribuye a cambiar las cosas.
Una vez que se acude a las urnas hay que descartar el voto nulo y el voto en blanco. Comprendo que produce una íntima satisfacción escribir cualquier exabrupto en la papeleta e imaginarse la cara de los interventores cuando se abra la urna; pero el efecto de este voto ahí se queda. En España el voto nulo se utiliza como forma de protesta (y solo así se explica el altísimo porcentaje de votos nulos que se cosechan, más de un 1% en las últimas elecciones); pero de nuevo estos votos preocupan poco a los partidos. A efectos de atribución de escaños los votos nulos no cuentan, al igual que no cuentan todas las personas que se quedan en casa. Lo mismo se puede decir de los votos en blanco. Ciertamente el voto en blanco es, desde mi perspectiva, el más noble ejercicio de la discrepancia con el sistema. Se trata de personas que se desplazan desde sus casas, hacen las correspondientes colas y tan solo para depositar un sobre vacío en la urna. El alto número de votos en blanco que se dan en España (un 1,35% de los votos válidos en las últimas elecciones generales) debería hacer reflexionar a los partidos; pero estos son impermeables a tales cosas. Alguna declaración en el momento inmediatamente anterior o posterior a las elecciones y a otra cosa. Al fin y al cabo toda esa gente que sí cree en el sistema y que pretende lanzar un mensaje de coherencia a los políticos no cuenta de nuevo para lo único que importa, la atribución de escaños, y por eso el voto en blanco no conseguirá tampoco cambiar las cosas, al menos en nuestro país. En otros daría que pensar que la suma de los votos en blanco y nulos sean la sexta fuerza política del país, por delante de seis partidos con representación parlamentaria; pero aquí nuestros políticos indimisibles son completamente impermeables a estos gestos de la ciudadanía. Así pues, tampoco votando en nulo o en blanco conseguiremos cambiar las cosas.
Así pues, la única forma de conseguir que algo se transforme en nuestra vída política es ir a votar y no votar en nulo o en blanco, sino votar a alguna de las candidaturas. Esto es lo único que puede hacer daño a quienes ahora mismo monopolizan la vida política, y no es casual que antes de las últimas elecciones hayan pretendido prevenir los daños que pudieran derivarse de que los ciudadanos votaran alternativas diferentes a las que detentan actualmente casi todos los mecanismos de poder en nuestro país. Efectivamente, en enero de 2011 PSOE y PP pactaron una reforma de la Ley Electoral que obligaba a los partidos sin representación parlamentaria a obtener un número de avales equivalente al 0,1% del censo de cada circunscripción electoral para poder concurrir a las elecciones. Ese pacto nefando, que limita la posibilidad de participación política precisamente en un momento en el que la ciudadanía se encontraba en plena efervescencia ante las primeras medidas de recortes acordadas, desautorizaría por si solo -a mi juicio- a quienes lo concluyeron; si no fuera porque cargos más graves ya pesan sobre ellos; pero, en fin, dejemos tan solo constancia de ello.
El caso es que, este voto es el único mecanismo realmente efectivo para poder castigar a quienes han conducido la vida política al paisaje desolado en el que nos encontramos ahora. Y para conseguir esto es preciso que en el momento de votar se opte por candidaturas de partidos que no estén afectados por casos de corrupción. Tal como indicaba hace un momento, solamente si los corruptos son conscientes de que sus fechorías tendrán consecuencias electorales dejarán de practicarlas. Por dignidad deberíamos rechazar el apoyo a partidos en los que campan los corruptos; pero, además, por pragmatismo el castigo a tales partidos es la única vía para conseguir enderezar la vida política.
Una vez descartados los políticos corruptos deberíamos votar a cualquier de las opciones que se presentan y que no están afectadas por esta lacra. Evidentemente, a la que en función de su programa y planteamientos mejor encaje con nuestros propios planteamientos.

Así pues, si queremos cambiar algo debemos:

1) Ir a a votar.
2) No votar en nulo ni en blanco.
3) No votar a partidos con casos de corrupción.
4) Respetando las reglas anteriores, votar al partido que más nos guste.

Es sencillo y puede ser tremendamente eficaz ¿nos imaginamos que todos los españoles seguimos esta regla en las próximas elecciones: acudimos a votar, descartamos a los partidos con casos de corrupción y votamos otras alternativas? El terremoto que se produciría si ni el PP ni el PSOE ni CiU obtienen representanción en las elecciones europeas sería de tal calibre que forzosamente se producirían cambios. Eso sería mucho más eficaz que cualquier manifestación o que cualquier huelga. Eso sí que produciría un tsunami en la política nacional.
Así pues, tenemos una magnífica oportunidad para enderezar el rumbo de nuestra vida política. Las elecciones europeas de 2014 ofrecen a los ciudadanos la oportunidad de manifestar de forma clara y contundente que estamos en desacuerdo con la forma en que se hace política en este país; pero recordemos, para ello debemos ir a votar y no votar ni nulo ni en blanco. Debemos abrir nuestros sobres a esas opciones que no son mayoritarias y representan a gentes no afectadas por la corrupción y con la ilusión de hacer política en favor de unos ideales, y no del medro personal o de los grupos de interés que les apoyan. ¿Nos comprometemos a ello?

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